jose-breide1573411625 Jose Breide

A veces es mejor no estar siempre labrando surcos y surcos en la mente...


Histoire courte Déconseillé aux moins de 13 ans.

#extraño #raro #suspenso
Histoire courte
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MESA 24

En la fiesta de casamiento a la que Carlos fue invitado le asignaron la mesa número veinticuatro.

Cuando se sienta ya había otras personas al rededor de la mesa hablando.

Está medio gastado ese ambo, y tampoco es acorde a la noche…” pensó una de los invitados que se encontraba sentado en la mesa.

No parece una persona de mi condición social, ¿qué estará haciendo aquí?” pensaba otro invitado.

Carlos pensó ingenuamente que sería un divertido tema de conversación la casualidad de que él tenía veinticuatro años, al igual que la mesa que le había tocado entonces, para romper el hielo hizo un comentario: – Me toco la 24, como los años que tengo, ahora saben qué edad tengo, no hay que preguntar – dijo con una leve tensión en la voz por los nervios y mostrando las palmas de sus manos.

Fue borrando su sonrisa lentamente hasta volver a la cara neutral al no ver ninguna reacción de los presentes en la mesa. Por suerte estaba la música de fondo que ocupaba la indiferencia y el silencio incómodo que se había generado.

Carlos no entendía muy bien a la gente, le costaba hacer amigos, pero siempre lo intentaba. Y en esta noche con alguien debía hablar. Se encontraba allí por el casamiento de un tío suyo, no se podía escapar. No en esta ocasión. Tal vez en otras ocasiones lo había logrado con éxito. Esta vez tenía que completar el ciclo.

Parecía otra reunión social en la que Carlos debía comportarse como “una planta”. O como un oyente abstraído de la realidad. Como si no estuviera ahí, podía oír, aunque no participar.

Y no es que no lo haya intentado muchas veces.

Ya había tenido su primer rechazo en la noche por parte de varios en la mesa. Ya la primera impresión había causado la idea de desaprobación, era complicado remontar esa situación. Sin embargo, al estar acostumbrado a esto, Carlos puso su mejor esfuerzo, sin nunca dejar de ser él mismo.

- ¿Viste el partido de tenis hoy? – le preguntó a Carlos uno de los que estaba a su lado, en aquella mesa redonda.

- No, no soy de mirar mucho tenis – contestó Carlos sinceramente.

Sin darse cuenta, su oportunidad de tener algún tipo de charla parecía desvanecerse y, cada vez más aumentaba la posibilidad de que esa noche sea más y más larga.

Utilizar el mecanismo de defensa más habitual de Carlos era escaparse a su mundo de imaginación, pero así también se creaba un problema, sí lo hacían participar en algo, tenía problemas para restablecer su conexión con la realidad.

Finalmente llegó la comida, bueno, algo para con qué distraerse.

En la mesa estaban hablando de unos primos que tenían en común y amigos, es decir, de sus temas, sus conocidos… un problema para Carlos que no podía participar, lógicamente por ser algo que era totalmente ajeno. Habría que sacar algún tema general, porque sino ¿cómo podría estar dentro?

Así es como dijo: - ¡Qué buena música! – estaban emitiendo música de fondo para no repetir las canciones buenas a la hora de bailar.

Por suerte su compañero que había intentado hablar de tenis con él se rió como interpretando que era una ironía. Un salvavidas social.

Pareciera ser que este era su “amigo” de la noche. Con él debería conversar para pasar esa noche sin estar callado todo el tiempo.

Y así es como se pasaron dos horas forzando conversaciones, un poco acá, otro allá.

A la hora del baile, Carlos quería sacar a una de las chicas a bailar, les parecían todas hermosas, pero le daba mucha vergüenza. Había una que en particular llamaba su atención, tenía unos ojos verdes brillantes, y bailaba con una sensualidad sin igual, moviemiento de cadera rítmicos, circulares, casi hipnóticos; sin embargo, no había podido vencer la barrera social invisible. Así que eso también se lo auto prohibió, debía protegerse, no tenía sentido pensaba, ya había empezado con el pie equivocado. Además no sabía bailar, ni siquiera seguir el ritmo.

Sin la intención de iniciar un baile, pero acercándose, otros invitados se acercaban a donde había un grupo de mujeres bailando en ronda. El círculo de chicas no se abría, pero como nadie había hecho ningún movimiento, nadie salía dañado, aparentemente. Esa táctica es bastante frustrante, tal vez a veces conviene lanzarse pensaba Carlos. Solo pensaba. Nunca actuaba.

Carlos ya había tomado su decisión. ¿Porqué no intentar lo mismo que los demás? Y así es como su cuerpo intentó moverse al ritmo de la música, a sentirla, él se sentía que realmente estaba bailando bien.

Se movía tirabando la cabeza hacía atrás dejando su mentón en alto, y su cuello expuesto, con ambos brazos extendidos y moviéndolos hacía adelante y atrás con las palmas hacía arriba. Como sí estuviera ofreciendo algo y luego retirándolo. Con una sonrisa que mostraba sus dientes.

Lo cierto es que objetivamente, eso no ocurría. Era simplemente la reproducción de su propia caja mental que reproducía: “su ritmo, y sus movimientos”.

Finalizando la noche quedaron unas bebidas que sobraron del casamiento.

Le pidieron a Carlos que las retire, el siempre, el más bueno, el más callado. Siempre tenía que hacer lo que nadie quería hacer.

Pero el necesitaba sentir, así que decidió agarrarse varias de las bebidas que sobraron y llevarlas a su casa. Allí las abrió y las bebió hasta el vomito. Río, bailó y se echo a dormir. Cuando se despertó tenía resaca y no quería levantarse de su cama. Miró su teléfono y tenía una gran cantidad de llamadas perdidas.

Al incorporarse vio que en el suelo había un montón de sangre. Y siguiendo el rastro de sangre al final se encontraba un charco de sangre y un cuerpo sin vida. El cadáver era el de esa chica de ojos verdes con la que había querido bailar.

Se escucharon golpes en la puerta. Era la policía.

16 Août 2020 22:56:39 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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La fin

A propos de l’auteur

Jose Breide Saludos a todos los lectores que se acercan a mí espacio, espero que guste este proyecto de escritor. Soy una persona que tiene como sueño ser escritor. Transmitir al mundo ideas, sentimientos y objetivos. Con el fin de satisfacer el alma del individuo que lee lo que escribo y/o, de que inspire a otros a hacer cosas

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