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Bajo el viejo olmedo recordaba lo que había hecho en un pasado y disfrutaba de lo que iba a perder.


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El viejo olmedo

Bajo el olmedo recuerdo aquel pasado que viví y del cual no me arrepiento. Puede que fuéramos alocados, inmaduros también, pero en ese entonces solo pensábamos en divertirnos.


Todo comenzó un día de verano. Por las tardes solíamos ir al lago y disfrutar del agua fresca y evitar el aire cálido. Por las noches quedábamos para ir de una fiesta a otra. Bebíamos, pero lo normal a nuestra edad.


A lo largo del tiempo nuestra amistad dejó de ser solamente porque nos lleváramos bien, porque nos conociéramos como si fuéramos hermanos desde toda la vida, o por todas las experiencias que vivimos juntos. Crecimos por muchos años, pero nuestro grupo de amigos ahora era únicamente profesional.


Comenzamos por robos de mala gana. Una botella de un quiosco no le importaba a nadie. Pero pronto comenzamos a pulir nuestra técnica, hacer planes de verdad, serios, y terminamos entrando en casas y llevándonos todo lo que podíamos, sin importarnos siquiera si el dueño estaba dentro.


Éramos buenos. Nunca nadie había sospechado de nosotros. Ganábamos mucho dinero y lo repartíamos entre la pandilla. Gran parte lo seguíamos gastando en alcohol y fiestas, pero cuando se nos acababa, dábamos otro golpe.

Pasado un año me aburrí de las fiestas. Comencé a ir por las mañanas al viejo olmedo a reflexionar, a sentir la brisa rozar mi piel. Desde allí podía ver los campos de trigo moverse al unísono. Aquel paisaje era espectacular.


Mientras que los demás seguían malgastando su dinero, yo comencé a guardarlo. Ya no quería alcohol y música, mi ambición ahora eran las riquezas. El resto no criticaron mis ideas, pero comenzaron a distanciarse de mí hablando de amistades. Pero como dije anteriormente, la pandilla ahora era algo profesional. Nos dedicábamos a robar.


Todo se torció un día. Como siempre distraíamos al dueño mientras que el resto nos colábamos por otra entrada. Robábamos en silencio y cogíamos solo lo que veíamos de valor. Nuestro error fue alarmar a la víctima. Uno de nosotros tropezó y tiró un jarrón. La mayoría de nosotros pudimos huir a tiempo, otros se escondieron. Pero el dueño consiguió capturar a un miembro.


Nuestro pacto como ladrones era nunca dejar a nadie atrás. Si uno de nosotros caía, era evidente que el resto estábamos implicados. Por consecuencia, volvimos a entrar.


Al principio solo queríamos liberar a nuestro compañero y conseguir que todos escapáramos, pero el propietario de la vivienda ya conocía nuestra identidad. Lo capturamos en su cocina y comenzamos a debatir que hacer en aquella situación.

Aún no había llamado a la policía, pero sus gritos alarmaron a otros vecinos. Muchos de nosotros estábamos nerviosos, y todo se descontroló. Finalmente nos encontramos con un cadáver en el suelo, aun atado a la silla.


Comenzó a haber tensiones en el grupo, peleas. Pero todos salimos corriendo y nos dividimos para no volvernos a ver en muchos días.


Al día siguiente hicieron una llamada. Un vecino descubrió el cadáver, y aunque la policía tardaría mucho tiempo en descubrir quién era el verdadero asesino, la pandilla tuvo otra reunión. A los pocos días después descubrí la existencia de esa reunión. Uno de mis mejores amigos dentro de ella me avisó del peligro que corría.


Aunque no fuera mi culpa, he de esperar lo más inesperado. Soy el más ajeno al grupo, quién tiene expectativas diferentes, y solo soy amigo de unos pocos. En añadidos, soy testigo de lo que hicieron. Intentarán que sea yo quien calle el muerto.


Me quedaba poco tiempo, pero lo disfruté con la sombra, el olor de la naturaleza, y el aire fresco. Los agentes aparcaban sus coches en el otro lado del prado, y se acercaban andando a donde yo me encontraba. Bajo el olmedo me pusieron las esposas, y a partir de entonces, todo lo que dije en juzgado se tomó por falso.


El viejo olmedo murió antes de que nadie volviera a tocar su corteza. Las termitas le fueron carcomiendo por dentro. Quedó destrozado. Sin embargó, quedó un pequeño broté que renació cuando volvió a ver la luz del día. Cada día crecía un poco más, aunque fueran unos pocos centímetros. Sus raíces se amarraron bien al suelo, era un árbol difícil de arrancar. Aquello ya no era un olmedo, sino las ganas que tenía de venganza.

7 de Mayo de 2020 a las 09:45 0 Reporte Insertar Seguir historia
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Fin

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