vlad_4th Vlad Tepes

Priss se encuentra aburrida en una fiesta. La extraña forma de vestir de un hombre que pasa junto a ella despierta su interés y decide seguirlo; sin imaginar que su curiosidad la llevará a perderse en una realidad paralela, donde todos parecen vestir de cuero y látex. Donde todos también, parecen encontrar a la visitante extremadamente atractiva y deseable, y la llevarán a experimentar toda clase de sensaciones que nunca había creído posibles. Priss aprenderá el placer que puede obtenerse del dolor, la inmovilización y toda clase de castigos. Así como también de vestir esas mismas prendas de cuero y látex. Obviamente, una reimaginación del clásico de Lewis Carrol; pero, en definitiva, una versión para adultos. Contiene material sexual explícito, así como escenas de sadismo, masoquismo y mucho fetichismo. No leer si esta clase de material le ofende.


Fantaisie Interdit aux moins de 18 ans.

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Capítulo I

Priss se sentía como pez fuera del agua. Era joven, divertida, ocurrente, muy imaginativa. Pero no era de las que disfrutaran mucho de las multitudes. Menos en lugares con tanta gente y tan ruidosos. Una pequeña reunión con amigos cercanos en la casa de alguien estaba bien, pero una fiesta de Halloween en un club nocturno parecía algo demasiado abrumador para ella. Solo aceptó porque su amiga Dina le insistió mucho en que fuera, además, tenía muchas ganas de estrenar un adorable vestido que había comprado por internet. A ella le encantaba la moda de lolita gótica, y al fin había podido comprarse uno de los vestidos más hermosos que había visto en su vida; con mangas cortas y muy hinchadas, falda corta arriba de la rodilla con una voluminosa crinolina y llena de holanes y listones, medias hasta los muslos con rayas horizontales, y zapatos de tacón estilo Mary Jane. También usaba una gargantilla adornada con púas alternadas con rosas y un candado en forma de corazón al frente. En verdad parecía una muñeca de porcelana victoriana. Para rematar su atuendo, se había colocado una diadema con orejas blancas de gato sobre su cabeza, y se había colocado dos pequeños broches a ambos lados de la cabeza para formar dos delgadas coletas en su muy larga y ondulada cabellera.

A pesar de no estarlo pasando muy bien que digamos, trataba de verse alegre y de buen humor para no ser una molestia para sus amigos. Estaba pensando en nada, cuando notó a un tipo pasar cerca de ellos. Parecía ir bastante apurado. Lo que le llamó la atención no fue precisamente su buena apariencia, aunque después se daría cuenta de que sí era bastante atractivo. Sino que fue su vestimenta. A simple vista parecía llevar ropa común un corriente, y lo único que podría pasar por disfraz eran unas largas orejas de conejo sobre su coronilla. Pero al poner más atención, vio que lo que parecía ser una simple camisa blanca, era en realidad de un material liso y brillante. Aunque tenía exactamente la misma forma y corte, incluyendo los botones y el bolsillo al frente, parecía estar hecha de plástico, o más bien de hule. Un hule muy elástico que se adhería completamente a su cuerpo como una segunda piel. Y, poniendo más atención, notó también que lo que había tomado por pantalones de mezclilla negros, en realidad eran del mismo material que la camisa. De la misma manera, también estos tenían todos los botones, bolsillos y demás detalles como las tendría un pantalón común.

—¿Será eso látex? —se cuestionó en voz alta. Había visto algunas fotografías con personas vistiendo prendas de ese material en internet, pero jamás había visto a alguien usarlas en la vida real.

—¿Qué dices? —preguntó Dina casi gritando, apenas escuchó que Priss había dicho algo con la música del lugar.

—Me preguntaba si ese hombre está vestido de látex —respondió poniéndose las manos sobre la boca como una bocina y dirigiendo su voz hacia el oído de Dina.

—¿Cuál hombre?

—Ese de allá… —indicó señalando hacia donde había visto por última vez al muchacho. Quedando boquiabierta.

—No veo a nadie por allá —dijo Dina encogiéndose de hombros.

Ya no estaba, no podía creer que hubiera desaparecido, solo volteó un segundo para hablarle a Dina al oído.

—Te juro que había un tipo ahí, uno fortachón con orejas de conejo.

—Tal vez trabaje aquí, o incluso sea el dueño. Después de todo, este antro se llama “La Madriguera del Conejo” —explicó Dina.

—Ahora regreso —avisó Priss y se levantó, era demasiado curiosa. No se iba a quedar con las ganas de saber adónde se había metido ese sujeto. Sus amigos no le dieron importancia y siguieron conversando y bebiendo sus cocteles.





Se paró justo en el lugar donde estaba él parado cuando lo perdió de vista. Miró a todos lados. No estaba por ninguna parte. No hallaba tampoco ningún lugar donde su hubiera podido esconder tan pronto. Con los puños en la cintura, sopló con fuerza hacia arriba para quitarse un mechón de su largo cabello color rojo muy oscuro, casi morado, como las cerezas negras, que le había caído sobre la cara.

«Esto no se va a quedar así». Pensó. Como dije, era demasiado curiosa.

Observó cada detalle del piso, de la pared, hasta del techo. Notó que, en ese muro, había una especie de marco de madera, como si de una puerta se tratase. Pero no había bisagras, pomo, ni rastro de que hubiera alguna separación entre la pared y el marco. Decidió empujar justo al centro de ese rectángulo, tal vez había encontrado una puerta secreta. Pero, para su sorpresa, sus manos atravesaron la pared como si fuera de humo. Estaba a punto de gritar y sacar las manos, pero antes de poder hacerlo, sintió que algo la succionaba hacia adentro de la pared. En un instante, había atravesado por completo al otro lado.

Sintió como si cayera por una eternidad, aunque tal vez solo fue un parpadeo, amplificado por la sorpresa y el susto. Hasta que por fin se detuvo cuando cayó a gatas en el suelo frio de baldosas de color blanco y negro, como un tablero de ajedrez. Volteó de inmediato esperando ver la pared que acababa de atravesar, pero no había nada ahí. Para su sorpresa, se encontraba justo en el centro de una especie de cuarto muy grande.

«Esto no es posible, la pared debería estar justo ahí, ¿dónde coños estoy?». Pensó algo preocupada.

Recorrió las cuatro paredes tratando de encontrar el camino de regreso. Pero cada centímetro de los muros estaba cubierto por libreros, estantes, cuadros y relojes antiguos. Parecía la casa de un coleccionista o una tienda de antigüedades.

«Mierda, espero que mis amigos se den cuenta de que desaparecí y me vengan a buscar pronto… ¿A quién engaño? Son todos una bola de despistados y atolondrados. De seguro ni se han dado cuenta de que me levanté de la mesa». Pensó con desánimo.

Todo el lugar olía bastante rico. «Huele a mermelada de naranja». Creyó reconocer, le hizo recordar que tenía mucha hambre.

Tal vez sin querer tocó o pisó algo, pero de repente, un gran reloj se movió mostrando un largo pasillo. Le pareció ver al fondo al sujeto de las orejas alejándose.

—¡Espera! ¿Dónde estamos? —gritó ella corriendo tras de él. Pero pareció no escucharla —o no importarle— y siguió alejándose a toda velocidad hasta perderlo de vista de nuevo.

Lo persiguió hasta llegar a otra gran habitación. Similar a la primera, pero esta, en lugar de estantes, estaba llena de puertas de todas formas y tamaños. Lo más extraño era que todas las puertas tenían relieves con forma de partes del cuerpo femenino. Muy realistas que hasta parecían que se movían un poco de vez en cuando. Había una con una pierna por allí, otra con un torso por allá, otra con unas manos por acullá. Sintió que se le erizaban los vellos del cuello al verlas.

«De seguro ese conejo salió por una de estas puertas, pero ¿cuál?». Dedujo. Trató de abrirlas, pero todas estaban cerradas con llave.

Desesperada, volteó hacia el centro del cuarto y vio una mesita con algo sobre ella. Se acercó muy intrigada, juraría que no había nada ahí antes. Lo que estaba sobre la superficie lisa como un espejo, era una cosa de color dorado, cilíndrica, de unos veinte centímetros de larga y unos cinco de ancha, con un extremo redondo y un botón en el otro.

—¿Pero que jodidos es…? —se preguntó mientras lo tomaba y presionaba el botón. El objeto comenzó a vibrar con mucha fuerza—. ¡Mierda! ¡Un vibrador! ¿Para qué diablos dejaría alguien sus juguetes aquí?

En eso, creyó ver por el rabillo del ojo que algo se movía. Volteó y notó una cortina de terciopelo rojo cubriendo una parte de una de las paredes, la cual se movía ligeramente por una suave brisa que parecía provenir del otro lado. Se acercó a ella y la corrió hacia un lado. Detrás había una puerta que no había visto antes. Para su sorpresa, la parte del cuerpo que mostraba era una vulva. Igual de detallada y realista que las otras partes corporales representadas en las puertas.

«Joder, vaya pervertido el dueño de este lugar… espera… ¿Será acaso para esto? No, no tiene sentido. Pero, nada aquí tiene sentido. ¿Estaré soñando? De seguro eso es. Es un sueño. El sueño más raro de mi vida. Tal vez me dormí de aburrimiento en esa mesa. O peor, me dieron ruffies y estoy drogada y alucinando. A ver, me voy a pellizcar, si es un sueño no me dolerá». Pensó, luego se dio un fuerte pellizco en un brazo.

—¡AY! —gritó con fuerza. Dolió bastante, y no despertó. Aunque no quedó del todo convencida de que no era un sueño, decidió hacer lo que había pensado momentos antes. Encendió el aparato que aun llevaba en la mano y lo puso sobre los labios de la vulva esculpida en la puerta. Para su sorpresa, notó que era de un material suave, igual a la piel y carne humanos, definitivamente no era madera ni yeso o algo parecido. Para incrementar su asombro, vio que un cristalino fluido comenzó a brotar de entre la labia. Después, se comenzaron a escuchar gemidos en toda la habitación. Azorada, volteó a todos lados buscando el origen de los gemidos, pero parecían venir de todas las puertas del cuarto.

«Bueno, parece que sí era para esto. Bien, a ver que pasa». Se dijo, y empujó la punta dentro. Como esperaba, esta aceptó el aparato sin resistencia. Los gemidos se intensificaron. Al principio con miedo, luego con interés, vio que todas las partes corporales comenzaron a moverse al ritmo de los gemidos. Parecía que todas estaban conectadas a «esa» puerta en particular y sentían el placer al mismo tiempo. Priss comenzó a excitarse un poco también, la verdad es que siempre le había calentado mucho escuchar gemidos de placer, era una de sus debilidades.

Comenzó a mover el aparato, sacándolo y metiéndolo cada vez más rápido. Los gemidos aumentaban ahora acompañados de jadeos y otros sonidos muy sensuales ante los oídos de Priss, quien no podía evitar comenzarse a humedecer también al igual que la figura de la puerta. Después de unos minutos, se escuchó un gemido más largo y vio como todas las demás figuras se tensaban un instante, luego la puerta se abrió. Esa cosa, como lo había intuido, era la llave.

«Justo a tiempo. Si esto se tarda más, olvido lo que quería hacer y comienzo a utilizar el aparato en mí». Pensó mientras se abanicaba la cara con la mano.

Notó que la abertura tras la puerta era bastante angosta, más de la mitad de la puerta cubría solo más pared. Por la abertura pudo ver una especie de jardín o bosque más allá. Trató de pasar de lado por la rendija, que no mediría ni siquiera treinta centímetros de ancho. Pero no logró caber. Sus redondos y firmes pechos eran muy hermosos, pero no demasiado grandes y no presentaba problemas para pasar la parte de arriba. Pero su redondo y delicioso culo sí era bastante prominente y no había manera de que esas caderas pudieran pasar por ahí.

«¡Puta madre! No podré pasar por aquí. Pero, si yo no quepo, supongo que tampoco el conejo. Era mucho más grande que yo».

Trató de abrir alguna otra de las puertas, pero parecía que la única que se había desatrancado era esa. Desalentada, volvió a pasar cerca de la mesa. Y vio que, sobre esta, había una botella de vodka, unas botellas de jugo muy helado y un vaso vacío.

«Joder, pero si es del que más me gusta. ¿Quién diantres lo trajo? Bueno, como parece que me quedaré un rato aquí, trataré de pasarlo lo mejor posible». Pensó mientras se preparaba un desarmador. No reconoció la marca del jugo «Bebe-Me» decía la etiqueta. Cada vez le afectaban menos las cosas raras que le sucedían, ya sea porque su mente se estaba acostumbrando a lo improbable, o porque seguía sospechando que se trataba de un sueño.

«¡Wow! Creo que debo beber más despacio, siento que todo se hace grande». Pensó, pero luego notó aterrada que no era su imaginación, en verdad todo se hacía más grande, o tal vez ella se hacía más pequeña. Lo más lógico era lo segundo, ya que era ella la que había bebido algo de unas botellas que aparecieron por arte de magia.

«Pero qué mier… pero si ahora soy más pequeña que un ratón, bueno, al menos ahora podré pasar por esa puerta, al fin veré que hay más allá».

Regresó a dicha puerta, pero para su desgracia, se había cerrado y ahora que era tan pequeña, no tenía la fuerza suficiente para moverla.

«¡Agh! ¡Mierda, mierda! Perra mi suerte». Maldijo por lo bajo frunciendo el ceño y haciendo un gran puchero.

Regresó sin pensar hacia la mesa, que ahora parecía un rascacielos, y para su ya no tanta sorpresa —como dije, parecía que se acostumbraba cada vez más a estas cosas— se encontró con un plato con un hot dog en él. Se miraba muy rico, recordó el hambre que tenía. Quien quiera que lo hubiera preparado, se molestó en escribir en cursiva con el cátsup la palabra «cómeme» sobre él.

«Vaya, al menos no moriré de hambre aquí». Pensó mientras lo tomaba y se lo llevaba a la boca. Sabía tan delicioso como se miraba.

8 Février 2021 09:35:07 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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