carlosh Carlos Hernandez

Una fría tarde de noviembre aparece en Santa Elena un hombre misterioso caminando entre la nieve. ¿Quien será? ¿Que buscara? ¿Y por qué se dirige a la casa de la vieja Canilla?


Histoire courte Tout public.

#sobrenatural #terror #misterio #fantasmas #relatocorto #realismo-mágico #SantaElena
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El extraño y la casa.

El cielo cenizo desgranaba los primeros copos de nieve que danzaban de una manera melodiosa al ritmo de los vendavales de Santa Elena. Llenaban los tejados con su manto blanquecino; la plaza; sus calles empedradas; congelaban el río y ahuyentaban a cuanto perro, gato o mendigo se atraviese a seguir en la calle. Se podía sentir la candelilla quemando la piel, penetrando los huesos y congelando la sangre de las venas hasta llegar al calor del alma y lo tibio del corazón. Las personas que vivían ahí estaban acostumbradas a esos climas extremos del desierto donde una leyenda cuenta que entre el frío de la nieve, nace una rosa negra con puntos tan rojos como la sangre que cumple cualquier milagro a quien la encuentre, la corte y se la coma con todo y espinas mientras piensa en su deseo. O eso era lo que contaban los más viejos del lugar. Ya que con el paso del tiempo parecía que la magia se alejaba de aquel sitio que hasta Dios había dejado en el olvidó.


Fue en aquella tarde en que doña Anastasia Dolores de Canilla, una de las mujeres más longeva del pueblo y de las pocas que aún seguía con vida, vio llegar a un hombre harapiento, de cabello largo y que olía a polilla a la puerta de su hogar, o lo que aun quedaba de él. Tejía un par de calcetines negros para un recién nacido que lloraba en algún lugar de la vieja casona. Miraba el ventanal de la estancia como todos los días desde que la vejez le impidió caminar y la obligó a sentarse en una silla de ruedas el tiempo que aun le quedaba de vida.


El hombre no alcanzo atisbar la figura espectral de la anciana entre las cortinas amarillentas. Subió cuatro escalones que estaban desgastados por la humedad y el tiempo. Quedo frente a la gran puerta roja de castaño y sus ojos se abrieron como dos platos al mirar la aldaba de calavera. Quedo hipnotizado por sus ojos verdes como la esmeralda y su brillar como diamante. Pensó unos segundos si tocar o retirarse. Toco la puerta. Pasaron unos segundos. Parecía que nadie iba a atender a su llamado y cuando dio media vuelta para retirarse escucho unos pasos arrastrados y pesados que se acercaban a él. Después el martilleo de las eslavas pesadas al caer al suelo. Un cerrojo correrse. Y el movimiento suave de la puerta. «No pensé que vendría. Por favor, pase». Lo invito una voz delicada, débil, como si le llegara de otra parte. Apenas era audible entre él y aquella puerta gigantesca. La terminó de abrir tras un chillido de bisagras. Penetro en la oscuridad del hogar. La puerta se selló a su paso.


Sus ojos no podían divisar nada y cuando ajusto su vista a las tinieblas de la estancia vio a una niña justo frente suyo que lo asustó y provoco que retrocediera unos cuantos pasos y soltara un hilillo de terror de su garganta. Era pálida como un muerto, de ojos de un azul tostado algo apagados que simulaban un mar en neblina. Grises, sin luz ni esperanza. Llevaba un vestido blanco antiguo con tres margaritas bordadas a lo largo del pecho, unas mallas percutidas y un sombrero de paja blanca con una cinta de tulipanes azules y blancos en el centro. Un misterioso velo le cubría el rostro. Le dio más frio el solo verla ahí parada con su vista perdida en la nada y sosteniendo un candelero de plata con una vela roja. No se escuchaba nada más que su lenta respiración. Sentía como si su presencia fuera un malestar para ella. Intento hablar pero la niña le hizo un brevísimo asentimiento y lo invito a caminar más allá de la estancia. No dijo nada y empezó andar.


Camino a tientas, miro a los lados pero parecía como si las paredes hubiesen sido pintadas de un negro mate, solo miro la chimenea con un tronco a medio consumir. Entre el cuerpo de la niña y la luz de la vela distinguía la alfombra azul en sus pies. Escuchaba una gotera lejana y sentía como sus botas viejas pisaban charcos que le congelaban los dedos. Seguía mirando sin mirar, nada más que sombras y una figura espectral que caminaba frente suyo que se movía con tanta agilidad que hacía pensar que estuviera flotando. La niña se detuvo y abrió una puerta al final de un pasillo lleno de retratos de daguerrotipo que parecía interminable, con caras viejas, amargadas y con dolor que miraban el caminar de aquel sujeto. Lo cegó la luz amarillenta y floja que salió de la puerta y no se dio cuenta en qué momento cruzo el umbral.


—Siéntese ahí, por favor. —le indico la niña señalando un lugar en la mesa.


—Pero…


—La cena esta casi lista, aguarde un momento y no se levante. —José no dijo nada y se sentó en silencio en la silla que parecía sostenerlo de milagro.


Mientras esperaba a la niña se puso a ver aquel gran comedor con su candelabro de cinco velas negras derretidas, la gran mesa de roble deteriorada por las termitas, su docena de platos sucios y las once sillas sin respaldo. Cuadros con paisajes manchados de grasa que escondían lo tiznado de las paredes. Un tazón de fruta que degustaban pequeños mosquitos y larvas. Sentía que ya había estado ahí con anterioridad. Llegaba de la cocina el olor de las verduras hervidas y el pollo en mantequilla, su platillo favorito desde niño. Las tripas peleaban en su estómago para decidir quién probaría primero aquel bocado. Llevaba dos días sin comer desde que salió de San Juanito en dirección a Santa Elena, pero sentía como si hubiesen sido años.


Pasó un tiempo. Quizá fueron segundos, talvez si mucho algunos minutos, pero él sintió que pasaron como horas desde que la niña le indicó que se sentara. Se distrajo contando los mosquitos de la fruta, el clap clap lejano de las gotas al caer sobre las baldosas. Lo estremecía lo que parecía ser el llanto de un niño a la lejanía. También las patitas que se escuchaban correr debajo de su silla, no sabía si eran patitas de cucaracha o de pequeñas ratas. La vista se le iba, los parpados le pesaban, cerro los ojos y no supo con seguridad si solo fue un pestañeo o si realmente se quedó dormido.

23 Décembre 2020 18:00:22 3 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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Manuele Rod Manuele Rod
Amigo Carlos, qué tal. Aparte de que te faltan algunas tildes, lo que leí en este capítulo me gusta.
January 09, 2021, 00:38
Leon G Leon G
Hola, Lo prometido es deuda y aquí estoy. Me gusta tu forma de desarrollarte a la hora de escribir. Tal parece que lo haces muy a menudo porque tienes palabras muy rebuscadas y escribes con un tono de misterio increíble. Voy a seguir leyendo el Capítulo 2, me parece una historia impresionante. Saludos
December 27, 2020, 04:32
Gabriel Mazzaro Gabriel Mazzaro
Buena historia!!
December 26, 2020, 20:25
~

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