artyom Diego GV

Cada noche cuando me preparo para ir a dormir me recuesto en mi cama dándole la espalda a la pared al fondo de mi habitación. Exhalo un suspiro, esperando que esta noche sea diferente y apago la luz. En ese momento, en el que la noche me envuelve en su manto de tinieblas, las sombras a mis espaldas se acercan a mi cama y me susurran cosas al oído. La oscuridad a mi alrededor no me deja verles, pero además de su voz, rasposa como papel de lija, puedo sentir su presencia. Me susurran todas las noches una historia. Una historia sobre como han hecho de las suyas en el mundo a gente que generalmente no conozco, me cuentan como han trastornado la realidad y la vida de esas personas. Tan solo puedo escuchar a la oscuridad que se cierne sobre mí hasta que finalmente acaban de hablar es entonces que me dan permiso para dormir. En este libro recopilo todas aquellas historias que los entes de la sombras me han contado, espero que dándolo a conocer pueda, por fin, tener una buena noche de sueño...


Horreur Horreur gothique Tout public.

#terror #295 #378 #256 #347 #310
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Capítulo 1 - Un niño y su perro

Un niño se encontraba solo en casa. Sus padres habían salido a comprar los víveres que hacían falta y, también, a despejarse un poco de los quehaceres diarios de la vida de un adulto. El niño estaba solo y aburrido, la televisión había dejado de ser entretenida después de que terminará su caricatura favorita y la siguiente en emisión no era una de su agrado. Cambió los canales en busca de algo mejor, pero, aquel día, las transmisiones televisivas parecían estar en su contra pues no halló nada bueno para ver así que comenzó a correr por la casa, jugando con su imaginación.


Los sillones de la sala eran grandes y cumplían la función de sorprendentes barcos piratas; el suelo se convirtió en un temible y furioso océano donde las grandes e imponentes olas hacían de las suyas, tratando de hundir el barco en el que navegaba, los cojines que antes no eran más que simples adornos para los sillones ahora eran sus balas de cañón. Hasta ahora todo era bastante divertido, peleaba contra esqueletos que vestían pantalones raídos y pañuelos atados en sus cráneos y, como no podían faltar, contra otros piratas que amenazaban con tomar su barco.


“Todo es diversión hasta que alguien pierde un ojo” o, en este caso, hasta que uno de los cañones apunta en la dirección incorrecta y da contra una de las mesas de la sala de estar, lo que no sería un problema de no ser porque casi tira la vasija con flores que había encima. Fue entonces cuando llego el temor a aquel pequeño niño, primero, por lo cerca que estuvo, segundo, por imaginarse lo furiosa que se pondría su madre si hubiese tenido la mala suerte de acertar al jarrón y romperlo en el acto. Decidió, no sin algo de resignación, que esa era una señal de que debía buscar otra forma de divertirse.


Suspiró. Dio unos pasos a un lado de uno de los sillones mirando hacia sus pies pensando en que otra cosa podría hacer sin tener que arriesgarse a romper algo y ser castigado consecuentemente. Pensó que podría ser una buena idea salir al patio de la casa para jugar con Pipo, su perro golden retriever, pero el perro se encontraba en ese momento dormido en su habitación, seguramente en su cama, y la verdad es que el niño sentía feo el tener que ir a despertarlo, ya podría jugar con él cuando estuviera despierto.


Paseo la mirada por la sala, pensando. Mientras pensaba en algo mejor que ir a jugar solo al patio, podía, también, ir a casa de uno de sus amigos, pero sabía bien que sus padres no le permitían salir si es que alguno de ellos no le daba permiso y si llegaban y no lo encontraban sería un castigo asegurado; llamarlo para que fuera a su casa tampoco era una opción pues también sabía que no les gustaría a sus padres que hiciera eso sin consultarlos antes.


Con una mano sujeta al sillón, cerro los ojos creyendo que eso le ayudaría a pensar mejor. Con los ojos cerrados dio un par de pasos sin apartar la mano del sillón, un pie frente al otro, tocando el talón de uno con la punta del otro y así hasta que llegó a la “otra punta” del sillón pues, aun con los ojos cerrados, sintió como la textura de la tela del sillón, una tela que, aunque bien cuidada, ya tenía algunos signos de desgaste, cambiaba poco a poco por una textura que el niño atino a pensar era más suave y fría. Caminó un poco más sintiendo aquella nueva textura bajo sus dedos, podía sentir que en algunas partes tenía trazos hechos con hilos, quiso tratar de adivinar que figuras formaban aquellos hilos que sobresalían, pero se abstuvo de ello y dio un par de pasos más para, enseguida, abrir los ojos y apartar la mano.


Se sintió extrañado pues al recuperar la vista observo que realmente no había dado ningún paso más allá de donde terminaba el sillón, como si en verdad no hubiera dado ningún paso más, aunque estaba seguro de haber caminado, al menos, unos diez pasos más. Posó su mano nuevamente en el sillón, con el ceño fruncido por intentar comprender lo que había pasado, y camino de la misma forma en que lo había hecho, esta vez con los ojos abiertos, cuando termino se sintió aún más extrañado si era posible pues no había pasado nada cuando llego al final del sillón y dio un par de pasos más. Ahora, invadido más por esa curiosidad infantil que nos hacía disfrutar de las cosas que por la momentánea curiosidad del adulto que quiere dar una explicación a todo lo que ve y siente, repitió el procedimiento, esta vez cerrando los ojos.


La emoción le recorrió el cuerpo cuando volvió a sentir aquella textura suave y esos bordes sobresalientes de hilo que formaban figuras extrañas para él. Abrió los ojos sin apartar la mano de aquel sillón con la esperanza de llevarse, aunque fuere una pequeña pelusa, pero la cosa no resulto, su mano tocaba de nuevo el sillón al que ya estaba acostumbrado, la volteo para ver su palma, pero estaba vacía, ningún indicio de aquel frío sillón.


Contento por su descubrimiento, posó su mano encima de la mesa del comedor, una mesa redonda hecha de madera, y camino de un extremo a otro, primero con los ojos abiertos, intentando grabarse la textura lisa de aquella mesa para después compararla con la otra mesa, estaba seguro de que, si había otro sillón, debería haber otra mesa. Se emociono cuando, después de dar medio giro a la mesa, ya con los ojos cerrados, esta seguía derecho, la otra mesa era, al parecer cuadrada, pensó al principio, después se dio cuenta de que era rectangular pues tuvo que dar varios pasos para alcanzar el otro extremo de la mesa, una mesa que, una vez perdida la textura lisa de la madera, paso a ser igualmente lisa, pero era algo más dura, pensó que era algún tipo de piedra, pero no atino a saber qué tipo de roca podría ser en verdad. Abrió los ojos cuando creyó haber llegado al punto de partida. Estaba en casa con la mano apoyada en la mesa de madera y además estaba contento.


Después de darse una buena vuelta por toda la casa, pasando la mano por cada mueble que le llamaba la atención decidió que era momento de intentar con otra cosa más. Se fue directo por uno de los pasillos de la casa para terminar parado enfrente de la puerta de su cuarto. La abrió con una gran sonrisa en su rostro y un brillo especial en los ojos que iban de un lado a otro, saltando del escritorio que tenía para hacer sus tareas, a la mesita de noche, pasando a la cama y, finalmente, deteniéndose en su perro que dormía plácidamente encima de ella. ¿Era posible que, si había otros muebles, hubiese otro perro? ¿Sería, acaso, más grande y con un pelaje a un más suave y lindo que el de su propio perro? Pues había llegado el momento de descubrirlo.


Se acercó lentamente al perro con cuidado de no despertarlo, caminaba, tal vez, con demasiado cuidado. Cuando llego a la cama estiro su brazo lentamente para tocar la cola del perro, esta se agito un poco cuando la tocó y luego se quedó quieta. Espero un momento más para asegurarse de que Pipo estaba dormido. Suspiró cuando por fin estuvo seguro de que aun dormía. Con los ojos abiertos, deslizo su mano con delicadeza sobre el suave pelaje del animal, no necesitaba caminar para poder acariciar por completo a Pipo. Aún mantenía la sonrisa en su cara cuando cerró los ojos y empezó a caminar empezando desde la cola.


No paso mucho tiempo para que comenzará a sentir los cambios. Efectivamente el pelo de aquel otro perro era más suave que el de Pipo y era, también, más largo, llego un momento en el que incluso pudo sentirlo sobre sus pies. Sin duda alguna aquel debía de ser un perro bastante grande si tenía todo aquel pelo, siguió caminando y acariciando al otro perro hasta que tropezó con una de las patas. Sin duda aquel era un perro enorme y sintió curiosidad por ver cómo era aquel inmenso animal. Pensó que, si habría los ojos poco a poco a lo mejor podía echar un vistazo, a lo mejor no había podido ver los muebles porque, cada vez que abría los ojos lo hacía muy rápido, por lo que, si lo hacía lentamente podría haber una posibilidad de ver al otro perro.


Sin darle tiempo a abrir ni un milímetro sus parpados, sintió como la pata del otro perro se empezaba a mover, sintió como sus músculos se movía hasta detenerse, imagino, por los movimientos, que se había levantado un poco. Se dio cuenta de que había contenido el aliento hasta que el otro perro se detuvo, por lo que lo dejo salir en una fuerte exhalada. Eso, de alguna manera, debió haber llamado su atención pues escucho un fuerte gruñido y sintió bajo su mano la vibración que aquel sonido produjo en el cuerpo del perro. Pensó que era un gran momento para abrir los ojos, pero, por algún motivo, su mente lo traicionó y le hizo mantenerlos cerrados, y los cerró aún más fuerte cuando sintió el húmedo y apestoso olor del hocico del perro. Evidentemente, se había despertado y lo estaba olfateando. El niño trago saliva, ahogando con eso un grito de terror. Aquello había dejado de ser divertido, ahora estaba asustado por qué no sabía si aquel perro era tan dócil como Pipo, o si era un perro agresivo tanteando su cena.


Tenía miedo de abrir los ojos aun cuando quería abrirlos a toda prisa para que todo aquello terminará y así volver a casa, a su habitación, pero sus parpados no respondía como el quería. Abrió un poco los ojos, lo suficiente para distinguir algo rojo y negro que estaba justo enfrente de él. El perro exhalo otra bocanada de aire justo en su cara lo que hizo que cerrara los ojos de nuevo. Sin saber en qué momento, ni porque, se escuchó decir con voz temblorosa — L-lindo p-p-perrito — lo que hizo que aquel perro, sin que el pudiera verlo, abriera su gran hocico, mostrando varias filas de afilados dientes en forma de agujas, y de su boca salió una lengua roja como la sangre y afilada como un cuchillo. Lo que sí pudo sentir el niño fue como aquella lengua húmeda le pasaba por el cuello causándolo un fino corte por el que salió un poco de sangre.


El niño se armó aun más de valor al sentir una leve punzada de dolor causada por el corte, y empezó a abrir los ojos, maldiciendo como solo un niño sabe hacerlo por no poder abrir los ojos al instante como las otras veces. Cuando el perro aparto la lengua de su cuello, hizo un gruñido, un gruñido que él conocía bien pues era dueño de un perro, era el sonido de un perro que ha probado alimento y le ha gustado su sabor. Sintió como el pelaje que aún tenía aferrado en la mano se le escapaba por entre los dedos y, entre más abría los ojos podía ver como aquel perro se posaba frente a él. Pudo ver sus ojos, parecidos más a los de un gato que tiene a su presa justo en la mira y lo escucho soltar un fuerte ladrido que le lleno la cara de saliva. No fue hasta que dio el segundo ladrido abismal e hizo el amago de saltar sobre él cuando, gracias a dios, pudo abrir los ojos por completo y hacer desvanecerse aquel perro endemoniado que ya tenía la boca tan cerca del cuerpo del niño que este se quedó con el olor pútrido que despedía atorado en la garganta y en la nariz.


Con lágrimas en los ojos, entre tosiendo y gritando, salió corriendo de su habitación hacía el pasillo, cerro de un golpe la puerta tras de sí y se tumbó en la pared, haciéndose un ovillo y sollozando con la cabeza entre las piernas. No paró de llorar hasta que sus padres llegaron a casa y lo encontraron sentado en el suelo, con los ojos rojos e hinchados de tanto llorar. No se había dado cuenta, hasta que su mamá lo consoló, que Pipo había estado ladrando y arañando la puerta de su cuarto. Se asustó cuando su padre se acercó a la puerta y la abrió para dejar salir al perro, en su mente todavía tenía la imagen de aquel otro perro, pero se sintió aliviado al ver que lo que salía de su cuarto no era aquel perro enorme y endemoniado, sino su fiel compañero, Pipo.


Abrazó a Pipo como no lo había hecho nunca, pues se alegraba muchísimo de verle. Todo había quedado atrás, no había sido más que una mala jugada de su imaginación pues era obvio que aquello que había estado haciendo todo el día no era más que producto de su mente infantil. Así lo creyó hasta que Pipo comenzó a lamerle la cara y, en una de sus lamidas, le paso la lengua por un fino corte en su cuello.


Tardó un par de años (y la ayuda de un poco de medicamento) para que aquel niño volviera a dormir sin tener pesadillas, y pasaron unos meses más para que le permitiera a Pipo dormir otra vez en su cuarto.

1 Mars 2021 03:58:59 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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