diana-guiland1602362788 Diana Guiland

Hay alguien que trata de pasar desapercibido mientras toma una cerveza en una taberna cualquiera en una peligrosa noche de Lobos. Ella está maldita y carga con un oscuro secreto que está tratando de solventar.


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#épico #hombres-lobos #magos #fantasía
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Vientos de principio de invierno

La taberna no estaba muy llena. Quizás debido a la Noche de Lobos que aterrorizaba incluso a los más valientes. Eso se hacía notar en el antro de los borrachos más ruidosos de toda la ciudad de Tarsys, donde solo había un puñado de personas con caras lánguidas y sus grandes jarras llenas con el líquido espumoso que los haría ahogar sus penas. Ni siquiera la amenaza de los esbirros de Malak era suficiente para alejar a esos infelices de una rutina harto poco productiva.


La Chica que Quería ser una Mujer no era de esas personas. Aunque solo por esa ocasión tan especial y diferente estaba dispuesta a hacer una excepción.


Ella estaba sentada en una de las sillas altas de la barra, una superficie rústica de madera ennegrecida. Del cuerpo menudo de la muchacha desprendía un olor que incitaba a la melancolía y a la tristeza pura que solo parecía afectarla a ella, bastante acorde al ambiente mal iluminado por una serie de faroles colgantes de cuerdas firmemente amarradas en las columnas de roble reforzado. Tan poca luz había que no era capaz de distinguir su mano completamente cuando extendía su brazo cual largo era. Tampoco podía distinguir las caras de los demás comensales, solo veía con claridad las facciones del que se hallaba a su derecha e izquierda. Dos hombres fornidos de rostros cuadrados, barbillas prominentes, de tez tostada por el sol y barbas desaliñadas. Otros rasgos distinguibles estaban ocultos por capuchas grises muy parecidas a la que ella llevaba puesta, salvo por su tamaño más pequeño y más sucio. Debían de ser gemelos y La Chica que Quería ser una Mujer no pudo evitar el encogimiento de su corazón, aunque sí reprimió la expresión de dolor de su rostro.


―¿Has oído de esa banda de rufianes? ―inquiere el de la izquierda sorprendiendo a la chica por su tono tan sosegado y melifluo al hablar. Se lo había imaginado seco y áspero, el tipo de voz para un hombre rudo y curtido en los soles que debería de tener.


―¿Quiénes? ―le preguntó el de la derecha con el mismo tono que el de su hermano mientras le hacía señas al tabernero; un hombre gordo y sudoroso con cara de cerdo. De seguro de ahí venía el nombre de Cara de Puerco de tan simpático recinto de borrachos. La Chica que Quería ser una Mujer no pudo evitar sonreír al percatarse de esto, la primera sonrisa en mucho tiempo. Pero por las sombras del lugar y de la capucha manchada de lodo, esta quedó oculta para ojos ajenos e incluso para ella misma.


―Los que asaltan las aldeas sin dejar ni un alma viva y atacan los carromatos de las provisiones del palacio de su majestad. Siempre dejan una estela cadáveres vejados en donde van ―aclaró y bebió un sorbo de su cerveza burbujeante.


El tabernero llenó la jarra de su hermano y le preguntó con la mirada a La Chica que Quería ser una Mujer si quería otra ronda. Ella bajó la mirada y notó que se había bebido todo en el poco tiempo que llevaba sentada allí. Su madre le habría dicho que debería de parar porque no tendría suficiente dinero después y además, no era propio de una dama. Teniendo únicamente esto último en mente asintió en silencio. El hombre de cara de cerdo se retiró soltando un leve quejido.


―Ah, esos… ¿vaya tiempos los que corren, eh? ―soltó el de la derecha en tono pesaroso―. Son una enfermedad que destruye todo lo que tocan. Mil y una historias se cuentan sobre ellos, cada vez más escabrosa que la anterior. Los soldados no se dan abastos para apresarlos y descuartizarlos. La mayoría de los campesinos prefieren quemar todas sus pertenencias y el cultivo cuando creen ver asomarse su bandera, ¡una bandera!, ¿puedes creer que tienen una maldita bandera?


―Pero eso no es lo más grave, Calf ―aseveró su hermano.

El tabernero volvió a aparecer y con un pequeño barril con un hoyo en su costado, vertió cerveza para hacer que La Chica que Quería ser una Mujer olvidara las penas que la atormentaban.


Calf se giró hacia su gemelo pasando de ella quien apenas les podría llegar al pecho.


―¿Qué es lo más grave a parte de robar y violar como si no hubiese un mañana, Colf? Gente como ellos debería de estar muerta, son un montón de perros rabiosos que solo saben hacer daño.


El mellizo de La Chica que Quería ser una Mujer tuvo el apodo de Cenizo y ambos habían tenido nombres que rimaban. Entendía lo divertido que resultaba para los padres buscar nombres con sonoridad entre sí, aunque eso no quitaba los productos ridículos que surgían en el proceso. Los ejemplos vivientes estaban sentados en la barra, cercándola de ambos lados. Sintió un repentino sentimiento de lástima por ese par.


―Ellos no violan, por eso se hacen llamar Hombres Morales… ―musita sin lograr terminar su idea.


―¡Pues vaya chiste! Mejor quedaría “Bribones con algo que hace querer no ahorcarlos tan duro”. Pues ¿acaso no matan?


―Sí, pero eso no es lo que quería…


―Y no hace falta ―refuta Calf―. Esos sinvergüenzas torturan de formas inimaginables a los más débiles mientras pisotean todos los cánones de Wander…


Aquella frase inconclusa hizo un eco dentro de aquella chica encapuchada. Reavivó con la intensidad de un dragón hambriento, hambriento de carne humana y de algo más. Pero la imagen de las pesadillas recientes que había tenido la hicieron reprimir esa parte casi al instante, apagando el fuego de esa criatura. Estas la habían atormentado por las noches, razón por la cual raras veces se atrevía a dormir, solo haciéndolo cuando estaba a punto de desfallecer.


Continuó escuchando la conversación con un paroxismo interno amenazando con salir.


Colf soltó un suspiro, cualquiera lo suficientemente sensible podría sentir su aura de resignación.


―¿Me dejarás continuar? ―le espetó utilizando todo su océano de paciencia que guardaba en su interior. Su hermano pareció entender el mensaje implícito en sus palabras.


―Adelante.


―Lo que trataba de decir es que se han escuchado rumores acerca de ellos, más de lo normal, y no son para nada tranquilizadores ―hizo una pausa que duró varios golpes, más de los que estaba dispuestos a soportar su gemelo.


―No te comportes como un actor de teatro ambulante, ¡abre la boca de una vez! Me estás poniendo los nervios de punta.


La Chica que Quería ser una Mujer quiso unirse a esa aseveración, pero sus labios se mantuvieron sellados, salvo para tomar un sorbo de cerveza que se le estaba comenzando a subir en la cabeza. Era útil tener información sobre una banda asaltante cuando se viajaba por los caminos del reino, aunque esperaba salir pronto de este para llegar a Antigua y de ahí en barco por el río Duero antes de que llegara el invierno.


Un par de faroles se apagaron en la taberna por una brisa fría que logró colarse entre las rendijas de la ventana, haciendo que el ambiente tomara un tono aún más penumbroso.


―Solo son rumores hermano, aunque es mejor estar prevenidos ante cualquier cosa que pueda surgir ―tomó una bocanada de aire y La Chica que Quería ser una Mujer se rasguñó la palma de su mano izquierda en cuyo guante había un gran agujero. Quizás debería de dejar de hacer eso, su piel se estaba volviendo bastante sensible―. Lo que he escuchado sobre los Hombres Morales es que hay un mago renegado entre sus filas.


Un incómodo silencio se instauró en ese momento.


Calf se quedó estupefacto con tales palabras absurdas dichas por su hermano, Colf esperó una respuesta relamiéndose sus labios que sabían a cerveza vieja y La Chica que Quería ser una Mujer fue a la que menos le prestaron atención.


Se veía tan pequeña entre esos fornidos hombres y lo fue todavía más cuando se encorvó. Un fuerte dolor le recorrió el cuerpo, un dolor punzante y paralizante, parecía que su sangre se había congelado en sus venas. Pudo sentir como la maldición hacía efecto en ella y solo era la parte más benevolente de esta. Quiso llorar pero se tragó sus lágrimas y se quedó sufriendo sin que nadie se percatara de los pequeños movimientos que hacía por su padecimiento.


Las articulaciones de sus manos y pies se hincharon, causando una subida de temperatura de esas zonas. Se encorvó y deseó morir en ese instante.


―¿Qué? ―fue lo único que dijo Calf y otro temblor atormentó a la muchacha.


Las mujeres deben de soportar todo con una sonrisa y luciendo siempre bellas, susurró en su mente la voz del hombre muerto. Se obligó a bajar la cabeza, produciendo un horror punzante en su cuello. Pensó en algo agradable, en su casa de muñecas, en sus primeras lecciones, en Auri o como había obtenido a ese caballo sin nombre. Todo para que se terminara y hacerla regresar a su presente, uno horrible, pero era el que se merecía y donde ya todo eso había pasado.


Varios sellos de su cuerpo se iluminaron momentáneamente, que de no llevar la capa hubiese llamado la atención. Era un estigma bastante peligroso dada su situación, lo bueno que tenía era que eso daba pie para el cese del dolor.


Cuando volvió en sí ya la conversación había tomado otro rumbo que no entendió.


―… y por eso no creo en ellos. No sirven hermano, casi tanto como las mujeres ancianas.


―No digas eso ―lo reprocha Colf en tono perentorio.


La Chica que Quería ser una Mujer se crispó por lo dicho por Calf. Sujetó con fuerza el asa de su jarra y tuve el fuerte impulso de golpear a esos hombres. Sin embargo, se dijo a sí misma que ya no era esa chiquilla enojada con el mundo, que había crecido, las estaciones habían pasado. No obstante el enojo le pudo más como siempre.


―Las Grandes Ancianas fueron las primeras en hablar de Eso antes que nadie y no fueron catalogadas de inútiles ―intervino sin tener intención de hacerlo y también sonó un poco beoda sin estarlo. Al percatarse de que había hablado con su voz quiso apuñalarse la garganta en ese instante. Lo había arruinado todo.


Bien hecho sonsa, le dijo una voz del pasado, la de su viejo yo. Odiaba sus intervenciones.


Ambos hombres clavaron su mirada repentinamente en ella y se quitaron al unísono las capuchas, revelando dos pares de ojos verdes almendrados y una mata de pelo castaño oscuro despeinado.


―¿Y qué hace una mujer sola viajando en una Noche de Lobos? ―la increpa Colf arqueando una ceja tupida. Sus ojos reflejaban absoluta curiosidad.


―Además, cuando también hay tantos bandidos por los caminos, cabe decir ―convidó su hermano.


―¿Quién dijo que estoy viajando sola? ―arremetió en respuesta con insolencia fingida para ocultar que estaba inquieta.


La Chica que Quería ser una Mujer bajó aún más su capucha para evitar que vieran sus rasgos. Era algo habitual en mujeres que viajaban solas por la noche, el mantener oculto su rostro porque resultaba bastante indecoroso hacerlo sin ninguna compañía masculina de algún familiar o de su esposo. A esas horas, las únicas féminas que salían eran las callejeras o las piernas fáciles. Pero eso no fue el único movimiento que hizo, bajó la intensidad de las luces físicamente de las velas sin tan siquiera tocarlas y sin que nadie se percatara. El lugar se inundó de más sombras que pasaron desapercibidas para los demás hombres ebrios.


―Pues entró sola mi señora… ―comienza a excusarse Colf.


―No soy una señora ―le interrumpió sin subir el tono, no estaba molesta por el título era más bien que no se creía digna de otro título que el de asesina de sangre.


―Disculpe…


Decida a pasar desapercibida, barajeó varias opciones sobre que decir.


―Puedes llamarme Auri. Todos mis amigos me llaman Auri ―mintió en seguida. No debía desvelar su nombre a nadie y aquel nombre fue lo primero que le vino a la mente. Igualmente, no le ofreció la mano, eso sería arriesgarse más de la cuenta.


―¿Auri, eh? ―interviene Calf inclinándose en la barra―. Entonces ¿qué decías sobre dioses impíos levantando a los muertos?


La Chica que Quería ser una Mujer se mordió los labios y luego dijo en voz queda:


―Nada, no decía nada.


La respuesta no pareció disuadir ni impresionar a los gemelos que se miraron por un breve momento intercambiando un dialogo secreto y mental. Su hermano y ella solían hacerlo muy seguido. Al final Colf tomó la voz de mando.


―Mencionaste a las Grandes Ancianas y Aquello que cayó del suelo


―Solo mencioné a las Ancianas ―atajó La Chica que Quería ser una Mujer.


―Cierto, pero no debes de olvidar que son temas unidos fuertemente ―aseveró Colf dedicándole una mirada inquisitiva― y que por lo general atraen la mala suerte a quienes lo sacan a relucir.


―¿Entonces no debería dejarlo muerto para impedir más desgracias sobre mí?


La Chica que Quería ser una Mujer dio otro sorbo a la cerveza y se aruñó disimuladamente la palma izquierda de su mano que estaba dormida luego de su pequeño episodio, deseando que aquel par de hombres siguieran con lo suyo e ignoraran su presencia.


Pero el mundo no estaba dispuesto a concederle nada tan fácil.


―Debería, aunque en vista de que… ―comienza a decir Colf y en respuesta su hermano le da una palmada en la espalda que hizo dar un pequeño brinco en su asiento a la chica.


―No creo que debas de importunar a la… señorita. Déjala con sus cosas de dioses impíos y sin gloria. Tenemos que quedarnos hasta la salida del sol y sería mejor para todos dejar a una pagana con esos demonios en paz. Ya habrá tiempo de sacarla de su error.


Su hermano lo regañó por tal comentario ante una dama, pero dicha dama no escuchó la respuesta condescendiente de su hermano. Su sangre bullía en su interior, no era la primera vez que alguien le decía un comentario de ese estilo y en todas las ocasiones sentía como si le estuviesen escupiendo sobre su dolor y su único consuelo. Recordó las penurias que tuvo que pasar para llegar a donde estaba. No iba a permitir que nadie insultara a quienes podrían el gran pecado que había cometido y aliviar el dolor de una madre que lloraba sobre la tumba de su hijo. Un borracho de una taberna en medio de la nada no la iba a insultar. Su orgullo volvía a ella como una manta tibia en una noche fría.


―No todos los dioses olvidados y primigenios son impíos ―comienza a relatar con una voz monótona y carente de cualquier gracia. No había rastro de la soberbia de la vieja o de la serenidad de la nueva, quien hablaba era alguien intermedio con una gran sapiencia cultivada en una prestigiosa escuela―. Algunos fueron buenos y benévolos con sus creyentes, pero fueron desplazados por una conquista de los imperios más grandes que decidieron que los suyos eran los mejores. Thirels lo hizo en su momento y ya varios reinos que lograron su libertad rehuyeron de sus dioses y se quedaron con el que dijo Wander. Perdiendo la compasión de la Tridiosa, los valores de Los Doce y la sabiduría de Bao Qu.


―Pero siguen siendo dioses paganos, por algo perdieron ante nosotros ―refutó Calf luego de sopesar sus palabras. La Chica que Quería ser una Mujer quiso replicar que eso no probaba nada, solo que habían tenido un buen ejército y una buena estrategia de guerra, pero se limitó a bajar su cabeza y una lágrima silenciosa amenazó con asomarse, un eco de un pasado que la estaba carcomiendo poco a poco.


―No obstante, a veces son ellos quienes escuchan los ruegos diferentes, en vez de los que son considerados como los verdaderos ―susurró al cabo de un breve momento y de un modo apenas audible para los hermanos. Sintió lo cansada que estaba en ese momento, el episodio le había quitado fuerzas y tenía muchas ganas de ensillar a ese caballo sin nombre para seguir con su camino.


―¿Perdón? ―La fe que profesaba Calf le impedía ver a un hermano o hermana desprestigiar a Ak-Lumen y más en su propio país, porque era evidente que aquella muchacha no era una extranjera ni era miembro de a alguna de esas tribus salvajes aledañas.


Colf por su parte la contempló en silencio por un corto periodo de tiempo sin musitar ni un sonido, algo que no ignoró La Chica que Quería ser una Mujer. Esa mirada fue tan profunda que sentía como abría su mente y desvelaba sus secretos, su pasado, sus crimines y a quienes llevaba ocultos en el establo.


―Esos dioses capaces de escuchar ruegos… extraños, ¿no te estarás refiriendo a lo que habitan en las Tierras Malditas de Enud, de quienes las Grandes Ancianas nos advirtieron?


Abrió los ojos como platos debajo de la seguridad de la capucha y las sombras. Su paroxismo interior se agudizó. Sintió como unas manos invisibles la tomaban y la desnudaran para dejarla expuesta e indefensa ante todos. El sudor frío bajó a chorros y se odió a si misma por no poder controlarse en esa situación, aunque nunca había sido buena para eso. Bastaba con mirar en lo que se había convertido para confirmarlo.


Pues claro que se refería a ese lugar, ¿a cuál sino? Todos conocían las leyendas que rodeaban al antiguo reino de Enud, arrasado por gigantes de piedra para poder derrotar a Aquello que cayó del suelo, envenenando el lugar con energías oscuras en el proceso. Desde entonces ya no era habitante para ningún ser humano. Solo con esa premisa tan interesante surgieron miles de leyendas, como la de los cuerpos en ríos y una muerte segura para cualquier persona que se atreviera a poner un pie en ese dominio sin dueño. Ni siquiera un Rey o Reina Quiróptero se atrevían a poner una residencia allí.


Colf suspiró, interpretando el silencio de la muchacha como una concepción. Cerró los ojos por un breve instante y cuando los abrió estaban cargados de una gran compasión hacia aquella desconocida.


―No la conozco señorita... Auri, ni tampoco sé cuáles son sus planes o el motivo de los mismos, pero me veo en la obligación de advertirle de no hacer lo que creo que intuyo. No solamente sería una gran blasfemia a cualquier ley de la naturaleza, sino que también ninguna persona ordinaria tiene el derecho a decidir quién continua caminando en el mundo de los vivos.


A La Chica que Quería ser una Mujer se le encogió el corazón con sus palabras. En otra etapa de su vida quizás pensaría distinto. Su antigua yo pregonaría por mar y tierra que ella si lo tendría, solo por ser poseedora de un gran poder como el suyo. Aunque dudaba si estaría haciendo lo que iba hacer por esa persona que tanto había despreciado por haber nacido diferente a ella.


Guardó silencio y apuró el contenido de la jarra en su garganta, acabándola de un sorbo dando por terminada la conversación. Debía de ser sensata y no llamar aún más la atención.


Pronto los hermanos perdieron interés en ella y reanudaron su charla de la banda de los Hombres Morales, donde en algún punto mencionaron, no supo si Calf o Colf, acerca de un niño de apenas doce soles encapuchado quien comandaba una pequeña facción del grupo.


―Si eso se le puede llamar moral, ¡pervertir así a la mente de un joven!… por cierto ¿dónde escuchaste ese disparate de un renegado en sus…?


Las puertas de madera de la taberna se abrieron de forma estruendosa y seguidamente fue atravesada por el sonido de pisadas de botas ligeras. Todos miraron a un mismo tiempo al grupo de los recién llegados. Iban uniformados con túnicas moradas con el capuz echado, sus rostros eran de piedra ilegibles y justo en su pecho estaba bordado con hilos de oro y plata un escudo de armas. Un guiverno preparado para tomar vuelo en un campo de gules. Un escudo con autoridad y poder en todo el reino. Un escudo que electrificó todos los vellos del cuerpo a La Chica que Quería ser una Mujer e hizo que su corazón se detuviera brevemente.


Se puso de pie de un salto al igual que los demás. Un murmullo recorrió el lugar, «Magos de la Academia», decían.

La muchacha se maldijo por haber tomado un descanso y no haber seguido como lo tenía planeado hacia la frontera con el reino de Antigua. No temía ser atacada por una manada de licántropos en medio de una Noche de Lobos, sabía cuidarse sola perfectamente y además, ella había domesticado a uno de los suyos cuando tenía apenas tenía los doce soles. En definitiva había entrado por ser una completa sonsa.


Un hombre robusto con una gran papada dio un paso al frente y sus helados ojos grises examinaron toda la taberna.


―No haré presentaciones ya estoy de mal humor al tener que salir a investigar en una de estas malditas noches ―pronunció el hombre con voz pausada frunciendo el entrecejo―. Por ende seré claro y preciso― hace una pausa para tomar una bocanada de aire― estamos buscando a una fugitiva, ya debieron de oír de ella, su nombre es Xxxxx Xxxxxx.


La mención del verdadero nombre de La Chica que quería ser una Mujer hizo que la maldición se activara. Sintió los trescientos latigazos recorriendo cada fibra de su cuerpo, se encogió haciendo una mueca de dolor y soltó un gemido de dolor.


―¿Qué le sucede, muchacha? ―le inquirió Calf en un murmullo, visiblemente preocupado, aunque pronto su visión se tornó completamente roja y apenas fue capaz de distinguir la figura del hombre inclinándose sobre ella.


El dolor era una tortura que le hacía desear que la mataran en ese instante. Sentía los azotes especialmente fuertes en sus grabados de magia de su piel. Luego sintió lombrices moviéndose dentro de ella, en especial en su cara. Con rapidez se echó aún más el capuz, casi haciéndolo llegar a su barbilla y apartó su mirada, asintiendo para que la dejara con su sufrimiento en paz.


El dolor era un tema superfluo a comparación del de ser descubierta. Acabaría con su misión y la sentenciarían a muerte. Su rostro era conocido por casi todo el reino, la Academia había desperdigado a sus perros de caza y era cuestión de tiempo de que se encontrara con alguna patrulla.


Necesitaba salir de allí, recoger a Auri y el caballo, todo de forma rápida e inadvertida.


Varias personas tenían una línea de pensamiento similar a la suya y miraron en derredor, en busca de una salida. Había allí varias personas respetables y poco respetables que no les convenía ningún trato con gente con la autoridad suficiente de apresar en nombre del rey. Sin embargo, se dieron cuenta que las pocas ventanas que no estaban cerradas se encontraban al frente, cerca de la única puerta doble, la cual estaba flanqueada por los magos. No tenían escapatoria, nadie la tenía.


El mago se percató del pequeño revuelo que significó su presencia y no tuvo que reflexionar mucho para dar con el origen de esa alteración en las auras de los presentes.


―No desesperen ―dijo en tono solemne― les voy a pedir, con mucha amabilidad― continuó desplazándose de un lado a otro mientras movía sus manos teatralmente― que se quiten las capuchas para examinarlos… de forma meticulosa. No nos importa su pasado o que figura de autoridad represente usted. Carecemos de autoridad para realizar arrestos que no sean de la fugitiva anteriormente mencionada y ciertamente no nos importan los chismorreos de pueblo. Pero si se niegan entonces― extendió sus manos a la altura de su pecho y un círculo de runas en fuego apareció enfrente de él― me veré en la obligación de tomar medidas más drásticas.


Las palabras del mago produjeron un efecto rebote en los presentes. A un mismo tiempo todos retrocedieron un paso y se retiraron la capucha con un movimiento seco. Todos, incluso Calf y Colf quienes ya las tenían bajadas y el tabernero quien no tenía una. Pero La Chica que Quería ser una Mujer no hizo nada. Ni un músculo de su cuerpo se movió y el mago lo advirtió. Entonces él fue caminando con parsimonia haciendo relinchar las tablas del piso con su peso.

Estoy acabada, pensó.


No podía llamar a Auri para ponerla a merced de un grupo de magos de la Academia. Ni tampoco desear cubrir su rostro para tener una nueva cara. La única opción que tenía era luchar. Luchar con todas sus armas, sin importar donde las hubiese obtenido, de la calle o de la Academia. Ella era culpable, aunque solo en parte y maldijo ese instante en que escuchó aquellas lecciones secretas.


El mago se detuvo a una mano de distancia. Posó sus ojos grises en ella examinando su capa vieja y robada, sus botas de cuero de vaca enlodadas, su gambesón oscuro y sus guantes de lana que fueron un regalo de su madre, un tiempo antes de que La Chica que Quería ser una Mujer le diera la espalda a todos los que la habían ayudado o querido alguna vez.


El hombre aspiró profusamente e hizo una sonrisa torcida enseñando un par de dientes chuecos.


―Tú no te inmutaste con mi pequeña demostración ―aseveró campante― y puede deberse a dos cosas: una es que tú hayas presenciado magia con anterioridad, quizás en algún circo de magos renegados errantes― la chica apretó los puños. Su mente y cuerpo estaban listos para luchar―. La otra es que tú…― avanzó deshaciendo el espacio entre ellos y percibió el olor de sauco tan familiar para ella haciéndola volver a su habitación en la Academia y se imaginó a una niña con ansias de aprender, embelesada con todo lo que veía y que había caído en manos peligrosas.


El hombre le retiró el capuz y reveló ante todos los presentes el rostro más buscado en las últimas temporadas.


Un murmullo de voces sorprendidas y acaloradas recorrió la estancia, hasta los magos soltaron unas cuantas exclamaciones de asombro. En su interior ella no los culpaba, sin importar la situación su hermano mellizo y ella daban siempre esa primera impresión, más que todo por sus ojos.


La Chica que Quería ser una Mujer, hija bastarda de la llamada Lady Zorra de la Casa Trellak, de padre desconocido, maga de los bajos fondos de la ciudad y prodigio de las artes místicas. Aunque recientemente las primeras palabras para referirse a su persona eran sinónimos de traidora y asesina. De tez blanca sonrosada, pómulos altos, cara redondeada, de boca pequeña, nariz ganchuda y el pelo enmarañado de color castaño oscuro cortado de forma precipitada y desprolija por encima de sus hombros. No había rastro de la antigua melena gallarda que rozaba su espalda, no obstante, aunque era obvio que se trataba de ella. Pero si existiese alguna duda, era rápidamente eliminada al contemplar la doble pupila violácea, que devolvía de forma desafiante la mirada de autosufiencia y de triunfo del mago.


―Al principio pensé que nuestro Archimago de la Academia era el único con esos ojos en todo Thirels ―dijo colocando un dedo debajo de la barbilla de la muchacha, quien subió dócilmente la cabeza―. Hasta sospechaba que tus retratos eran meras exageraciones.


Calf y Colf fueron alejándose en silencio del lado de la fugitiva, mientras intercambiando muecas de miedo y asombro. Nadie les prestó atención.


―Ya ves que no ―espeta la joven con la voz ronca. Pareciera que el mago no conociera la maldición que pesaba sobre ella, de saberlo, sería muy estúpido de su parte no usarla a su favor. La sola mención de su nombre y ya estaría retorciéndose en el suelo a sus pies. No obstante, no era inverosímil que la desconociera, después de todo que ni al mentor más cercano de La Chica que Quería ser una Mujer se lo había confesado.


En el proceso de inspección un ligero cosquilleo le comenzó a recorrer todo el cuerpo. Era la magia para la batalla inminente. Estaba lista, no se dejaría atrapar sin pelear. El otro lo percibió y se retiró con una sonrisa vesania en sus labios, sin parar de mirarla.


―Creo que sabes tus cargos…


―Los sé de memoria ―le interrumpe abriendo sus manos como garras.


El ambiente se volvió tenso en la taberna. Los magos que cercaban la única puerta se fueron inclinando en posición de lucha. Los comensales comenzaron a salir estrepitosamente de allí, sabían identificar una pelea y no querían estar en medio de una donde las armas fuesen poderes ajenos a las armas forjadas en una fragua.


―Mi nombre es Camen, por cierto ―se presentó el mago haciendo aparecer el círculo de fuego delante suyo.


Como antes, no reaccionó ante eso. Ella también tenía un círculo elemental tallado en su cuerpo.


―Será fácil de tallar en tu tumba ―dice y a una orden mental apagó todos los faroles dejando como única luz de la taberna aquella que provenía de la magia de los magos.


Pero existía un tipo de magia que repudiaba el empleo de cualquier luz y la devoraba. Un arte oscuro y prohíbo que no tardaría en aparecer. Porque La Chica que Quería ser una Mujer era una maga negra.


Muchas personas le habían preguntado a lo largo de su vida, si su doble pupila le permitía ver doble y muchas veces les había contestado que no. Ni siquiera le permitían ver bien en la noche o le dotaban alguna capacidad sobrenatural. Quizás podría atribuirle a su capacidad de usar la magia, pero según Zamak y el claro ejemplo de su hermano, tener los llamados ojos de la magia no te bendecían necesariamente con esta.




Sopló un viento frío afuera de la taberna de Cara de Puerco, propio de los inicios de invierno, la peor época para los campesinos y la más esperada para los habitantes de las altas montañas de Antigua para incrementar las ventas de lana de sus ovejas. La Chica que Quería ser una Mujer no pensó en nada de eso cuando salió revitalizada y sin ningún rasguño, mientras traspasaba las puertas dobles del local dejando una entreabierta por descuido. La luz del plenilunio permitiría a cualquier transeúnte ocasional ver un espectáculo de cadáveres de magos encapuchados. Casi no había sangre y de buena manera los cuerpos podían pasar por el de personas durmiendo en medio de la noche, hasta que alguien comprobara el pulso o viera las expresiones gravadas en los rostros de los mismos. Expresiones típicas del absoluto horror ocasionado por las artes oscuras.


Anduvo con paso sosegado hacia la parte trasera del local donde se situaba el establo y la estarían esperando su semental negro como la noche sin nombre junto con Auri; la licántropo que había criado y domesticado después de encontrarla en una red de caza en la pequeña propiedad de su familia en el campo. Incluso se sintió tan cómoda y reavivada en todos sus sentidos para tararear toda la letra de la canción de «Monté a una chica y un caballo en una tormenta». No recordaba cuándo la había aprendido. Quizás en algún momento de su infancia, en el prostíbulo regentado por su madre.


Al pisar el suelo de paja percibió el olor de las heces y orina. No había ningún animal asentado allí, excepto por el suyo quien relinchaba ansioso y tiraba de la cuerda del arnés atada al palenque. Con los pocos faroles que había era difícil distinguirlo.


―¡Maga! ―exclamó una vocecita y antes de poder reaccionar ya tenía a una niñita de diez soles aferrándose contra su pierna, de cabello oscuro, tez morena y grandes ojos amarillos.


―Hola Auri, ya nos vamos ―la saluda revolviéndole el largo y suave cabello de la chica con ternura.


―¿Qué fue todo ese alboroto? ―inquiere esta, apartándose.


―Magos, pero ya no nos darán problemas. Debemos de seguir en lo que nos queda de noche ―le explicó la maga pasando al lado de Auri para tomar las riendas del caballo y guiarlo afuera del establo. El bulto envuelto en un fardo marrón colocado sobre el animal apenas se tambaleó. Olía fuertemente a los ungüentos con los que lo habían preparado para conservarse.


―¿Ahora a dónde vamos? ―los ojos de Auri la veían ávidos y llenos de ansias para recorrer nuevos parajes que nunca habría podido ver, si hubiese sido otra la persona que la hubiese visto en esa trampa para conejos.


La maga montó encima del caballo con un movimiento rápido. Miró a la niña loba parada en la tierra. Ella iba descalza con una larga camisa de dormir que le llegaba muy por encima de las delgadas rodillas.


Ese atuendo no le duraría mucho, caviló para sus adentros. Hizo una nota mental para comprarle por el camino una capa de piel de huargo, de esas que usaban los Juaneys a diario, los parientes más cercanos de los licántropos.


―Al noreste, pequeña aulladora, no hay que perder tiempo ―respondió con una media sonrisa cargada de cariño. Se sentía de las mil maravillas, la energía vital que había sustraído siempre le producía lo mismo. Lo cual podría volverse en una adicción peligrosa―. Deberías de transformarte.


La chica loba asintió y sin perder tiempo comenzó a tener leves convulsiones a la vez que un pelaje negro y brillante le cubría el cuerpo. Pronto su fisonomía fue cambiando drásticamente pasando de una humana a una más perruna, más de lobo, gruñidos dignos de una bestia profirió y pronto la camisa que la recubría se hizo jirones para dar paso a su verdadera forma, una loba negra adolescente con el pelaje erizado y ojos como el oro. El único rastro humano que le quedaba era su prenda rasgada que oscilaba en su cuello como una especie de capa desgarbada.


El caballo sin nombre se encabritó, más la muchacha logró estabilizarlo jalando las riendas del arnés con su mano derecha y con la izquierda aseguró el bulto para evitar que este cayera. Lo golpeó con los talones para emprender la marcha y la loba los siguió con un espacio prudencial de separación, pues las cinco temporadas no habían bastado para que el caballo se acostumbrase a la presencia de Auri cuando esta se transformada.


Partieron por un sendero custodiado por altos pinos. Su única luz era la luna de la Noche de los Lobos y La Chica que Quería ser una Mujer con sus diecisiete soles a cuesta no pudo evitar mirar hacia ella y sus ojos dobles parecieron llenarse de su luminiscencia antes de seguir con sus oscuros andares.

14 Novembre 2020 01:44:27 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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La fin

A propos de l’auteur

Diana Guiland Escribo desde los 10 años, siempre he sido muy tímida y la escritura ha sido un modo de expresarme con el mundo.

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