tadeoibarra Tadeo Ibarra

Manuel encuentra un diario en el que solamente se registró lo que pasó un solo día durante su niñez: El día que dejó de ser una persona. No se reclaman derechos sobre la imagen de la portada.


Cuento Todo público. © TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS TADEO IBARRA 2020

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El sueño

Cuando cursaba la preparatoria, en mi clase de Comunicación y Lenguaje nos pidieron leer La Metamorfosis de Franz Kafka. Desde ese entonces se ha convertido en una de mis obras favoritas y marcó el inicio de mi gusto por la literatura que mezcla lo realista con lo fantástico y lo mágico.

Dicha obra me sirvió como inspiración para escribir este relato, el cual les presento como un homenaje a su autor.


. . .



A pesar de su triste y repugnante forma actual, era un miembro de la familia, a quien no podía tratarse como a un enemigo.
—La metamorfosis, Franz Kafka


El sueño


Estornudé en varias ocasiones porque una nube de polvo me entró por la nariz cuando abrí­ una de las cajas de cartón que estaba en mi cuarto. Pronto me mudaría a la capital para comenzar la universidad. Mi mamá me había pedido que registrara entre todas mis cosas viejas para ver si encontraba algo que me pudiera servir y de pasada hacer limpieza también.

—¡Puaj! ¿Qué rayos hay aquí? —dije en voz alta cuando descubrí­ que dentro de la caja habí­a aún más polvo.

Quité la primera capa de suciedad con mis manos y descubrí la pasta dura de un diario.

—¿Y esto…?

Yo no recordaba haber escrito un diario en mi vida. Quité el polvo que quedaba con un resoplido y lo abrí en la primera página.

Cuatro de octubre del año dos mil.

En ese entonces yo tenía nueve años. Hojeé el diario y descubrí que solo estaban escritas unas cuantas páginas al principio. Se me hizo extraño. Verifiqué la firma al final del texto y efectivamente era mi nombre y mi tipo de letra. Era inconfundible.

Pensé en llamar a mi mamá para saber si recordaba algo al respecto, pero mi curiosidad fue más grande, así que comencé a leer:


4 de octubre del 2000

Querido diario:

Comenzaré por contar que antier, dos de octubre, me fui a dormir de la forma usual. Me puse mi ropa de franela más cómoda, me lavé los dientes y me metí­ en la cama. Esa noche tuve un sueño extraño: Soñé, ya sé que suena muy raro, que desperté al día siguiente, o sea ayer, y yo ya no era una persona: Ahora era un gato.

Lo supe porque no desperté boca arriba como la mayoría de las veces y ya no traí­a puesta mi ropa de dormir; ahora estaba hecho un ovillo en el centro del colchón y mis piernas, o quizá debería decir patas, estaban cubiertas por un pelaje abundante de tres colores: negro, blanco y beige. No me asusté sino todo lo contrario; me sentía muy emocionado.

De pronto me llegó un olor muy desagradable a mi nueva nariz y me di cuenta que provenía de mi cuerpo. Sin pensarlo y por instinto opté por lamerme. Comencé por la parte que alcancé de mi lomo, luego seguí con mi pancita y mis patas. Ya al final sentí muy sucias mis orejas así que humedecí con mi lengua una de mis patas delanteras y me la pasé por una de mis orejas. Después hice lo mismo con la otra.

Me estiré hasta que todos mis músculos recuperaron flexibilidad y salté de la cama. Me disponía a salir pero me di cuenta que no podía alcanzar la perilla de la puerta de mi habitación para abrirla. Salté una y otra vez pero solo lograba tocarla con mis pequeñas garras sin poder girarla. Me detuve por unos segundos y maullé. Lo hice lo más fuerte que pude hasta que escuché los inconfundibles pasos de mi hermana mayor. Cuando la escuché cerca el miedo me invadió. Si cuando era una persona lo primero que hacía por las mañanas era gritarme y jalarme mi cabello para molestarme, ¿qué va a hacer ahora que vea que soy un gato?

Me arrepentí de haber maullado tan fuerte cuando vi que la perilla girándose. La puerta se abrió despacio y poco a poco revelando la pijama color rosa de mi hermana mayor y su pelo negro enmarañado.

—¡Qué bonito gatito! !’Amá ven! —dijo para mi sorpresa. Yo me había ido a esconder debajo de la cama—. ¡Ven ‘amá! Hay un gatito.

Mi mamá llego casi corriendo y sacudiéndose las manos para secarse el agua. Había estado lavando los platos. Yo salí de debajo de la cama y me acerqué lentamente a la puerta. Lo hice sigilosamente. No sabía cómo iba a ser su reacción.

—¡Qué bonito! —dijo mi mamá y se agachó para acariciarme la barbilla.

Después llegó mi papá y mi otra hermana para verme. Todos parecían contentos y llenos de curiosidad.

—Laura, cepíllalo. Los vecinos van a venir a desayunar y quiero que lo vean —le ordenó mi mamá a mi hermana mayor mientras me acariciaba en el espacio entre mis orejas—. Antes de que me preguntes: Usa uno de tus cepillos, luego te compro otro.

Otra vez voy a tener que bajar a saludar, pensé. Además noté cómo se me erizaban los pelos del lomo.

Llegó mi hermana con su cepillo y comenzó a cepillarme. Primero mis garras y después mi lomo. Yo me sentía muy relajado y me tumbé exponiendo mi panza. Laura prosiguió cepillándome la barriga hasta que no se desprendían más pelos. Después sonrió y se fue.

Se me hacía muy curioso ver a mi hermana siendo tan amable conmigo. Lo disfrutaría mientras durara.

Me escondí en mi recámara mientras todos se alistaban para recibir a los vecinos. Ellos son una familia muy estirada. Nunca me gustó convivir con ellos porque uno siempre tiene que fingir cuando se está en su presencia. Son personas que critican bastante.

Mi familia ya había bajado y podía escucharlos acomodando los cubiertos sobre el comedor. Yo, como siempre, traté de esconderme en mi cuarto. La mayoría de las veces eso no servía de nada porque mis papás me hacían bajar para saludar. Me mantuve atento a todos los sonidos provenientes de la planta baja.

Escuché sonar el timbre de la entrada y pegué un brinco tan alto que terminé encima de la cama nuevamente. Permanecí expectante.

—Hola Anita. ¿Cómo están? ¡Qué bueno que vinieron! —decía mi mamá—. ¿Y tú, preciosa? Ya comenzaste la escuela, ¿verdad? —dijo ahora dirigiéndose a la hija de seis años.

La niña era muy tímida y se limitó a sonreír.

—Sí. Ya comenzó sus clases la semana pasada —dijo Anita mientras tomaba por los hombros a la niña.

Después del protocolo de bienvenida mis papás los hicieron pasar al comedor. Pude escuchar el rechinar de la madera contra el suelo cuando acomodaron las sillas para poder tener espacio para maniobrar y sentarse.

—¿Y tu hijo? ¿Nos acompañará? —preguntó el vecino.

—¡Manuel, baja para que saludes! —escuché a mi mamá gritar con su voz imponente—. ¡Voy a subir por ti!

Escuché los tacones de mi mamá subir rápidamente por las escaleras hasta que llegó a mi habitación. Yo me escondí debajo de la cama. Mi madre se agachó y jaló cuidadosamente de una de mis garras y me cargó. Me puso sobre su hombro y bajó las escaleras para mostrarme a los vecinos.

—Aquí está Manuel —dijo mamá esbozando una gran sonrisa.

—¡Qué hermoso gatito! —dijeron los vecinos casi al unísono y se pusieron de pie para ir a acariciarme. Yo me asusté al sentir sus manos sobre mí y traté de zafarme de mamá para ir a esconderme. Pensé que como siempre, mi mamá me lo impediría y me obligaría a quedarme abajo pero no fue así.

—Dejaré que se vaya a esconder. Creo que no le gusta convivir mucho.

Aproveché y cuando logré recuperar mi libertad subí corriendo a esconderme debajo de mi cama y ahí me mantuve toda la mañana y parte de la tarde.

De vez en cuando escuchaba a mi familia ir a husmear pero extrañamente ahora respetaban mi privacidad.

Estaba dormido cuando de pronto escuché nuevamente el timbre de la puerta. Me di cuenta que ya era muy entrada la tarde porque mi recámara se estaba sumiendo en oscuridad.

—¡Anita! ¿A qué debemos tu regreso? —preguntó mi papá esta vez—. Ya veo que trajiste a tu perrito m’ija.

Supuse que la vecina había regresado con su hija. Y traían un perro. En automático mis pelos del lomo se erizaron nuevamente cuando escuché los pequeños pasos del perro en la planta baja.

—¡No dejes que se suba! ¡Dejamos la puerta del cuarto de Manuel abierta! —gritó mamá.

Ya era demasiado tarde. El perro había seguido mi olor y ya estaba corriendo por las escaleras.

Lo escuché entrar a mi recámara y me pegué a la pared estando aún debajo de mi cama. No fue suficiente. Mi cama era alta y el perro pude colarse por debajo. No tuve tiempo de escapar.

La mascota de mis vecinos cerró sus fauces alrededor de una de mis patas y apretó muy fuerte. Pude sentir sus colmillos encajarse en mi piel y topar con mis huesos. Escuchaba también sus gruñidos. Yo maullé muy fuerte y trataba de arañarlo pero no podía.

El perro comenzó a sacudir su cabeza y el dolor no me dejaba pensar claramente. Agité mi otra pata delantera lo más rápido que pude para arañarlo. Lo hice una y otra vez pero el infeliz no me soltaba. Yo seguía bufando y maullando lo más fuerte que podía.

Mis papás y la vecina subieron corriendo a mi recámara. Anita se agachó debajo de la cama y tomó una de las patas del perro inmovilizándolo por un instante. Aproveché y lo arañé cerca del ojo.

El perro aulló de dolor y al fin me soltó. Inmediatamente comencé a lamer mis heridas sin importarme el sabor de la sangre. Me di lengüetazos hasta que el dolor aminoró. Mis padres estaban tratando de alcanzarme para cargarme pero no tenían los brazos lo suficientemente largos. Optaron por mover la cama y me tomaron en brazos. Yo veía todo borroso. Me limpiaron las heridas y también vendaron mi pata. Trataban de que no sufriera.

Lo siguiente que recuerdo es que me llevaron a mi cuarto y me dejaron algo de comida. Yo me hice un ovillo y me quedé dormido.

Desperté del sueño esta mañana de la manera usual. De nuevo soy una persona. Solamente hay un detalle: Cuando intenté levantarme noté un dolor punzante en una de mis piernas. Me destapé para verme y vi que tenía un pequeño vendaje roto alrededor de mi pantorrilla. Parecía como si mi pierna antes hubiera sido de un tamaño más pequeño y hubiera crecido abruptamente.

Bajé a desayunar esperando alguna explicación por parte de mi familia pero ninguno dijo nada al respecto. Además parecían estar haciendo un gran esfuerzo por comportarse de la forma normal. Cuando vi el periódico que leía mi papá me di cuenta que ya habían pasado dos días desde que me dormí y tuve aquel sueño. Pareciera que todo fue real pero sé que no puede ser el caso.

El dolor de mi pierna no es tan intenso como lo recuerdo en el sueño. Y las heridas son más pequeñas. Me apresuro a escribir todo esto antes de que se me olvide. Ahora bajaré nuevamente para comer.

Me despido de ti, querido diario.


Manuel



No había nada más escrito.

Cerré el diario y me quedé pensando unos minutos tratando de entender lo que había pasado aquel día. Me levanté un poco el pantalón y pode ver unas pequeñas cicatrices cerca de mi pantorrilla. Nunca me había preguntado por qué las tenía y al parecer lo que pasó ese día se me había olvidado con el paso del tiempo. Me había enfrascado en tantas cosas que dejó de tener importancia.

Sabía que no tenía caso preguntar a mis padres sobre eso. Terminé de desempolvar la pasta del diario y lo metí en la maleta.


6 de Mayo de 2020 a las 00:05 4 Reporte Insertar Seguir historia
7
Fin

Conoce al autor

Tadeo Ibarra Tadeo Ibarra es originario de Monterrey, Nuevo León al norte de México. Amante de los gatos, la música clásica e ingeniero químico de título encontró su vocación en la escritura de relatos cortos de misterio y suspenso.

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Is Bel Is Bel
Una historia muy interesante, me ha encantado. Solo un pequeño apunte si me lo permites; me chirría un poco el lenguaje del diario, no porque esté mal escrito ni nada, solo que no me pega mucho para un niño de nueve años. Por lo demás una maravilla.
May 20, 2020, 16:41
W. E. Reyes W. E. Reyes
Fue un agrado de principio a fin, leer esta historia, muy bien escrita.
May 20, 2020, 15:00
Proséf Chetai Proséf Chetai
Hola Tadeo. Saludos. Gratificante la lectura. Creo que Kafka también le gustaría tu halago. Interesante memoria infantil.
May 06, 2020, 00:35

  • Tadeo Ibarra Tadeo Ibarra
    Muchas gracias por el comentario y me da gusto que te haya gustado. ¡Muchos saludos! May 08, 2020, 00:33
~

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