superbscorpio Meriiii

-¿Has infringido alguna norma desde que trabajas aquí? - preguntó él, deteniendo mi plan de huida. -No. -¿Por qué no? -rio, mostrando aquellos dientes tan blancos y tan perfectos. -Porque no. Narciso se levantó, rodeó su escritorio teñido de blanco y reposó su trasero sobre él, con una pierna sobre la otra, mirándome como si fuera algo insignificante a través de aquel par de ojos azules. -Infringe una. Ahora. -¿Por qué iba a hacer eso? -me alarmé, aunque sopesaba ideas. -Porque quieres hacerlo. -¿El qué? Sonrió y supe que era la sonrisa más bonita del mundo, tal vez porque él quería que así fuera. -Bésame. Narciso, el hombre más arrogante y ególatra que había conocido, me acababa de decir que le besara. Allí, en aquel preciso instante. -Besa a tu jefe y rompe las normas.


Romance Chick.lit Déconseillé aux moins de 13 ans.

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Prólogo

Sabía que no había sido buena idea ir a la entrevista justo aquel martes.

Es decir, era martes trece, un gato negro había pasado por delante de la puerta del edificio en el que vivía desde hacía dos meses, y, al subir por aquella escalera con mi bloc de dibujo bajo el brazo, el tacón de siete centímetros de mi pie izquierdo se había partido, mientras una horrible tormenta amenazaba con perdurar todo el día y parte de la noche.

Estaba sentada en aquel sillón de piel, mirando todo a mi alrededor, con el obviamente mojado bloc sobre las piernas, haciendo una mueca con mi boca mientras me colocaba las gafas redondeadas, que se suponía que debían favorecer a mi rostro abultado y sin ningún tipo de ángulos, esperando a que el dueño de aquella empresa se dignara a aparecer después de veintitrés minutos de retraso.

Siempre me había imaginado trabajando allí, en aquella empresa fundada en 1899 por una de las mayores figuras en el mundo de la moda, junto a un selecto grupo de cinco personas elegidas de entre los mejores de todo el mundo en su categoría, cuyos diseños vestían desde modelos de las más prestigiosas pasarelas de moda hasta algún que otro miembro de la realeza europea, y todos con la exclusiva firma y el anhelado reconocimiento de cada uno de aquellos Selectos impreso en la etiqueta cosida a mano bajo el pomposo nombre de la marca, Laboureche. Y yo, Marie Agathe Tailler, iba a ser uno de ellos, costara lo que costase.

El director de la empresa, Narcisse Lauboureche, me había prometido una entrevista después de que, al haberse declarado una plaza entre los Selectos tras la jubilación de uno de ellos, hubiera enviado mi currículum junto a la carta de recomendación del Fashion Institute of Technology de Nueva York, donde había estudiado los últimos cuatro años de mi vida, y eso me había hecho inmensamente feliz.

Y esa misma felicidad, que ahora calificaría de alegría momentánea, se había visto truncada en el mismo momento en el que descubrí que la entrevista caía en martes trece, que había un gato negro merodeando por los alrededores del edificio en el que vivía y en que iba a suceder la mayor tormenta en años aquel mismo día. Lo del tacón se añadió después, como si el universo me estuviera gritando que estaba haciendo el ridículo intentando ganarme un puesto allí, con un solo hueco cubierto en el currículum en el apartado de "experiencia laboral" como ayudante de costura en la tienda de aquella vieja amiga de mi madre en París, mi ciudad de acogida, y con mi único encanto escondido en mi tímida sonrisa.

Me erguí en mi asiento cuando oí la puerta abrirse, con la mirada fija en aquel escritorio de patas de aluminio resistente y soporte de un limpísimo cristal, sobre el que se sostenía aquel cartel plateado en el que estaba inscrito el nombre de Narcisse Laboureche, justo al lado del gran ordenador de sobremesa y a la derecha del lapicero que guardaba celosamente aquella pluma bañada en oro blanco y de decoración elitista.

—¿Señorita Tailler? —acertó a decir la voz cascada de un hombre, a la vez que el ruido de sus lentos pasos y de su bastón al chocar contra el suelo hacía eco en la luminosa y moderna estancia donde hacía, exactamente, veintiséis minutos que estaba esperando.

Me levanté cuando el hombre de cabellos blancos y gesto triste en su rostro arrugado y manchado por la edad se paró frente a mí, escrutándome con aquel par de ojos pequeños y de un tono verde desgastado tras las gruesas gafas de pasta rojas, excéntricas y modernas, a juego con su corbata y sus zapatos de cordones.

Le tendí la mano cordialmente, totalmente embriagada por aquella sensación de devoción hacia aquel hombre, aguantando a duras penas con una mano mi bloc de DIN A3 lleno de bocetos, manteniendo mi forzada sonrisa hacia él.

—Un placer —respondí, casi sin poder creérmelo, a la vez que él levantaba como podía su brazo izquierdo, ofreciéndome su manchada mano regordeta. Se la estreché con todo el respeto que pude, a pesar de que estuviera haciendo equilibrios sobre mi pie izquierdo—. Gracias por concederme la entrevista, es un gran honor para mí poder conocerle en persona.

El viejo asintió con un indicio de sonrisa y se lanzó sobre el sillón negro que había detrás de él, donde inspiró y expiró tan lentamente que creí que le estaba pegando un paro cardiorespiratorio.

—Fue mi bisnieto el que se la concedió, yo solamente he sido enviado para analizar su trabajo como he hecho durante los últimos ochenta años de mi vida —me respondió al cabo de un rato, cuando el silencio había invadido la sala y yo no sabía hacia donde mirar.

—Pero... Usted es Narcisse Laboureche —afirmé, inclinándome hacia el hijo de una de mis mayores referentes—. El dueño y director general de Laboureche.

—Hace dos años que ya no regento como director, señorita Tailler. Mi bisnieto, Narciso, es quien lo hace —objetó, mirándome altivo, como si le hubiera faltado al respeto con mi evidente falta información, no documentada en la página de Wikipedia de Laboureche.

—Lo siento, yo... —empecé, juntando mis manos para evitar que aquel hombre de mirada juzgadora viera el tembleque de mis dedos.

—¿Me haría el favor de mostrarme la colección? El tiempo apremia —me interrumpió, señalando con la barbilla mi bloc mojado, del que me avergoncé al instante cuando lo dejé sobre la mesa, frente a él—. Más cuando vas a cumplir los ciento tres años en tan solo cuatro días.

Asentí, pues no sabía si reírme, llorar, o salir inmediatamente de aquel lugar. El silencio siempre había sido mi mejor aliado y no quería que dejara de ser así. Tampoco es que tuviera otra opción.

—¿Tengo que...? —pregunté, mirando asustada a aquel hombre, que desprendía elegancia por todos los poros de su piel, pese a su longevidad.

—¿Que si tiene que presentar su colección? —rio—. No hace falta. Le haré llegar a mi nieto sus bocetos —dijo, casi escupiendo la última palabra con repulsión—. Necesito que me hable de usted, seré yo el que decida si enviarle su cuaderno o no dependiendo de sus respuestas.

Me mordí el interior de las mejillas y me disculpé ante Dios por no haber ido a misa desde mi último viaje a Roma, siete meses atrás. Debería haber ido cada domingo, como mi abuela decía que debía ser, para ahora poder pedirle un favor y que me ayudara en aquel maldito momento.

Pero ya estaba todo hecho, me había vuelto una hereje y merecía ser incinerada en vida en una hoguera de la Inquisición.

—Yo... —Me aclaré la garganta, evidentemente nerviosa—. Soy graduada en Diseño de Moda por el Fashion Institute of Technology y llevo trabajando desde que terminé la carrera en Oui, el taller de novias de Gabrielle Bertin, donde también realicé las prácticas el año pasado y...

—Espera, ¿dónde has estudiado? —preguntó con algo que creí emoción en su tono de voz.

—En Nueva York.

Su rostro se desfiguró.

—¿Me estás diciendo que ni siquiera has estudiado en París? —negué con la cabeza, azorada. No sabía qué decir, ni por qué me había presentado a una entrevista un martes trece. Además, había perdido un guante el día anterior, de esos rojos que me regaló mi abuela que tan celosos tenía.— ¿Dices que trabajas en una tienda de vestidos de novias sin renombre? ¿Y que hiciste las prácticas en ese mismo taller, teniendo abasto cientos de empresas de alta costura en Francia? —me encogí de hombros, con el rostro ardiéndome—. Y, además, con lo del curso pasado te refieres a que... ¿Cuántos años tienes?

—Veintiuno, veintidós en octubre —acerté a decir, sin mirar siquiera su traje confeccionado a mano por alguno de ellos, de los Selectos, a los que jamás iba a pertenecer después de aquello.

—Oh, Dios mío, esto es una broma —sollozó el hombre—. ¡Mi tiempo! ¡Mi preciado tiempo! ¡Me voy a morir en breve, son un centenario! Y pierdo mis últimos minutos en entrevistar a una estudiante de segunda con experiencia en vestidos cutres de novias sin presupuesto que habrían escandalizado hasta a mi querida madre. ¡Señor, dame paciencia! —gritó, alzando las manos al cielo.

De pronto, perdió todo el respeto que se había ganado por mi parte. ¿De qué iba aquel hombre? ¿Debía ser una millonaria de familia acomodada y haber estudiado en una universidad en París pudiendo hacerlo en un instituto de la moda internacional muchísimo más prestigioso? ¿Debería haber trabajado treinta años en Chanel para poder presentarme frente a aquel hombre sin que se riera de mí en mi propia cara? ¿O tal vez no debería haberme despertado aquel martes trece?

—Si le parezco una pérdida de tiempo, señor, me iré. Yo no tengo por qué aguantar esto —dije con la voz temblorosa, levantándome del cómodo asiento sin percatarme de mi tacón roto, colgándome el bolso en el hombro con toda la dignidad del mundo. Casi tropecé cuando intenté apoyarme sobre los dos pies, pero reaccioné tan rápido que fue imposible que aquel hombre sin pelos en la lengua se hubiera percatado.

—Es usted una maleducada —gruñó, levantándose como pudo, agarrándose a su bastón con ímpetu—. Debería respetarme y darme las gracias por haberle ofrecido estos minutos de oro conmigo, siendo el histórico Narcisse Laboureche.

Apreté los puños con fuerza mordiéndome la lengua a la vez.

¿Habría pasado por debajo de una escalera sin haberme dado cuenta?

—Siento haber sido una pérdida de tiempo.

Desplazó mi bloc por el escritorio con fiereza, como si le supusiera un horror el simple hecho de tenerlo un minuto más delante suyo.

—Hágame un favor —dijo—. Estando yo vivo, no vuelva a entrar con esos aires en mi empresa, porque volverá por donde ha venido. ¿Me ha entendido?

Hinché el pecho. No quería llorar. Aquello no merecía que llorase.

Salí corriendo del lujoso edificio, abriendo mi paraguas dentro de él, cojeando por mi zapato izquierdo, prometiéndole al idiota del viejo Laboureche que no volvería a aquel lugar hasta que exhalara su último aliento.

No sé si fue aquel día, martes trece, el gato negro que se me cruzó por delante, el hecho de haber tropezado con el pie izquierdo, mi guante perdido, la apertura de mi paraguas en un sitio cerrado o mi disculpa con Dios por no haber ido a misa, pero Narcisse Laboureche murió esa misma tarde al sufrir un paro cardíaco a sus ciento dos años.

Y volví a enviar mi solicitud, puesto que toda mi mala suerte había viajado hacia aquel hombre y no sabía si por desgracia o por suerte, pero él estaba muerto y yo volvía a tener una oportunidad.

15 Janvier 2021 19:20:06 2 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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OS Olivia Sánchez
¡oh dios mio! Pobre hombre jaja pero se lo merecía
January 16, 2021, 19:28

  • Meriiii Meriiii
    Desde luego que sí!!! :D Gracias por comentar ♡ January 16, 2021, 19:36
~

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