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La reina Etelvina lleva tres días desaparecida y el angustiado príncipe Adalberto hace llamar al hechicero Silvano para que averigüe qué le ha pasado. * * * La imagen de portada está tomada de aquí: https://pixabay.com/es/photos/noble-castillo-789501/


Fantaisie Épique Tout public.

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El jardín de Etel

El jardín de la reina está en una de las terrazas más altas del palacio real. Es un jardín pequeño, luminoso, colorido, fragante y armonioso. Una fuente de piedra canta en un rincón acompañada por los trinos de las aves que anidan en los tres árboles que se alzan en el extremo más alejado al del acceso. El suelo está alfombrado de hierba y de caminillos de piedra, las plantas de flores crecen en profusión por todos lados.

El sol, la brisa fresca, el aroma a flores y a hierba húmeda, el rumor del agua, los gorjeos de las aves…, todo contribuye a crear un ambiente apacible y agradable. Sin embargo, el hombre que acompaña a Silvano está nervioso, sus ojos no pueden esconder su preocupación y se sujeta las manos a la espalda para evitar que tiemblen.

Hay un par de hombres más en la estancia que se abre al jardín. El secretario personal del príncipe Adalberto parece demasiado menudo para la levita de abultadas hombreras que lleva, y el escolta se ve demasiado musculoso para la guerrera corta de su uniforme. Ambos se han quedado a varios metros de distancia y ha sido el príncipe Adalberto quien ha acompañado a Silvano para abrirle la puerta acristalada del jardín.

El anciano le hace una seña para que aguarde y no salga con él.

Hace tres días que desapareció la reina Etelvina. Tres días perdidos, tres días sin que el botarate del príncipe Adalberto recurriera a él. Un desperdicio de tiempo.

Silvano es consciente de su aspecto, de sus piernas flacas y algo torcidas que oculta bajo una túnica larga y unos cómodos borceguíes, de su espalda estrecha y encorvada, de su rostro flaco y su nariz ganchuda, de sus cejas encrespadas, de sus dientes desiguales. Su apariencia no impresiona positivamente, pero es el hechicero más competente de todo el reino. El príncipe tendría que haber recurrido a él como primera opción, no como último recurso desesperado. Pero ya no tiene remedio y de nada serviría quejarse.

Silvano mira hacia delante, avanza su largo bastón nudoso, sale al jardín y cierra la puerta a su espalda, para dejar claro que no quiere compañía.

Aquí fue vista la reina Etelvina por última vez. Hace tres días pidió que le sirvieran el desayuno en su jardín privado, salió en bata y camisón, descalza, con el pelo suelto y un libro en la mano. Sus doncellas la dejaron sola... Y desapareció.

Había dos doncellas dentro de la estancia que comunica con el jardín, una quitaba el polvo y la otra regaba plantas, otra más pasó por allí tras cambiar las sábanas del lecho real, otra retiró los restos del desayuno. La reina no se movió del jardín. La reina no regresó. Cuando la buscaron, había desaparecido.

Silvano se pasea despacio por los caminillos del jardín. Su paseo no es ocioso, mientras se mueve mira, ve, escucha, palpa, olfatea, percibe, siente y piensa. Por la baranda de piedra que cierra el jardín caen cortinas de hiedra y otras plantas que no han sido dañadas, nadie se descolgó por ahí, y hacia arriba solo hay tejado, inclinado, resbaloso y protegido por una malla de espino. El pequeño jardín es inexpugnable y solo tiene un acceso, uno por el que la reina no salió.

Un rato después ya ha interrogado a los duendecillos-mariposa que pueblan el gran magnolio, a las aves cantoras que anidan en el mandarino, a los diablejos-oruga que asoman entre las hojas del almendro, a las mariquitas-torpedo y a la ninfa de la fuente. Ha susurrado bajo los árboles, ha mecido las manos entre las hojas de los jacintos, el jazmín, los rosales y el lilo. Ha escuchado el suave zumbido de las abejas y ha seguido a salamandras y lagartijas.

Le han dicho dos cosas interesantes. La pequeña ninfa de agua insiste en que la reina cambió hace una cantidad corta de lunas y luego volvió a cambiar hace poco. Lamentablemente su noción del tiempo se basa en el ciclo lunar y es imprecisa. Las aves y las lagartijas sostienen que hace tres soles entró la reina y salió la camarera. Y no han vuelto a ver a ninguna de las dos.

Un acertijo. A Silvano le gustan los acertijos.

Pide hacer venir a todas las doncellas de la reina. Antes de subir al jardín se ha informado sobre ellas. En total son siete, tres de una edad similar a la de Etelvina y otras cuatro entre treinta y pico y cuarenta años, las siete de probada lealtad. La más reciente lleva más de un año al servicio de la reina, desde su matrimonio con el príncipe Adalberto; otra, casi treinta meses; otra, seis años, y las demás llevan con ella desde su infancia.

Mientras espera a las mujeres observa al príncipe. Es un hombre alto, de piernas recias y mandíbula cuadrada. Se ha dejado crecer una barba corta, pero el hechicero recuerda, aunque no lo vea, que tiene un hoyuelo en la barbilla. Adalberto sigue nervioso, aunque se controla bastante bien y no gesticula ni manotea, y no interrumpe la investigación de Silvano, sino que permanece expectante a un lado. Su estampa es convincentemente regia. No solo ha cambiado físicamente, también ha ganado entereza y aplomo.

De los cambios en su carácter no puede enorgullecerse el hechicero, pero sí de los físicos. Por lo menos de algunos muy significativos. Él fue quien trató la enorme mancha de nacimiento que amorataba casi la mitad de su rostro y parte de su cuello. Suyo es el mérito de haberle dado una faz que sus súbditos encuentran agradable.

Las doncellas entran. Todas doblan la rodilla ante el príncipe antes de ponerse en fila frente a Silvano. Ninguna lo mira a los ojos, pero no parecen nerviosas, sino esperanzadas. Etel es una reina querida y todos confían en que él sea capaz de recuperarla.

Con palabras y ademanes amables, el hechicero conduce a las siete al jardín. Su bastón repica mientras él las guía por los caminitos de piedras que separan los parterres, hace que se asomen a la fuente de una en una, las lleva bajo la sombra de los árboles y, por último, regresan al césped que se extiende ante la puerta cristalera.

Las doncellas vuelven a formar fila ante él, y Silvano estudia con especial atención a dos de ellas. Una es la joven de piel y ojos claros que retiró el desayuno de la reina, la otra es una mujer robusta y morena que no se acercó por las estancias de la reina el día de la desaparición. Eso dice ella. Eso corroboran las demás. Y también las plantas y los árboles han dicho que no la vieron ese día, pero la ninfa ha señalado a ambas, dice que ambas estuvieron en el jardín aquella mañana. Dice que la joven se veía igual y que la morena tenía otro aspecto, pero era ella.

Silvano sabe de la asombrosa sensibilidad de las ninfas para distinguir identidades. Aunque nadie más le dé la razón, él cree a la ninfa. La morena estuvo allí, de alguna forma. Solo tiene que conseguir que hable.



10 Avril 2021 00:00:15 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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