coffeandlove_07 Claudia Arroyo

Victoria se ve obligada a dejar sus estudios para cuidar a su madre, la cual ha caído en una grave enfermedad. Desesperada por ganar dinero para comprar medicamentos, acepta la propuesta de ir a trabajar en una enorme mansión parecida a un castillo llamada Billyhook Hill. Allí, tendrá que cuidar de dos niños bastante especiales y pronto se verá envuelta en un profundo misterio, que involucra también, la caza de un fantasma. O quizás... demonio.


Horreur Horreur gothique Déconseillé aux moins de 13 ans.

#suspenso #misterio #fantasmas #295
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Un puesto de trabajo

Rebuscó en su mochila vieja hasta que encontró las pequeñas llaves que le permitirían entrar en su casa. Tenía prisa, ya que no le gustaba dejar a su madre sola, especialmente si estaba enferma.

Metió la llaves en la cerradura y le dio unas cuantas vueltas. Enseguida oloró el peculiar perfume que su madre siempre utilizaba. Recordó como le gustaba de pequeña sentarse en las rodillas de ella, llenarle el cuello de besos y olorar el perfume delicado a rosas que cada día era más difícil de encontrar.

-¿Victoria? ¿Eres tú? - preguntó una suave voz, que se iba volviendo más ruda conforme pasaban los días.

-Si, ya he llegado. - respondió, apresurándose a entrar para atender a su madre.

La encontró en su cama, acostada y temblando por la fiebre. Dentro de unos minutos probablemente empezaría a sentir una calor sofocante y se levantaría de la cama.

Victoria sintió como su corazón se encogía al ver a su madre en aquel estado. Tenía ganas de verla sonreír, bailar y disfrutar un poco más. Cada vez que volvía de la escuela, esperaba encontrarla recuperada por algún milagro. Pero nunca ocurría. Y verla tan apagada hacía que ella también se apagara hasta que la débil llama de la alegría se extingiera por completo.

-¿Como te encuentras? - le preguntó con una pequeña sonrisa.

-No muy bien. Necesito mis pastillas.

Victoria tragó saliva, pues solo ella conocía la verdad. Hacía más de una semana que no le estaba dando a su madre pastillas porque eran demasiado caras y no había suficiente dinero.

Siempre habían sido capaces de mantenerse las dos juntas, pero Victoria había empezado sus estudios más importantes, pues ya tenía dieciocho años y su madre ya había caído en aquella horrible enfermedad.

Para curarse, eran necesarios los medicamientos, pero iban demasiado justas con el dinero.

-No quedan. - respondió con voz temblorosa.

-Pues ve a comprar.

Victoria sintió como las manos empezaban a sudarle y su corazón iba bombardeando la sangre cada vez más rápido. Supo que tenía que decirle la verdad.

-No puedo. No hay suficiente dinero.

Su madre no respondió por unos segundos. Ninguna de ellas lo hizo, de hecho. Victoria, sintiendo que la tristeza podía con ella, se marchó de la habitación y empezó a leer su libro favorito. Siempre lo hacía cuando se sentía desolada, le gustaba transportarse a aquellos mundos fantásticos donde todo era posible y no existían enfermedades. Sin embargo, esa vez solo llegó a la página cuarenta. No podía dejar de preocuparse por su madre y decidió encontrar una solución para poder conseguir el dinero tan ansiado.

De un cajón, sacó una libreta con pocas hojas sin escribir y usó el pequeño tiempo que tenía para pensar.

Encontró una solución. Una que no le gustó mucho, pero era la correcta.

«Voy a dejar mis estudios, mi madre es más importante. Empezaré a trabajar en algún restaurante o cualquier sitio mientras me pagen bien y le iré enviando el dinero para que pueda ir a comprarlo. O le enviaré yo directamente la medicina...»

-¿Mamá?

-¿Qué ocurre?

Se sentó en el borde de la cama de su madre, dispuesta a contarle lo que había ideado.

-Voy a empezar a trabajar para conseguir el dinero que nos falta.

-¿Y tus estudios?

-Ahora mismo me dan igual. Lo único que me importa es tu salud.

La mano llena de arrugas de su madre le acarició suavemente la suya. Todo iba a estar bien. Juntas saldrían de esta.


*


Una suave música hizo que sonriera. Le gustaba aquella cafetería, por el estilo antiguo que desprendía. Vivía en un pueblo y todo parecía que tuviera sus años, pero el sitio donde se encontraba ahora tenía algo especial que no llegaba a comprender.

Se acercó a la barra, donde Jenny, una ambable camarera no paraba de servir café.

-Hola Victoria. Ya hace tiempo que no te veo por aquí.... - murmuró con una de sus más cálidas sonrisas.

-He estado ocupada.

-He escuchado que tu madre está enferma. ¿Es eso verdad?

Se sentó cansada en una silla y con pocos ánimos de responder le dijo:

-Si, esa es una gran parte de mis problemas. Nos hace falta dinero para los medicamentos y ahora mismo lo que más me interesa es encontrar un puesto de trabajo.

-Ni siquiera preguntes si tienen puestos libres aquí. Pagan demasiado poco... - se quejó Jenny.

La verdad es que Victoria había estado pensando en eso, pero tras aquella respuesta, decidió que mejor no hacerlo.

-¿Qué voy a hacer, Jenny? ¿Donde puedo buscar trabajo?

Jenny permaneció unos segundos callada. Parecía que se estaba interesando bastante en aquella conversación y se tomó su tiempo para pensar en algo.

-¿Conoces Billyhook Hill?

Aquella pregunta la desconcentró un poco. Había escuchado cosas no muy bonitas sobre aquella enorme mansión situada en las afueras del pueblo. Algunos decían que mejor no contar todas las cosas que allí pasaban, otros afirmaban que allí se practicaba los artes de la magia negra y una pequeña parte donde Victoria pertenecía pensaban que simplemente eran una familia que habían adquirido mala fama.

-Si.

-Bien. Me he enterado de que la señora Clayton está buscando a una joven que pueda cuidar de sus dos hijos.

-¿Una especie de niñera? - preguntó bastante interesada.

-Exacto. ¿Sabes cuanto te pagan al mes?

Victoria negó con la cabeza y Jenny cogió el primer papel que encontró y escribió la cantidad. Cuando Victoria lo vio, sus ojos se abrieron en señal de sorpresa.

-No esperaba tanto... ¡Esta es una oportunidad perfecta! - exclamó llena de alegría.

Sin embargo, se dio cuenta de que Jenny no compartía su entusiasmo. En cambio, la miraba preocupada.

-Yo de ti, Vicky, no iría allí.

Le molestó el hecho de que la llamara "Vicky", puesto que nadie lo había hecho nunca, pero le prestó más atención a la otra parte del mensaje.

-¿Y eso?

-No me gustan los Clayton. Son solo cuatro, sin contar el personal, y cada uno de ellos es extraño en su propia manera. La niña de 15 años me da la sensación de que esconde algo, los padres son simplemente extraños y el niño pequeño de 6, es especial pero no de la buena manera. Cuidarlos y vivir allí será peligroso, seguro que tu madre piensa lo mismo.

-Me da igual lo que ella piense. Necesito el dinero y pienso aceptar el puesto de trabajo.

-Quedas advertida.

Cuando terminó de beberse el café le pagó a Jenny y volvió a casa sin parar de pensar en Billyhook Hill. Se sentía emocionada y asustada al mismo tiempo.

«No puede ser muy difícil. Tan solo será cuidar de dos niños...»

Resultó ser, mucho más díficil de lo que imaginó.


*


Su madre estaba en el comedor, sentada, mirando una película en blanco y negro. Parecía tener mejor aspecto y Victoria se alegró por ello.

-Ya he llegado y tengo una notícia estupenda.

-Supongo que habrás encontrado trabajo... - respondió su madre.

-Así es. En Billyhook Hill.

No respondió. Continuó meciéndose en su silla favorita y finalmente murmuró:

-Pasé una temporada allí.

-¿De verdad? Nunca me lo has contado.

-Me asusta un poco no poder recordar lo que ocurrió.

Victoria se sentó a su lado, bastante intrigada.

-¿No recuerdas nada?

-No. Se que habrás aceptado... Tan solo te pido que vayas en cuidado.

Asintió y decidió retirarse a su habitación. No quería admitirlo pero se encontraba un tanto inquieta por la reciente conversación con Jenny y la pérdida de memoria de su madre. Pero se recordó una vez más que era necesario ese puesto y que lo iba a conseguir costara lo que costara.


*


Terminó de fregar el piso cansada y al mismo tiempo aliviada de que no quedara nadie más en la cafetería. Siempre agradecía unos momentos al día para ella misma, estar tranquila y sola.

Se sentó en la primera silla que primero encontró, con el teléfono del establecimiento en la mano. Rápidamente marcó los números correspondientes y se aproximó el teléfono a la oreja.

Una voz dura y sofisticada respondió.

-¿Diga?

-Soy yo, señora Clayton.

-Jenny, querida, por fin llamas.

-Ha accedido. Quiere trabajar. - dijo.

Se produció un silencio desde el otro lado de la línea y finalmente la señora Clayton murmuró:

-Sabía que podía contar contigo, Jenny.






5 Décembre 2020 19:05:34 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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