u16015102151601510215 Julián Juan Lacasa

La francesa Valentina Poussières, con novio, sufre pensamientos intrusivos lésbicos. Un día pilla a su novio en la cama con otra y rompe con él. Llega a un bar lésbico donde conocerá a Ségolène, enamorándose ambas, y empiezan una nueva vida en pareja. Pronto la presentará a sus padres, pero en su pueblo natal, cerca de Amiens, aun no saben que Valentina ahora es lesbiana.


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#lesbianismo #Valentina
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CAPÍTULO PRIMERO


Miré por la ventana, por donde se veía la calle. Una de las miles de calles de la Ciudad de Paris. Yo residía en el barrio de Mirabeau.

El tráfico denso, el típico que padecen los parisinos, y yo tenía que salir para una cita con mi novio, Jean-Philippe Lagardère, que reside en otro barrio, Montparnasse. Debía ir con mi coche.

Mientras iba allá, tenía puesta la música con un CD y oía la canción de Thomas Dutronc “J’aime plus Paris”, en donde bromeaba con el tráfico y el estrés de los parisinos. A veces veía calles o avenidas con un tráfico digne de una novela de Kafka.

Mi vida iba bien, yo era con Jean-Philippe desde hacía tres años, una bonita relación amorosa, aunque de vez en cuando discutíamos y él tenía ciertas manías, igual que yo misma.

Me llamo Valentina Poussières. Mi madre me puso este nombre por la astronauta soviética Valentina Terechkova, que fue la primera mujer astronauta. Siempre me ha parecido un honor.

Soy una mujer de pelo castaño, ojos marrones, 1’70 de estatura y guapa, aunque mi belleza femenina es más bien corriente. A veces pienso en Chiara Mastroianni, que tiene la misma cara de su padre, y a veces pienso en que ella es, cuando lleva la cara lavada y sin maquillaje, su padre con peluca.

Quedamos Jean-Philippe y yo en un parque de Montparnasse, conseguí llegar a tiempo, aunque me costó sobremanera encontrar un sitio en donde aparcar el coche. Después de los habituales abrazos y besos, empezamos a dar un paseo.

Jean-Philippe es de pelo moreno, barba y mi misma estatura. Es bien obvio deciros que es muy guapo.

Nos sentamos en un banco del parque, y Jean-Philippe pensó en comprar dos helados para los dos. Se levantó, me dio un beso breve en los labios y se fue. Yo le esperaba allí sentada, muy tranquila. Pasaron dos minutos y pasó una chica muy guapa, rubia, a la cual miré un momento… y de repente, me vinieron unos pensamientos intrusivos a la cabeza: yo estaba besándome apasionadamente con aquella chica, en el mismo banco. Sólo duró unos segundos… pero me desconcertó todo aquello.

Todavía estaba desconcertada, y llegó Jean-Philippe con el helado.

–Cariño, sólo tenían de naranja. Espero que no te moleste –dijo él, solícito.

–¿Eh…? ¿Qué dices…? –dije yo, volviendo de mi extraño sueño lésbico, algo de lo cual Jean-Philippe no sospechaba para nada.

Él puso una expresión de que su chica estaba en la luna de Valencia o en otro planeta.

Quise quitarme todo aquello de la cabeza, concentrarme en que estaba con el chico al que amaba mucho y comerme mi helado antes de su conversión en líquido.

Pero no acabó aquí mi problema con los extraños pensamientos intrusivos. Volvieron media hora después, cuando nos levantamos del banco para continuar nuestro paseo por el barrio de Montparnasse.

Yo iba andando con mi novio, cogidos de la mano, todo normal, y pasó en dirección contraria a la nuestra otra pareja. De repente, cuando miré a la chica, una castaña de pelo rizado muy guapa, y que como yo iba cogida de la mano de su novio, me la imaginé dándose un beso conmigo, tumbadas sobre una cama, desnudas.

Me detuve de golpe, con una expresión de pánico. Me giré hacía la izquierda y vi que la chica continuaba su paseo con su novio sin sospechar absolutamente nada. Quien sí sospechó algo fue Jean-Philippe, que no entendía nada de nada sobre aquel extraño comportamiento mío.

–¿Qué pasa, amor mío? ¿Qué haces? –fueron sus preguntas mecánicas.

El enigma lo resolví gracias a una serie de televisión inglesa en una plataforma de Internet: “Pure”, basada en la novela autobiográfica de Rose Cartwright y protagonizada por Charlie Clive: una chica escocesa sufre pensamientos intrusivos pornográficos de toda clase, imposibles de controlar por sí misma, y acaba yéndose a vivir a Londres, en donde convive con personajes de todo tipo.

Busqué en Internet la biografía de Rose Cartwright, y ella padecía aquella clase de pensamientos, aunque los de ella eran peores que los míos. Cogí una admiración total a ella, ya que hacía falta un coraje inmenso para explicar a todo el mundo que sufres esta clase de pensamientos, sobre todo para la puritana sociedad británica. Y Rose no es ninguna loca, es una chica normal, como nosotros.

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12 Octobre 2020 00:00:06 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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