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aylenzunino Aylen Zunino

Esta no es una típica historia de amor. El romance que voy a describir aquí es el de una persona rota con todas las partes que no puede ponerse de nuevo. Es la búsqueda del yo y las grandes dificultades a las que uno se enfrenta en el tortuoso camino de amarse a uno mismo. Debo aclarar que, estas son mis experiencias como ser humano encarnadas por Tamara, un personaje que inventé una noche que me destruí a mi misma en busca de la raíz de todos mis problemas.


Drame Tout public.

#romance #drama #comedia #lgbt #erotico #erótico
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Solo yo y la interminable caída.

Abro los ojos, aunque estoy despierta hace horas. Me resisto a levarme, me niego a empezar el día. Pero, mi perro no va a dejarme dormir más, está deseoso de atención y cariño.

Me siento en la cama. Miro el celular. Son la cinco y media de la tarde. Mi hora habitual para despertar y, como también es habitual, tengo la boca seca, con sabor a vino ¿O era cerveza? Nunca se distinguirlos una vez fermentados en mi estómago.

Consulto mis mensajes, nada muy interesante. Me visto despacio, como si pesara plomo. Pantalón de buzo, pulóver negro y gomones. Abandono toda esperanza de continuar durmiendo en la cama y la dejo así como esta, hecha un descajete de colchas y ropa.

Salir de mi habitación es una tarea compleja. La puerta esta a unos escasos centímetros de la cama, pero entre ellas hay una alfombra de latas de cereza, servilletas con fluidos varios, botellas de vidrio y ropa sucia. Mi vieja siempre dijo que para ser mina era muy puerca. Y razón no le falta.

Cada día estaba más convencida que, de haber nacido con un pito entre las piernas seguramente nadie vería mi alcoholismo, mis múltiples parejas sexuales y mis pocas ganas de vivir como un problema, simplemente creerían que soy genial y profundo.

Pero esto pasa, señores. Soy una mujer, tengo veintiún años y me he cogido todo lo que he querido. Descubrí mi clítoris a los nueve años, tuve mi primer orgasmo a esa edad, proporcionados por mi almohada y el respaldar de mi cama. Incluso antes de eso tocar mis pezones me proporcionaba un placer inimaginable.

En cuanto a experiencias cercanas, creo que la primera debería ser cuando mi tío, de unos catorce o dieciséis años me tocó en mi cama, no recuerdo con exactitud cuantos años tenía yo entonces, pero estoy segura de que no tenía nueve. Fue mucho antes. Mucho antes de todo.

Es impresionante como la caída libre de una persona comienza mucho antes de que ella misma se de cuanta de que esta cayendo. Es como si al principio, todo estuviera vacío y oscuro, pero entonces, de repente, uno se siente como en el hoyo por el calló Alicia. Todo va hacia arriba y descubres que vas cayendo, que has estado cayendo por tanto tiempo que ya no encuentras a que aferrarte. No hay amor que te sane, felicidad que dure o cosa que importe. Solo estas vos, y la interminable caída que ni siquiera sabes cuando inició.

Pero no es cierto. Tal vez no sea posible determinar el inició, pero sabemos sus motivos. Nadie nos empujó, caemos por voluntad propia porque ya no sabemos como vivir cuesta arriba, ya no queda mucho que podamos soportar y, al menos yo, si me quiebro una vez más jamás lograre juntar los pedazos.

Así que si, ese fue el principal motivo que me motivó a caer. Tengo memoria selectiva, lo que creo que no le servirá a mi cerebro, lo borro totalmente de mi mente. Por alguna razón pensé que guardar el recuerdo del pene erecto de mi tío pegado a mi pequeño cuerpo infantil me serviría eventualmente.

Fue la primera vez que sentí excitación. Tensión sexual. Él siempre me había gustado, yo lo adoraba, pero estaba mal. Todos dirían que estaba mal, mis padres en el comedor, los padres de él. Fue eso, lo que me excitó. Incluso ahora lo veo en algunas reuniones familiares y me muero de ganas de llevarlo a una habitación para tener sexo. No creo que eso sea algo que a su novia, que a la madre de su hijo le gustaría ¿pero a mi me importa? No, claro que no. Sin embargo, amo esa tensión sexual cuando nos vemos, cuando me saluda nuestras bocas pasan a un centímetro de distancia una de la otra.

En fin, respiro hondo, dispuesta a encarar lo que queda del día con una actitud que se asemeje a la positividad. Intento como cada día no fruncir tanto el ceño, responder con más que gruñidos, involucrarme en mi propia vida.

Mi madre, la única e inigualable vieja chusma, estaba sentada a la mesa, quejándose como cada día de su vida desde que yo tengo conciencia.

- Todo hay que hacerles - decía - La comida, plancharles la ropa, lavar sus mierdas, limpiar y ¿Cómo te lo agradecen? Tendría que haberme ido de este país cuando tuve la oportunidad y esta no sería mi vida.

Paso directo a la heladera, sin hacer contacto visual. Elena tenía el super poder de absorberte el alma. No nos agradábamos, jamás lo hicimos. Ella era todo lo que yo no deseaba ser y yo era todo lo que ella jamás podría tener.

Saco una botella de agua, y suspiro al desenroscar la tapa. El día iba a ser una mierda. Igual que todos los días anteriores.

- Llamaron de tu trabajo - me informó - No podían comunicarse con vos, no respondían el teléfono.

Bebo mi agua, contando hasta diez.

- Si quieren que trabaje un domingo entonces deberían esforzarse un poco.

Hizo esa mueca. La mueca que solo dedica a mis contestaciones ingeniosas. Esa que le salió de la nada cuando yo tenía seis años y le dije que mi héroe era mi padre por tener que soportarla a ella.

- Es tu trabajo.

Conté hasta treinta.

- Es un trabajo - dije, guardando la botella - Puedo hacer cualquier otra cosa mañana.

Ahí estaba otra vez, mostrando su total y absoluto desacuerdo.

- La vida no funciona así.

Conté hasta cincuenta.

- Resulta - le devolví la mueca - que mi vida funciona como yo quiera que funcione, Elena, mientras yo me la financie.

Ahora es cuando se levanta de la silla y se va a su habitación murmurando que no sabe que hizo para merecer hijos como nosotros, que somos desagradecidos y que es ella quien esta para siempre para nosotros.

Mi muy poco querido hermano se levanta, golpeando puertas, oliendo a semen y alcohol. Ahí esta, otra de mis experiencias cercanas viene a mi mente otra vez. Pero esta es muy diferente. En esta no me excito, en esta solo siento asco y dolor, culpa y vergüenza.

Esa es historia para otro día.

Pierdo el apetito con solo ver su asquerosa cara y llamó al trabajo. Mi jefe es un amable baboso que jamás correría este par de tetas y nalgas ni aunque le robara. Pido que me paguen más por ser domingo y él solo acepta. Soy la única empleada a la que le hizo un uniforme especial. Mi minifalda es más mini, mi escote es más escote y yo lo convino con medias de red y bucaneras de cuero.

No me disgusta que los hombres me miren, al contrario. Me excita saber que están deseándome, que mientras camino por el local y preparo sus tragos, ellos imaginan todas las formas en las que me cogerían. Tienen fantasías conmigo, donde les invito un trago y los llevo a mi casa, a mi habitación de hecho. O les mamo la verga debajo de la mesa.

Creo que sentirse deseada es lo mejor que le puede suceder a una mujer y lo más natural que hace el ser humano promedio, desear. Lily no piensa lo mismo, ella dice que no tengo que permitir que me vuelvan un objeto, pero Lily no sabe lo que es realmente ser un objeto. Todos creen saberlo y poder decir cómo se siente, pero no es verdad.

¿Cómo voy a decirle a la activa feminista Lily que me gusta que los hombres me miren? Aun peor, ¿Cómo voy a contarle que excita que me golpeen, me muerdan, me rasguñen durante el sexo? No es algo que ella pueda entender. Las personas como Lily, los fanáticos, creen que saben como deben ser las cosas y no van a escucharte. Las personas como Lily dicen cosas como "estas enferma", o "necesitas hacer terapia". Peor aun, se creen psicoanalistas y comienzan a hacerte preguntas que a sus oídos suenan profundas, pero desconocen el significado de las palabras que están utilizando. Las personas como Lily jamás se han quebrado, no han tenido que recoger sus pedazos del frío y duro duelo, o mirarse al espejo y apartar la mirada. Las personas como Lily nunca se han arrojado al vacío.

Una vez que cuelgo el teléfono salgo afuera para fumarme un cigarro.

El jardín de adelante es ahora un desierto en el que no habita ninguna forma de vida. Fue lo primero que consumió mi madre. Siempre pensé que, de una forma poéticamente triste, aquella casa envejecía con nosotros, se deterioraba con nosotros, agonizaba como nosotros. Todos nuestros pesares y dolores estaban escritos en las paredes, tallados en el suelo, enmarcados en un vidrio roto. Éramos cuatro persona rotas intentando no destruirse por completo, así que si aquella casa podía aguantar de pie, nosotros lo haríamos también, para bien o para mal.

Hacía calor, como siempre en aquella provincia. Quise ir a caminar pero desistí de esa idea en cuanto mi vecina de enfrente salió con su perro. Vería mis intenciones y me haría caminar con ella, para escuchar de su abominable hija lesbiana, su vida perfecta como esposa de un infiel y sus múltiples razones para no abandonarlo.

- Hola Tami - me saludó, yo alce una mano en respuesta - ¿Estabas por ir a caminar?

- No

Ella asintió.

- ¿Por qué?

- No tengo ganas de salir a caminar hoy, Mercedes.

- Ah, bueno.

La mujer siguió su camino, alejándose de mi, gracias a Dios. No toleraba a las personas pero por alguna razón estas querían siempre tenerme alrededor. Había comenzado a pensar que estar con alguien tan triste y ajeno como yo les proporcionaba satisfacción, deleite, curiosidad.

Ojalá llueva hoy. Eso sería algo lindo, me alegraría el día dejar de ver el sol.

Todo lo que hago hasta mi turno en el bar es ver capítulos de una serie tonta mientras trato de escribir algo que sea realmente bueno, algo que yo crea que merece la pena el esfuerzo. Pero nada lo hace y acabo masturbándome solo por el hecho de estar frustrada.

Cuando digo que me gusta masturbarme hay dos tipos de mirada la de las mujeres avergonzadas y la de hombres babosos. Siendo honesta, no creo las mujeres debieran avergonzarse por eso. No tienen porque estar incomodas con su cuerpo, o conocer el placer que podrían llegar a sentir. Conozco mujeres que no saben reconocer un orgasmo, que no saben lo que les gusta porque no conocen sus opciones.

Y siempre respondo lo mismo. Este es el siglo XXI y la cantidad de porno es exorbitante en internet. No voy a negar que está hecho principalmente para hombre, por el contexto vago y la forma en que se comportan los personajes. Sin embargo, es gratificante al ojo, es un estimulo genial para quienes carecen de imaginación. Yo, por mi parte recurro a mi imaginación o a mis recuerdos. Dentro de mi cabeza he creado un establecimiento al que llamo escuela de sexo y hay distintas áreas pero no se puede entrar a una sin participar de la orgía y el director es el más pervertido de todos.

Ya casi es hora de irme, así que ingiero una pequeña dosis de clonazepam solo lo que me permita llegar tranquila al trabajo y permanecer tranquila. A veces me pongo paranoica en el colectivo, e imagino todas cosas que podían pasarme.

Cuando tenía trece años y volvía de educación física a mi casa el colectivo, como todos los días iba lleno. Logré sostenerme de la manija de un asiento y me quedé allí. Un hombre se paró detrás de mi, no muy alto, y de a poco comenzó a restregarme su entrepierna contra mi trasero, pude sentir como se ponía dura. Pero lo único que hice fue llorar, estaba paralizada, no por lo que él estaba haciendo, sino porque todos lo estaban viendo y nadie dijo nada. Las personas solo miran a otro lado cuando algo malo pasa y agradecen que no son ellos, o sus hijos. Pero yo era la hija de alguien, la hermana de alguien, la amiga de alguien. Aquella fue la primera vez que vi el mundo como realmente es.

Así que se, que si alguien decide hacerme algo, nadie va a detenerlo. Da igual un callejón oscuro, o un autobús repleto de gente. Entonces tenía miedo. Todo el tiempo, cada vez que salía de casa y subía a un colectivo, o tenía que caminar lejos de casa. A veces cuando estaba sola en casa también me asaltaba el miedo. Pero era un sentimiento más pesado que el miedo, uno que sé describir.

Me visto rápido porque ya estoy llegando tarde. Minifalda de cuero negra, remera mangas cortas blanca, mis medias de red y las bucaneras de cuero.

Salgo de mi habitación y cierro con candado la puerta. Cuando cruzaba la reja, mi muy lindo vecino limpiaba su auto.

Al pasar junto a él dejo caer las llaves. Él, todo un militar caballeroso, se agacha con rapidez y las pone en mi mano.

- Gracias - le digo sonriendo de la forma más encantadora que conozco.

- No es nada.

Me mira, como cualquier persona. Emitiendo un juicio. ¿Soy una buscona? ¿Quiero llamar la atención? ¿Trabajo como prostituta? No hay juicio, no lo veo en sus ojos.

- Estas grande - reconoce.

- Si - respondo - Crecí.

- ¿Vas a trabajar?

- Si, voy llegando tarde así que...

- Podría llevarte

Yo sonrío, pero esta vez no es encantadora.

- Claro

- Dejame terminar y nos vamos.

Acabó de aspirar y nos subimos al auto. Olía delicioso, a frutas y su sudor. Le di la dirección, no hubo mucha conversación relevante. Preguntó por mis padres, por mi trabajo, si tenía pareja. Le dije que ellos estaban bien, tan bien como se puede estar cuando dos personas no se soportan pero se condenan a dormir en la misma cama. Que trabajaba como barman, me pagaban bien y conocía mucha gente descarriada con la que salir. Sobre las parejas, dije que jamás había tenido una que no fuera sexual y el rió nervioso.

Sabía lo que estaba pasando aquí. Él, un cuarentón, me conocía desde hacia muchos años, cuando yo era una niña virginal y amorosa, y no estuvo aquí para el momento en que me convertí en una diabólica hija de puta. Era arte grotesco, sabía mi nombre, mi edad, el nombre de mis padre, que me gustaba el helado de chocolate, era algo conocido que se había vuelto extraño y misterioso, sexy incluso. Pero la niña que él había conocido estaba ahí, en su retina cada vez que parpadeaba por lo que le era imposible pensar en mi como la mujer que era ahora, aunque quisiera, porque quería.

- Es bueno verte de nuevo - le dije.

- Puedo pasar a buscarte cuando termines

Una sonrisa predadora se extendió por mi rostro.

- No gracias, me llevan.

Él asintió.

- ¿Un amigo?

- Aún no lo sé.

Me miró con dureza pero yo me reí y cerré la puerta. Lily me esperaba en la entrada. La besé en los labios y entramos por la puerta de servicio. Hablamos del clima, sobre su amigo "no se quién" que hacía "no se qué". No podía prestarle atención cuando chismeaba como mi madre. Éramos amigas con derechos, y la quería y valoraba, pero fingir que la oía me parecía mucho mejor que pedirle que se calle.

- ¿Quién te trajo?

Le dediqué una mirada de advertencia.

- No quiero una escena hoy, hoy no me la merezco.

Ella entrecerró los ojos.

- ¿Quién es?

- Mi vecino.

- ¿El militar cuarentón buenísimo o el papá soltero sexy?

- El militar.

Lily aplaudió emocionada.

- ¿Y que pasó?

- Nada, solo me trajo, te lo juro.

La puerta se abrió y Tomás asomó la cabeza.

- Ya estamos por abrir, Tamara.

Me lo había cogido el día que empecé a trabajar acá. Nos chocamos en las cocinas mientras cerrábamos, lo besé y el se excitó. Fue divertido, pero él pensó que se había aprovechado de mi, aunque fue totalmente al revés. Intentó disculparse muchas veces, y por eso ahora ya no hablábamos, acabó por cansarme.

- Voy.

El trabajo fue leve. La razón por la que habían abierto el bar era porque el gobernador deseaba hacer una reunión privada. Eran cerca de veinte personas y casi todas pidieron lo mismo, excepto uno, el más joven. Ese pidió una pinta de cerveza negra.

Preparé los tragos con calma ahora que no había más clientes y yo misma los acerqué a su mesa. Al parecer solo estábamos Tomas, el encargado, Lily, en la cocina y yo. Cada vez que me inclinaba para dejar un trago las vistas iban directo a mi escote. Llevaba esa mirada coqueta y la sonrisa complaciente estampadas en el rostro.

Estuvieron en el bar casi hasta las tres de la mañana y habían llegado a las diez. Hablaban en voz alta, a veces en voz baja, otras estallaban en carcajadas, me llamaban para pedir otra ronda y cuando entregaba los tragos se hacía el silencio. Solo se oía el taconear de mis botas, el ruido del vaso de vidrio apoyándose en la mesa de madera, las respiraciones entrecortadas y los suspiros soñadores. Pidieron papas fritas y eso fue todo lo que cenaron.

Al acabar su reunión, despedí a los hombres en la puerta. Incluso estreche la mano del gobernador presionándola ligeramente. El último en salir fue el chico que podría tener mi edad.

- No te acordas de mi - me dijo

Yo fruncí el ceño.

- Perdón, ¿tuvimos sexo?

Él enrojeció.

- No, no - murmuraba nervioso - Íbamos a la escuela juntos.

- Lo siento, me cuesta recordar a las personas con las que no me acostado.

- Te invito una cerveza.

- Mejor lo hago yo, son gratis para mi.

Rió y asintió.

No era un chico feo, pero tímido y yo demasiado descarada. No estaba de humor para irme con él a la cama, ni tampoco lo suficientemente ebria. Tenía ganas de acostarme en mi cama con Lily y abrazarla hasta quedar dormida. Después de darle un muy buen sexo oral, por supuesto.

Acabamos nuestras cervezas, y le dije que ya debía cerrar.

- Ah, ¿vamos a mi departamento? - dijo.

- Ya tengo planes esta noche - respondí.

- Pero, yo creí que...

- ¿Qué? ¿Creíste que porque hablo abiertamente de sexo estaba intentando decirte que quería que me cogieras?

- Bueno, no, yo...

- Andate

El tipo giró sobre sus talones y se fue con la cabeza gacha.

Lily ya me esperaba fuera y le había pedido a Tom que nos llevara en su auto. Ambos habían estado tomando en la cocina y estaban un poco ebrios. Lily estaba muy ebria. Al llegar a mi casa, se tropezó bajando del auto y se raspó ambas rodillas, lo que yo pensé que era extremadamente sexy, también infantil e inocente. La ayudé a ponerse de pie, me despedí rápidamente de Tom e intenté abrir la puerta. Mi habitación se encontraba separada de la casa, en el patio trasero. Llevé allí a Lily luego de que mi perro le avisara a todo el barrio que había llegado.

- Tomás esta enamorado de ti - su tonó era ebrio e hilarante.

- Todos creen estar enamorados de mi, Lily.

Soltó un risita nerviosa.

- Es que nadie te conoce, no realmente.

- Exacto - abrí la puerta de mi habitación y la tomé del brazo - Soy realmente un persona triste y profunda que esta cansada de todos ustedes. Pero no esta noche.

La acosté y la tapé. La noche se había puesto fresca y Lily siempre había sido muy friolenta.

Reviso mi teléfono. Hay un mensaje de un número desconocido que dice "llegaste a casa?" abro el mensaje y pregunto quien es. "Soy franco" responde "tu vecino". Pregunto cómo consiguió mi número y el responde que se lo pidió amablemente a mi madre.

Llegué a casa, llegué muy bien. Dijo que le alegraba y entonces ya no respondí. Abrace a la pequeña Lily y me quedé dormida.


4 Octobre 2020 20:15:13 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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