ihoam Ihoam Díaz

Era una fría noche de viernes, las calles del centro de la ciudad estaban atestadas por el tráfico y los transeúntes. Allí, esperando frente a un cruce de avenidas, Isaac se mantenía impaciente, esperando la llegada de ese amigo virtual con el que llevaba tanto tiempo compartiendo desde una red social. Su primer encuentro, improvisado cuanto menos, sería en uno de los sitios favoritos de Isaac, Casa Valhalla, un recinto cultural con múltiples facetas. Esa noche les depararía todo tipo de emociones, pero el final de una historia estaría marcado por un último recuerdo en aquel establecimiento alternativo. Portada creada por Isobel Elspeth.


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#relato #oneshot #lgbt #drama #casa #bl
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۞


—Está tardando…


Esa fría noche de viernes Isaac esperaba con algo de inquietud, revisando a cada tanto la pantalla de su móvil para ver la hora, mirando a las cuatro esquinas de ese cruce de calles en el centro de la ciudad.


La luna llena estaba tomando protagonismo en el cielo de pocas nubes que él contemplaba, iluminando la noche junto a los postes de luz amarillenta. El tráfico justo en frente, constante y algo atestado, agitaba el aire y llenaba de ruido esa avenida en la que tantas personas parecían estar coincidiendo.


Aún no era muy tarde, habían pasado veinte minutos desde que Isaac llegó al lugar en donde se vería con aquel amigo cibernético. Esperar le impacientaba, una mezcla de desespero y expectativas que le carcomían la cabeza y le generaban cierto vacío en la boca del estómago. Encendió el tercer cigarrillo de la noche, las colillas de los otros dos seguían ahí en el suelo bajo sus pies, aplastadas después de ser pisadas con los zapatos.


—¿Isaac? —preguntó una voz tras su espalda.


Se dio la vuelta al oír su nombre y vio el rostro de quien esperaba. Isaac miró de arriba abajo al hombre que tenía en frente, un poco más alto que él, rubio y con algo de barba, llevaba unos jeans azules, camisa blanca y un abrigo de paño negro; al fin le veía en persona.


—Por fin llegas Gabriel, pensaba que no aparecerías —respondió Isaac tirando lejos la colilla del cigarrillo que tenía en la mano.


—Tuve un pequeño problema antes de salir, ¿llevas mucho aquí? —respondió el rubio con notable arrepentimiento.


—Lo suficiente para que seas tú el que pague todo hoy —dijo Isaac con tono burlón.


Gabriel asintió, aceptando el supuesto castigo que el castaño le había impuesto por su impuntualidad. Isaac se cruzó de brazos al ver como el más alto tomaba una postura arrepentida, siendo incapaz de no dejar salir una risa divertida.


—Vamos, tampoco tardaste tanto, mejor ven, dame un abrazo idiota —Isaac abrió los brazos y sin más le regaló un sentido abrazo al rubio—. ¡Qué estamos aquí, tú y yo, en persona!


Con algo de indecisión Gabriel alzó los brazos y le correspondió aquel gesto de forma un tanto tímida, distante. Isaac se separó y le dio un leve golpe en el brazo con el puño al otro.


—Ven, el lugar que te dije no está lejos —dijo Isaac empezando a andar con las manos en los bolsillos de su chaqueta de cuero.


La concurrida avenida estaba llena de transeúntes que caminaban en grupo por aquella zona de la ciudad, algunos hablando, otros con un trago en la mano, otros ya afectados por el alcohol. Gabriel avanzó en silencio junto al castaño, mirándolo con detenimiento, fijándose en ese mechón de pelo blanco que sobresalía en medio de su cabellera color chocolate, en la última foto que había visto de Isaac en esa red social aquél mechón era de otro color.


—Estas muy callado, ¿todo bien? —Isaac giró la cabeza para ver al rubio con sus orbes marrones.


—Sí —respondió Gabriel.


—Estas pensando en él —concluyó Isaac tras un suspiro—, ¿pasó algo antes de que vinieras?


Gabriel desvió la mirada a un lado, su expresión cambió a una cargada de malestar.


—Sabes que no es tu culpa lo que ese sujeto te ha hecho, pero al menos te pido que si vamos a hacer esto trates de poner una mejor cara, pareciera que estoy en una cita con el señor depresión —dijo Isaac sacando las manos de los bolsillos y dándole una leve palmada en la espalda a su acompañante.


—Es verdad, fui yo quien te propuso esto —Gabriel dio un profundo suspiro y alzó la mirada—. Ya, no pasa nada, está noche es de los dos.


—Así me gusta, nada de caras largas, la vamos a pasar muy bien y si no te devuelvo tu dinero —comentó Isaac con una sonrisa amplia.


Gabriel sonrió por igual, dejando escapar una leve risilla por el comentario del otro.


—Más te vale, algo me dice que me llevarás a alguno de esos lugares alternativos con precios altos —mencionó Gabriel con tono más animado.


—Claramente, es por eso que me viene de perlas que seas tú el que pague. Pensaba dejar la cuenta por mitad pero estuve media hora esperando de pie, me lo tienes que compensar.


Unas cuantas calles lejos del cruce en donde se encontraron, Isaac se detuvo frente a la puerta de una casa antigua con la fachada pintada completamente de negro. Arriba de la entrada un letrero en neones blancos y grises.


—¿Casa Valhalla? —preguntó Gabriel.


—Es una casa cultural, tú solo entra y deja las preguntas para luego —Isaac se puso detrás del rubio y empezó a empujarlo dentro del lugar, atravesando la puerta de madera tallada y abierta.


Un pasillo estrecho seguía hasta el fondo tras la entrada, iluminado por lámparas colgantes de hierro con una luz amarilla que le daba una sensación más acogedora. La música sonaba sin mucho estruendo, apenas un guitarra acústica y una batería que acompañaban a la voz de una mujer de que cantaban de forma suave y aterciopelada. Al final del corredor una cortina de gruesa tela roja ocultaba el resto de la casa, al cruzarla ambos vieron un amplio salón con muebles de todo tipo, desde sofás hasta sillones y una alfombra con almohadas en una esquina, los músicos tocaban cerca a la barra y algunas personas bailaban en mitad de la estancia, siguiendo el ritmo de esa música indie.


—Isaac, ya me estaba preguntando por ti, han pasado días desde que viniste la última vez —una mujer de cabello negro y piel morena se acercó al verlos entrar. Lucía unos pantalones de paño amplios con patrón de cuadros, una camisa sin mangas y el cabello lo llevaba recogido en una coleta alta.


—Lo sé, estuve algo ocupado con trabajo, pero mira, traje un amigo —contestó Isaac con una sonrisa al ver a la mujer y se hizo a un lado para presentar a su acompañante—. Este es Gabriel.


—Un gusto —Gabriel extendió la mano.


—Ágata, el gusto es mío. Soy una de las socias de este lugar así que por favor siéntete cómodo —Ágata le estrechó la mano al rubio y se acercó para darle un leve beso en la mejilla como parte del saludo—. Bien, ¿quieres la mesa de siempre Isaac? Está libre.


—Sabes que sí, y no te preocupes, sé llegar a ella —respondió el castaño tomando del brazo a Gabriel para guiarlo por el lugar.


El amplio salón central tenía diferentes sitios en donde poder tomar asiento, el ambiente del lugar era completamente descomplicado e incluso habían personas acostadas en aquella alfombra mullida en una de las esquinas. La gente que bailaba estaba justo frente a la barra de aspecto rústico y decorada con tuberías doradas, el centro del salón era una improvisada pista de baile con las mesas alrededor.


—Es aquí —mencionó Isaac llamando la atención de Gabriel.


Contra una de las paredes laterales del lugar un pequeño sofá para dos con una mesa baja de madera blanca estaba libre. Isaac tomó asiento en el sofá y dando palmaditas en el lugar a su lado invitó a Gabriel para que se sentara junto a él. El rubio rodó los ojos con una sonrisa socarrona y se acomodó junto al castaño.


—¿A qué viene eso? —preguntó Isaac con falso enfado.


—Es tal cual me imaginaba que serían los lugares que te gustan—respondió Gabriel mirando todo el panorama desde su asiento—. ¿Y esto es… un bar?


—Ya te lo dije, es una casa cultural. Hay bar, sí, también en el día funciona la cocina, hacen pasteles de frutos del bosque estupendos. Este lugar es muchas cosas, en el segundo piso se dan clases de pintura y piano, también hay charlas y talleres algunos días del mes, además se presta para exposiciones de arte —aclaró Isaac.


—Hay de todo aquí —dijo Gabriel con un poco de sorpresa.


La música se detuvo, aquellos que estaban bailando volvieron a tomar sus asientos y el centro del salón quedó despejado, ambientado por los murmullos de las personas hablando entre sí.


—Tomaremos un descanso pero volveremos en unos minutos, no se alarmen y sigan disfrutando, escuché que el Cosmopolitan de Albert es una locura, y no lo digo porque nos los regalen —habló la vocalista del grupo divertida, mirando con complicidad al bartender quien estaba agitando su coctelera mientras la miraba de vuelta.


Ágata volvió a aparecer ante ellos, llevaba dos vasos de cristal en las manos, ambos llenos de una bebida rojiza y con hielo, decorada con una rodaja de naranja.


—Cortesía de la casa chicos, y Albert dice que te pases a saludar Isaac —comentó la mujer con picardía dejando las bebidas en la mesa frente a ellos. Se dio la vuelta y volvió tras la barra.


—Incluso bebidas gratis… ¿Qué se supone que es esto? —Gabriel tomó uno de los vasos y lo miró con curiosidad.


—Pruébalo, es un Negroni, cóctel italiano. Albert, el bartender, es un mago de los cócteles —Isaac tomó el otro vaso y sin pensarlo bebió un sorbo del cóctel.


El rubio bebió luego de ver al otro poner buen gesto al probar la bebida, acercó el vaso a sus labios y probó un poco.


—¿Qué tal? —preguntó Isaac.


—Amargo… Pero no está mal —dijo Gabriel y volvió a tomar otro poco.


—Sé que no deberíamos hablar de esto, pero simplemente no puedo hacer como que no me preocupa —el tono de Isaac se puso más serio que de costumbre—. La última vez que hablamos dijiste que habías cometido un error enorme y después te desconectaste. Esa noche realmente me preocupé, la verdad no pensé que pasarían dos semanas hasta que volveríamos a escribirnos, y para colmo me sales con que querías que nos viéramos en persona. ¿Estas seguro que sea lo que sea que te pasa lo puedes manejas solo?


Gabriel bajó el vaso de su boca y lo sujeto con ambas manos, volvió la mirada al rostro de Isaac y en su expresión se podía ver claramente lo difícil que sería tratar de explicar todo.


—Es complicado tratar de hablar de mi vida con Marco y lo sabes… —respondió Gabriel tras un silencio prolongado.


—Solo quiero saber que estás bien. Mira, conozco de tu vida tanto como me has dejado saber, y sé que hoy es la primera vez que quedamos en persona, pero eres mi amigo aunque nos hayamos conocido por casualidad en una red social. Han sido dos años en los que te abriste conmigo, así que no puedo evitar preocuparme… —dijo Isaac con notable desazón en sus palabras.


—Entiendo, y lo aprecio, en verdad, por eso te propuse esto hoy, sé que contigo puedo desconectar de toda esa mierda… Realmente estoy pensando cortar de una vez con Marco, pero necesito tiempo para buscar donde vivir —Gabriel volvió a beber del cóctel, acabándolo de una vez.


—Jamás habías aceptado ninguna de mis invitaciones, siempre me sacabas excusas, por eso me sorprendió tanto que quisieras salir de copas conmigo. ¿Marco sabe de esto? —Isaac imitó al otro y acabó su bebida de un trago.


—No, salí dándole largas, por eso tardé en llegar —contestó Gabriel y se llevó una mano al cabello, llevando un poco el flequillo hacia un lado.


—Ya veo…


El sonido de las baquetas del baterista chocando entre si resonó por el salón, el comienzo de una nueva canción animó el ambiente en el lugar, una melodía enérgica y de ritmo acelerado que invitó de nuevo a bailar a todos aquellos que ahora estaban sentados.


—Dejemos este tema ahora sí, ven, vamos a bailar —Isaac se puso de pie y le tendió la mano al rubio.


—¿Eh? Pero si no sé bailar —se excusó Gabriel.


—Ah por favor, es música indie, no necesitas saber bailar. Ahora ponte de pie, acompáñame allá con toda esa otra gente que tampoco sabe bailar y vamos a pasarla bien —replicó Isaac.


Gabriel miró a quienes estaban en la mitad del salón, hacían movimientos extraños y algunos solo saltaban moviendo la cabeza guiados por el ritmo. Una sonrisa divertida se dibujó en su rostro y se puso de pie para seguir al castaño hasta el grupo en mitad del lugar.


La música estuvo presente las horas siguientes, por igual los tragos y los bailes improvisados en el salón de Casa Valhalla. Las horas parecían volar y escapar muy lejos en mitad de risas y bromas entre ambos, tanto Gabriel como Isaac perdieron por completo la noción del tiempo hasta que a la una de la mañana Ágata anunció el momento de cerrar.


El taxi les esperó fuera mientras Isaac se despedía cariñosamente de Ágata y Albert en la barra, abrazándola a ella y chocando la mano con el bartender. Ambos salieron y el frío de la ciudad les invadió por completo, apurándolos para entrar al vehículo amarillo en donde el conductor comenzaba a poner mala cara por la espera.


—¿Estas seguro de esto? —preguntó Isaac una vez el taxi se puso en movimiento.


—Si te parece mal entonces mejor deja me bajo aquí —replicó el rubio, se notaba que estaba más afectado por el alcohol que el otro.


—No es eso, solo no quiero que sea algo que después te de remordimientos o algo así… —Isaac puso una mano sobre el cabello de Gabriel y le acarició un poco.


—Eres más dulce de lo que aparentas… No te preocupes, estaré algo borracho pero sé lo que hago… Además, dudo que quieras dejarme ir tan fácilmente —Gabriel alzó la mirada, sus ojos azules miraron con liviandad al castaño quien detuvo el actuar de su mano sobre la cabeza del otro al centrarse en esa expresión.


No hubo mucho más que decir en el viaje por la ciudad, ambos amigos se limitaron a cruzar algunas palabras triviales pero sus miradas estaban diciendo todo lo que sus bocas estaban evitando. Luego de unos largos minutos el taxi se detuvo justo frente a un edificio de apartamentos en una zona algo alejada del centro de la ciudad, de aspecto común como cientos de otros edificios del estilo, de ladrillo rojizo y cornisas de yeso blanco.


Los dos descendieron del vehículo luego de pagar al arisco conductor quien les recibió el dinero de un manotazo y se fue de allí pisando a fondo el acelerador cuando Isaac aún no cerraba la puerta. El castaño maldijo por lo bajo la actitud de ese sujeto pero volvió de inmediato toda su atención a Gabriel quien miraba la escalinata y la entrada del lugar.


—¿Qué pasa? ¿No crees ser capaz de subir unos cuantos escalones? —comentó Isaac con tono socarrón.


—Calla, claro que puedo —Gabriel comenzó a subir los escalones uno a uno hasta llegar al frente de la entrada de vidrio oscuro cerrada.


Isaac dio una sonora carcajada al ver como el otro subía con cuidado los escalones de cemento gris, por igual ascendió hasta estar junto al rubio y de su bolsillo del pantalón sacó sus llaves para abrir la puerta.


—Que bien que estés como para subir escaleras —Isaac giró la llave de la entrada en la cerradura y la abrió—, mantén ese ánimo porque aquí no hay ascensor.


Ambos entraron al vestíbulo y Gabriel miró de mala gana las escaleras ascendentes justo en frente de ellos, estaba algo mareado y no muy confiado de subir sin tropezar quien sabe cuántos pisos. Isaac dejó cerrar la puerta tras su espalda y con una sonrisa le invitó a seguir adelante por las escaleras.


Cinco pisos más arriba, el rubio tardó lo suyo para no tropezar de forma estúpida, logrando subir hasta el que parecía ser el último nivel de ese lugar.


—¿Cómo haces para vivir en un quinto piso sin ascensor? —preguntó Gabriel con algo de cansancio.


—Te acostumbras después de un tiempo —dijo Isaac acercándose a la puerta justo en frente de la escalera, la abrió y entró al oscuro lugar.


Gabriel le siguió, recuperando un poco el aliento, cerrando con cuidado luego de entrar a pesar de no ver nada en mitad de la oscuridad del apartamento. El sonido de las llaves de Isaac cayendo sobre una mesa apareció de repente, justo después la luz se encendió.


El apartamento no era muy grande, lo justo para que una persona tuviera suficiente espacio. El lugar era como un amplio pasillo en donde la cocina y un pequeña sala compartían espacio, la pared del fondo tenía un amplio ventanal que la abarcaba casi por completo, dejando ver lo que era en ese momento un oscuro parque. El lugar estaba algo desordenado, algunos platos sucios seguían sobre la barra de la cocina, y sobre la mesa frente al sofá estaba una cámara junto a varios objetivos fotográficos de tamaños variados desperdigados.


—Bienvenido a mí hogar —dijo Isaac mientras se quitaba la chaqueta y la lanzaba sobre el sofá—, no es muy grande pero tampoco paso mucho tiempo aquí.


—Tiene su encanto —Gabriel avanzó más, mirando todo a su alrededor, fijándose en algunas fotografías impresas puestas sobre las paredes—, son tuyas, ¿no? —preguntó mientras se retiraba el abrigo y lo dejaba por igual sobre el sofá.


—Sí, me gusta conservar algunas de vez en cuando… —Isaac respiró profundamente mientras veía al rubio, se acercó a él y le tomó de las manos sin cortar la mirada—. Solo para estar seguros, ¿estás dispuesto a seguir con esto?


El silencio se hizo entre los dos, las manos de Isaac estaban frías al contrario del cálido tacto de Gabriel. El rubio entrelazó sus dedos con los del otro y contempló por unos segundos el rostro de piel pálida de Isaac, detallando sus ojos y luego sus labios, acortando la distancia para besarlo profundamente.


—¿Tú estás seguro de esto? —preguntó Gabriel dejando solo un poco de espacio entre ambos.


Isaac miró por un momento a Gabriel, era notable la diferencia en su actitud estando relajado y con la mente lejos de ese sujeto. Le volvió a besar, sus manos se separaron, quedando abrazados en mitad del lugar, sintiéndose entre caricias el uno al otro, dejándose llevar por el momento.


Las manos de Isaac querían más que solo el tacto sobre el algodón de la camisa de Gabriel, comenzó así a desabotonar la prenda entre besos cada vez más intensos, tratando de ser hábil y rápido. Al abrirse la camisa Isaac le ayudó al rubio a quitársela, dejándola caer al suelo, sintiendo el tacto suave de la piel ajena sobre las yemas de sus dedos.


Los besos no se detenían y Gabriel tomó por abajo la remera negra del castaño, alzándola por sobre los hombros del otro, haciéndole alzar los brazos para quitársela y lanzarla lejos. Ambos se detuvieron un momento, apreciándose con la mirada, sin embargo Isaac quedó frío al notar un moretón de gran tamaño que cubría gran parte del costado izquierdo de Gabriel, su expresión de sorpresa lo decía todo.


—¿Lo hizo él? —Isaac puso una mano suavemente sobre la piel herida del rubio.


—… Sí —contestó Gabriel a baja voz.


El silencio volvió a estar presente pero Isaac se inclinó hasta quedar hincado sobre la rodilla izquierda, acercó sus labios a la piel amoratada de Gabriel, besándola delicadamente, trazando un camino con sus labios hasta su abdomen.


—Ya pasó… Estarás bien ahora, te prometí que esta noche lo pasarías bien y pienso cumplirlo hasta el final —dijo Isaac en tono suave, haciendo una breve pausa en sus caricias.


El rubio dejó salir un profundo suspiro al sentir sobre la piel de su abdomen el aliento cálido de Isaac. Asintió ante las palabras del castaño y cerró los ojos por un momento mientras el otro comenzaba a desabrochar sus jeans.


La oscuridad de una noche marcada por la pasión y el deseo entre ambos se fue disipando luego del paso de las horas, llegando la mañana con los rayos del sol colándose dentro del apartamento por el ventanal que daba al verdor de ese parque rodeado de árboles. Gabriel abrió los ojos al sentir la luz sobre su rostro, se removió un poco y sintió el peso de Isaac quien dormía abrazado a su pecho.


Luego de unos minutos para reaccionar miró a Isaac, estaba profundamente dormido y no parecía notar que él ya había despertado. Le acarició el cabello suavemente y con el dorso de su mano bajó hasta la mejilla, sonrió ligeramente pero su rostro volvió a un gesto serio y distante.


—Gracias —susurró Gabriel antes de dejar la cama.

Quince días pasaron desde esa noche, días largos para Isaac quien le dominaba la incertidumbre y la duda luego de despertar al otro día solo en su cama. Gabriel había desaparecido desde entonces, ni un mensaje, ni una llamada, absolutamente nada le daban una pista de qué pudo ser de su amigo.



Era sábado en la tarde, Isaac iba por el centro de la ciudad con su mochila al hombro, salía de una sesión de fotos corporativas y estaba en dirección a Casa Valhalla. Al cruzar la cortina roja y ver a Albert en la barra le saludo sin mucho entusiasmo, se sentó en uno de los taburetes altos y dejó caer su mochila al suelo.

—¿Todo bien? —preguntó el bartender.


—Sigue sin escribirme —respondió con pesar el castaño.


—Quizá ha estado ocupado, o tal vez le ocurrió algo, ¿no has contactado con alguien cercano a él? —inquirió Albert mientras comenzaba a preparar un café.


—No conozco a nadie cercano a él, la única persona así es su hermana pero vive en otro país y jamás hemos hablado, solo la tengo agregada en amigos y ya —Isaac suspiró y sacó su móvil para ver la pantalla apagada, buscando respuestas en su reflejo.


—Solo queda esperar a que de señales de vida, toma, bebe esto y anímate un poco, no quiero en mi barra a un tipo deprimido —mencionó Albert y le puso en frente una taza con café humeante y aromático.


—Gracias… —dijo sin más el castaño.


El tiempo fue pasando de forma lenta mientras entre sorbo y sorbo el café se ponía frío, Isaac miraba algunos correo en la pantalla de su móvil hasta que una llamada de un número desconocido acaparó el dispositivo. Isaac contestó luego de unos segundos de duda.


—¿Si? —habló el castaño.


Hola, ¿eres Isaac? —La voz de una mujer joven resonó en el auricular de su móvil.


—Sí, ¿con quién hablo? —preguntó Isaac.


¿Tienes tiempo?, esto me tomara un momento. Me llamo Victoria, soy hermana de Gabriel —respondió la mujer.


Isaac abrió los ojos al escuchar quien era la persona que le hablaba, puso recta la espalda y cambió el tono de su voz a uno más emocionado.


—Sí, tengo tiempo, ¿ocurrió algo? —dijo el castaño con notable afán.


Verás… Gabriel me dijo que si le pasaba algo te informara lo que ocurriera, es por eso que tengo tu número. Hasta donde sé son amigos… El caso es… —Victoria hizo una larga pausa, incluso se escuchó como tomaba aire—, Gabriel, él se suicidó hace una semana.


Isaac quedó con una expresión completamente consternada al escuchar las palabras de Victoria por el móvil. Albert, quien estaba escuchando mientras ordenaba algunas botellas se detuvo al ver la expresión del castaño.


Debes estar sorprendido… A todos nos tomó por sorpresa. Lo encontraron en su casa ahorcado… —contó Victoria con la voz algo entrecortada—. No sé si conocías a su pareja, Marco, no lo encontramos por ninguna parte y estamos tratando de hallar alguna pista.


—… No… Solo le conocía de nombre… —contestó Isaac a media voz.


Vale, gracias por responder eso. Según el forense Gabriel estuvo sufriendo maltrato físico y estoy segura que fue cosa de Marco… Como sea, ahora estoy en la ciudad soy quien está encargándose de esto. Creo que eran buenos amigos así que me gustaría que vinieras al funeral, será mañana —Victoria volvió a tomar una honda bocanada de aire—, ¿podrás venir?


—Sí… Claro —Isaac seguía con la mirada perdida.


Gracias, te enviaré toda la información por chat… Nos vemos mañana entonces.


La llamada se cortó luego de las últimas palabras de Victoria, Isaac bajó el móvil y lo dejó sobre la barra, las lágrimas comenzaron a salir una a una, desconsolado, el llanto comenzó a dominar al castaño quien se cubría el rostro con las manos.


—¡Oye, no! ¿Qué pasó? ¿Quién era? —dijo Albert con preocupación, rodeando la barra y acercándose al otro para tratar de consolarlo.


El domingo llegó con un cielo despejado y soleado, era un día hermoso, esos en los que Isaac disfrutaba de ir por la ciudad tomando fotos para su portafolio. Ese día su destino era otro.


En el cementerio habían menos personas de las que Isaac imaginaba que habrían, todos vestidos de negro al igual que él, con expresiones tristes en el rostro, algunos simplemente con la cara seria y los brazos tras la espalda. Victoria estaba junto al ataúd, estaba sola en el área que pertenece a la familia del difunto, Isaac sabía que para los padres de Gabriel él ya estaba muerto desde hacía mucho.


El castaño se acercó a la mujer de larga melena rubia, la saludó cortésmente y le dio un abrazo mientras esta trataba de contener las lágrimas en sus ojos hinchados por el dolor. Después se giró al ataúd, ahí estaba, engalanado y con la piel pálida, parecía dormir metido en ese cajón de madera oscura.


El llanto volvió a salir, dolía como ninguna otra cosa que la segunda vez que estaban juntos fuera de esa manera. De su chaqueta sacó una fotografía, Isaac sabía que no le hacía justicia al resto de su trabajo pero fue la única foto que pudo tomar esa noche juntos en Casa Valhalla. La imagen estaba desenfocada en el fondo, Gabriel sonreía ampliamente a la cámara mientras Isaac rodeaba sus hombros para tomar la foto con la cámara frontal, de fondo se veía el bar del lugar, Ágata estaba de espaldas y Albert hacía una mueca extraña justo detrás de Gabriel, ese fue el único vestigio de su gran encuentro.


Isaac colocó la foto impresa sobre la mano inerte del rubio y se dio la vuelta sin decir nada. Victoria observó la imagen por un instante y nuevamente se acercó al castaño para a darle un sentido abrazo mientras este se deshacía en llanto. Decir adiós de esa manera fue más insoportable de lo que jamás imaginó.

16 Août 2020 02:47:06 2 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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La fin

A propos de l’auteur

Ihoam Díaz Ihoam es mi verdadero nombre, sacado de algún libro olvidado que se perdió con la memoria de mi abuelo y que recibí hace 22 años a la madrugada de un domingo tormentoso. Pertenezco a tierras altas, frías y fértiles; de clima caótico y cubiertas por los vestigios de antepasados que llenaban sus cuerpos con oro, leyenda que volvería locos a iberos y demás europeos del pasado. Bacatá era el núcleo de la confederación, capital de todo el territorio ancestral de un pueblo que adoraba a los astros y los inmortalizaban en oro fundido y moldeado. Ahora Bogotá se alza, manteniendo en su nombre las raíces chibchas de quienes eran dueños de estas montañas y sabanas. He vivido mis años entre el Salāt en las mezquitas y el Ramadán cada noveno mes marcado por la luna, influenciado siempre por ese pueblo desértico de perfumes de aceite y alfombras milenarias. En mi vida he tenido muchas aficiones, pero desde hace tiempo me dedico a recorrer el camino de Carême y Escoffier, estudiando a fondo y escribiendo por igual sobre todo el contexto de algo tan antiguo como la historia misma.

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Alhajan Alhajan
Gato. Narrativa exquisita, y das dosis de descripción ricas en detalles «algo que muchos a los que he leído no le dan importancia», y que da mucha vida a este relato. Me gusta que no des paso a la lectura corta, siento que contaste lo que querías. La historia en sí es muy sentimental, lograda y me haces sentir la pérdida de Isaac. Creo que no tengo que añadir nada en la coherencia bien llevada, salvo que el tema de la hermana lo hubieses dejado como un pensamiento más que como un dialogo pues se sintió como recurso de guion de ligereza forzado. Sé que a muchos nos pasa que cuando pensamos en alguien, los albures del destino hacen que esa persona se manifieste casi inmediato y es algo natural pienso yo en las sincronías de nuestras vidas, por ello te comento que es muy ligero su uso. En fin, yo a esto le doy 9/10 en el gatómetro, solo por ese mínimo detallito pierdes un puntito. Introducción, puentes, giros y conclusiones todo manejado en armonía. Fue un placer de verdad leer este cuento. Saludos y abrazo desde la lejanía. PD: Si deseas leer mi proyecto te aviso que son capítulos largos, por si no te apetece ese tipo de historias yo entenderé. Repito, muy buen relato, de los pocos que me han hecho sentir perder un personaje.
August 23, 2020, 23:47

  • Ihoam Díaz Ihoam Díaz
    Muchísimas gracias por tu comentario. Es verdad que el recurso de la hermana lo pude haber llevado mejor, así que es una muy buena observación. Por otra parte, valoro bastante que hayas sentido esa sensación de perder a un ser amado, al fin y a cabo este relato nace de mi propia pérdida. Gracias de nuevo por pasarte por aquí, y claro, me pasaré a ojear tus textos. August 24, 2020, 03:09
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