relative Victorie S.

En una visita inesperada de un nieto a su abuela descubre una pequeña curiosidad de su familiar: Una gran colección de dados en una caja de zapatos. Una curiosidad que le dejó dudas, las cuales quizás fueron respondidas de manera silenciosa.


Histoire courte Tout public.

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Suerte y Azar

Fue un día como cualquier otro en el que fui a visitarla.

La abuela Elena siempre había sido una mujer muy expresiva, alegre y sencilla. Regordeta y con las mejillas pintadas de rojo por el rubor, morena y con su melena gris que se batía cuando le daba un poco de brisa. Cuando abrí la puerta ella se sorprendió y me abrazó con fuerza. Yo era su único nieto. Su sonrisa era increíblemente contagiosa, así que no pude resistirme.

— Mijo —como me llamaba, abreviatura de "Mi hijo"—, ¿Cómo a estado? ¿Qué lo trajo a visitar a esta anciana suya?

— Vine a ver cómo estaba —respondí viendo su ropa, estaba algo sucia.

— Me agarras cuando estaba limpiando, esta casa vive llenándose de polvo. Pasa, pasa. ¿Ya comiste? —caminó con sus sandalias y un poco de desdén hasta la cocina donde habían pilas de cajas. Mi abuela tiene cierta manía de guardar muchas cosas.

— Sí, tranquila, no te preocupes, ¿Necesitas ayuda con algo?

— No... Tu abuela aún puede valerse para limpiar estos trastes —se sonrió mientras subía a una silla para limpiar la repisa dónde estaban las cajas. Me acerqué a ellas y las abrí, estaban llenas de fotos.

— ¡Ahí eras un pequeñín aún! Me parte el alma que hayas crecido, pero te has convertido en un muchacho muy guapo y educado...

— No me saques los colores abuela... —reí porque me sentí algo apenado. Ella soltó una carcajada.

— Qué modesto... Tu mamá hizo un buen trabajo contigo.

Mientras ella seguía hablando miraba las fotos de la caja. Era un bebé regordete haciendo de las suyas. Cuando abrí la otra caja me extrañé un poco.

— Abuela... ¿Por qué tienes tantos dados?

Ella se volteó a verme, luego a la caja. Se rió y siguió limpiando la repisa.

— Ay mijo, hay cosas que es mejor no saber, pero, ten presente que uno nunca sabe cuándo va a necesitar dados.

— ¿Q-Qué?

— Así es mi amor, nunca sabes cuándo vas a necesitarlos. Agarra dos, te los regalo y cargalos contigo. Son mis preciados amuletos.

— P-pero abuela...

— Agarrarlos, solo son dados —rió. Le sonreí a medias, había algo que no me estaba contando. ¿Se refería a los juegos de mesa cuando le faltaban los dados? No entendía nada. Los tomé y empecé a jugar con ellos, mirándolos. El par que tomé era de madera y se veían muy golpeados.

Con un extraño sabor de boca pasé el resto de la tarde con ella, para luego volver a mi casa. ¿En qué situación tendrías que encontrarte para necesitar tantos dados?

Luego de darme una ducha me escabullí entre las sábanas. Pronto me hallaba en los brazos de Morfeo saltando entre recuerdos sin sentido e imágenes disparejas, a una velocidad un tanto abrumadora. Sin reparo alguno todo se detuvo, estaba en la sala de la abuela Elena.

Escuchaba su risa y la de un hombre. Los cuadros de la casa eran exactamente iguales, los muebles de madera, la alfombra, la estantería, todo estaba intacto. Podía moverme libremente pero procuraba no hacer mucho ruido. En silencio y con cuidado me acerqué al marco de la puerta de la cocina, dónde provenían las voces.

Mi abuela estaba riendo y hablando tranquilamente. La conversación con el hombre era amena, parecían viejos amigos, sin embargo no llegaba a ubicar esa voz masculina. Con extremo cuidado de que no me vieran me incliné para verlos mejor. Sentí como un nudo en la garganta se formaba e me impedía respirar.

Aquella voz salía de un ser que parecía ser un demonio del viejo folklore del pueblo. El corazón empezaba a acelerarse y respiré profundo par poder escuchar mejor.

— Sabes muy bien que algún día ganaré, Elena —decía aquel demonio a mi abuela, que reía jovial.

— Hasta que ese día llegue, perderás cuántas veces el Señor lo quiera.

— Patrañas, mujer. Es puro azar esta madera donde jugamos desde hace años.

— Intentas tentarme, pero la paz está de mi lado.

— Te equivocas —respondió convencido el demonio.

— Que tú no hayas tenido la voluntad de ganar y crearte tu propia suerte no es culpa del resto, querido.

— ¡Pues juguemos! Demuéstrame que me equivoco si tan convencida estás.

— Te he ganado tantas veces, lo tuyo es masoquismo —rió mi abuela, agarrando la caja donde encontré sus dados, sacando un par.

— Impar, y me quedo con tus últimos años de vida —soltó el demonio, recibiendo los dados de mi abuela.

— Par, y me quedo con tus dados y la suerte que poseen —respondió ella, convencida—. 5 rondas, y comienza el invitado.

Sentía mis piernas temblar y mis manos sudando frío. Aquel demonio, con cuernos de ciervo desviados, uno hacia el frente y otro hacia atrás, barba perfectamente cuidada y ojos de serpiente lanzó los dados a la mesa. La miró con picardía.

— Siete.

Mi abuela tomó los dados y los soltó tranquilamente.

— Tres.

— Diez, querida Elena. La primera ronda es mía.

Así estuvieron dos minutos, con una tensión increíble en el aire. Por dentro rezaba para que mi abuela ganase, pero estaba muy reñido. Las primeras dos rondas las había ganado ese demonio, y las otras dos la abuela.

— ¿Estás preparada, vieja amiga?

— Solo juega, ¿O tienes miedo?

Él rió, tirando los dados a la mesa.

— Doce.

Mi abuela los tomó y los guardó en su puño, llevándolo a la boca. Parecía que les susurraba algo, y los dejó caer.

— Doce. Un total de 24, es par.

— ¡Maldita sea! ¡Siempre igual! —golpeó la mesa con el puño, irritado. Mi abuela rió tranquila, aliviada. Le extendió la mano con una media sonrisa. El demonio la veía receloso. Accediendo, dejó caer un par de dados rojos con puntos blancos sobre su mano.

— Esto no se quedará así, Elena. Es muy entretenido jugar con un mortal como tú.

— Será agradable verte de nuevo, porque algunas cosas nunca cambian, Loer.

El demonio rió para sí, y asintió. La tensión había desaparecido y, por un instante, la amistad había vuelto al aire.

Al día siguiente decidí ir a casa de.la abuela a contarle aquel sueño tan raro que había tenido. Ella me recibió y escuchó atenta a cada detalle de mi disparatada historia.

— ¿Con un demonio, yo jugando? Mijo, te habrá caído mal la cena...

— ¡Es cierto abuela! Y le hablabas como si lo conocieras desde hacía años, y años y...

— Tendremos que ir a misa para que te bauticen de nuevo —me quedé observándola por lo que acababa de decir—, no es de Dios soñar cosas así.

— ¡P-Pero abuela!

— Tan lindo mi muchacho... Pero no mijo, no sé de dónde has sacado eso.

— Bueno...

Ella rió y me peinó dulcemente. Ella siempre me mima como si tuviera aún cinco años. Pasé el resto de la tarde con ella. Cuando regresaba a casa, me reí por tal sueño que había tenido. Era cierto que mi abuela era una mujer de iglesia, tranquila. De dónde habré sacado tales ideas sobre ella... En el bus, mientras pensaba en todo y nada, jugaba con los dados que ella me había regalado.



Ya él se había ido. La casa volvía a estar en silencio, la tarde empezaba a caer como un hermoso velo sobre las casas. Estaba sentada en la ventana, mirando la calle por dónde su nieto se había ido. Tomó, debajo de un pequeño mueble una caja de metal, poniéndola sobre sus piernas y abriéndola.

Metió su mano adentro y los observó. Notó que el rojo con el blanco no le disgustaba.

3 Avril 2021 17:07:03 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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La fin

A propos de l’auteur

Victorie S. Es prematuro el final si se tiene un mal inicio. Sin embargo... siempre vale la pena apostar por un quizás. Integrante Iriac.

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