dagnave Patricia Figueroa

Mérida, como todos, no eligió la familia en la que le tocó vivir. Una obsesión convertida en tragedia, un crimen sin resolver y una historia familiar que contar.


Drame Tout public.

#crimen #drama #historialarga
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—Mentira, Mamá no le creas a Mérida.

Gritaba enérgicamente Elisa mientras corría a los brazos de su madre, buscando refugio entre su regazo como bien ya sabía hacerlo.

—Ya basta niñas, la tía Griselda ya está aquí, vamos a saludarla.

—Mamá jamás va a creerte —le decía Elisa a Mérida mientras le sacaba la lengua y se burlaba con malicia.

Elisa era una niña rubia de ojos azules, su apariencia agraciada la hacía ante los demás una niña perfecta, educada, respetuosa, obediente o eso era lo que ella aparentaba ante su familia y aquel que la veía. Pero la verdad siempre estuvo expuesta delante de su hermana gemela Mérida, que aun siendo igual de linda de cabello castaño y ojos oscuros no era bien vista por sus familiares. "Que torpe es Mérida" decía su abuela paterna. "Por qué no se comporta como su hermana, ella es un ejemplo en la familia, su futuro sí es prometedor".

Los comentarios despectivos e incluso hirientes no cesaban en las grandes cenas familiares de fin de semana; todos sentados adulando a la pequeña Elisa, quien solo sabía reír y sonrojarse en señal de vergüenza. Pero bien sabía Mérida que más allá de su sonrisa, escondía la verdadera intención que albergaba su corazón. Mérida por su parte sentía los rechazos de quien la miraba.

Cuando nacieron fue una gran sorpresa, nadie esperaba gemelas. El embarazo de su madre transcurrió con mucha normalidad. Sin embargo, los doctores nunca notaron que era un embarazo múltiple. Fue hasta el momento del parto que les informaron que no venía un bebé sino dos. Al principio todos estuvieron felices; serían los primeros gemelos en la adinerada familia. Pero lo que se suponía debía ser alegría, inmediatamente se convirtió en la más grande decepción: las niñas eran diferentes.

A medida que las niñas crecían, las diferencias entre ellas se acrecentaban. Sus ojos, cabellos o hasta tonos de piel eran diferentes. Elisa tenía una tez mucho más clara, rosada y llena de brillo, mientras que Mérida era más amarilla, todos la creyeron enferma un tiempo, hasta que al cumplir los cinco años percibieron que ese sería el color natural de su piel, resaltaba por ese tono amarillento muy parecido al de las personas que sufren del hígado. Nadie la creía bonita, solo le dispensaban críticas y amenazas:

—Mérida no tendrá un futuro brillante si no imita a su hermana, pobre de ella. ¡Pero miren a Elisa! No sólo es una linda rubia, sino también se comporta muy bien.

Y es que la racista familia no solo presumía de ser los blancos más adinerados del país. Se creían la mejor raza, los mejores especímenes humanos, aquellos con las mejores características, los privilegiados por la genética. Sí, la familia Prats, descendientes de los Prats de Inglaterra, se sentían bendecidos por haber nacido blancos. "El dinero nos pertenece por derecho" decía el primo Loy, quien con su cabello rubio y sus destacados ojos azules era el don juan más conocido en la ciudad. Y he aquí el porqué de que la reconocida familia no pudiera tolerar la más mínima alteración entre lo que ellos consideraban los genes perfectos. No podían verse involucrados con rasgos "inferiores", tan "insignificantes" y "de poco valor".

Incluso la matriarca de la familia, la señora Prats, se tomaba la molestia de entrevistar al personal de limpieza con mucha minuciosidad. A sus 75 años de edad aún recordaba hasta el más mínimo detalle de cómo ella con tan solo 25 años ya se había convertido en la mujer más influente de la ciudad por sus vastos conocimientos de finanzas. Y es que la familia no era liderada por hombres sino por las mujeres que poco a poco iban escalando hasta lograrse una posición en el aclamado círculo familiar. Anney Prats no dejaba pasar nada por alto y mucho menos si se trataba de los suyos, nunca muy gordos o muy flacos, nadie negro o de piel bronceada, de ojos preferiblemente claros, sin defectos en la piel eso incluía cicatrices o marcas de nacimientos que estuvieran simple vista, y claro que no podían ser cojos, mucho menos de cabello rizado, ya que el más mínimo indicio de mestizaje era una abominación para la familia.

Mérida y Elisa ya tenían nueve años. Las habían acostumbrados a hablarse poco y siempre mantenían a Elisa separada de Mérida, según al criterio de sus padres no sería una buena influencia para la hija modelo, a excepción de los días de verano e intenso calor que las llevaban juntas al enorme patio de la casa.

Sí la casa era exuberante, el patio de la enorme mansión no podía quedarse atrás. Estaba rodeado por una inmensa muralla y grandes árboles frutales, el suelo estaba cubierto de una grama tan verde que parecía de mentira. A lo lejos se podía vislumbrar un hermoso paisaje. Seguro que colocar murallas en todo ese inmenso terreno no fue tarea sencilla ni barata. A un lado de la propiedad había un pequeño lago donde la familia acostumbraba pasar los días agobiantes de calor, allí el aire era fresco y agradable.

Las niñas jugaban en el lago bajo la sombra de la vegetación. Elisa era vigilada por tres niñeras, Marta, Pilar y Mónica. Mientras que Érika, la guardiana de Mérida, parecía sobrar. Las gemelas podían disfrutar de cierta libertad en esos momentos, pero jamás debían acercarse la una a la otra. Cualquier intento de hablarse era inmediatamente desaprobado por la Madre quien enviaba las niñeras a separarlas de inmediato.

Mérida siempre tuvo curiosidad de cómo sería ser tratada como Elisa. A veces jugaba a que era ella y que todos la amaban, que tomaba clases de piano y no de costura, que la llevaban a tomar el té junto a sus amigas y no que la dejaban en casa encerrada a que aprendiera estarse quieta. Tanto era el tiempo sola que había aprendido a dominar el arte de la imaginación o así lo llamaba ella, se recostaba en la suave alfombra de su cuarto y soñaba que era una linda princesa con muchos sirvientes a su alrededor, era aclamada y querida por todos.

Por otro lado, Elisa, no era la niña modelo que todos creían, la verdad que escondían sus grandes ojos azules era en realidad una enorme nube de malicia y codicia. Siempre hablaba mal de Mérida a su Madre, les decía a sus padres que la golpeaba y la empujaba y así lograba quedarse con la atención de todos, y esa fue la razón por la que sus padres terminaron separándolas casi por completo. Elisa comía lo que quería, jugaba donde quería, evitaba que sus padres fueran a ver a Mérida fingiendo enfermedades o a veces solo lloraba a todo pulmón para que siempre fuera ella la prioridad de todos.

Un día de verano cuando el calor inundaba el ambiente, las niñeras llevaron a las niñas al patio para que jugaran frente al lago. Ambas niñas centradas en sus propios mundos jugaban con sus muñecas de trapo regalo de la tía Griselda, quien recién había llegado de México para pasar vacaciones con sus sobrinas favoritas, como ella misma solía decir. Griselda, a diferencia de los demás, sentía especial cariño por Mérida, cuando no andaba de viaje y regresaba a casa acompañaba a la pequeña hasta su cuarto, le leía los libros que le traía como souvenir y le contaba de sus viajes por el mundo. Así fue como Mérida comenzó a soñar con viajar, ansiaba alcanzar la edad permitida para salir de casa sin que nadie pudiera impedírselo. Cuando fuera mayor como su tía, recorrería el mundo y conocería tantos lugares hermosos y exóticos. Y después de mucho viajar se quedaría en un lugar donde su aspecto físico no fuera importante. Pero a Elisa nunca le gustó que hubiera una persona interesada en su hermana, no le bastaba ser la favorita de todos, ella también quería ser la preferida de Griselda. Así que mientras la tía Griselda estaba cerca, Elisa era buena con su hermana. Entonces, la tía Griselda sin sospechar nada jugaba con ambas. Elisa aprovechaba cada momento para dispensar mimos y cariños a su tía para que esta la arrullara hasta quedarse dormida. Mérida no era ajena a todas las artimañas de su hermana, pero la ignoraba porque prefería seguir soñando con el día en que sería por fin libre, libre de tanta hipocresía, libre de tantos malos tratos, libre de las calumnias y mentiras de Elisa, libre de la eterna competencia que siempre estaba destinada a perder.

Ese día de ardiente verano, Elisa le propuso un juego a Mérida, era la primera vez que le pedía jugar con ella en mucho tiempo. Como Mérida no pensaba que Elisa pudiera causarle algún daño ya que casi nunca le hablaba, no pensó que ésta tramaba algo vil en sus pequeñas manos. Marta, la niñera de Elisa, la más aterradora de todas y la encargada de darle a Mérida los regaños y castigos más intensos brillaba por su ausencia.

—Acércate al lago y busca tu reflejo en el agua, es como un espejo —le dijo Elisa con su dulce voz.

Mérida miró a su alrededor y no vio a nadie así que decidió acercarse al lago y echar un vistazo. Buscó y buscó, pero no conseguía ver el agua, hacía un terrible verano y el lago estaba casi seco.

—Acércate más —Insistía Elisa. Sin pensarlo más Mérida se agachó para buscar su reflejo, tuvo que hacer un esfuerzo mientras intentaba sujetarse a la grama de la orilla. Estiraba su cuello en intentos forzados para cumplir los deseos de su hermana, apenas pudo verse la frente y parte de sus cabellos despeinados.

— ¡Anda, debes acercarte aún más! —Insistía Elisa.

Mérida obedeció, solo que esta vez pudo ver el gran lazo azul que usaba su hermana ese día. Consiguió ver su mano levantada con una enorme piedra dispuesta a tirarla en su cabeza, Mérida con sus torpes reflejos logró escabullirse de la situación, y corrió deprisa a donde su madre para contarle lo que Elisa intentaba hacer. Ella sabía aguantar insultos de su hermana, pero esta vez Elisa había ido demasiado lejos. Ahora Mérida tendría que andarse con cuidado, no fue uno de sus empujones o pellizcos, está vez Mérida entendió que su hermana no la quería y mucho menos viva.

Desde ese momento, Elisa intentó con más frecuencia golpear y hacer caer a Mérida. Una vez en la hora del baño la empujó en la tina para que se ahogara, otro día le metió el pie al bajar las escaleras, como resultado Mérida se partió la cabeza y recibió varios puntos. La verdad es que nada de eso hacía la diferencia, a todos les daba igual.

Con el paso de los años se hacían más notorias las injusticias, Mérida iba perdiendo cada vez más privilegios, la obligaban a permanecer callada y encerrada, tomando clases en casa para que no tuviera que ser vista o comparada con su hermana y así pasaron los años, Mérida era cada vez más olvidada excluyéndola por completo de actividades sociales y hasta de algunas cenas familiares no le quedó de otra a la desdichada que entregarse a su destino de vivir en miseria cuando la realidad es que había nacido rica.

Cuando las gemelas cumplieron 18 años, decidieron no exponer ni la tez amarilla, el feo color de cabello ni los ojos oscuros de Mérida en la gran celebración de cumpleaños. Su padre quien ahora era uno de los más grandes multimillonarios del lugar gracia a las empresas fundadas por su abuela, decidió aprovechar la oportunidad para hacerse publicidad en su nueva trayectoria como político. Convocó a los medios y a los más destacados habitantes de la ciudad a asistir a la fiesta de su hija Elisa. Todos conocerían a la heredera de su fortuna.

La fiesta aconteció a lo grande. Se podían ver los más reconocidos grupos musicales del momento, la mejor comida gourmet, el servicio con el personal más sofisticado, la decoración súper lujosa, todo al estilo propio de la alta clase social. Casi al final de la noche todos se preguntaban cuál sería la sorpresa que se había anunciado durante la gala. En ese momento se apagaron las luces del salón y se encendieron dos enormes focos los cuales fueron dirigidos hacia unas cortinas que toda la noche habían permanecido cerradas y custodiadas por tres hombres rubios y bastante altos. Las cortinas del gran salón se abrieron y dejaron al descubierto el regalo de la festejada: un precioso Bugatti “la Voiture Noire” totalmente personalizado, el sueño de cualquier adolescente; un carro nuevo y lujoso. Elisa impresionada corrió a los brazos de su padre, este la abrazó con ternura y ambos se propiciaron muestras de afectos perfectas para fotos hermosas y fraternales. Se desataron los flashes de las cámaras y todos los miembros de la familia se acercaban para poder ser retratados; era una garantía que al día siguiente saldrían en la primera plana de todos los diarios una foto representativa del evento. Los invitados no hacían más que admirar y envidiar el fabuloso acontecimiento, se acercaban a felicitar a la afortunada jovencita y notaron los beneficios que recibiría por ser “la hija única”.

Por otro lado, a manos de Mérida solo llegó un ramo de flores con una linda nota que decía:

Querida sobrina, siempre has sido tan buena niña, ya eres una adulta, ha pasado el tiempo muy rápido, creo que ya podrás disfrutar de tu vida como deseas. Vente conmigo a Canadá, viajaremos por el mundo y no tendrás que vivir bajo la sombra de tu hermana.

Con cariño, la tía Griselda

Mérida abrazó aquellas flores y pudo sentir cómo su amargura se convertía en felicidad, Había sido olvidada por todos, hasta por su propia madre, aun así, podía sonreír. No recibió regalos ni tarjetas, solo tristeza y soledad. Pero aquella nota con unas simples flores eran el mejor regalo que ella podía desear, representaban su libertad y eso valía más que una enorme fiesta y un carro lujoso. Por fin viviría su vida, sin ataduras o duras reglas, nadie tendría que despreciarla nunca más, caminaría sin miedo, ya no se preocuparía por esconderse durante las visitas de sus primos, no volvería a comer sola en su habitación, ya nadie tendría que humillarla…

Mientras tanto, la cruda realidad golpearía a Mérida nuevamente, Elisa estaba muy al tanto de lo que hacía su hermana, la tenía vigilada por los sirvientes de la casa quienes le informaban de todo lo que hacía y como nada le bastaba, quiso robarle la única felicidad que podía tener. Planeó lo que un día imaginó imposible: acabar con su gemela, cuántas veces había deseado habérsela devorado en el vientre de su madre, pero aún no era demasiado tarde, esa noche llevaría a cabo su plan y esta vez se haría realidad, pondría fin a quien, según ella, nunca debió haber nacido.

Cuando todos dormían, bajó las largas escaleras. La luz de la luna se reflejaba en las enormes paredes del salón principal donde solo unas horas antes había estado repleto de personas adineradas, fotógrafos y periodistas felicitándola y adulándola, llenándole más su ego. Elisa no conseguía vivir con la idea de que su ADN se viera vinculado a un ser tan decrepito y feo como ella misma se expresaba de su hermana. Entró cuidadosamente a la cocina y tomó uno de los cuchillos del chef Julián, cocinero de la familia, quien los usaba para filetear las grandes piezas de carne y cerdo, platos favoritos de su padre. Tomó el mayor que vio, lo llevó al cuarto de su hermana, quien no esperaba ser sorprendida en medio de la oscuridad por su gemela. Mérida encendió la luz de la lámpara, había escuchado como la puerta se abría y sentía pesados pasos en el piso de madera, fue fácil de oír ante el silencio estremecedor que había, ya todos dormían. En un cerrar y abrir de ojos vio la mano que empuñaba una afilada hoja de metal, esta vez sus reflejos no fueron tan rápidos, no pudo evitar el frío acero atravesarle vez tras vez su flaco y débil cuerpo, solo sintió cómo la oscuridad la absorbía llevándola cada vez más a un sueño profundo.

— ¡Debo estar muy cansada! —Exclamó.

Elisa escuchó ruidos. Dejó de apuñalar el delgado cuerpo y se apresuró a arrastrar a su hermana afuera de la casa. Se sentía extasiada, toda la fuerza que tuvo que usar para mover el cuerpo hasta el patio, amarrarle una enorme piedra al cuello y luego lanzarla al lago le pareció una pequeñez delante de tan anhelado placer. Luego retornó a la casa, bajó lentamente a la cocina, dejó el cuchillo en la mesa de mármol y se fue a dormir a su cuarto, ni siquiera notó que estaba empapada en sangre. Mientras se recostaba dio un ligero suspiro de alivio como quien se deshace de algo realmente pesado y agobiante. Un esbozo de sonrisa se dibujó en su cara mientras se dormía y olvidaba todo lo sucedido.

A la mañana siguiente la servidumbre se encargó de desaparecer todo rastro del crimen junto con todo lo que en algún momento perteneció a Mérida. Por fin se podía borrar la fugaz y terrible existencia de la mal llamada deshonra familiar. Nadie volvería a hablar de ella. No había indicios de evidencia que pudieran dar origen a una investigación. La línea entre la verdad y la mentira, entre lo que existió y lo que no, era indivisible. Detrás de las imponentes murallas de la mansión se escondía la trágica historia familiar de una muerte inescrupulosa cargada de racismo, odio y maldad. Solo un pedazo de papel quedó olvidado debajo de un armario. Pero ¿quién querría entrar a la habitación y preguntar por quién no existió jamás?

A la mañana siguiente nadie extrañó a Mérida, todos estaban muy ocupados para siquiera pensarla. Ansiosos aguardaban la llegada de los periódicos de la ciudad.

—Señor ya han llegado las noticias.

—¡Mira, Papá! ¡No crees que me veo maravillosa! —dijo Elisa con un tono de voz coqueto mientras se veía en la foto.

—Sí hija, siempre lo estás…

13 Avril 2021 17:19:34 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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La fin

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Patricia Figueroa "La escritura es un mundo de posibilidades infinitas"

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