raquelcollin14 Raquel Collin

¿Qué pasaría si vivieras en un mundo donde el amor es prohibido? El Domo es una sociedad distópica donde habitan personas con dotes sobrenaturales. El amor es la peor violación de leyes y cualquiera que la incumpla significaría el Exilio. Clarisa Regener no posee ningún poder y su papel es bastante inútil, pero sabe que será la única regla que deberá someter para permanecer en su sociedad. No hasta que una serie de acontecimientos la lleven a interactuar con Damián Liberus. Él es capaz de destruir su mundo con sólo una mirada y poner su vida en riesgo. También esconde un secreto letal que Clarisa estará dispuesta averiguarlo. ¿Podrá Clarisa arriesgarse o es cierto que enamorarse de la persona prohibida puede destruirte?


Fantaisie Épique Tout public.

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Capítulo 1

El cielo amañado que envolvía nuestra sociedad encubierta se burlaba de mí. No solo podía ser de esos únicos días de lluvia del año, sino que también el pestilente barro y la mugre de todo mi cuerpo se habían sumado a la fastidia. Hoy no era especialmente mi día favorito. Si miraba a la izquierda podía encontrarme frente a más de cuatrocientas casas iguales de mi progenie en silencio, sin ningún bullicio, ni ronquido, ruido o alguien haciendo otra cosa más que estar cayendo en un profundo sueño. Se suponía que era de noche y se nos prohibía quebrantar el toque de queda; pero mírenme a mí: recorriendo las afueras como una recién revelada.

Lástima que no me importaba en lo mínimo.

Solté un gruñido y empecé a acelerar los pasos. Por más que avanzaba el lodo siempre detenía mis movimientos. Estaba segura de que el barro y la mugre en mis zapatillas se mezclaban con el agua de lluvia que caía sobre mi cabeza y atravesaba mi cuerpo húmedo hasta llegar el final de mis piernas. Estaba hecha un desastre. Pero sonreí satisfecha imaginándome el rostro de mi padre cuando me viera.

Una hilera de arbustos en dirección a la Comitiva se encontraba en fila recta guiándome el camino por donde debía ir. Me quedé estática al contemplar la hermosa vista del edificio, lo gocé por unos segundos antes de que la puerta principal se abriera. Y entonces ocurrió. Fue la primera vez que lo vi. Unos ojos claros y verdes me observaron desde la distancia, apoyado sobre la puerta de astilla con los brazos cruzados. Tenía una mirada enigmática y una sonrisa burlona, presta en cualquier momento a convertirse en una gran carcajada. Fruncí el ceño ante su comportamiento antipático.

Podría jurar que estaba conteniéndose para no bufonearse de mi figura. Desde lejos el chico irradiaba una intimidad indescifrable y no ayudaba el hecho de tener rasgos tremendamente atractivos. No me era conocido, nunca lo había visto en el Domo, nombre de nuestra insoportable e injusta sociedad; tampoco en el periódico de los miembros de la realeza, cuyos rostros nadie había visto en persona y rara vez aparecían en el pueblo. Él parecía nuevo, aunque eso sería imposible.

«Aquí nadie es nuevo»

Segundos después el joven se dio la vuelta, esquivó mi mirada llena de confusión y dejó la puerta abierta. Se alejó sin dirigirme la palabra, como si evitara mi presencia, perdiéndose entre las puertas del interior. «¿Qué demonios...?»

Aposté a que era un guardián. Siempre eran así: amargados, ignorantes y serios; aborrecen siempre a las mutas, tiranas sin habilidades, como yo. Nadie puede insultarlos-algo que se me hace bastante difícil-, ni odiarlos, al menos que desee aceptar las consecuencias. Tampoco se podía esperar mucho de un guardián, hace unos minutos solté mi ira contra uno de ellos.

Por ese motivo estaba aquí, acorralada bajo la lluvia, apestando a puños de pelea y más sucia que cualquier otra cosa. Nunca debí haber atacado primero. Lorin, mi mejor amigo desde la infancia, iba a sermonearme la estupidez que causé. Él se encontraba presente ante el numerito provocado en la cafetería cuando me soltó la bomba de que iban a exiliarle de la sociedad. Simplemente me negaba a aceptarlo, porque de alguna forma mi reacción había sido terminar atacando a los guardias de seguridad.

Sí, Lorin tenía razón. Fue algo realmente estúpido.

No había pensado con claridad cuando me lo contó. Actué de la peor manera imaginándome lo que pasaría si él me abandonase. La gente en la cafetería llegó a mirarme con desprecio (aunque pensándolo bien ya estaba bastante acostumbrada a las miradas y las burlas); supongo que todo esto también llegó a empeorar mi reputación en el lugar.

Mi famosa reputación.

Era una causa-problemas para este lugar, según papá. No era ninguna habitante que preferiría acoplarse a las reglas ni tampoco tengo poderes increíbles y asombrosos; de hecho, desde la última vez que lo intenté estaba segura de que no tenía alguno. Por ese motivo de mi comportamiento me divertía y metía la pata a mi manera. La última vez Lorin me ayudó a activar la alarma de incendios cuando decidimos armarle una pequeña broma al profesor de historia. Todavía el pelo no le llega a crecer después de eso. Incluso los estudiantes del instituto menor siguen hablando del tema como la noticia fabulosa del año. La gente me reconocía por ello.

—Ha llegado la señorita desastre

No había necesidad de voltearme para saber de quién se trataba. Su voz era tan exasperante como su actitud que la apuntaría de primera entre las personas que más detestaba. Era gracioso el hecho de tener más enemigos que amigos en este sitio.

Deborah Crawl, la secretaria del departamento de la Comitiva, también conocida como mi compañera de clase, estaba con su raquítica falda delante de mí. Me miró por unos minutos con la mueca de asco que siempre expresaba al verme, y se enrumbó a un lado del salón para señalarme la puerta donde probablemente se encontrarían mis padres.

Caminé fulminándola con la vista mientras lanzaba cuchillos con sus ojos. Parecíamos archí-enemigas en pleno ataque. Deborah era la típica secretaria que se creía parte del poder absoluto, pero todos sabíamos que por sus detestables quejas e inquietudes en la sociedad no se encontraría aquí, sino por el Regente Abel que decidió ayudarla a integrarse a la Comitiva. Con el tiempo aquel papel lo supo exhibir ante todas las personas creyéndose la gran cosa, cuando no lo era.

—Hoy acabamos contigo.

Así me espetó luego de haber abierto las puertas por puro orgullo. Creía que aquello era mi fin y aposté a que por su trastornada mente se había cruzado la palabra victoria. Caminé sin inmutarme de lo que había dicho y sacudí las caderas fingiendo una calmada figura, pretendiendo estar relajada cuando en el interior me moría de nervios. Sí, Clarisa Regener estaba nerviosa por primera vez. Algo me decía que las cosas no iban a salir bien una vez que entrara por esas puertas.

Caminé lentamente y una vez ingresada a la iluminada sala, juré haber escuchado la maléfica risa de Deborah en mis oídos. Pude sentir cada partícula de mi cuerpo estremecerse, incluso los dedos de las manos comenzaron a temblarme. Mi interior se activó, pero no estaba segura si aquello se trataba de la ira o la pura desdicha del miedo. Me convencí de haberlo imaginado. Sí, quizás solo era una voz en mi cabeza que intentaba atormentarme. Mucha gente creía que estaba loca por eso.

Me esperaba una sala llena de una radiante luz. De pequeña había llegado amar esta habitación lujuriosa, ahora preferiría casarme con un guardián antes de verle la cara a mis padres.

Lástima que no pude elegir.

—¡Clarisa!

Una voz retumbó el espacio donde me encontraba. Lo observé desde la distancia, siempre tan elegante y firme. Su impávido cabello era castaño formando a un lado una carrerilla. Supuse que solo la gomorresina lo hacía lucir tan perfecto. Llevaba un chaleco formal y aburrido para mí, pero destacándolo más extravagante para otros.

—¿Me has extrañado?

Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera meditarlas. Quise poder rectificarlas pero Abel ya me había escuchado.

Era inútil preguntar.

Mi padre nunca llegaba a casa; nunca ha llegado a abrazarme en mis diecisiete, o mejor, en mis casi dieciocho años de vida; nunca habla conmigo al menos que sea para darme un buen sermón. Se hace llamar buen padre cuando solo trabaja adepto como Regente autoritario del Domo y cabeza de la comunidad, luego de la reina Adelina, claro. Básicamente lo controlaba todo pero tenía a mi padre como su asistente personal mientras ella se encargaba de temas más exclusivos, aunque eso no lo retenía de tomar ciertas decisiones.

Se creía el mejor y fingía quererme delante de todos. Por supuesto, tenía que mantener una buena figura y que yo volviera a romper las reglas provocaba un caos para su reputación. Esa era la parte que me divertía, un poco. Sonrió con la mandíbula tensa. Tendía a fingir sus expresiones. Puede que haya algún testigo o guardián mirándolo en alguna esquina. De frívolo y malvado no le describía mucho. Era ser capaz de destruirte con un chasquido de dedos, sin ni siquiera esperarlo.

Se acercó a mí con rapidez pero se detuvo, presumí que le había dado algo totalmente inusual. Por primera vez en años me observó. La suciedad que arrastraba los vaqueros y el lodo de mi camisa eran realmente molesto para él. La pantorrilla estaba a toda vista por el agujero hecho momentos atrás. Los mechones de cabello tenían acumulados piedras y otras basuras, me imaginé que de ramas de los árboles. Podía sentir la mancha de tierra en mi mejilla y como se me irritaban los ojos en efecto. Rápidamente él terminó su recorrido visual.

—¿Qué te ha pasado por la cabeza al mostrarte aquí así, Clarisa? ¿Estás...? —hizo una pausa, su frente arrugó y frunció la nariz—. ¡Dioses!, ¿Qué es ese olor?

Parpadeé varias veces. No podía creer que me encontraba aceptando esta basura de padre.

«Maldito bastardo»

—¿Qué has hecho esta vez? —Preguntó como si yo fuese la causa de su infelicidad. Una siniestra vena apareció en su frente desplazándose hacia el espacio en medio entre sus ojos.

—¡Dímelo!

Por poco perdí la compostura. No tenía derecho a hablarme de esa manera. Se suponía que yo era su hija.

¿Acaso mi padre sabía? ¿Le habían informado sobre el delito que cometí...?

—¡Clarisa!

Una presencia interrumpió la tensa escena y justo en ese instante volvimos a mirar hacia arriba.

Traía un vestido largo y blanco, bajó seductoramente unas escaleras y una sonrisa que presenciaba maldad se extendía por su rostro.

—Al parecer, la noticia me llegó a mí primero. Ya sabes que nunca me pierdo el estreno del periódico.

La mujer quién se hace llamar mi madre miró mi figura con repugnancia. Llegó finalmente a nuestra altura y relató lo sucedido en la cafetería:

—Clarisa hoy se ha negado al exilio de su amigo. En realidad...—observó con asco el chorro de mugre en mi ropa e hizo una mueca—, ...atacó a tus guardas de seguridad. ¿No crees que es suficiente con su rebeldía?

Mi padre abrió la boca en un gesto terrorífico y emitió un sonido gargal. Se quedó inmóvil, me observó mientras mi madre, quién chillaba, añadía más fuego a la causa.

—Clarisa no ha sido más que un problema para El Domo ¿Recuerdas la última vez? Lo que ha hecho hoy ha sido inaceptable. Atacar a los vigilantes es un delito bochornoso, ¿Abel, no crees? —Continuó bramando y clavó sus ojos en mi padre aprovechando el momento para soltar aquel rencor que estuvo conteniendo desde el principio.

—Tú sabes qué deberíamos hacer. Hemos tratado con todo, pero no podemos hacer nada para ella.

Quise rodar los ojos y darme la vuelta pero aquellas palabras me provocaron ciertos escalofríos. Hablaban como si yo no estuviese presente. ¿Qué estaba tratando de decir mi madre? ¿Qué no podían hacer nada para mí? Tampoco era la gran cosa.

Solo había sido una pelea que duró dos minutos antes de que me detuvieran los estúpidos guardianes de mis padres.

—Exiliarla —Masculló tranquilamente mi padre. Estaba segura de haberle visto saborear la palabra. Se detuvo unos segundos antes de desviar la mirada de mí y encontrarse con la de mi madre. Parecían concordar entre los dos. A Diana le brillaban los ojos.

Dejé de respirar por unos segundos. Ella asintió orgullosa.

—Así es. Debemos exiliarla.

Solté una agonizante exclamación de sorpresa en cuanto lo escuché.

—¿Qué?

Se me quebró la voz. El exilio era el peor miedo para todos los que conformamos el Domo, nadie deseaba ésta condena. Todo el mundo lo sabía. Cerré los ojos intentando convencerme de que había escuchado mal. Por mis mejillas dos lagrimones calientes saltaron a la vista sin poder evitarlo.

—¡No! ¡No pueden...!

Me detuve un segundo para tomarme la cabeza entre los dedos, presioné con fuerza. Todo lo había hecho bien, siempre fui cuidadosa a pesar de ser una rompe-reglas constante. Sí, quizás ahora me había pasado un poco de los límites, pero no podían traerme a esto, no a la muerte.

Diana sonrió y me dio unas palmaditas en el hombro.

—Es por tu propio bien, además... —me miró a los ojos con malicia—, ...estarás con tu amigo ¿Cómo se llamaba aquel tío? ¿Lorin Sheper?

Mi mejor amigo estaba metido desde el principio en esto, como no. Mis padres deseaban deshacerse de mí muchísimo antes, la única manera de lograrlo era esperar a que clavara bajo. Todo comenzó cuando revelaron el romance entre Leah y Lorin. Ambos cometían el delito imperdonable: enamorarse de alguien de raza desigual. Lorin pertenecía a la progenie de Tierra y Leah a la del agua. Por lo que Loren sería castigado y no había manera de poder evitar su exilio. Mis padres sabían el cariño que permanecía con él durante muchos años, prácticamente me crié a su lado y vivía en su casa. Ellos sabían que alejarme de Lorin me arruinaría por completo, reconocían mi reacción ante la noticia y lo que probablemente haría luego saberla. Conocían mis debilidades, sacando partido de ellas era la única manera de mantenerme lejos posible de su sociedad.

—¡No! —les rogué—. Me estáis enviando a mi propia muerte. Si me exiliáis del Domo estaré vulnerable, moriré al descubierto de los otros. Por favor no..., no me hagan esto...

He escuchado rumores sobre saltar la cubierta de protección. Los otros, quienes llamamos humanos, están hechos para matarlos y destruir lo que somos. Nacimos para ser cazados. El Domo resguarda nuestra vulnerabilidad, protegiéndonos de ellos. Nadie merece ser exiliado.

Sabía que esto no haría cambiar de opinión a mis padres. Yo siempre fui lo inesperado de sus vidas, la maldición de la familia. Era la cara opuesta de la sociedad, un espécimen raro: una muta.

—Lo siento, Clarisa. Tu madre tiene razón.

La voz de papá dejó de resonar una vez que las lágrimas comenzaron a tomar control. El sabor ácido y amargo se deslizó hacia mis labios hasta que empecé a sollozar. No quería morir.

—Sáquenla de aquí —Ordenó mamá a los guardianes de seguridad situados junto a la puerta.

—Las lágrimas tiñen el barniz —terminó diciendo.

Me tomaron de mis brazos débiles y sentí sus fríos cuerpos arrastrarme por el piso. Eran guardias sin sentimientos, serios y cobardes. Pataleé con todas las fuerzas que pude, pero no pude soltarme aunque gritara todo lo que quisiera; no obstante, estaba segura que cualquiera podía oír mis gritos. Comencé por mi cuenta a soltarme de sus agarres pero lo hice mal, demasiado suave. Tomaron mis manos y las torcieron hacia atrás. Me hice a un lado pero una patada me dio en las costillas. Suspiré entrecortado, el dolor recorrió todo mi cuerpo, tan inesperado e intenso que me quedé paralizada. Giré y vi que las luces parpadeaban a mi alrededor. Por un momento me sentí mareada.

Entreabriendo mis parpados, mamá me miraba con una sonrisa. Había ganado después de todo. Escuché a mi padre, me pareció oír un grito y por un momento agradecí porque dejaron de golpearme. Los guardias soltaron mis brazos. Levanté la barbilla.

—¡Parad! ¡Traigan al Centinela! ¡Ya! —lo escuché gritar.

Me levanté desorientada y casi caí de la conmoción. Papá corría hacia a mí con una mirada de preocupación, mamá confundida le siguió. Una luz de esperanza cruzó por mi mirada.

—No puedo permitir que exilien a Clarisa —se giró hacia mi madre—, sin el permiso de la reina Adelina.

Por supuesto que no podía, nadie ordenaba el exilio excepto la reina. Por un momento había creído que estaba arrepentido.

—¿Y qué más da? Merece la pena quebrantar un poco, ¿no? —Se acercó a papá seductoramente rozando los dedos en su chaleco formal—. Hace mucho tiempo que deseabas librarte de ella ¿No quieres hacerlo ahora y sacrificar un poco?

Mi padre parecía estar convenido de sus palabras y la maldije a ella por estas. No solo podía convencerlo con la mirada, también lo hacían sus palabras. Romper la ley de una reina era uno de los peores casos ¿sacrificarían todo para deshacerse de mí?

—¡No! ¡Esta no es manera! —se liberó del agarre y exclamó viéndome—. Solo serán unos meses para el regreso de la reina de su viaje, cuando vuelva podremos seguir con el juicio... ¡¿Dónde demonios está el Centinela?!

—¿Qué? ¿La perdonarás así sin más? —cuestionó ella gritándole a la cara con rabia pero rápidamente perdió la compostura—. Espera, ¿Centinela? ¿Es lo que estoy pensando?, ¿lo meterás a él en esto?

La puerta se abrió de repente y alguien entró en el salón a paso lento. Todos, incluida yo, miramos hacia la entrada. Ojos verdes se acercó al salón con el semblante serio y un paso distinguido. Era el chico de la puerta. Cruzó entre nosotros hasta llegar a mi padre. Me quedé inmóvil mirándole como una idiota. No me lo esperaba.

—Regente Abel —saludó él. Tenía la voz grave en un tono obediente y frío. Sin duda era otro de los juguetes de mi padre.

Me permití obsérvalo por una facción de segundos.

El Centinela lucía un ligero bronceado natural que no esperarías de una persona con tal papel prodigioso. Poseía unos ojos verdes casi como las esmeraldas, aunque en ese mismo momento estaban brillando de malicia. Era alto e intimidante, haciendo que su actitud de desconcierto no reflejara ningún tipo de emoción.

—Ayer llegó un Centinela joven, el más apreciado y fuerte...— empezó a contar Abel quien dirigió una mirada cómplice a Ojos verdes.

—Podemos garantizar que será nuestra mejor opción.

Mamá frunció el ceño.

—¿Y eso qué tiene que ver con Clarisa? —preguntó ella.

—Por el momento Clarisa entrenará con el Centinela...—me miró de reojo y continuó—, ... para que cuando te encuentres en las afueras puedas defenderte de los otros.

Ojos verdes se volvió hacia a mí, pude jurar que sus ojos reaccionaron de alguna forma al examinarme de arriba abajo. Me dirigió una mirada curiosa y sonrió de lado, alardeando unos hoyuelos seductores y una dentadura blanca perfecta. Algo inaceptable se cruzó por mi estómago. Intenté ignorarlo y aparté la mirada de la suya aunque era difícil hacerlo cuando seguía fijando sus ojos en mí.

Él no formaba parte de mi progenie, lo cual sabía porque conocía a cada miembro de mi comunidad como los dedos de las manos. Por mucha más razón debía mantenerme alejada de él. Sin embargo, era bastante intrincado escuchar las palabras de mi padre afirmando que debía pasar el mayor tiempo con el centinela.

Me concentré en ver como mi madre apretaba los puños a sus costados.

—¿Te estás oyendo, Abel? ¿Ahora tienes piedad por ella? ¡Solo es una niña malcriada que trae problemas!

Papá negó la cabeza satisfecho de su decisión.

—No tengo ni la más mínima piedad en ella. Soy leal a la reina.

Aquello la enfureció aún más.

De repente mamá clavó sus uñas en mis hombros. Sus manos se apretaron en mi piel de manera posesiva con la intención de lastimarme, lo hizo tan fuerte que grité. Sentí el dolor extenderse por todo mi brazo.

—¡Escúchame bien!

Una chispa creció dentro de sus ojos de color escarlata. Me presionaba de manera desapacible, manteniéndome en su lugar mientras algo cálido se introducía en mis extrañas. El dolor aumentó a la vez que su veneno se desplazaba en mis venas. Abrí los ojos como platos, consciente de cada fuerte turbación y la tortura en la presión de mi sangre. Solté un suspiro de agonía, suplicando con los ojos que se detuviera.

—¡Suéltela! — Ordenó una voz, no sabía si se trataba de mi padre o de Ojos verdes, sonaba demasiado aterciopelada para tratarse de papá.

Diana irguió el cuello ante el mandato y gruñó hacia la persona detrás de ella. Sus dedos se deslizaron hacia mi delicado cuello.

—Encontraré la manera de destruirte.

Me susurró esto al oído justo en el momento en que mis piernas flaquearon y caí al suelo. El mármol del piso me enfrió la mejilla y cerré los ojos con fuerza. La realidad me golpeó, había usado sus poderes Terreales conmigo. La mayoría de los Terreos no tienen ese tipo de manifestaciones. Normalmente adquiríamos el control de la naturaleza y las cosechas. Pocos apropiaban ese tipo de habilidad descabellada. Mi madre era una de esas. Creí estar a punto de perder el conocimiento, pero todavía sentía la furia eléctrica en mis venas para retomar las mismas acciones. Apreté los puños con fuerza, intenté ponerme de pie pero sentí el temblor en los huesos haciendo que cayera abruptamente de nuevo en el suelo. Los fríos dedos de papá retocaron un mechón pelirrojo de mi frente y se inclinó de cuclillas sobre mí.

—He hecho tanto por ti y así es como me pagas. Deberías estar avergonzada, Clarisa.

Entonces, sus zapatillas brillantes y negras caminaron en dirección opuesta a la mía. Levanté una mano en busca de ellos, pero estaban demasiado lejos. Los tacones de mamá le seguían también. Ambos se alejaron sin la intención de ayudarme. Pensé en Lorin mientras permanecía en el suelo, en lo mucho que había llegado a fallarle. Había empeorado las cosas tanto para él como para mí.

Rápidamente unos brazos me levantaron del suelo con delicadeza, como si fuese una muñeca de porcelana. Las capas de su cabello oscuro rodaron hacia abajo tocándome la frente, sus ojos verdes me sostuvieron la mirada a la vez que intentaba ponerme de pie. El Centinela quería ayudarme. Pero si yo solo era un juguete sucio y quebrado, ¿por qué se molestaría en hacerlo? Mis padres tenían razón, estaba claro que yo solo era un estorbo en esta sociedad.

Me sostuvo con una mano para no perder el equilibrio. Sentía signos de dolor, leves pero significantes. Su cálido aroma me albergó como una nube fresca. Inspiré su pecho como un recuerdo de lo había sido un día imperfecto, doloroso y triste, o quizás para presenciar por primera vez lo único bueno que desprendía después de años en soledad.

24 Juin 2020 06:00:15 6 Rapport Incorporer Suivre l’histoire
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Nataly Calderón Nataly Calderón
¡Hola! Tu historia es muy interesante, tiene buena narrativa. Saludos.
August 11, 2020, 15:29

Dece Scott Dece Scott
Felicitaciones es muy atrapante!
June 27, 2020, 18:04

  • Raquel Collin Raquel Collin
    Graciasss, me alegra que te gustara (: June 28, 2020, 18:22
J. C. H.  Tomé J. C. H. Tomé
me gusta como escribes, te aconsejo que compartas tú historia en la comunidad de fantasía; hay buena gente que seguro que valoraran lo que haces y te ayuden. Sigue escribiendo :)
June 27, 2020, 08:47

  • Raquel Collin Raquel Collin
    ¡Hola! Muchas gracias. Voy a tomar en cuenta tu recomendación (: June 28, 2020, 18:20
~

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