aragonz-escritora 𝓐𝓻𝓪 𝓖𝓸𝓷𝔃

Una alemana alocada, con poco control de sus palabras y dispuesta a todo por el hombre que ama y odia con la misma intensidad. Un francés enamorado que vendería el alma al diablo, si eso significara alcanzar a la mujer que amó, en silencio, durante tanto tiempo. Una sucesión de hechos tan locos como románticos que impulsarán a Daphne a claudicar y gritar ¡Quédate con mis bragas, Ratatouille! ¿Podrá un secuestro cambiar el destino de dos que se aman? ¿Encontrarán Daphne y Jean Marcel ese "para siempre" que tanto anhelan?? ¿Será, quizás, el amor suficiente? Llega la ansiada segunda parte de esa historia que enamoró a cientos de personas. Una aventura cargada de emociones, encuentros y desencuentros que, definitivamente, te hará reír hasta el cansancio.


#13 Dan Romance #5 Dan Érotique Interdit aux moins de 21 ans. © Todos los derechos reservados ©Safe Creative 2210152333941

#ara-gonz #chick-lit #romance #Saga_Martineau
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Capítulo 1. Marcel.

Poco a poco, regresé a la realidad. Agudicé los oídos, intentando captar algún sonido que me orientara y, de ese modo, comprender qué sucedía a mi alrededor. Un leve zumbido familiar me llevó a fruncir el ceño. ¿Estaba dentro de un avión? ¿Cómo podía ser eso posible? ¿Cuánto tiempo había dormido?

Un aroma levemente ácido, como si fueran cítricos —quizás limones—, envolvía el ambiente. Inspiré profundo, necesitaba encontrar alguna otra pista. Fruncí ―aún más― el ceño, al sentir ciertos perfumes que me resultaban bastante familiares. No, no tenía sentido. Ellos no serían capaces de hacer esta estupidez ¿o sí? Además, ¿por qué me tendrían aquí?

Mi mente alterada comenzó a funcionar con rapidez. Mi conciencia diciéndome que me sentara o parara. Intenté moverme; no pude hacerlo.

―¡¿Pero qué mierda?! ―pregunté con ira, al sentir los lazos que apresaban mis manos y pies. Alguien se rió por lo bajo y eso me enfureció más― ¡Suéltame, maldito hijo de perra y resolvamos esto como hombres! ―lo provoqué.

Las risas se escucharon nuevamente pero, esta vez, identifiqué otra cosa: No era solo un hombre; al menos, habían tres malditos presentes. Gruñí mientras me movía con furia, intentando escapar de esas mierdas que mantenían mis brazos tensos.

Escuché pasos; el sonido de una puerta que se cerraba y, de pronto, nada. Silencio absoluto.

―¿Quién eres, imbécil? ―grité; más no obtuve respuestas― ¡Dime qué quieres, bastardo!― insistí.

El silencio se mantuvo, dejándome en claro que todos se habían marchado. Continué removiéndome hasta el cansancio, dispuesto a conseguir mi libertad a como diera lugar. Poco a poco, fui perdiendo mis fuerzas y, como si fuera una crueldad más del destino, el rostro de mi bella alemana se coló en mi mente, provocando que una sensación de vacío y angustia se instalara en mi pecho

¿Por qué la fortuna no me dejaba en paz? ¿Por qué siempre tenía que perderla antes de disfrutar de su compañía? ¿Habría sido un hijo de perra en otra vida que, en esta, el Karma se ocupaba de cobrarlas todas juntas?

Poco a poco, los pensamientos se convirtieron en algo más negro y menos esperanzador, quitándome la poca valentía que me quedaba. ¿Y si esto era obra de Damici? ¿Y si mi alemana loca también estaba en peligro?

―¡Hijo de perra! ―grité con todas mis fuerzas, rogando porque ese malnacido me escuchara.

Oí cómo la puerta volvía a abrirse. Alguien caminó despacio. Apreté los dientes y los puños, conteniendo esos deseos de matar que me embargaban. No me rendiría, encontraría la manera de desatarme y, cuando lo hiciera, despedazaría a ese animal con mis propias manos.

―¿Te crees valiente? ―escupí las palabras con odio― ¿Es eso? ¿Crees que tenerme aquí te permitirá ganar? ―chasqueé la lengua, al tiempo que intentaba liberarme y, viendo que era imposible, apreté los puños con frustración― No te permitiré dañarla ¡jamás! ―aseveré.

La puerta emitió otro sonido y creí que, nuevamente, ese maldito sádico me abandonaba pero no fue así. Más pasos resonaron en el lugar, de un modo tan bajo como si se deslizaran por… ¿una alfombra? Aquello no tenía sentido. ¿Quién secuestra y lleva a su víctima a un lugar donde existe una cama confortable y los pisos se encuentran alfombrados? ¿Qué era aquello? ¿El jodido Hilton?

Entonces, una idea inesperada se cruzó por mi mente, desconcertándome aún más. ¿Y si no fuera Damici? ¿Y si mi secuestrador fuera alguien que conocía? ¿Podría ser eso posible? No, no podía ser. ¿Quién sería tan cruel como para jugar de ese modo con mis emociones? En silencio, comencé a repasar las posibles opciones.

¿Mis hermanos? Juro que, si fueran ellos, patearía sus pelotas hasta crear una fantástica Crème Brûlée que luego daría a los perros. ¿Acaso sería el abuelo? No, él no haría tal cosa. ¿Mi alemana? No, definitivamente no. Daphne podía estar enojada pero no sería capaz de semejante venganza. Ella, sin dudar, haría la Crème Brûlée con mis bolas pero no me secuestraría; mucho menos, me ataría y me dejaría agonizar de esa manera. No estaba en su esencia.

Entonces, ¿quién? ¡Quién! Mi mente vagaba por cientos de rostros, clasificando a todo aquel que pudiera odiarme y, más allá de Damici, no encontraba a nadie que tuviera motivos para tanta atrocidad. Sin embargo, por lo que fui descubriendo, no estaba en manos de ese desgraciado pues él no me trataría con el cuidado que estaban teniendo conmigo. ¡Carajo! Esto era más complicado de lo que esperaba.

Sentí una mano fuerte que se apoyaba sobre mi tobillo, despertando mis instintos violentos que me impulsaban a patear, mas todo intento fue en vano pues las ataduras me lo impedían. Me removí inquieto, logrando que mi captor se alejara de mi cuerpo.

Silencio, silencio y silencio. Esa maldita sensación de vacío me estaba matando.

Necesitaba encontrar más detalles, algo mínimo que me orientara un poco más, guiando mis próximas acciones. Sabía que necesitaba pensar con frialdad para ganar; debía lograr aquella información que contribuyera a la creación de una estrategia efectiva ante mis enemigos.

Inspiré profundo y relajé mi cuerpo, creyendo que, si me mantenía en una postura más sumisa, engañaría a mis captores. Era imperativo confundirlos y ganarme su confianza pues, de ese modo, podría atacarlos sin que lo esperaran.

Los minutos pasaron sin que yo hablara o que ellos intentaran agredirme. Bueno, no es que me hubieran agredido físicamente desde que me sacaron de mi casa.

Mientras realizaba una serie de inspiraciones lentas, equilibrando mi interior, pude repasar lo que había sucedido hasta el momento; determiné que, definitivamente, no era Damici mi captor. Otra cuestión que sabía era que, en esos momentos, eran varias personas las que estaban presentes. Tampoco me tenían preso en alguna vieja nave como esas que ves en las películas, llena de hedor y ratas que pululaban por tu cuerpo; no, mis secuestradores eran… ¿bondadosos? Me dieron una cama confortable, además de mantener una temperatura adecuada en el ambiente y con un aroma agradable a mi alrededor. Bien, iba bien.

«Piensa, Marcel, piensa», me decía en silencio, al tiempo que continuaba con mi lista mental. El sonido que llegaba suavemente hasta mis oídos me dijo que estaba dentro de un avión, por lo cual, fui sacado de París. ¡Mierda! Eso sería un gran inconveniente pero encontraría la manera de contactar con Bastiaan o Enricco y regresaría a casa.

«¿Qué más? ¿Qué más? ¡Concéntrate, Martineau!»

Mi cabeza era un torbellino de ideas que me mantuvo alejado de todo y de todos, logrando ―sin buscarlo― mi objetivo inicial: calmar mi cuerpo. Al parecer, la ausencia de resistencia por mi parte, sirvió a mi causa porque, inesperadamente, volví a sentir esas manos contra mi piel. No realicé movimiento alguno ni emití sonidos que pudieran joder mis planes: la confianza de mis captores era lo que necesitaba y, definitivamente, la manipularía a mi favor.

Cuando fui consciente de que habían liberado uno de mis pies ―y estaban en pleno proceso de desligar mi otra extremidad―, me preparé internamente para el ataque. Después de todo, mis años de formación en el liceo debían servir para algo ¿no?

Entonces, todo sucedió tan rápido que no procesé los gritos que mi captor emitió. Yo solo pude sentir las correas que se deslizaron por mi tobillo derecho, otorgándome libertad y, sin perder un segundo, levanté la pierna izquierda, girando sobre mi propio eje, impulsándome como un demonio y lanzando una patada con todas mis fuerzas.

La punta de mi pie dio contra algo que, definitivamente, eran unas pelotas. Sonreí cuando lo escuché gruñir de modo intenso y lastimero. Pateé de nuevo, alcanzando, quizás, la cara de ese hijo de perra. Un nuevo quejido y, entonces, él gritó con voz apagada y comprimida.

―¡Marcel y la puta mierda que te comes! ―ante esas palabras, me paralicé pues conocía a una sola jodida persona que diría algo así.

Quise nombrarlo mas ese jodido buitre vengativo fue tremendamente rápido, lanzándome un puñetazo en el estómago que me dobló en dos. Gruñíamos al unísono mientras que los demás comenzaban a carcajear, divertidos por esta guerra tan estúpida como injusta.

―¡Te lo merecías, imbécil! ―gemí, al mismo tiempo que me arrastraba por la cama y lograba apoyar los hombros contra la pared. Moví la cabeza para quitarme las vendas.

Mientras ese desgraciado continuaba gruñendo, alguien golpeó mi cabeza con la mano abierta, recordándome los correctivos que me recibía de mi madre. Me sentí tentado a patear a quien sea que fuera ese otro estúpido.

―¡Quítame las putas vendas! ―gruñí con furia.

―Tranquila, princesita.

―¡Pero qué mierda les pasa a ustedes dos?! ―vociferé, reconociendo a mis captores.

―No te preocupes, hermosa, estarás bien ―murmuró entre risas, al tiempo que dejaba caer mis vendas y revelaba sus identidades ante mis ojos.

16 Mai 2021 00:00:09 29 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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