wereyes W. E. Reyes

Un proyector capaz de materializar anhelos imposibles. Una máquina que construye realidades.


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El movitron

—Don Antonio, con todo respeto, ¿cree que fue prudente venir aquí?… Este barrio es basura. Don Antonio, se lo suplico déjeme llamar a los muchachos. Tiene que estar protegido señor.

—Mi buen Roberto, agradezco mucho tu preocupación, pero eres mi mejor soldado, mi ahijado predilecto, mi brazo derecho, este lugar… no creo que sea un problema para ti —se raspó la barbilla con el dorso de la mano—. ¿O me equivoco?

—Usted sabe que estoy preparado, pero nos podría atacar la familia Calabresse…

—¡Tonterías!, entremos.

El viejo esperaba a sus invitados en el comedor de su casa, que también servía de sala de estar. Era un lugar, a pesar de ser pobre, espacioso con una mesa para ocho personas, sillas de madera fina, cortinas gruesas de tela tejida a mano y sillones cómodos, de franela acolchada, con motivos florales. Un ambiente ordenado, limpio, iluminado con la luz de bombillas incandescentes y una lámpara de lágrimas que colgaba del techo.

—Caballeros, bienvenidos a mi humilde hogar —dijo, abriendo la puerta, el encorvado Jeremías de ochenta años, mientras subía sus anteojos que se le resbalaban de la nariz—, adelante por favor.

Piacere —dijo Antonio Angiolotti—, me llamó la atención su carta —hizo un gesto de pigna con su mano, agitándola— ya nadie tiene esa costumbre, todos se han vuelto tontos —se llevó la mano a la frente, con los dedos extendidos hacia abajo, y se la tocó un par de veces.

—Sí, creo que así es menos impersonal —carraspeó el anfitrión.

—Usted le escribió a don Antonio que tenía el negocio de su vida, mas le vale —dijo su guardaespaldas, mientras se pasaba la mano por la garganta.

—Calma Roberto —dijo mientras levantaba las palmas de las manos.

—… Lo siento Padrino.

—Esta bien —palmeó el hombro de su empleado—, no creo que el señor nos haga perder el tiempo.

Roberto miraba con los ojos entornados, la figura del anciano, mientras este se empinaba sobre un librero y bajaba una caja forrada en cuero negro que puso en el centro de la mesa del comedor. Le molestaba verlo tan tranquilo, no se inmutaba en lo más mínimo, aún sabiendo que se encontraba ante el hombre más rico y poderoso del planeta.

—Discúlpeme, la osadía, pero se rumorea que usted posee una fortuna de quinientos mil millones —dijo.

—¡¿Cómo se atreve!?

—Roberto ¿otra vez?... Señor, eso no es secreto, mi fortuna está publicada en Forbes… La verdad es que tengo tres veces más.

—¿¡Padrino!?…, no debiera… señor, este tipo...

—¿Qué fue eso, mi fiel amigo? —se arregló el cuello de la camisa—, el caballero sabe lo que le conviene —se tomó la barbilla—, lo que me intriga es el porqué de su pregunta señor.

Con parsimonia, el octogenario, acercó una adornada llave de bronce a la cerradura lateral de la caja. La giró y destapó el lente frontal: la luz del proyector inundó, con una imagen blanca, las cortinas que hacían de telón de fondo.

—Porque necesito calcular el precio de lo que le voy a enseñar.

Angiolotti quedó atónito y casi se hecha a reír por la imprudencia del veterano. El guardaespaldas tenía la mano en la frente de su enrojecida cara mientras se llevaba la otra al interior del sobretodo.

—Veo una pantalla bianca

—Señor Angiolotti, alcánceme el libro que tiene al lado.

—Buen gusto tiene usted... Hamlet.

Jeremías tomó el libro y le arrancó una hoja, la introdujo por una ranura conque contaba la caja en su parte superior trasera... En el improvisado telón se proyectó la escena: “Ser, o no ser, esa es la pregunta…”. El jefe mafioso presenció la mejor interpretación que había visto en su vida de esa parte, mas no reconoció al actor.

—Veo que le gustó, mil millones ese es el precio por mi... movitron.

Ma che economico —rió.

—Aquí tengo la partitura de la quinta sinfonía de Beethoven.

La introdujo en la máquina, se proyectó la interpretación de una desconocida Filarmónica. El sonido envolvía todo el lugar, parecía que sonaba dentro del cerebro de los oyentes. El poderoso multimillonario no daba crédito a sus oídos, jamás había escuchado algo similar ni en las mejores salas del mundo, ni con los mejores equipos. La orquesta tocaba dentro de su mente. Sus ojos se llenaron de lágrimas por la majestuosa interpretación.

—¡Bravo!, ¡Bravo! —aplaudía Angiolotti.

—Este aparato puede ser suyo por el precio que le indiqué, pero solo yo puedo operarlo.

—Desconozco, la naturaleza de esta tecnología —pronunció la letra ge como una ye—, pero podría ser el embuste más grande también, quizás una secuencia de vídeos…

—Mire lo que escribí en esta hoja: “Ningún hombre ha sido nunca por completo él mismo, pero todos aspiran a llegar a serlo, oscuramente unos, más claramente otros, cada uno como puede”. Si quiere puede probar esto...

—Hermann Hesse, interesante. No necesito otras pruebas. Roberto encárgate.

—¡Al fin jefe!

Con sus pupilas dilatadas, y su frente mojada en sudor, el viejo miró al matón. Este extrajo su Colt .45 y le voló la cabeza.

—Probemos la máquina por última vez y la echas al coche. Io, non soy rico por botar la plata, al fin… tengo todo el poder que deseo.

Introdujo el papel que había escrito el veterano en el proyector que seguía encendido. Las imágenes comenzaron a formarse en las cortinas. El ambicioso potentado y su gorila se mostraban saliendo de la casa del anciano, cuando abrieron la puerta se encontraron dentro de una habitación blanca que les rodeaba.

—¡Qué demonios es esto! —dijo Roberto.

La cabeza de Jeremías se recompuso de forma paulatina. El viejo se paró y los observó dentro de la caja del movitron.

—No sé cómo está vivo y no me interesa, ¡Le puedo dar cien mil millones o toda mi fortuna si quiere, pero sáqueme de aquí!, le prego —dijo don Antonio, juntando sus palmas, mirando hacia arriba.

—Ya es tarde para eso. Este será su nuevo hogar, señores. Serán mis nuevos actores, espero que disfruten de la compañía —dijo carcajeándose con su desdentada boca.

21 Août 2021 02:38:56 0 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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La fin

A propos de l’auteur

W. E. Reyes Cuentacuentos compulsivo y escritor lavario. Destilando sueños para luego condensarlos en historias que valgan la pena ser escritas y así dar vida a los personajes que pueblan sus páginas al ser leídas. Fanático de la ciencia ficción - el chocolate, las aceitunas y el queso-, el Universo y sus secretos. Curioso por temas de: fantasía, humor, horror, romance sufrido... y admirador de los buenos cuentos. Con extraños desvaríos poéticos.

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