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martin-girona1583791253 Martin Girona

Breca Uriarte está herida y necesita ayuda, pero golpea la puerta equivocada. Vuelve a la casa de su infancia y se reencuentra con su padre. Al final de la noche, las paredes claras arderán en llamas y uno de ellos estará muerto.


Cuento Todo público.

#muerte #hogar #recuerdos #odio #hija #padre #arma #drama #familia
Cuento corto
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Paredes Claras

Humo.

Las tostadas se estaban quemando en la cocina.

Jaime las raspó con el cuchillo y se preparó el té de las nueve.

Era un hombre tosco y pequeño de sesenta y tres años, casi calvo, con unos hilos de pelo gris a los lados de su cabeza puntiaguda. Tenía un pequeño perro negro y sentía por el contacto humano algo similar a lo que la mayoría de las personas sienten por las cucarachas o las arañas.

Breca llamó a la puerta con dos golpes, el último más apagado que el primero. Estaba empapada por la lluvia y llena de sangre, su reflejo se diluía como pintura en el charco de agua que se había formado sobre los baches de la vereda.

Hacia más de ocho años que Breca no veía a su padre, lo cual explicaba la sorpresa que dominó el rostro de Jaime durante los instantes siguientes a abrir la puerta.

—Pensé que había quedado claro que no nos volveríamos a ver y que no eres bienvenida en esta casa —ladró en voz baja, entre la rendija de la puerta entreabierta.

—Me están siguiendo, si no me ayudas voy a morir...

La casa de su infancia seguía prácticamente igual, aunque la recordaba más luminosa y colorida. A pesar de que su padre había realizado un buen trabajo de mantenimiento, era evidente que la muerte y el abandono habían dejado marcas imborrables de sus estragos, entre aquellas paredes pintadas de colores claros.

Humo.

El tenedor golpeó el plato y resonó por toda la casa.

El humo tejía un rizo descuidado. Breca recordó los rizos de su madre. Los rizos que llovían sobre la almohada mezclándose con las lágrimas.

Humo.

El tenedor golpeó el plato como un cañonazo contra un castillo de metal.

Su padre se revolvió en la silla, entre la áspera incomodidad que los rodeaba. Masticaba cada bocado hasta la desintegración y tragaba con dificultad.

Ella no tenía hambre, pero intentó comer. Hacía días que no tenía hambre. El insomnio y los machucones no ayudaban.

Humo.

La insípida resonancia de sus pensamientos la arrastraban a su infancia, otra vez. A una casa sin humo. Cuando su madre estaba viva. Cuando no se podía fumar. Cuando el olor de la comida le abría el apetito.

Sin insomnio ni machucones ni sangre seca en las heridas. Sin una Mágnum presionando sus caderas, como manos invisibles que tiraban de ella hacia el centro de ese pequeño planeta que por un error del azar, había creado las condiciones para que existiera aquella casa, aquella comida, aquella escena.

Una escena patética,que parecía arrancada por azar de los pensamientos de un psicoanalista perezoso.

Azar.

Humo.

La pólvora y otras toxinas mantenían el cigarro encendido, crepitando sobre el cenicero rojo, consumiéndose sin necesitar nada de ella. Consumiéndose a pesar de ella.

El tenedor golpeó el plato. Su padre saltó en la silla, perturbado por la ruptura del silencio con el que había decorado aquella tumba que alguna vez fue la casa de Breca.

El tenedor golpeó el plato otra vez, la cara de su padre se contrajo, el agua palpitaba, el humo subía en columnas agitadas por sus movimientos.

Breca recordó a su madre y a sus rizos y su comida. Miró a su padre con el odio más sincero que le había dedicado, también con lástima, pero sin un atisbo de ternura ni compasión. Solo lástima, la misma que se siente por un desconocido o por un perro moribundo en la ruta.

Mientras el humo se disipaba y el cigarro se extinguía, la destructiva presencia de su padre atravesando su vida comenzó a pasar frente a ella, como visiones plasmadas en fotogramas ansiosos y efímeros.

Odio.

Como si de repente, todos los secretos de su relación filial se encontraran develados.

Odio.

—¿Puedes hacer menos ruido para comer? —gritó su padre en un balbuceo apenas audible, con los ojos todavía metidos en el plato.

Tomó un sorbo de agua y depositó el vaso con delicadeza y en silencio. Lo hizo tan lento que Breca pudo ver la tela del mantel hundiéndose para recibir su peso.

Recordaba aquel juego de vasos.

Ya no había humo.

El tenedor chocó con el plato otra vez.

Jaime dio un golpe sobre la mesa y apretó los labios, como sacudido por un súbito arrepentimiento. Pero no pidió disculpas. Nunca lo hacía.

—¡Es solo un plato! —gritó Breca. Gritó de verdad, pero su padre seguía hablando entre dientes.

—Esta bien, no es para que te alteres así, entiendo que estas pasando por una situación...

—No te atrevas a hablar de mi situación como si la entendieras, no entiendes nada de lo que pasa afuera. ¡Como nadie te encerró por lo que hiciste, te encerraste solo! Es la única buena decisión que tomaste —Breca se levantó de la silla.

Jaime se golpeó contra la mesa al ponerse de pie y la siguió por el pasillo.

Cuando llegó a la puerta del cuarto, Breca se estaba cambiando de ropa. Se detuvo en seco al ver a su hija, casi desnuda, revolviendo en aquel ropero que sus manos no habían tocado en más de una década.

Humo.

El revólver reposaba en el piso alfombrado.

La angustia, la desesperación y la ira revolvían sus entrañas.

Humo.

Breca fumaba un cigarro mientras se metía en esos jeans demasiado ajustados para sus piernas adultas.

—Por favor, necesito que me perdones —suplicó Jaime con la voz convulsionada.

—No… necesitas que ella te perdone.

—Ella no puede perdonarme… ya no…

—Y yo no quiero, no lo mereces, mereces vivir sin mi perdón, y sin el de mi madre.

Humo.

El corazón le destrozaba el pecho con sus golpes, le faltaba el aire y le temblaban las manos.

Breca se estaba poniendo la remera cuando Jaime saltó sobre el arma, de la misma forma que había golpeado la mesa durante la cena. Cuando su hija terminó de vestirse y volteó, se encontró con el cañón de su propio revólver apuntándole al pecho.

—¡Dime que me perdonas! —chilló Jaime.

—Baja el arma...

—¡Dime que me perdonas!

Temblaba y sudaba en espasmos febriles que sacudían el arma entre sus dedos. Había ido a su casa a torturarlo, a revivirlo todo, todo lo que había intentado olvidar durante más de diez años, sólo y en penumbras.

—¡No! ¡Fue tu culpa! ¡Sabías que quería matarse y la presionaste y la empujaste! Dame ese revolver antes de que…

—¡No supe como manejarlo! Soy una buena persona, yo la amaba… yo…

—¡No! ¡La tratabas como a una enferma!

—¡Estaba enferma! ¡Tu madre estaba enferma!

—¡Porque la enfermaste! ¡La volviste loca!

La mataste.

La silueta de su padre se iluminó por el destello del arma, pudo ver la fotografía pálida de su cara mientras se extinguían los ecos del disparo.

Jaime estalló en gritos. Ahora sí gritaba de verdad.

En menos de un segundo, la vida de Breca desapareció. Sus treinta y dos años vividos y todos los que tenía por delante, de haber elegido otra casa para refugiarse, otras palabras para responder a su padre, otro trabajo, otra ciudad…

Tenía que haber escuchado a su psicóloga o haber matado a su padre una de las tantas veces que experimentó el impulso de hacerlo. Ya no importaba. La muerte despoja todo de importancia y deja el mundo desnudo y caótico, antes de extinguirlo en la tiranía del vacío.

La mataste.

Cuando el universo de Breca desapareció, en la última explosión de sangre de su cuerpo, Jaime se metió el frío revólver en la boca. El cañón desgarrándole el paladar y la lengua. El sabor a metal y a pólvora.

Su dedo trémulo sobre el gatillo no ejecutó la decisión, no tuvo el valor de disparar. Se golpeó con la culata del revólver, con la pared y con el piso, mientras convulsionaba por el llanto y la furia ciega contra lo irreversible.

Pasó la noche con el cadáver de su hija descomponiéndose en la habitación de su infancia, ahora cerrada y a oscuras. Se fumó los últimos dos cigarros que quedaban en la caja de Breca, se tomó todo el alcohol de su casa. En los delirios del insomnio, destrozó con un hacha su refugio de paredes claras y gritos de ausencia.

Armó un bolso e incendió la casa.

Se fue en un taxi que tomó a dos cuadras del edificio en llamas.

Humo.

12 de Agosto de 2020 a las 17:21 11 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

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𝐂𝐇𝐄𝐑𝐈𝐄 𝐀𝐑 𝐂𝐇𝐄𝐑𝐈𝐄 𝐀𝐑
¡Increíble relato! Estuve con el pecho comprimido de principio a fin. ¡Me encantó!
August 23, 2020, 20:58
Roberto R. Roberto R.
Amigo, me quito el sombrero. Un relato magistral. Verdadero placer disfrutar de tus letras. Un abrazo.
June 30, 2020, 10:56

  • Martin Girona Martin Girona
    Hola Roberto! Me alegro que lo hayas disfrutado y te agradezco por el comentario! June 30, 2020, 16:40
Lihuen Lihuen
Que magnifico relato, me hizo vibrar de la emoción y me llegó a lo más profundo. Una prosa muy poética y una elección de palabras brillante
May 26, 2020, 18:03

  • Martin Girona Martin Girona
    Hola Lihuen. Muchas gracias por dejar este comentario, me alegro que te hayas sentido de esa forma. Disculpas la demora en responder, te mando saludos desde Uruguay June 07, 2020, 16:51
Iván Selbor Iván Selbor
Increíble como relatas. Algunas frases son dignas de un "Chapeau". No voy a decirte que sigas así, escribiendo, porque está claro que lo harás...
May 14, 2020, 20:36

  • Martin Girona Martin Girona
    Hola Iván! Muchas gracias por leerlo y por el comentario tan positivo! Me alegro que lo hayas disfrutado. Saludos desde Uruguay May 16, 2020, 16:09
𝓜𝓮𝓵  𝓥𝓮𝓵𝓪𝓼𝓺𝓾𝓮𝔃 𝓜𝓮𝓵 𝓥𝓮𝓵𝓪𝓼𝓺𝓾𝓮𝔃
"La muerte despoja todo de importancia y deja el mundo desnudo y caótico, antes de extinguirlo en la tiranía del vacío"... Wow... Me he quedado muda por un buen rato luego de leer tan sublime relato, tan visceral, tan....intenso. Ese "La mataste" tan fantasmal acosando a Jaime antes del disparo, antes de caer en la desesperación y huir.... ufff fue sublime!!! Que maravilla ha sido encontrar tus letras. Si estas tambien en wattpad o booknet dejame saberlo, por favor, para apoyarte también allí.
May 13, 2020, 23:22

  • Martin Girona Martin Girona
    Hola Mel! Que gran devolución! Muchas gracias, es un comentario muy motivador. Nos seguimos leyendo. Saludos desde Uruguay! May 16, 2020, 16:11
Is Bel Is Bel
Un relato brillante. Tu escritura es muy equilibrada, no sobran frases ni palabras, parece que todo está muy bien pensado y medido. Es un gusto de lectura.
May 09, 2020, 20:08

  • Martin Girona Martin Girona
    Hola Is Bel. Muchas gracias por dejar un comentario tan positivo! Me alegro de que te haya gustado. Nos seguimos leyendo! Saludos May 10, 2020, 18:30
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