mazzaro Gabriel Mazzaro

Lo único falso en esta anécdota de navidad, es la desfiguración de mi verdadero nombre. Todo lo demás -los sucesos y ocurrencias de aquella noche- no hace otra cosa que reflejar de forma casi idéntica lo acontecido.


Histoire courte Tout public.

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¿Quién soy yo?

Esa noche estaba de fiesta. Era un veinticuatro de diciembre y el calor, además del ánimo festivo, me aplastaba.

La reunión era la casa de mamá, estábamos mi tío, mi hermano y yo. En la radio sonaba "Canto de Navidad" escrito e interpretado por Patricia Kelsey Graham, aunque reconocía al cantante, el locutor lo había omitido.



Éstos son días de felicidad.

Canta que viene ya la Navidad.

Cuenta la historia de lo que pasó

cuando Jesús en el mundo nació.



Esteban, mi hermano, había venido solo. Su esposa y sus dos hijos no lograron cruzar desde la capital de Buenos Aires hasta el interior del país. Vivíamos en Corrientes capital, una ciudad con calles tan angostas, como esperanzadas.

Al igual que otras ciudades, no solo de Argentina sino del mundo entero, la pandemia por el Covid-19 nos pegó fuerte. Era extraño, los contagios disminuían en comparación con otras provincias del país, pero las muertes incrementaban.


Esta estrella brilló con su luz

cuando nació en el mundo Jesús.

Éste es el ángel que las nuevas dio.

”Paz en la tierra” y"Hosanna” cantó.



"No vas a tomar conciencia hasta que los muertos sean tuyos", escuché decir a un vecino. No me lo dijo a mí, se lo dijo a unos pendejos que caminaban sin barbijo, hablando boludeces y pateando latas por la vereda. Era verdad, no fue dirigido hacia mi, pero lo sentí mío.


Este establo refugio fue;

los animales lo vieron nacer.

Este pesebre de heno también

fue Su camitaesa nocheen Belén.




La única persona cercana a mi que había fallecido por COVID-19 era el padre de una ex compañero de trabajo. El tipo tenía casi ochenta años, pero era un toro en el cuerpo de un hombre. Muchos conocidos se enfermaron, pero, gracias a dios, ninguno de ellos perdió la vida. Ahora, si tenía conocidos que perdieron parientes muy cercanos en esta lucha que llevaba más de un año.


Estos pastores, con admiración,

fueron a ver al pequeño Señor.

Magos llevaron presentes a Él,

oro, incienso y mirra también.



El barrio estaba tranquilo. Ya no se escuchaban fuegos artificiales, y el sonido de los niños jugando en las veredas era una especie de recuerdo fantasmal de épocas pasadas. Creo que fue en ese año de que realmente consideré de que había perdido el espíritu navideño. Nunca lo había tenido con fuerza, es verdad, pero al menos estaba ahí, esperando por desempolvarse cada fin de año.



Ve a María, la madre de Él.

Ve a José, tan humilde y fiel.

Ve al niñito, pequeño Señor:

es Jesucristo, el gran Salvador.



Creo que todo se terminó de romper cuando papá falleció el año pasado. Era una noche como esta tranquila y de aire pesado, como si la presión atmosférica tuviese algo que ver. En noches como esas, los pulmones parecen hacer un esfuerzo mucho mayor por respirar, parece más algo líquido que etéreo lo que se respira.

Él había fallecido por una enfermedad totalmente distinta al COVID-19, aunque realmente hubiese preferido tenerlo internado hoy que ya ido. Supongo que el tiempo es algo vital en la vida de todos las personas. Es, tal vez, lo único que no puede comprarse. Aunque supongo que se lo puede alquilar, claro está, siempre y cuando se tenga el dinero suficiente.

Esa noche vieja era precisamente el recuerdo de papá el que pesaba, y por supuesto la pandemia que no hacía otra cosa que incrementar la sensación de extrañeza que imperaba en todo el barrio.

Al terminar el tema en la radio, mamá apagó la televisión sin decir una palabra, dejó que el ambiente silencioso nos abrigase como las heladas a los pastos del campo. Nadie lloró esa noche, en mi familia el llanto es algo realmente extraordinario.

Había ayudado a mamá a limpiar la casa antes de llegar, era una casa grande. Quedaba sobre la calle José Ramón Vidal, entre Necochea y Las Heras. Con excepción del hospital y la capilla de la esquina, no había tanto movimiento como uno esperaría de un barrio casi céntrico. Eso sí, aunque yo estaba ya acostumbrado, las calles tenían un espíritu difícil de tragar. Las veredas eran angostas, los cables de quien sabe qué servicios se cruzaban de un lado al otro y sin falta, una o más luces del alumbrado público no funcionaban, o se encontraban en una eterna agonía titilante, incluso durante las mañanas.

—¿Vamos a ir a saludar a los vecinos este año? —preguntó mi hermano Jorge.

—No —respondió ella, sin levantar la mirada del plato.

Estábamos sentados comiendo pollo con papas que había quedado del mediodía. Era la comida preferida de papá. De hecho, creo que en realidad todo se trataba de mi padre en la cena. Mi tío, mi hermano y yo estábamos al pendiente de cada comentario de mamá, soportando junto a ella el dolor mientras la radio volvía a repetir el tema de Patricia Kelsey Graham. Esta vez, el locutor nombró al intérprete, pero ni bien termino de hacerlo, no lo recordé.

La casa de mamá era grande, estaba llena de habitaciones espaciosas de techos altos y con pocos muebles en su interior.

—¿Qué tal el laburo? —me preguntó Rubén, mi tío.

—Como siempre, una cagada.

—¿Para tanto che?

—Sí, fabricamos velas, tío. ¿Dónde viste vos que se ocupen velas últimamente?

—En todo lados —me respondió.

—¿Cómo en qué lugares?

—Por ejemplo —comenzó a nombrar—, para cumpleaños, cuando se corta la luz -que no son pocas veces acá-, en funerales.

—Aja, ¿y en qué más? —le pregunté. En realidad no me interesaba. Yo estaba como asistente de una fábrica de velas en la ciudad y sabía que cada vez se producían menos velas. Pero quería continuar con la conversación, la noche parecía haber entrado en nuestra casa y era algo absolutamente entendible. Sin embargo, alguna luz que brillase no estaba de más.

—En esos rituales que hacen los pendejos en los cementerios. O en los negocios. ¿Viste la distribuidora esa que queda acá a la vuelta?

—Sí, ¿qué pasó?

—Entonces no viste —respondió, sonriendo—, había una gallina muerta en la puerta. La encontraron una mañana de un lunes, estaba rodeada por un círculo de velas rojas.

—Ah, nosotros no hacemos velas rojas —le dije, devolviéndole la sonrisa. Pero le había mentido, en realidad si hacíamos velas rojas también.

Mi hermano y mamá no prestaban atención, conversaban entre ellos algo que no podía escucharse. Seguro hablan del colegio y de las materias que él tenía que preparar. Mi hermano cursando el último año del colegio secundario, había sido siempre un buen alumno. Por lo visto lo de papá le pegó muy fuerte, nos pegó a todos.

El timbre sonó. Mi hermano se levantó y se fue a atender la puerto. Verlo caminar por el extenso pasillo era algo muy extraño, todas las luces estaban apagadas del otro lado de la casa, a excepción del árbol de navidad. Eso había sido mi idea, no quería que lo evidente de la situación se impregnase en las paredes también. En la oscuridad, las luces daban un efecto extraño, como una ciudad en miniatura que estuviese colapsando en el silencio.

Cuando volvió, mamá le preguntó quién fue:

—Nadie, abrí la puerta y no estaba nadie afuera.

—Eso es raro —respondió mamá, frunciendo su ceño.

Escucharla hablar me sorprendió. Su voz había cambiado en muy poco tiempo: sonaba más grave, apagada y lenta.

«¿Volvería alguna vez a sonreír?», me pregunté.

—Sí, —respondió mi hermano—, muy raro, pensé que era Pablito que venía a buscar una cerveza.

Pablito, o Plablo -nunca me gustaron los diminutivos-, era lo que se conoce como "el borracho del barrio". Considero que todos los barrios son como una especie de microcosmos donde alguien ocupa un rol determinado. Pero este papel era asignada más por los otros que por sí mismos. Por ejemplo: estaba el borracho del barrio, el peleador del barrio, la amante, el amante, la pareja de enamorados, los de la música, y así... Me pregunto qué tipo de vecinos eramos nosotros, quizás el "los que sufrieron la tragedia".

—Es verdad, falta poco para las doce y todavía no aparece Pablito. Pobre chico, yo ya le preparé un pan dulce de todas formas.

A Mamá nunca le agradó Pablito, pero cuando papá falleció, ella empezó a realizar actividades que eran propias de él. Y no necesariamente porque lo necesitaba. Tal vez eso le recordaba a él, lo mantenía vivo en su memoria. Hablaba con Pablo, algo que hacía papá; saludaba a las personas, algo que también hacia más él que ella; atendía con minuciosidad el jardín trasero, siendo que a mamá nunca le había gustado. Y así... comenzó a hacer tareas más propias de él, y a dejar tareas más propias de ella.

Cuando dieron las doce, levantamos nuestras copas, cortamos una torta, nos saludamos con un beso lejano y volvimos a sentarnos. Luego de unos minutos se terminaron las sidras y cada uno volvió a su lugar.

Mi tío se ofreció a llevarme pero decliné su oferta. Quería caminar y no estaba lejos. Mi casa -departamento en realidad-, estaba a unas seis cuadras de la casa de mamá. Me había mudado unos meses atrás cuando papá comenzó a enfermarse. Fue un suerte verdadera el hecho de haber realizado la mudanza mucho antes de que se declarase la pandemia en el mundo, más precisamente en Argentina y aún más en Corrientes, que no tardó en declararse en Fase 1. Esta fase, informada mediante un Decreto de Necesidad y Urgencia, establecía que todo aquello que no fuese servicio esencial, quedaba momentáneamente suspendido; como las mudanzas, por ejemplo.

La noche estaba tranquila, las personas ya no se sentaban en las veredas ni salían a saludarse por la navidad. No era como antes, sencillamente todo era menos y más al mismo tiempo. Menos contacto, más distancia; menos conocimiento, más información, menos amor, más calentura. La sociedad entera estaba mutando en algo que nadie había esperado. De todas formas, no creí ni creo que fuese algo negativo, sencillamente es distinto.

Las cosas cambian con el tiempo, incluso las organizaciones sociales, pero no podemos verlo salvo que uno tengo un poder de abstracción semejante que le fuesen claras y panorámicas las alteraciones y mutaciones en la sociedad. Aunque, debo admitir que lo que considero sea una modificación, no se tratase de otra cosa más que los efectos de una pandemia extraordinaria. La realidad es que nuestra generación nunca vivió una, por suerte. Y considero que con una sola de estas sorpresas ya es más que suficiente.

Saludé a mamá antes de irme. Le di un beso en la mejilla y antes de retirarme de casa me coloqué un barbijo. Llevaba esa noche un tapabocas rojo, pensé que sería un buen detalle en consideración a la época. No obstante, a pocos pasos de haberme alejado, me pareció una tremenda estupidez, como muchas cosas que no hice durante la cena: preguntarle a mamá cómo se sentía, consultar con mi tío como la veía, hablar con mi hermano sobre cómo estaba pasando en la casa ya que era él quien vivía allí.

«Pero bueno» pensé hipócritamente, «tampoco todo es mi problema. Vengo mañana y listo».


Había llegado más tarde de lo esperado, casi amanecía y tenía que ser extremadamente cauteloso para no despertar a mis vecinos, el día siguiente era navidad -aunque en realidad ya lo fuese-.

Si bien con movimientos coordinados y sin una sola gota de alcohol corriendo por mi sangre, el cansancio hacía a mis músculos requerir del doble de energía para realizar las operaciones más básicas, como girar la llave en la cerradura o quitarme ambos calzados.

Subir por las escalares hasta mi departamento en completo silencio fue una verdadera epopeya. Todo el lugar crujía sin vergüenza e iba a la par de lo que podía pagar en ese momento. Eran unas instalaciones cómodas, pero de muy bajo presupuesto.

Mientras dejaba mis cosas en la cocina, por algún motivo recordé la noche en la cual realizamos un ritual con unos amigos de la infancia. Tal vez fue las preguntas de mi tío sobre las velas que fabricamos, o cuando le mentí y le dije que no hacíamos velas rojas. Qué sé yo...

De chico no era muy fanático de lo oculto, pero aquella vez fue la excepción: eramos cuatro jóvenes alcoholizados y con mucha curiosidad por algo más que la realidad evidente. Una realidad que hoy me alcanza y me sobra.

El ritual que rememoraba -realizado en el ala norte del Hospital Vidal, mientras estaba en construcción-, comprendía velas negras y rojas, cartas de Tarot y copas de cristal. Tuvimos que aguardar a que el sereno se retirase, para poder ingresar a hurtadillas por debajo de una de las grandes chapas metálicas que hacían de barrera entre la obra y las veredas circundantes y otras estructuras del hospital.

La ceremonia no fue nada extraordinario ni memorable. Un par de pases mágicos, unas cuantas palabras sin sentido, y todos nos regresamos sin haber logrado lo más mínimo. Es increíble como uno tira el tiempo cuando no tiene nada que hacer, en especial durante la adolescencia.

Desde esa vez, no recuerdo haber vuelto a encontrarme con ninguno de ellos.

13 Décembre 2020 13:37:06 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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