damiancito Damián Murdstone

Cuando somos niños no sabemos describir nuestras emociones, nos limitamos a decir que estamos felices, tristes, o enojados. Harold y Denis son dos amigos con estilos de vida diferentes que descubrirán varios sentimientos en su amistad a medida que comparten los días.


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Los amigos y Thomas


Denis estaba dándole los toques finales a su dibujo. Un sombreado aquí, el pómulo se marcó; otra sombra allá, y la cara parecía más fina. Un detalle más, la firma. Apoyó la punta del lápiz negro en una esquina de la hoja apaisada, y... ¡Llegó Harold a sentarse a su lado! Lo empujó, había llegado corriendo, y la firma de Denis estaba que parecía un garabato.

-¿¡Qué quieres!?-Estalló, borrando la esquina de la hoja para firmar con otro garabato.

Harold era un gordito hiperactivo, pocas veces se estaba quieto; había conocido a Denis cuando aquel se mudó al vecindario, justo al frente de su casa en donde vivió toda su vida. Esa vez, Harold husmeaba desde su ventana a la mudanza vecina bajar los muebles, y vio que la mujer que se mudaba traía un hijo consigo, ¡de su misma edad! El gordito no tenía amigos, y sus tardes después de la escuela eran monótonas; llegar a su casa, saltearse los deberes, y jugar videojuegos. Sí, Harold no leía ni la lista de compras que le daban sus abuelos para que vaya a la tienda del barrio; mucho menos iba a leer sus libros, o siquiera recordar lo que había copiado en clases ese mismo día. El pizarrón le era una televisión más, de la cual había que reproducir las imágenes en una hoja, haciendo uso de su descuidada y poco ensayada caligrafía.

-Te traje una gaseosa.-Supo comentar a su amigo, y tuvo el buen gesto de desenroscar la tapa.

-¡No, no, no...!-Se apuró a quejarse Denis cuando la espuma salió borboteando de la botella, ¡el dibujo!

Harold se levantó como pudo, en el patio del recreo, y fue corriendo por la cancha de básquet, de la cual estaban al borde, llevándose la botella que soltaba gaseosa para tirarla en un bote de basura. Qué imprudente, los que estaban jugando en la cancha le arrojaron algunos insultos, ¡cómo va a cruzarse así, en qué cabeza cabe! Para él, la cancha era como un juego de metegol, y él mismo una bocha de billar que se había caído por error allí. Sólo debía avanzar y salir de ahí, el juego seguiría posteriormente. Un descuido momentáneo, una ficha mezclada con un tablero al que no pertenecía. Así se sentía.

Denis por fin pudo concluir el dibujo, mientras su amigo volvía dando un rodeo a la cancha. Había trazado a su personaje favorito de los videojuegos de pelea, uno que también compartía con Harold. Le pasó el dibujo al gordito en cuanto llegó, para ver qué opinaba. Su amigo supo alabar las líneas dibujadas con esfuerzo, y admiración, que veía en la hoja. Le dijo que por qué no se dedicaba a ello algún día, ¡y que se acordara de él cuando se hiciera famoso! En cuanto a Denis, sólo se sintió muy halagado, y notó la exageración que le transmitía Harold, pero eso no lo veía del todo mal. Incluso le agradaba que su amigo exagerara a veces.

-Gracias.- Soltaba, como cada vez que le enseñaba un dibujo terminado.

-Pero no pudiste beberla, se volcó porque tropecé al volver.-Se lamentaba el gordito, por la gaseosa.

-No, por el dibujo lo decía...

Harold parpadeó un momento, y cuando cayó en cuenta aludió a que su amigo era realmente bueno dibujando, que era una verdad que no se debía agradecer en absoluto. Y Harold no se equivocaba, porque a sus doce años Denis dibujaba realmente bien. No eran las obras más hermosas, mucho menos originales; tampoco realistas, o su forma de pintar no se asemejaba al dibujo original que copiaba. Pero ciertamente era muy bueno; dibujaba, y pintaba, lo que sentía, lo que se le antojaba.

Otro indicio, que Harold comparaba con entrevistas de artistas en la tv, era que su amigo siempre aprendía del estilo que utilizaba para dibujar algo, ¡cualquier cosa! Aprendía desde los detalles más minúsculos; la distancia de los ojos, las diminutas líneas que había que borrar para ensombrecer o dar brillo a un área. La mezcla de colores en paisajes,y qué debían de transmitir, según cómo se sentía. Todo eso fue explicado por Denis a su amigo vecino, quien lo escuchaba atentamente. No sabía mucho, pero tampoco era el novato más ignorante; Harold admiraba ese amor constante del cual Denis hacía uso para aprender de sus dibujos; de sus errores, que destacaban, y también como de sus aciertos, que le encantaban.

Esa tarde fueron a la casa de Harold, como ciertas veces solían hacer después de la escuela. Los bien recibió su abuela, quien vivía con aquel, y les sirvió la merienda. El gordito habló del nuevo dibujo de su amigo mientras tomaba un té con leche, y la abuela lo elogió en cuanto vio el papel.

Las cucharas hacían sonar las tazas, y cada uno se lavó la suya. La televisión se encendió, y la abuela se fue a tomar una siesta haciéndoles acordar que no hicieran mucho ruido con el volumen de la tv. Sentados en el sofá, Denis eligió a su personaje favorito haciendo uso del mando, y Harold eligió al suyo. La batalla comenzó, a tres rounds de pelea, ganaría aquel que tuviera dos victorias, ¿quién venció; el ninja rojo, o el ninja azul?

Denis celebraba, el ninja rojo derrotó al azul esa vez.

La tarde se iba, y en invierno oscurecía rápido; Denis se despidió luego de que una llamada telefónica de su madre lo hiciera volver a casa, a hacer la tarea. Harold se burló del dibujante. Que él se quedaría jugando todo lo que quisiera, y que él ya debía marcharse a hacer los deberes, ¡que Denis perdía el tiempo mientras él desbloqueaba un personaje jugable! Claro que Denis se sintió envidioso de su amigo, una envidia que no perduró más allá de la puerta. Cómo no, regresó a casa y sentado en el comedor la madre lo obligó a hacer sus deberes, cosa que hizo sin chistar en voz alta.

Qué triste se fue a dormir Denis; no porque hizo sus deberes, sino porque a pesar de haberlos hecho también recibió un regaño. Cuando abrió el cuaderno para hacer su tarea, su madre le arrebató el dibujo, y sin detenerse a mirarlo o elogiarlo, regañó a Denis por desperdiciar hojas del cuaderno y tiempo de clase. Muy triste para él, sintió que su dibujo no valía nada, y para colmo no podría dejar de dibujar porque le gustaba.

Pero; a pesar de que Harold no dibujaba, tampoco hacía sus deberes, o los exámenes, y se la pasaba armando avioncitos de papel con las hojas del cuaderno (en clase); a pesar de ello, él tenía total libertad para jugar videojuegos. Denis se acostaba a las diez de la noche, a más tardar ¡Harold tenía permiso para dormirse a las doce de la noche, si quería! Y Denis comenzó a plantearse la razón de ello. Si él hacía lo que se suponía que había que hacer, ¿por qué no se le daban esas libertades, al menos, una vez?

La mañana siguiente desayunó estando adormilado y taciturno, por las ideas que se le había ocurrido. Su madre salió en la madrugada a trabajar, y le dejó una nota en su mesita de luz (como costumbre que tenía). Comió el tazón con cereal sin azúcar, porque hacía mal para sus dientes, y mirando el reloj se apresuró a alistarse para ir a la escuela.

Tomó una ducha, vistió el uniforme de la escuela; una camisa, pantalón oscuro y saco a juego. Se peinó frente al espejo, y luego se alborotó el cabello. Cuando fue a la mesa a buscar su cuaderno y útiles, vio que había algo en la nevera. Antes no lo notó, pero se hallaba su dibujo planchado y pegado con imanes en la puerta del freezer. Y ahí cayó en cuenta de la nota de su madre.

Se contentó de sobremanera por ese gesto, que no podía explicar, y guardó sus pertenencias en la mochila. Se calzó los pies, y la mochila a la espalda y salió por la puerta, cerrando bien con su copia de llave del llavero de Hot Wells.

“Eres mi orgullo”.

Ya estaba Harold haciendo guardia en el pórtico de su amigo; el gordito sólo debía comer un alfajor de chocolate, tomar el té, y salir con el uniforme, que muchas veces ni se había quitado desde el día anterior. La mochila a medio colgar en un hombro, y saludaba con el puño a Denis.

Harold se acoplaba al horario de su amigo, ya que temía llegar solo a la escuela, así que lo esperaba o se apresuraba para alcanzarlo. En el camino de ida, que lo hacían a pie sobre unas pocas cuadras desde su casa hasta la parada del ómnibus, Denis no se contuvo y comenzó a preguntar:

-¿A qué hora te fuiste a dormir?

-Creo que a las dos de la mañana.-Respondió Harold.

-¡Estás muy despierto y dormiste cinco horas!-Se asombró Denis- Eso es muy poco.

-No sé.-Acotó el gordito, que se quedaba mirando cómo frenaba el ómnibus cerca de ellos para abordarlo.

Ambos subieron al bus, y la conversación siguió en los asientos del fondo.

-¿Y tus abuelos no te dicen nada?-Indagó el dibujante.

-Mm, sí; pero no les hago caso.-Dibujó el amigo.

-¿Y no te castigan si les desobedeces?

-Sí, a veces mi abuela trata de pegarme con su sandalia. Pero me le escapo.

-Deberías hacerles caso a tus abuelos.

Se oyó un “meh” de Harold, y Denis sólo se hacía cada vez más preguntas; ¿por qué el chico lo decía con tanta naturalidad? O, ¿por qué le era tan indiferente obedecerles, no temía que se decepcionaran de él? Se lo preguntaba, pero no le decía nada a su amigo. No quería herirle, pisaba el hielo con cuidado.

Si Harold, quien nunca se callaba o se estaba quieto, no se explayaba en sus respuestas, que parecían demasiado escuetas a Denis, pues, tendría sus razones; por más simples que fueran. El pequeño artista decidió no ahondar en interrogantes, ni jugar al detective. Porque algo le transmitía que no debía, que esa verdad ya estaba ante sus ojos, que sólo tenía que parpadear. En un parpadeo suave, para aclararse la vista, como cuando se despierta. No tenía certezas de cómo despertarse, pero se lo dejaría al tiempo.

El bus llegó a la escuela eventualmente, y bajaron de un salto. A Harold se le cayó la mochila en el intento, y rápido la levantó. Denis atrapó la bolsa con canicas que rodaba por el cordón de la vereda, bajo el peligro de caer e irse alguna por la canaleta al desagüe de la ciudad.

Se las devolvió a su amigo, y Harold las tomó diciendo que no se las robe. Se rieron y asistieron a la escuela.

Ese día tuvieron un examen sorpresa; Harold se enteró por los cuchicheos de un grupito de chicas, quienes siempre se enteraban de lo que haría la maestra, la señorita Griselda. Resultó ser que ese mismo grupo de amigas a menudo enviaba a una de las suyas a conversar con la maestra para sonsacarle algo diferente siempre.

Harold no se llevaba tan mal con las chicas de su curso, que como con los chicos. Al menos ellas le decían “gordo” con cierto cariño, más que desprecio o burla; y tampoco lo golpeaban o aventaban con bolas de papel. En cambio, a Denis le aterraban las niñas, a pesar de que la mayoría de ellas sintieran gusto por él, y decía que tenían piojos. Harold consideraba a Dalia su amiga, una chiquilla que había ingresado a la escuela el año anterior; su familia se mudó del campo a la ciudad por unas ofertas de trabajo de sus padres. Dalia era una niña que parecía prácticamente muda hasta que se le dirigía la palabra; precisamente, una pregunta que ella pudiera responder con sí o no. No miraba mucho tiempo a la gente a los ojos, nunca levantaba la mano para preguntar algo a la maestra, y siempre se iba a sentar sola en los recreos. De este modo, a Harold le rondaba la idea de “es como yo”, en cuanto a no poder hacer muchos amigos.

Antes del examen, Harold se sentó al fondo y un banco al lado de Dalia. Denis se ubicó un asiento delante de Harold, por órdenes de éste. Claro, el gordito que no había estudiado ni el abecedario planeaba copiarse del dibujante. El salón de los niños no era muy amplio, cabían veinte pupitres individuales y había poco más de un metro de distancia de la hilera de bancos al escritorio de la maestra, y al lado el pizarrón verde. La señorita Griselda entró taconeando al salón y exclamando un “buenos días” a los alumnos. Era una maestra muy paciente y cordial, vista como una dulzura por los padres, y como una mujer malvada por los alumnos. Ella tenía más sentido de la igualdad que de la equidad. Cuando dejó sus carpetas y bolso en el escritorio, dio una ojeada a cómo se sentaron todos. Y comenzó su reorganización, vista como una maldad por los niños:

-Harold, ven al frente. Cambias con Tommy. – Y señaló a los dos mientras que los mencionaba, sacudiendo las pulseras de su muñeca.

Thomas era uno de esos tiranos que molestaban a Harold, y a veces a Denis. Era el muchacho más alto del salón, y también el más feo; se jactaba de su estatura diciendo que podía subirse a los juegos mecánicos de los parques de diversiones, o asistir a películas para mayores con amigos más grandes que él.

Lastimosamente, no tenía la misma suerte con las chicas, que cada vez que él les silbaba desde su bicicleta de adultos, ellas le daban la espalda. Comenzó con algunas veces que pasaba cerca de Harold y le escupía, para luego salir corriendo; y en ese tiempo a Denis le quitaba sus dibujos delante de él para hacerlos trizas y mofarse.

Denis no intentaba defenderse del grandulón, porque seguramente saldría apaleado. Harold todo lo contrario, lo perseguía como podía y cuando Thomas se dejaba alcanzar por el gordito, lo molía a golpes y le profería los insultos relacionados al sobrepeso más ocurrentes que tenía. Un día la madre de Denis fue a la escuela a hablar con el director y la maestra de grado, ellos hablaron con Thomas y sus padres, y desde entonces no volvió a molestar a Denis.

Pero Harold no tuvo la misma suerte, e incluso le fue peor; Thomas al no poder molestar también a Denis, comenzó a golpear a Harold en donde se lo cruzara por el recreo, o la calle.

La maestra hizo otros arreglos, separando amigos a más de dos pupitres de distancia y sentando lado a lado a las enemistades.

Cuando Thomas pasaba con su mochila entre los alumnos sentados hasta la fila del fondo, al cambiarse de pupitre, susurró a Harold algo al pasar que sólo aquel percibió:

-No rompas mi silla o te romperé a ti.

A lo que Harold siguió avanzando hasta la fila del frente, en silencio, abrazando su cuaderno y con las regordetas mejillas rojas de furia.

Cuando la reorganización de lugares terminó, la señorita Griselda comenzó a leer las preguntas para que todos copiaran; el examen fue tomado y cuando sonó la campana ambos amigos se reunieron en el patio.

-Harold, estás muy inquieto, ¡y ya déjate las uñas!

-¿Qué voy a hacer, Denis? ¡Dime! Estoy muerto...- Respondió el gordito, muerto de nervios.

-¿Qué pasó ahora?-Indagó el dibujante.

-Thomas me amenazó de nuevo llamándome gordo, y me enojé tanto que le escribí algo en su asiento...

Ambos chicos se callaron de inmediato y se adentraron en los baños para niñas, al escuchar que Thomas gritaba por el patio buscando a Harold.

-¿¡¡Dónde estás, gordo!!?- Vociferaba impetuoso.

Harold se sentó en el inodoro de uno de los baños, y Denis espiaba por la puerta; para fortuna de ambos, no había ninguna niña hasta el momento. O al menos ninguna niña que hablara, porque Dalia estaba detrás de la puerta de Denis y Harold, presenciando qué hacían esos dos ahí, tan silenciosa como siempre.

-¿Y qué le escribiste para que se enojara así?-Susurró Denis, mirando desde la abertura de la puerta el portal del baño que daba al patio de recreos; Thomas daba vueltas por ahí, era el muchacho más alto de entre los demás.

-Huérfano.

-¿Qué?-Susurró Denis.

-Le escribí lo que es, un huérfano.-Respondió el gordito, sin cuidado y hurgando en sus bolsillos.

-¿Thomas el triturador no tiene padres?

-Seguro él mismo los trituró como a huesos de pollo.-Acotó Harold, desenvolviendo una barra de chocolate que traía en el bolsillo.

Se oyeron dos golpeteos suaves a la puerta de los chicos. Resultó ser que Dalia decidió que era buen momento para romper el silencio. Los chicos se quedaron paralizados de la sorpresa, ya que se creían completamente solos.

De inmediato Harold fingió una vocecita más aguda, como simulando la de una niña, arrugando el chocolate en el bolsillo:

-Ujujú, ¿quién es?

Denis le dio un socotrón a su amigo, salió del baño lentamente y para apaciguar su susto, se encontró con Dalia.

-¿Escuchaste todo?-Le preguntó a la niña, mientras Harold salía también.

Dalia asintió con la cabeza.

-¡Hola, Dalia! ¿Te fue bien en el examen?-Preguntó Harold, dispersándose.

Dalia negó con la cabeza.

-Por favor no le digas a la maestra.-Suplicó Denis, susurrando.

Dalia miró brevemente a Harold y luego se encogió de hombros.

-Tranquilo, ella es mi amiga, y sabe que Thomas quiere triturarnos.

-Triturarte.

Dalia hizo una mueca de disgusto con eso último que añadió Denis, y tomó de su cabello uno de los listones que le adornaban sus largos bucles rubiecitos. Levantó las cejas mirando a Harold y señaló su muñeca. El gordito le pasó su regordeta muñeca a la niña y ella rodeó con el listón rojo un raspón que él tenía. Lo miró a los ojos y sonrió brevemente. Harold comprendió.

-Es un hechizo.-Comentó a su amigo, que no comprendía del todo, mientras terminaba de atarle el listón la niña- Una vez que salgamos de los baños, Thomas no nos podrá ver si usamos esto.-Continuó explicándole el funcionamiento del hechizo.

Dalia asintió con la cabeza.

-No lo creo.-Se cruzó de brazos Denis- Es mejor que salgamos una vez que el recreo acabe.-Sentenció.

Dalia levantó una ceja en desaprobación.

-¡No, no! Ya vas a ver, confía en mí. Los hechizos de Dalia siempre funcionan.-Harold tomó la mano de Denis- Si vamos así, Thomas no nos verá.

El dibujante estaba rojo de vergüenza, y Dalia emitía una risita muda de travesura. Harold llevó casi a rastras a su amigo fuera de los baños, exponiéndose a la luz del recreo, y al enfurecido Thomas. Eran como dos toreros yendo con su bandera roja a enfrentar a un frenético toro loco. O así se sentía Harold, mientras que Denis miraba en todas direcciones intentando preveerse de algún objeto volador.








22 Novembre 2020 04:49:44 5 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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Francisco Rivera Francisco Rivera
Damián Murdstone: Hola, relato que me hizo recordar oras situaciones del pasado escolar, sin protecciones de esa naturaleza, claro está. Manejo del contexto y de personajes que creo, podrán resultar entrañables. Facilidad para establecer sentidos de vida diferentes pero complementarios entre ambos amigos. Me gusta el tono de la psicología de los personajes, dando idea clara de la manera en que sostienes la sorpresa, la emoción y ese misterio engarzado casi al final del capítulo. Agradará, creo yo, a más lectores de esta grey de la tinta. Un saludo cordial desde México y, de ya, nos seguimos...
January 09, 2021, 20:22

  • Damián Murdstone Damián Murdstone
    ¡¡Gracias por tu lectura y comentarios, los valoro muchísimo!! De a poco, irá avanzando la historia. September 11, 2021, 11:44
Om Garcia Om Garcia
¡Hola! Me gustó mucho tu capitulo. Tienes muy buena ortografía y redacción. Es muy bonita y tierna la secuencia de la amistad de Denis y Harold. Solo que sentí que le diste mucha relevancia a el examen que al final diste por terminado. Quizá no debías agregar tanto ahí. Pero respecto a lo demás vas muy bien. Te felicito.
November 23, 2020, 03:16

Damián Murdstone Damián Murdstone
¡Hola, gracias por leer Qué tal si...! Espero continuar esta historia y subir un capítulo todos los lunes.
November 22, 2020, 05:07
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