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Isaac Penalba Font
Colección de opiniones que huelen a moraleja pero que intentan no serlo...

#psicología #crecimiento-personal #artículo #opinión
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El escritor y político cubano José Martí afirmó una vez algo así como que en la vida había que tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro. La primera vez que escuché esa frase pensé en la poca ambición del hombre que logró instaurarla como late motive de la humanidad. Sin duda, creía que el acto para conseguir un hijo era bien sencillo. A menos, claro, que sufras algún impedimento físico o psicológico, pero eso es muy poco probable. Cuanto me reiría de esta afirmación en el futuro. ¿Plantar un árbol? Madre mía, esto es aún más fácil. Tan solo necesitas un terreno y, si me apuras, ni eso. Pongamos que plantas un Laurel, con una maceta grande lo tienes solucionado. Fácil. Pero para el niño que fui, escribir un libro era otra cosa. No mucho más complicada, por supuesto, pero quizá exija un poco más de esfuerzo, solo eso. Bendita omnipotencia infantil.

La verdad es que la idea de escribir un libro se ha cruzado por la cabeza de tanta gente a lo largo de la historia que solo este argumento justificaría la existencia de ese inconsciente colectivo propuesto por Carl Jung en su día. O no, tampoco entiendo muy bien ese concepto, es más complicado de lo que parece y si no me creéis, probadlo. Buena suerte. El caso es que ¿quién no ha creído, alguna vez, ser capaz de escribir un libro, es más, escribir una buena novela? Una capaz de captar la atención del gran público y de la editorial más altanera.

En fin, pasaron los años y, con su discurrir, el tiempo para fantasear y hacer afirmaciones vacías. El santuario de la infancia, allí donde nos mantenemos a salvo de la siempre severa Responsabilidad, acaba por desplomarse tarde o temprano. Quedamos, sin quererlo, expuestos al mundo real. Un mundo donde, por ejemplo, lo que se dice de uno mismo se debe demostrar. No tanto lo que se dice de los demás, una pena. Existen maneras de adulterar las pruebas y aparecer ante la sociedad como aquello que no eres, claro, pero a cargo de un inagotable desgaste psicológico. Pero va, por una vez, seamos optimistas. Lo que puede pasar, con suerte, es que tu visión de la realidad alcance una dimensión mayor. Gracias o por culpa de tus vivencias en las primeras etapas de la vida, adquieres, progresivamente, la capacidad de ver la escala de grises que se escondía entre el blanco y el negro de tu infancia. En ese momento, o quizá un tiempo después, aquella frase que escuchaste de pequeño se resignifica.

Tener un hijo ya no se refiere solo al acto de concebirlo sino que adquiere una profundidad tan vasta como la del tiempo que compartas con él. Vicisitudes de la crianza y de la posterior separación incluidas. Plantar un árbol ahora quizá haga referencia a la capacidad de cuidar, de establecer una relación recíproca con la naturaleza que nos vio nacer y que ahora, desgraciadamente, nos ve también destruirla sin contemplaciones. Me hace pensar, a su vez, en la capacidad de construir u obtener un hogar y echar raíces, como
las del árbol que decidas plantar en él. Hace referencia, quizá, a conseguir un lugar seguro y confortable donde ver crecer a tu familia, aquella que empezaste a formar al alcanzar el primer objetivo.

Por último, escribir un libro. Creo que no tiene que ver con convertirse en el escritor de moda y en ganar todo el dinero con el que fantaseabas de pequeño (y no tan pequeño). Ni siquiera con la necesidad de reconocimiento que todo escritor usa como combustible para abarcar la enorme tarea que supone escribir algo con sentido. Creo que tiene que ver con ideas como las de constancia, trabajo o introspección. Si consigues escribir un libro significa que has adquirido una cierta organización interna, que no solo eres capaz de tener ideas sino la desenvoltura necesaria para ponerlas en práctica. Hasta el final. Se dice rápido pero conseguir esa capacidad cuesta mucho, a veces toda una vida y otras, simplemente, no se consigue. Además, terminar un libro también demuestra la existencia de un cierto valor, valor para arrostrar posibles críticas hacia un trabajo tan íntimo y costoso como el de escribir algo, lo que sea.

En definitiva, José Martí nos marcó una posible vía de desarrollo, una que si decides recorrer algún día te llevará a consumar la Trinidad humana. Crear una familia, crear un hogar y crear un legado. Amén.

15 Août 2020 15:00:20 0 Rapport Incorporer 0
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El mar

El mar, espejo infinito del alma humana. Acoge miradas perdidas, las absorbe y devuelve vestidas de significados ocultos. Su olor despierta recuerdos arcaicos, nos conecta a épocas preconscientes donde la búsqueda del placer guiaba nuestras acciones, donde todo era más claro. Claro como el agua que absorbe el azul del cielo inalcanzable y nos lo acerca para que podamos tocar lo divino sin quemarnos. El mar nos protege, nos atempera, nos alecciona. El rugir de sus olas puede relativizar nuestra posición en el cosmos, la suave melodía de sus mareas puede cargarnos de la confianza necesaria para conquistar el mundo.


Contemplarlo, dejarse llevar por la danza espectral de sus corrientes nos puede dejar anclados como estatuas de sal. La ferviente necesidad de respuestas desfigura el paso del tiempo. Ahí, a solas con un dios que nos envuelve al principio de todo, al que abandonamos al nacer no sin el remordimiento eterno de la deuda pendiente. A lo largo de nuestras vidas buscamos regresar, devolverle el favor y por fin reparar el daño causado.


Quizá por eso nos sintamos tan atraídos por el mar, quizá por eso exista en nosotros una lucha constante entre la vida y la no vida, volver al medio que nos vio crecer y abandonarnos a la nada.

28 Avril 2020 16:28:21 0 Rapport Incorporer 0
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El imperio de las certezas

A lo largo de mi corta existencia quizá no tan corta, quien sabe he llegado a suponer que una de las sensaciones más agradables que podemos experimentar como seres humanos es la de conseguir respuestas a cuestiones complejas. Disipar dudas, aportar luz a una superficie bañada por tinieblas resulta una tarea tan agradecida como interminable. Porque, seamos sinceros, aun los más rigurosos científicos, del campo de estudio que sea, no son capaces de encontrar una única solución a un problema y, de encontrarla, es siempre materia voluble. La inestabilidad del terreno conquistado al misterio es lo que empuja, paradójicamente, a seguir buscando, a seguir adentrándose en lo ignoto y conseguir obtener nada más que la famosa enseñanza del solo sé que no sé nada.

Tan complicado resulta extraer certezas que me cuesta entender cómo, no pocas personas, son capaces de esgrimirlas con tanta asiduidad. Es más, ni siquiera necesitan de libros, manuales o artículos, ni contrastar sus ideas y hallazgos ¿pero qué hallazgos? con nadie más que consigo mismas. No, sus certezas nacen de sus mentes y de sus limitadas experiencias. Incluso, a veces siendo generosos , sus certezas se basan en la experiencia de otros. Desde la comodidad del sofá de casa o de la mesa del Bar Cuñado, tratan los más variados temas de política, economía o historia con la confianza de quien atesora años de experiencia al frente del ayuntamiento de una gran ciudad, de una multinacional exitosa o del claustro del departamento de historia contemporánea de la universidad de Harvard obviamente . No dudan, arremeten contra cualquier premisa discordante con la contundencia del puño patriarcal que, al contactar con la mesa, da por finalizada cualquier discusión acalorada. Sin derecho a réplica, se acepta la opinión disfrazada de certeza por convencimiento o pereza generalmente lo segundo y se da paso al siguiente tema controvertido, o tema a secas porque para ellos la controversia es un absurdo.

Y uno se pregunta ¿por qué nos encontramos tan a menudo con interlocutores de semejante calaña? E incluso, siendo sinceros, ¿por qué hemos adoptado en ocasiones más de las que estamos dispuestos a admitir la misma actitud arrogante del que se cree que sabe pero no sabe lo poco que en realidad sabe?

La explicación que se me aparece en retrospectiva sugiere que la razón de ser de la certeza, sea más o menos legítima, es escapar de los efectos de la incertidumbre. Enfrentarse al desconocimiento, a la incomprensión es un acto a veces pasivo tan cotidiano como inevitable, con efectos inmediatos en nuestra psique. No nos gusta no saber, nos da incluso pánico no poder explicarnos el mundo que nos rodea y bregamos por encontrar respuestas que nos abstraigan de la locura del imprevisto, del orgullo herido o de la ausencia de lógica. De ahí que, cuando nos sentimos preparados para elaborar nuestras propias teorías y nos sentimos con suficiente experiencia en este mundo, busquemos a veces precipitadamente la seguridad de las certezas.

Sin embargo, no hay que perder de vista que existen certezas trabajadas, arrancadas a pico y pala de la ominosa montaña de incertidumbre. Certezas fraguadas a la luz de la experiencia y del tiempo, que no son el fin sino el inicio de renovados caminos. Y después, después existen otras más díscolas. Se rebelan contra el proceso necesario para adquirir su estatus, prefieren construirse rápido y mal para poder ofrecer al usuario, cuanto antes, la ilusión de sabiduría y quizá su fin más importante dejar atrás al monstruo de la incertidumbre. Son sus fauces lo que amedrentan nuestra autoestima, es su veneno el que, de alcanzarnos, dispara nuestros niveles de ansiedad hasta el naufragio y nos empuja a construir una balsa con los restos.

Las ventajas de aprender métodos de supervivencia intelectual son evidentes, en vez de ahogarse uno en el mar de la vergüenza y de la humillación, se consigue salir a flote con una embarcación improvisada. Lo que ocurre es que, con el paso del tiempo y del impacto de argumentos en medio de océanos de discusión, la balsa acaba por resquebrajarse y evidenciar la fragilidad de su construcción. La habilidad para construir un navío sólido que se mantenga a flote por seguir con la metáfora náutica es una empresa que requiere tiempo, esfuerzo y grandes dosis de humildad pues, aprender, suele requerir fracasos, humillaciones y frustraciones. Con ello no afirmo que debamos ser unos desgraciados para lograr un cierto estado cultivado, menos necesitado de autobombo y más cómodo en la incertidumbre, pero sí pienso que hay que recibir ciertas dosis de cruda realidad para poder cocinarla y alcanzar sabrosos platos de ricas texturas.

Me parece que vivimos bajo el imperio de las supuestas certezas, en perpetua cruzada contra una Jerusalén de incertidumbres, legitimando a veces el trueque de la razón por el orgullo y el prejuicio. Se eleva demasiado a menudo una opinión a categoría de certeza y se pierde de vista lo que un director de cine muy cortés apuntó un día con mucho acierto: el hecho de que todos tengamos opinión demuestra que la opinión tiene un valor mínimo.

3 Mai 2020 00:22:51 0 Rapport Incorporer 0
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El tamaño no importa

El tamaño no importa. Si grande, vistoso, si pequeño, glorioso.


No, no hablo del miembro viril ni abundo en las campañas comerciales a favor o en contra de las medidas óptimas para disfrutar de un buen revolcón. Hablo del cambio, de lo que los griegos llamaban kátharsis y que se considera uno de los objetivos primordiales de un proceso psicoterapéutico. Más aún, hablo de la grandeza del cambio sutil, sobrio, incluso aburrido.

Cuando uno piensa en los efectos de una psicoterapia en las personas a menudo pensamos que se refieren a giros de 180 grados en su comportamiento. Sin embargo, mientras en algunos casos las diferencias aparecen de manera rápida y vistosa, en muchos otros éstas no se aprecian con tanta vehemencia. Así, dando por supuestos el establecimiento de un buen vínculo paciente/terapeuta y una relación estable y regular en el tiempo, el cambio suele emerger casi de manera imperceptible. Quizá la aparición inesperada de una vocecita que avisa de cuando uno está siendo demasiado perezoso o se está poniendo demasiadas excusas. O quizá el reconocimiento en otra gente, y aún en uno mismo, de comportamientos irracionales que antes pasaban, digamos, inadvertidos. Sea como fuere, de manera paulatina, por la repetición de estas pequeñas vivencias dentro y fuera de la consulta, casi por decantación, se va generando el combustible necesario para poner en marcha una maquinaria interna que debilite, a veces a martillazos, las defensas que impiden el cambio.

Por tanto, cada pequeño esfuerzo por modificar hábitos o conductas generadoras de remordimiento o culpa. Cada gesto hacia nosotros mismos, o hacia los demás, al servicio de mejorar la relación o, sencillamente, cada vez que sintamos nuestra mente más disponible para pensar, tiene que celebrarse como una gran victoria. Porque es aquí donde se juega el partido, es en estas pequeñas pruebas cotidianas que nos encontramos, donde comienza el cambio profundo y duradero.

No será, pues, por una intervención fulgurante del terapeuta o por una experiencia casi religiosa en sesión que el paciente cambiará su cosmovisión y, en consecuencia, su comportamiento. No, en general, será más bien el cúmulo de experiencias vividas en la relación con su terapeuta, en su relación con el mundo fuera de la consulta y consigo mismo que, como si fuera un riachuelo ganando caudal, hará girar la rueda de un molino destinado a convertir el grano, que ha sufrido las inclemencias de su ambiente, en harina destinada a nuevos usos, diversos y gratificantes.

28 Avril 2020 16:01:45 0 Rapport Incorporer 0
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