ax2 -Ángel Iván -González de la macorra Pérez

Cuento de horror. Un par de náufragos ingleses encuentra la última isla virgen sin saber que está repleta de una especie muy particular de caníbales, una especie que usa la antropofagia para obtener visiones oscuras y ascender a un estado sobrenatural.


Histoire courte Déconseillé aux moins de 13 ans.

#terror #aventura #mar #canibal #295 #navegar #navegantes #naufragos
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Paraíso caníbal


Después de la masacre de Boyd, cesaron las historias de caníbales y las islas entre el mar de Tasmania y el Pacífico Sur mantuvieron la paz en sus costas durante largo tiempo. Para aquellos años, ya nadie esperaba siquiera el descubrimiento de una nueva isla como Uttuete y mucho menos el sangriento episodio de aquella noche. Horas antes, el sol de mediodía se reflejaba apaciblemente en la Bahía de Auru. La calma naciente de la tempestad reinaba en la playa de arena blanca y mar azul y, cerca del horizonte, apenas visible, un pequeño tronco arrastraba los restos de la tormenta de la víspera: un mástil fustigado en alta mar que traía consigo a dos náufragos desventurados.

Thomas era un hombre robusto, alto, de rostro cuadrado, con un bigote negro muy poblado. Su semblante serio estaba duramente enmarcado por su frente amplia. Tenía poco pelo y lo que le quedaba lo usaba casi al ras. Todo su aspecto era congruente con su carácter. James, en cambio, parecía inofensivo gracias a su semblante de niño. Tenía las cejas un poco arqueadas y su boca parecía estar siempre abierta. Mucho más joven que Thom, su cara afilada dejaba ver sus grandes orejas de plato e igualmente, en contraste, lucía una poblada cabellera rubia cortada a la moda con las patillas largas y el frente arremolinado. Los dos habían apenas sobrevivido la noche anterior gracias al mástil de kauri al que se amarraron. Yacieron tendidos en el canto de la playa, trincados a su tronco, bastante tiempo. La marea les golpeaba la cara con su vaivén lento que los ahogaba en cada impacto.

Thom se paró trabajosamente, se puso de rodillas y se apoyó en el tronco. La cuerda en su muñeca le quemaba al estirarse y el agua le pesaba en la ropa. Tosió agua y sangre; luego se desanudó como mejor pudo antes de liberar a James. Todo el paisaje emanaba un aire muy húmedo a muerte y sal. El sonido los abrumaba a pesar de la tranquilidad del lugar, pues oían cómo las aves cantaban un ritual antiguo coreadas de olas estrellándose en la arena. Era asombrosa su batalla por la vida y la cordura en medio de esa fatiga lúgubre.

Apenas se reincorporaron, James miró a Thomas a los ojos. Agradeció en silencio y no festejó su suerte. El hambre y la sed adquirían un tono amenazador en los rostros enrojecidos de aquellos navegantes quemados por el sol. Thomas escupió, haciendo mucho ruido. La boca, la nariz, toda la cara le sabía salada.

No hubo tiempo de nada. En su interior, ambos temían algo que les pesaba confesar. Entendían lo lejos que estaban de Inglaterra o cualquier otra tierra del imperio. Como hombres de mar, conocían el peligro del descanso y se hicieron a la tarea de buscar refugio. La cautela y el temor natural por lo desconocido se arremolinaban en sus pechos movidos por el asombro de esa isla ardiente.

Avanzaban movidos por una fuerza propia de los moribundos. Iban rápidos, sumergidos en su fiebre. Thom, especialmente, corría invadido por la desesperación. A los ojos de James, su silueta se adentraba zigzagueando en la espesa selva, rica en madera y minerales. La enfermedad y la belleza del lugar embriagaban sus mentes.

- Busca una piedra, compañerito, oigo algo al este. También hay un río - Thomas arrastró mucho esa última palabra.

No había bajado la guardia: traía consigo un palo grueso y contundente; su voz transmitía poco menos que optimismo. Su mirada destellaba bajo sus gruesas cejas negras.

James no oía nada. No era mal navegante y sabía seguir un rastro, pero en su cabeza un intenso vértigo lo dominaba. La voz de Thomas lo asustó. Tomó la piedra afilada, la guardó en su bolsillo y lo siguió por lo que parecía una vereda. Más allá de Thom, no veía mucho; aún le ardían los ojos por el mar, y la flora silvestre lo cubría todo en penumbras.

Desde el cielo, entre la densa selva, los dos hombres eran invisibles para Dios y su misericordia. El rumor del río se perdía en la inmensidad de la vegetación y los engañaba llevándolos en círculos de Este a Oeste. Conforme pasaban las horas, James perdía la fuerza. El sol, que antes brillaba en lo alto, descendía pesado y los olvidaba en la penumbra. Thomas había abandonado su garrote. Las fuerzas que le quedaban de su ataque de euforia también decaían; no se podía permitir llevar consigo nada y el sonido de la noche se lo recriminaba: lejos, en la pared de sombras detrás de los árboles, una presencia acechaba silenciosa. Aunque no la oían, sentían su caminar furtivo.

- Me duelen los brazos, James, tienes que ayudarme a matar ese animal - Thom sangraba; tenía heridas en todo el cuerpo.

- Esos no pueden ser animales, Thom - susurró James, visiblemente asustado - Ningún animal acecha así.

Thomas no le contestó nada. Quiso mirarlo con empatía pero la mirada que le devolvió fue de ira. Apuró su paso. Ya no oía el río, sólo la noche, el zumbido de los mosquitos y el grillar de los insectos.

El silencio entre los dos hombres era pesado; sólo se oía de ellos su respiración agitada cuesta arriba. A James Thom le parecía gigantesco.Le costó mucho distinguirlo de árboles cuando este empezó a correr. Fue el primero en verlos. Entre los árboles surgieron un gran par de ojos blancos, casi desorbitados, con las pupilas dilatadas. Se escondían en la distancia pero era imposible no distinguirlos. Thomas buscó en el piso con qué defenderse pero no se detuvo. Detrás de él, James corría jadeante, tropezando con todo a su paso.

Cada vez aparecían más. Lo que eran un par de ojos a sus espaldas se volvieron decenas. Ya no los seguían a discreción. El trote retumbaba en la tierra con bastante firmeza, azotaba las ramas y crujía veloz en la persecución. Los ojos en la oscuridad los rodeaban por doquier y resoplaba al unísono un rugido exhalado con violencia acompañado de un caracol de viento que pregonaba la muerte entre gritos cargados de furia.

Aun cuando eran supersticiosos, ambos amigos sabían que el peligro no emanaba de fuerzas sobrenaturales. Estaban ante algo mucho peor: los seguían hombres fuertes, bien descansados y armados. De todos lados surgían aullidos y cantos violentos, sonaban palmas, azotes y tambores que cobraban fuerza con los pasos contra el suelo. Los gritos guturales infundían terror por sí solos. Sombras negras de aspecto humano recorrían la selva y de ellas sólo se distinguían fieras miradas con bocas híper abiertas, de dientes afilados penduleando lenguas bífidas. James corría desesperado.Sentía un hormigueo frío en las manos. El sonido vibraba desde los pechos de quienes les seguían e inundaba la selva de una manera horrenda y bestial haciéndolo dudar. Thomas, en cambio, lo dejó atrás sin titubear y el pobre hombre rezagado y solo se tendió al suelo, se desvistió la camisa desgarrándola, la alzó al viento y gritó en su idioma cuantas frases de rendición conocía.

Thomas avanzó veinte metros en terreno alto y trepó en un árbol aprovechando la tragedia. No sentía ningún remordimiento. Estaba ebrio con sus propios pensamientos. Sin que se diera cuenta, a sus pies se llevaba a cabo un acto extraordinario. Los nativos rodearon a James, le gritaban cara a cara y lo obligaban a mantenerse tendido al suelo mientras desde atrás se abría paso uno de ellos. Bellamente ornado, caminaba imponente un gigante que sobrepasaba los dos metros. Pero Thom no escuchó nada, su mirada estaba clavada en la lejanía. Antes del horizonte, más allá del tapiz de copas de palma que se extendía hasta la orilla del paisaje, se divisaba la libertad. Una mujer amarraba una barca en medio de la peligrosa noche en la que todos los hombres salieron a cazar a dos extraños llegados con el mar. Si había una oportunidad, era esta.

Todos tenían una extraña cojera que les hacía parecer menos hábiles de lo que realmente eran. En el largo camino a la aldea, James sostenía discretamente la piedra en su bolsillo y veía con recelo a los impresionantes guerreros. Impávido, no podía decir que fueran hombres. Andaban bien erguidos sobre sus dos pies, impulsándose en su rengueo. No parecían hijos del mismo Dios: los Keupoogori andaban desnudos; sus gigantescos cuerpos lucían tatuajes negros bastante primitivos. Tenían una deformación craneal aberrante; sus cabezas estaban aplanadas de adelante y atrás, lo que las hacía ver puntiagudas y largas. En la punta de la cabeza, los hombres llevaban el pelo largo bien amarrado. Los tatuajes del rostro pronunciaban su expresión animalesca y bestial apuntando al entrecejo, donde sus ojos enormes culminaban el horror de mirarlos. En las narices y orejas, llevaban aretes pesados. Algunos, además de los tatuajes, estaban cubiertos de una especie de pigmento grisáceo; y todos cargaban consigo un cráneo humano. Sí, le habían perdonado la vida, pero James no tenía ninguna razón para creer que esta decisión fuese irrevocable.

__________

James fue llevado con el rey de esa tierra. Para su sorpresa, esta raza chapurreaba un inglés británico bastante funcional -al parecer, traído del este, donde islas vecinas comerciaban con extranjeros de muy al norte. La choza del rey no se diferenciaba demasiado de la del resto de los habitantes. Acaso su tamaño y ornamenta la distinguían: colgados en arco, fémures y otros huesos portaban collares y hojas en la entrada. James cayó rendido.

Al otro lado de la isla, Thom estaba por olvidarse de Uttuete. Quería subir pronto a la barca. Esperaba no tener más que asustar a la mujer que había visto desde lo alto; pero conforme se acercaba a ella, un pensamiento atroz lo dominaba secretamente. Thom vio su propio cuerpo. Estaba sucio. La ropa que traía puesta estaba rasgada y manchada de sangre por doquier, los músculos se le contraían dolorosamente con cada paso y todo esto activaba en él un instinto vigoroso que lo mantenía de pie. Sin darse cuenta, ya estaba frente aquella mujer. Ella le miraba con miedo pero impúdica. Su expresión de angustia brillaba en sus ojos negros. Aún así, no apartó la mirada de su interlocutor y eso le bastó a Thomas para cambiar de decisión. Se acercó seguro y fue recibido con un escupitajo en la mejilla.

Al llegar James a la choza del rey Ta Eku, tres hermosas mujeres fueron designadas para su cuidado. Lo bañaron y limpiaron sus heridas, lo alimentaron y le dieron de beber agua fresca y néctares dulces. A diferencia de los hombres, ninguna había sido deformada más allá de pequeños tatuajes que les contorneaban los ojos atigrados. El esplendor nativo era inigualable, sobre todo por la atmósfera sombría que envolvía la abundancia y la amabilidad de su gente. Ya muy entrada la noche, entró el rey y las doncellas se marcharon. Sólo quedaron ambos hombres sentados frente a frente.

El rey miraba a James con una profundidad espectral. Su presencia se imponía no sólo por su gran tamaño. Estar frente a él traía una sensación de vacío.

- Bebe, “paeki”, la pena de tus ojos necesita descanso.

El rey Ta Eku exhaló muy hondo mientras le extendía un cráneo abierto a su invitado.

- Debe perdonarme, pero no puedo, jefe. - James pronunció su veredicto con firmeza a pesar de las pequeñas gotas de sudor que le cubrían el rostro. Ta Eku no le retiraba los ojos de encima ni retrocedía el cráneo con la bebida.

- No eres de una gran casa, paeki. Tus hombros cargan y tus manos trabajan con cansancio. No desprecies lo que un día serás - dijo mientras señalaba el cráneo

Sus palabras sonaban gravemente solemnes y honestas. James lo escuchaba hipnotizado de horror y, sin darse cuenta, extendió sus manos y bebió grandes tragos del amargo contenido.

- Bebe. -continuó Ta Eku - Los huesos están conectados con el futuro porque un día sólo nos quedará eso: huesos y luego polvo.

Entraron cinco hombres. Hasta entonces, James no se había percatado de los tocados de oro del rey, pero ahora le parecían hermosos y la ausencia de estos en las cabezas del resto le resultaban contrastantes.

- ¿Qué es lo que me espera, señor? - preguntó James desinhibido.

Los hombres que acababan de entrar extendieron cada uno un pequeño hueso al rey y este los acercó a los ojos de James.

- Deja tu aliento en los huesos - contestó el rey y James obedeció en silencio.

Sentía la cabeza ligera; un mareo espeluznante lo gobernaba y le nublaba la vista. Los hombres de Ta Eku iniciaron una danza vigorosa y cantaron fuerte con gritos y alaridos que traían consigo la sensación de una muerte horrenda.

- Hace mucho, nosotros también éramos paekis de esta tierra. Veníamos de lejos arrastrados por el mar hasta que la suerte nos soltó aquí, donde un viejo hombre santo que vivía alejado de todo nos alimentó, nos cuidó y nos enseñó a amar a la muerte por ser el final de la vida.

La voz de Ta Eku sonaba lejana. Alrededor de él, los hombres y sus cantos se deformaban espeluznantemente en sombras y gritos. Ta Eku arrojó los huesos al piso.

- Tú también eres bienvenido, paeki. Mira el mañana y elige.

James miraba los huesos en el suelo caminar en círculos; eran las falanges de una mano que lo invitaban a visiones oscuras. Entre los huesos, miraba un gran navío y mucha sangre derramada en el mar.

- Paeki, la “mankua” de mi gente peligra. No todos entienden la muerte. Si le arrebatan esto a ellos yo estoy obligado al “Autu”.

James entendía cada palabra. Quería correr pero algo en él se lo impedía.

- Muchos llegan llenos de vergüenza y quieren obligar a los míos a sentirla también, pero somos personas fuertes. Muestro mankua es resistente y no nos arrodillamos frente al paeki ni ante el dolor. Pero a ti te escogió la tierra; eres un hombre humilde y aceptas tu derrota.

- Me temo que me confunde, señor. - la voz de James se cortaba penosa - Aprecio el gesto que me brinda, pero mis deudas no me permiten darle la razón

James miraba el suelo y rehusaba la mirada de Ta Eku.

- La vergüenza es el orgullo de los heridos, paeki. Es invisible para los santos que nos dieron su aliento y nos estorba para vivir. - Ta Eku tomó el cráneo y bebió de él - Abandona tu deuda y tu vergüenza para entregarte a la luz.

- La abandono, Ta Eku.

- Bebe y confiesa. - James habló fuerte y dio un trago grande al cráneo - Ya pagaste la sangre, amigo. El mar te cobró cuando te arrojó a nuestro hogar.

- Te agradezco, rey. Si me lo permites y me brindas tu mano, partiré al amanecer para saldar mi deuda.

- Entiendo.

Los dos se vieron mutuamente a los ojos. Ninguno se parecía al otro, pero por un momento fueron iguales.

- Sé libre.

Con estas palabras, entraron dos hombres más a la choza. Traían consigo atado a Thomas. James apenas podía reconocerlo.

- ¡¿Qué le han hecho?!- por el rostro de James corrieron gruesas lágrimas. Ta Eku bebía despreocupado.

- La mayor vergüenza es la de la carne, por eso mi gente anda desnuda. Tu amigo ha intentado tomar a una de las mujeres. Después de abandonarte, encontró nuestras balsas, raptó a una joven que se bañaba en el mar, le arrebató sus collares y trató de embarcar. El marido de ella lo vió y le hirió con su daga, fue traído a mí mientras te cuidaban y alimentaban. - Thomas miraba a James con una mirada suplicante. Ya no quedaba en él ningún rastro de dureza, sus ojos rogaban escurriendo un llanto amargo.

- ¿Es necesario, rey?- James estaba pálido.

- ¿Sabes qué veo en los huesos? No estás aquí porque así lo hayas elegido. De tu tierra te han lanzado al mar sin que puedas elegir. No es paeki quien no ha nacido en Uttuete, amigo, sino quien no le honra. Olvida tu deuda. - Hizo una señal y uno de los guerreros trajo una gran antorcha - El autu, como el tiempo, no son un camino recto, son engañosos como la selva que se come todo lo que vive para que con su muerte la nutra y la haga fuerte. Están hechos de caminos oscuros que dan vueltas y te llevan a donde empezaste; nada los detiene. Sin miedo ni vergüenza, nos enseñan a no despreciar nada mientras aún exhalamos vida.

James habría querido cerrar los ojos pero le era imposible. Cantos tenebrosos lo seducían y lo arrastraban en el ritual. El fuego iluminaba los rostros de todos y la selva entera, con toda su ira y fuerza, parecía estar dentro de la choza. Los guerreros arrastraron a Thom al fuego. Las llamas ardían en sus pies y él se retorcía en los brazos de sus captores: el aroma suave de su carne quemada entraba profundo en los pulmones de James y los gritos de dolor avivaron el incendio y el calor en los pechos retumbantes que traían espíritus y tinieblas al ritual. Los guerreros y el rey clavaban sus cuchillo de piedra en Thom, le arrancaban carne viva y se la llevaban a la boca sin pudor alguno; comían serenos ante el óbito cruel.

James no daba crédito. Escapaba sangre de las comisuras de los caníbales. La locura chisporroteaba en las lágrimas de Thom, que veía su cuerpo ser devorado por monstruos. Y el sonido lo hacía dudar de su cordura. Comían en paz a pesar de los gritos. Unos preferían tomar carne de las piernas y otros hincaban sus dagas en el pecho. Su serenidad era grotesca por la ligera sonrisa que dibujaba en sus rostros. Solo de cuando en cuando interrumpían las mordidas para corear los cantos y estos no se iban: como en un eco eterno de demonios, rondaban la ceremonia.

Una sombra descendió suavemente desde el techo de madera. Mientras Thom gruñía sin llegar a morir y su alma se alejaba de él, la sombra entró por su garganta y por la de los comensales. Todos parecían mucho más pequeños en alma, se habían desprendido de cualquier apego a la humanidad.

La muerte fue lenta. Pese a que en el cuerpo de Thom ya no había vida, su voz corría llena de agonía y desesperación por todo el lugar. Ta Eku se acercó al fuego y recogió la carne calcinada mezclada con la sangre. La deshizo en sus palmas y luego, con la pasta grisácea que resultó de ello, se untó el pecho y las piernas.

- Cada hijo, - las palabras del rey escurrían sangre y carne- cada hijo se ve más beneficiado que su padre. Los nietos ven más allá que sus abuelos porque cada generación que pasa, la carne santa se mezcla más en nuestra sangre. Así lo enseñó el hombre santo que conocía las propiedades mágicas de la carne y nos regaló una vida sin sufrimiento. Las visiones y las voces son perpetuas para quienes hemos probado de la carne humana por tantas generaciones que ya no se pueden contar. Come y vive en paz, amigo. Lo que está frente a ti ya no es tu compañero.

La gloria Keupoogori brilló en la mirada del rey. El espíritu dentro de él lo hacía un animal misterioso y voraz, surgía desde lo más profundo de TaEku, desde un antiguo rastro de almas antropófagas que lo iluminaban y le otorgaba esos ojos gigantescos y poco humanos.

Con sus propias manos, James arrancó la carne del torso que tenía enfrente. El tejido hacía resistencia a sus uñas y requirió de un gran esfuerzo para desgarrarlo desde el pecho hasta la costilla. El nudo en la garganta de James dolía más allá de lo físico. El sabor ácido y fuerte de la carne de Thom se mezcló en su boca con el amargor de la bebida y su rastro caliente subió a su paladar en una nota dulce. Empero, James tragó con dificultad contra su reflejo del vómito. Mordía y masticaba como el resto de los guerreros. La carne era fibrosa y algo chiclosa, su mandíbula no estaba acostumbrada a triturar nada tan duro. Comió hasta saciarse e hizo silencio. Con la cabeza gacha, se arrodilló llevando su frente al suelo, rodeó su abdomen con las manos y permaneció así. TaEku y los guerreros cerraron los ojos e hicieron una reverencia respetuosa al nuevo Keupoogori… Pero el alarido rompió con todo. Un nuevo grito hizo que los guerreros salieran de su trance. James había tomado la piedra de su bolsillo y saltado poseso de rabia sobre el rey. Lo apuñaló en el pecho, completamente a traición.

Su pecho no latía, zumbaba. Tras la puñalada, James corrió como un demonio.Una espiral vertiginosa de alucinaciones lo guiaba en la oscuridad. Detrás de él, el ejército entero de los Keupoogori lanzaba flechas y lanzas que le pasaban a diestra y siniestra, lo rebasaban y hasta le rozaban los brazos. Los cantos incesantes no lo atemorizaban; por el contrario, en comunión con la sangre y los hechizos, James veía venir hacia él las armas, se alzaba por los aires y surcaba la selva como si la conociese de memoria.

La selva y su aire ligero y rico entraban por la nariz de James empujando el olor de la carne quemada que aún corría por su garganta. Sus fosas nasales se abrieron y su entrecejo se arrugó en un gesto animal. Sus ojos lo veían todo, abiertos en su totalidad a pesar de su ceño fruncido. El universo parecía ser visto desde una esfera; las estrellas de la bóveda brillaban con intensidad y le señalaban el este. Así corría James; solo los guerreros que también habían participado de la ceremonia le seguían el paso de cerca pero tenían el retraso de la ofensiva sorpresa de su enemigo.

Cruzaron casi toda la isla. A la orilla, un bote separado del resto parecía listo para zarpar. Al tenerlo frente, James vio sangre en él y un pequeño brazalete de oro y madera negra. Era el bote donde, horas antes, le había costado la vida a Thom su arrebato deshonesto. Al subir, James sintió que su pecho se partía. Remó fuerte toda la noche, lloró a su amigo y también a Ta Eku. Lloró porque ahora su deuda era aún mayor. En su fuero interno no se perdonaba ninguno de los dos muertos con los que cargaba y, con cada remo que daba, la magia de Uttuete le arrebataba la alegría.

__________

Tras su duro regreso a Inglaterra, una carta recorrió las calles. Todos los diarios hacían público al héroe que navegó solo desde el paraíso caníbal hasta casa. La carta omitía la complicidad en la ingesta y relataba heroica aunque humildemente la travesía de nuestro protagonista, su trágica aventura y la muerte de su gran amigo. Un punto importante en ella era el bello brazalete y la urgencia de justicia por parte del imperio. Thom era descrito como una frágil víctima de la tempestad y los salvajes. No se ahorraron ningún detalle escabroso: el mundo entero debía conocer la agonía del hombre que vio a su compañero ser comido vivo.

Pero la gloria fue precaria. James recibió una indemnización fuerte pero para nada duradera. La marina real lo impelía mostrar el paradero de Uttuete y asumir un cargo como oficial naval. Ni un año después de su llegada, se preparaba un navío explorador que iría a buscar la que quizá fuera la última de las islas vírgenes. Había un sentimiento de conciliación y esperanza. Una vez más, la Historia le ofrecía a un valiente hombre la posibilidad de la gloria tras una aciaga caída: quien salió de su tierra envuelto en deshonor y tragedia, regresaba con la buena nueva de la esperanza y volvía a partir para regresar laureado.

El mar fue dócil hasta donde su naturaleza se lo permitía. La bella herradura incrustada de verdor recibió con notable afabilidad a los recién llegados. El descenso de James le trajo consigo oleadas de recuerdos tétricos. No tardaron en llegar las centenas de miradas violentas, todas ellas armadas y en pos de guerra. No podemos decir que algo de la batalla llenara de orgullo al heraldo y capitán del imperio. Por el contrario, su dolor crecía y se tornaba en odio; algo en su interior le torturaba pesadamente. Los cañones, mosquetes y lanzas le herían cada uno como si fuera a él a quien realmente atravesaran.

En la distancia, James distinguió una silueta familiar. Ta Eku combatía entre los suyos. Solo reconocerle, James se obligó al pensamiento más penoso que había sentido en toda su vida. Incluso, años después, para sus adentros, él recordaría este momento con humillación y tristeza. Antes de pronunciar sus palabras, recordó los huesos en el suelo. El autu de Ta Eku se había cobrado esta batalla. El rey lo sabía y le ofreció a James la oportunidad de redimirse, de ahorrarle al mundo otra masacre y poder dormir en paz libre de su deuda, de la muerte y su propio nombre.

- ¡Elegí la vergüenza, amigo! ¡No había otra opción!- El grito fue sincero y llegó a los oídos del rey, pero este no miró al hombre que lo profirió.

Estas fueron las últimas palabras entre ellos dos. Ninguno de los monstruos volvió siquiera a pronunciar el nombre del otro.

11 Mars 2021 07:28:03 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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La fin

A propos de l’auteur

-Ángel Iván -González de la macorra Pérez Hola, soy un escritor mexicano, tengo 26 años y estoy muy interesado en el horror y sus implicaciones psicológicas, sociales y emocionales, creo totalmente que la exploración del miedo nos puede acercar al entendimiento de nuestro entorno y de nosotros mismos.

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