andres_dm Andrés Díaz

¡NO LEAS ESTE LIBRO! Esta no es una historia de horror: es una pesadilla vívida y atroz. Este no es solo un cuento: es un espejo de tu lado más oscuro. Este es el relato más siniestro que he escrito hasta ahora y te envenenará la sangre con terrores nocturnos. POR FAVOR: NO LEAS ESTE LIBRO... NO SE JUSTIFICA O GLORIFICA POR NINGÚN MOTIVO NINGUNA DE LAS VILEZAS QUE AQUÍ SE DESCRIBEN. © TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS, 2020 No se reclama derecho sobre la imagen original usada para la portada: todos los derechos son para el autor/a de la misma. ("Embrace" de Christophe Hohler).


Horror Sólo para mayores de 21 (adultos).

#trauma #terror #horror #visceral #crimen #maltrato #violencia #abuso #tortura #libroprohibido #sangre #gore
Cuento corto
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La gloria de los mártires


“Para quien está afectado por ella, la pasión puede tener un sentido más violento que el deseo de los cuerpos. (…) Lo que signa a la pasión es un halo de muerte.”
George Bataille – El erotismo


Nunca nadie había visto un espectáculo tan horrendo ni tan sanguinario como el que contenía la última puerta en el 54-B de la Calle 4: a orillas de la gran ciudad, los oficiales Vargas y Andrade se apersonaron hasta el domicilio en el corazón de ese lúgubre barrio asolado por la violencia. Minutos antes, una mujer aterrada había llamado al número de emergencias: «¡Rápido, manden a alguien! ¡Están matando a mis vecinos!», chilló la histérica señora al borde de un ataque de pánico mientras apretaba temblorosa las cuentas de un rosario, «¡Se oyen gritos como si estuvieran matando a alguien!… Hay risas, varias risas. No sé quién más esté en la casa… ¡Están gritando otra vez! ¡Vengan rápido! ¡Los están matando!»

Cuando arribaron a la residencia, los uniformados hallaron un grupo de personas junto al zaguán: ya no se oían gritos. Los policías avanzaron entre la multitud, pidieron a la gente que se retirara y prosiguieron a abrir la puerta a punta de disparos. Adentro la casa era toda oscuridad. Ambos recorrieron las estancias de la vivienda armas en mano. Lo que la operadora describió al pasarles el reporte fue sumamente inquietante. Avanzaron por las recámaras en medio de la pesada atmósfera y el aire viciado de tensión. Se sentían vigilados desde cada rincón, como si alguien o algo fuese a salir desde cualquier recodo para atacarlos. Y pese a los años de servicio, pese a los tiroteos y casos de homicidios, nada habría podido siquiera prepararlos para lo que estaban por contemplar.

Al fondo de la casa encontraron la última puerta, que clausuraba el paso hacia la habitación de los únicos residentes: una luz roja resplandecía al colarse por los resquicios proyectando un brillo siniestro entre las sombras. Andrade llamó al interior una vez más:

—¡Es la policía! ¡Abran!

No hubo más respuesta que la densidad del silencio. Giraron la perilla pero la puerta apenas avanzó escasos centímetros: un mueble impedía el paso. Bastaron un par de empujones para lograr derribarlo. Entonces lo vieron todo… una escena de pesadilla: el tintineo de un foco casi fundido parpadeaba iluminando las blancas paredes manchadas de sangre, la ropa en el suelo, la cera negra derretida frente al espejo roto del tocador y, rematando el grotesco cuadro, un montón de vísceras de brillo escarlata sobre las sábanas de la cama, entre oscuros manchones. Estaban quemadas. Andrade no pudo contener un par de arcadas y vomitó afuera de la habitación; Vargas se quedó helado ante el portal infernal, viendo los chorreantes restos de piel que colgaban en las aspas del ventilador en el techo.

Los médicos forenses llegaron poco después para indagar el caso una vez acordonada la zona. El reporte escrito de los traumatizados oficiales, redactado con manos temblorosas, parecía un fragmento extraído del diario de un asesino frenético y desquiciado, capaz de horrores más allá de la perversión humana.

Las víctimas: Lidia y Braulio Cruz, según indicaron los vecinos.

El misterio de lo acontecido era tan obsceno como abrumador. Los psicólogos del Departamento de Policía atendieron durante horas a los oficiales Vargas y Andrade. En el SEMEFO, el caso perturbó y desconcertó a médicos y expertos quienes, pese a numerosas pruebas, no lograron discernir cabalmente la causa de muerte o las circunstancias que antecedieron a semejante masacre ocurrida esa noche de inicios de febrero.



Para Lidia y Braulio Cruz, la pesadilla había comenzado en realidad varios años antes, apenas llegada la adolescencia: sus padres fueron asesinados una noche mientras dormían por un intruso quien les disparó a quemarropa sobre la cama y después huyó sin dejar rastro. Solo Braulio había visto una silueta saliendo de la casa esa madrugada. Los hermanos lloraron amargamente. Después de eso, ambos quedaron bajo la tutela de su única familiar dispuesta a cuidarlos: su tía paterna, una mujer sin hijos llamada Ernestina Cruz. Tras mudarse a su domicilio en el oscuro corazón del barrio, los desventurados jovencitos comenzaron a sufrir los exagerados cuidados restrictivos y maltratos físicos acompañados de ciertos episodios de abuso sexual: la mujer padecía de un delirio religioso agravado por el reciente abandono de su esposo. Así pasaron nada más que casi siete años hasta cumplir, cada uno, los veinte años.

Ahora la tía Ernestina recién había cumplido su primer aniversario luctuoso: una intoxicación etílica a finales de enero pasado devastó su maltrecho cuerpo y sus órganos, desgastados por la edad. El plan de los hermanos Cruz, ese «afortunado accidente», resultó un éxito.

La casa les pertenecía desde entonces. Las noches que duró el rosario de su tía, dedicado por algunas ingenuas compañeras de rezos, fueron para ellos las más excitantes que habían vivido el uno en compañía del otro: noches enteras haciendo el amor, noches de besos apasionados, de deliciosos jugueteos sexuales y fantasías morbosas imaginadas durante años; madrugadas completas dedicadas a develar los ansiados placeres de la piel que tanto añoraron bajo el larguísimo yugo de su desquiciada tía Ernestina. El secreto amorío había surgido desde la temprana adolescencia, cuando el miedo provocado por la psicótica mujer les había obligado a unirse, más allá de la fraternidad, para hacer frente a sus horrores.

«No desesperen, mis niños. Ustedes y yo debemos cargar con la cruz de nuestros pecados, y también con la cruz de nuestro apellido… Pero el camino del sufrimiento siempre lleva a los mártires a recompensas inimaginables», solía repetir la tía Ernestina tras abusar de ellos con castigos indecibles.

Ellos se aferraban a esa idea con convicción: era lo que los mantenía con vida. La convicción y su romance.

Pero todo había terminado ya. Las cosas parecían pintarles mejor.

O eso creían.



Dos días antes del macabro descubrimiento en el 54-B, ambos jóvenes asaltaron una licorería en el otro extremo de la fatídica ciudad, un laberinto inmenso de asfalto y concreto lleno de calles enredadas y callejones oscuros que parecían diseñados para extraviar a foráneos e incautos. Los asaltos y las violaciones eran constantes. Cada día más a menudo. Cada día más…

Los hermanos huyeron en su motocicleta. Después visitaron un viejo mercado local donde consiguieron un par de veladoras negras y materiales para sus peculiares rituales: a diferencia de la prolífica comunidad delictiva residente en la siniestra urbe, a ellos los unían, además de la sangre y su amorío prohibido, una tórrida pasión por el ocultismo, así como profundas inquietudes sobre los misterios de la realidad circundante y el oscuro fervor por alcanzar experiencias que ningún mortal jamás hubiese conocido.

Desde chicos, las perversas leyes de su tía, sus agónicos rezos, sus hipócritas plegarias al Dios Padre castigador, los orientaron a romper con el catolicismo; pronto quedaron fascinados por el horror y los mágicos cuentos de algunas comerciantes, quienes narraban las bienaventuranzas de aquellos que se encomendaban a la Santa Muerte, a los demonios y las entidades oscuras que habitan la Tierra sin que nadie, más que sus fieles, pudiesen notarlas: los rezos extraños y alabanzas a los no santos eran comunes para los hermanos Cruz durante sus solitarios escapes a los tianguis y plazuelas de las colonias circundantes. No les resultaba raro: tan solo eran otras creencias que podían elegir. Y ambos las tomaron.

Crecieron como herejes a la sombra de un delirio santo.

Braulio se convirtió en un manojo de fuerza bruta: una bomba de ira siempre a punto de estallar. Los golpes rara vez mermaban sobre él durante los asaltos que realizaba con Lidia: los años de maltrato le habían curtido la piel a manos de su tía Ernestina en su habitación, misma que permaneció siempre sellada tras su fallecimiento. Él la recordaba con escalofríos cuando esta solía encerrarlo en su recámara y masturbarlo sobre su regazo con sus manos frías hasta hacerlo eyacular, manchando su oscuro faldón. «Eres mío, Braulio… ¡Nunca me dejes!», le decía, y entonces, extasiada en una ira incontrolable, lo arrojaba sobre la cama para fustigarlo con un cinturón hasta sangrar.

Sí. Braulio lo recordaba todo: el rostro endemoniado y torcido en una lasciva sonrisa mientras ella se acariciaba los senos desnudos y le azotaba la espalda y las nalgas hasta hacerlo llorar. Él sufría desde entonces pesadillas recurrentes en las que era atosigado por una anciana y gigantesca bruja que lo perseguía a través de la casa, desnuda, con los senos inflados y chorreando sangre por el pasillo; lo arrinconaba en la oscura habitación y lo cargaba sobre su regazo para devorarlo a mordidas, despedazándolo a bocados.

Braulio despertaba llorando por las noches y Lidia lo abrazaba para contenerlo. Así se pasaba la madrugada. Así habían pasado docenas de amaneceres durante los últimos años, entre sollozos, y a la distancia los ecos de disparos, ladridos de perros y sirenas de patrulla proviniendo de la ciudad.

Los fríos ojos de Braulio tenían un motivo: su mirada mezquina impedía el paso a todo gesto humano, salvo a las amorosas caricias de su hermana. Ella, la única digna de su confianza, su acompañante desde la pubertad y su amante a través de los calvarios vividos en esa casa.

Por su parte, Lidia fue siempre la más interesada en el ocultismo. Tenía una mente astuta y mordaz repleta de escenas explícitas de revistas y comics pornográficos que hurtaba en los mercados, con las que mitigaba los tortuosos castigos de su tía Ernestina, quien se afanaba en «proteger» su castidad. Desde adolescente se volvió obsesiva debido a la estricta exigencia de pulcritud: «Las manos y el vestido reflejan tu pureza, Lidia. Por eso debes mantenerlos limpios», decía la diabólica mujer, amenazando con golpearla, tirarle del cabello o… algo mucho peor. Cuando se hizo adulta, Lidia siempre estuvo atenta a los detalles durante los asaltos para evitar errores; era meticulosa al ejecutar sus planes. Incluido el deceso de Ernestina.

Cuando alguien se negaba a entregarle alguna pertenencia, ella los encañonaba con una vieja pistola que había hallado bajo la cama de la difunta tía y que debió pertenecer a su marido antes de que la abandonase. Nunca le tembló la mano. No obstante, pese a su propia crueldad, Lidia respetaba ciertos límites: había prometido nunca asesinar a nadie más. La muerte de Ernestina había sido absolutamente necesaria.

Siempre le contaba todo a su hermano, solo una ocasión se atrevió a ocultarle un secreto; a él que la amaba con locura y le depositaba una confianza absoluta. Una tarde de octubre, Lidia salió sola de casa rumbo a la ciudad para conseguir dinero. Se encontró con una turista que portaba un lujoso anillo de oro; logró llevarla a un callejón solitario amenazándola con una filosa navaja prestada por Braulio. Todo iba de acuerdo al plan hasta que, tras algunos forcejeos y una especie de… arrebato de ira y miedo, Lidia le cercenó el dedo a la mujer cuando esta se rehusó a entregar su preciada alhaja, para luego abandonarla con la mano ensangrentada y llorando en el oscuro callejón.

Ese era tan solo uno de sus peores recuerdos recientes. El rostro de esa mujer la seguía a donde fuera, causándole pavor. Pero Lidia se abstuvo de contárselo a Braulio.

Desde ese entonces, el destino ya estaba echado.



La tarde que antecedió a la tétrica llamada de emergencias, el par de hermanos volvieron a casa después de ir al mercado. Abrieron el zaguán de la casona y guardaron la motocicleta. Se dedicaron algunos minutos a contabilizar las ganancias del motín. Luego fueron directo a su habitación con un par de botellas y dos vasos de cristal. Como siempre, Braulio comenzó a beber primero para después dormir una siesta sobre la cama. Lidia preparó las velas negras para su pequeño altar improvisado sobre el tocador de la recámara: en el espejo habían pegadas imágenes siniestras de oscuras entidades a quienes se encomendaba y agradecía con devoción, demostrándoles su fidelidad por la buena fortuna.

Tomó su nuevo teléfono, él último que había robado, y se buscó en internet ciertas páginas sobre ocultismo a las que solía acudir para aprender más sobre oraciones e invocaciones.

Encontró algunas direcciones que anunciaban supuestos libros sobre demonios antiguos. Continuó tocando la pantalla del teléfono y pulsó varias veces sobre las letras resaltadas que decían «DESCARGUE AQUÍ». El teléfono se quedó pasmado. Lidia creyó que los datos móviles se habían agotado justo antes de abrir el último portal para hacerse de interesantes libros digitales.

—Maldita porquería —susurró, dando un trago al ron que le había servido Braulio, quien descansaba con el torso desnudo.

Ella miró su pecho descubierto… Se le antojó acariciarlo con sus manos y sintió un estremecimiento.

De pronto la pantalla del teléfono adquirió un fugaz tono rojizo y brillante que la encandiló antes de dar paso a lo que parecía ser la interface de un blog con fondo color hueso. A Lidia le llamó la atención. No era la típica página llena de imágenes con pentagramas o insignias satánicas, sino tan solo era una pantalla blanca que recibía a los visitantes con una leyenda:

Diabolus est veteris: sed et omnes linguas nescit.


Y más abajo, traducido:


Aunque el diablo es viejo, conoce todas las lenguas.


A continuación se mostraban fragmentos de textos que no alcanzaba a reconocer y ciertas palabras escritas con caracteres ininteligibles. Siguió viendo el resto del material: había imágenes escaneadas y fotografías de textos borrosos en varios idiomas, indudablemente viejos: páginas amarillentas desprendidas de tomos antiguos y lo que parecían ser algunos trozos de papiro con letras escritas en tinta cobriza. Lidia se sintió hipnotizada por las letras apenas legibles y empezó a recitar, sin darse cuenta, un fragmento de un antiguo poema traducido al castellano que rezaba:


Levantad los huesos y la carne hacia el altar

El Príncipe Asmodeo aguarda sediento

Él os llevara consigo a la gloria

Allí, donde dolor y placer se unen


Dejaros conducir por vuestra majestad

Dejaros llevar y vosotros también lo veréis

El príncipe os llevará consigo a la gloria


Apenas concluyó los versos, la recámara se sintió ligeramente más fría pero la joven siquiera lo percibió. Mientras tanto, afuera de la casa, la tarde comenzó a caer y un lejano ventarrón empezó a soplar desde oriente sobre la lúgubre ciudad, levantando el polvo y la basura de las calles, como un aliento putrefacto; un viento que murmuraba desde el más allá, arrasando con la quietud, arrastrando consigo la inmundicia: desde los altos edificios de la metrópoli hasta los tétricos pasillos de los mercados y luego hacia las lóbregas calles del barrio donde los hermanos Cruz vivían. La ventana entreabierta de la habitación dejó colarse una fría corriente que sacudió las cortinas rojizas y las diminutas llamas de las veladoras negras frente a Lidia tintinearon hasta casi extinguirse, haciéndole sobresaltarse.

—Braulio… —llamó con una voz temblorosa, despertando a su hermano—. ¡Braulio, ven!

Este se incorporó cansino para aproximarse a ella, con somnolencia, casi arrastrando los pies. La abrazó por la espalda y comenzó a rozarle el cuello con los labios.

—Ya apaga esas velas —le dijo, entre besos detrás de sus oídos y sobre sus mejillas—. Es hora de ir a la cama.

—Pero Braulio… —repuso Lidia volteando para mirarlo—, ¿qué no lo viste?

—¿Qué cosa? —preguntó él, levantándole la falda con una mano para enseguida colarse dentro de su ropa interior y frotar con suavidad su entrepierna húmeda y caliente, apretando su cadera contra la de ella, reclinándose sobre su hombro para besarle nuevamente el cuello.

Un escalofrío tomó a Lidia por sorpresa y cerró los ojos al sentir el cuerpo de Braulio frotándose con vigor contra su espalda, percibiendo su miembro endureciéndose entre sus nalgas, y el jugueteo de sus dedos que empezaba a mojarla.

—Yo… yo vi… —dijo ella, haciendo pausas involuntarias, suspirando y emitiendo tenues gemidos al sentir esas caricias. Se dio media vuelta y buscó los labios de Braulio para besarlo: estaba sumamente excitada, tomada por un súbito placer.

Acto seguido, el muchacho recorrió los hombros de Lidia con sus manos antes de desgarrar la delgada blusa y dejarle expuestos los senos como frutos deliciosos. Besó centímetro a centímetro la piel de Lidia, esa exquisita piel de marfil, comenzando por la garganta y acompañando su trayecto con mordidas, dejando suaves marcas sobre el cuello de la joven y en los hombros desnudos; acariciándole también los antebrazos; mordiendo esos senos como frutos prohibidos; bajando las manos hacia el vientre infértil; recorrió las modestas caderas de la muchacha antes de quitarle la falda y dejar que las bragas se deslizaran sobre sus largas piernas, llenas de antiguas escarificaciones, hasta caer al suelo; le apretó los glúteos y los abrió ligeramente para deslizar sus dedos sobre la vulva e introducirlos en su vagina ya lubricada.

Lidia apretaba su mano sobre la entrepierna Braulio, acariciando la dura erección que clamaba por ser liberada. Entonces ella lo empujó sobre la cama y se reclinó sobre él para desabrocharle el pantalón: enseguida metió su mano fría bajo la ropa interior y acarició el miembro duro y caliente, sintiéndolo palpitar, rozando el escaso vello púbico. Después bajó también la trusa del muchacho e inició una felación, mientras él se recostaba sobre la cama y contemplaba las paredes blancas de la habitación, estremeciéndose al sentir las manos frías de Lidia acariciando su abdomen y sus muslos, y su lengua húmeda recorriéndolo de arriba a abajo. Él ahí, tendido, recogiéndole el cabello a su hermana detrás de la nuca; y ella arrodillada entre sus piernas, succionando y lamiendo, haciéndole sentir tan bien...

Las flamas de las velas bailaba ante la ligera corriente que entraba por la ventana, acompañadas por la escueta luz del alumbrado público: el aire frío había dado paso a una brisa caliente y un vapor invisible empezó a inundar la recámara. Los jóvenes hermanos sobre la cama: Lidia trepó a la cadera de Braulio, tomó el pene erecto con la mano y lo condujo para penetrarla, después se reclinó sobre él y lo besó. Besos húmedos y apasionados. Los genitales se impactaban mutuamente, primero con delicadeza, manteniendo armónicos ritmos constantes durante los primeros minutos; luego dieron paso a golpeteos rápidos cuando Braulio levantaba su cadera, sintiendo su miembro deslizarse dentro de Lidia. El aire en la habitación se impregnó con el sudor de sus cuerpos desnudos: él le acariciaba las piernas y ella brincaba sobre él, excitada, apretándose los senos con las manos… luego era Braulio quien le estrujaba los pechos y le rozaba los rojizos labios con los dedos; entonces ella los chupaba. Sí, con ansiosos chupeteos.

Los resortes en la vieja cama rechinaban al compás de sus movimientos, sacudiéndose con ellos, cada vez más, cada vez más… Cambiaron de posición y Braulio se recostó sobre el vientre de su hermana, moviéndose con brusquedad para penetrarla con fuerza a ritmos desiguales. Lidia lo apresaba con brazos y piernas, excitada, tomada por esa pasión desmedida.

Entonces escuchó un ligero murmullo proveniente de la oscura esquina en la habitación. Las velas negras ya estaban apagadas sobre el tocador, a un costado de la pared, y junto a la pared, una mujer: la mujer del callejón… con el dedo anular amputado. Mirándola.

Lidia sintió un escalofrío y tuvo ganas de gritar, pero no podía.

La mujer estaba ahí, recostada junto al oscuro y sucio muro que no correspondía a las blancas paredes de la recámara. La mano todavía le sangraba; miraba a Lidia desnuda, siendo penetrada por Braulio sobre esa cama en medio del callejón de la ciudad en esa tarde de octubre.

—¿Cuándo se lo dirás? —preguntó en voz alta, atravesando la oscuridad, haciendo que la joven se estremeciera de pánico—. ¿Cuándo le dirás lo que me hiciste, mi niña? ¿Acaso ya olvidaste tu pequeño secreto?

Lidia lo sabía. Sí. Lo sabía muy bien. No había solo el dedo amputado. Aquella mujer yacía muerta sobre las bolsas de basura en el callejón. Ella la había matado con el revólver. Lidia cerró los ojos y apretó los párpados, luego apretó también los puños detrás de Braulio. Sintió las manos húmedas y un objeto sólido en la palma izquierda. Las abrió y dejó caer sobre la cama el pequeño artefacto que rebotó hacia el piso. El revólver. Tenía ambas manos manchadas de sangre.

—¡Lidia! —escuchó gritar de repente desde el fondo del callejón—. ¡Ya te he dicho que te laves tus putas manos!

Frente a ella yacía la tía Ernestina entre las bolsas de basura del callejón, vestida con las ropas manchadas de sangre. Su rostro y su mirada rabiosa ahora reemplazaban la cara de aquella turista, justo como esa ocasión, cuando Lidia solo pretendía robarle la alhaja y súbitamente miró a la muerta Ernestina exclamando:

—¡Eres una puta, Lidia! ¡Levántate la falda ahora mismo! —ambas forcejeaban—. ¡Tienes que aprender que las niñas buenas no se ensucian las manos!

Estaba aterrada y entonces disparó. Después le cortó el dedo con la navaja y huyó en medio del pánico repentino.

Lidia se sintió desfallecer; se aferró al torso de Braulio, abrazándolo con más fuerza que nunca, apretándolo contra ella, encajándole las uñas sobre la espalda hasta hacerlo sangrar, tan hondo que casi le llegaron a los huesos de los omóplatos: su hermano seguía penetrándola con ese golpeteo constante. Los dedos de su hermana enterrados en su carne, lejos de detenerlo, produjeron en él un arranque bestial de furia y pasión desenfrenadas. Comenzó a embestir el delicado cuerpo de Lidia con una fuerza desmedida que empezó a desgarrar a ambos. Entonces ella tiró del cabello de él, excitada como nunca antes lo había estado; Braulio se libró y le asestó una poderosa mordida sobre el hombro desnudo.

—¡No podemos seguir con esto! ¡No debemos! ¡Para!

La masculina voz rebotó sobre las paredes y llegó hasta los oídos de Braulio: este miró en derredor. Vio la oscura habitación abandonada donde solía dormir su tía; las imágenes religiosas, los crucifijos, los escapularios. Ahí estaba su padre, también llamado Braulio, sentado sobre la cama con el pantalón abierto, y entre sus piernas, la tía Ernestina, con las manos aferradas sobre su pene erecto…

—¡No me digas eso! —gritó ella desesperada, sin dejar de masturbar a su tembloroso hermano, quien trataba de detenerla—. ¡Mi marido ya me dejó! ¡No puedes dejarme tú también!

—¡Detente! —reclamó este. Se reincorporó y abotonó su pantalón—. ¡Mis hijos están creciendo y no voy perder a mi mujer!

Braulio vio a su padre abandonar la habitación, dejando a la mujer gritando, desgarrada, llorando. Ella lo amaba y su esposo la había dejado al enterarse del incestuoso amorío. Entonces Ernestina volteó y miró a Braulio penetrando a Lidia en el centro de la cama, con los genitales sangrando. Él la veía horrorizado: había desgarrado, sin darse cuenta, un trozo del hombro de Lidia.

—¡¿Y tú qué carajos miras?! —bramó la furiosa tía Ernestina, hurgando con su mano bajo la cama y tomando un pequeño revólver, para enseguida lanzarse sobre la cama donde ambos jóvenes seguían encastrados el uno en el otro. Y gritó apuntándole con el arma—: ¡Muérete de una puta vez!

Braulio apretó los párpados y escuchó el primer eco atronador de un disparo junto a sus oídos: la bala se perdió en el torso de una mujer que yacía en la parte izquierda del colchón. Era su madre. Ahora él y Lidia estaban en su habitación. La tía Ernestina se había metido a la casa esa madrugada y la había matado, e inmediatamente disparó en el pecho de su hermano, el otro Braulio, quien había despertado sacudido por el terror, del otro lado de la cama al ver a su esposa ser asesinada.

En medio del colchón, los dos jóvenes, sus hijos, entregados mutuamente con una pasión desenfrenada.

—Esto te ganas por dejarme, Braulio… —susurró Ernestina, reclinándose sobre el rostro de su propio hermano muerto—. ¡Jamás debiste dejarme! ¡Te amaba! ¡De verdad te amaba!

Después hubo una pausa. El joven muchacho estaba casi paralizado por el horror pero su cuerpo no dejaba de moverse sobre Lidia, estaba poseído por una fuerza desconocida; entonces la siniestra mujer volteó y lo miró a los ojos: él lloraba con un terror indescriptible.

—Eso te ganas por manchar mi faldón con tu sucio semen, maldito niño pervertido… Debiste decirle a Lidia que esa noche despertaste y me viste huir.

Enseguida se enderezó: Braulio notó los senos expuestos, iluminados por la luz de la ventana. Escurrían sangre. Después Ernestina abandonó la habitación, flotando como un fantasma, dejando a sus sobrinos penetrándose y desgarrándose en medio de los cadáveres de sus padres sobre el viejo colchón.



La cama crujía casi a punto de romperse; la bombilla de la habitación parpadeaba frenéticamente; las cortinas se sacudían una vez más, agitadas por un viento demoníaco. Braulio y Lidia se entregaban el uno al otro en el acto lujurioso más profundo y descarnado que jamás hubieran compartido antes; respiraban el mismo aire viciado de deseo, sentían los roces de su piel exacerbados con cada golpe y cada embestida salvaje entre sus caderas, cada deslizamiento fálico al interior de la cavidad vaginal de Lidia que los desgarraba mutuamente una y otra vez, una y otra vez… Ambos en medio de deseo profundo, tan profundo como las abismales aguas del mar, como el oscuro cielo de la noche infinitamente lejano. Tan profundo que sentían el tiempo colapsar a su alrededor.

Los dedos enterrándose completos en la piel del otro, los gritos de placer mezclados con alaridos de dolor y agonía; los gemidos y suspiros; ese aroma a sudor mezclado con el olor metálico de la sangre salpicando la cama; la suave danza, al inicio rítmica y armónica, había degenerado en una dantesca orgía, en la que ambos hermanos se aferraban el uno al el otro, atrapados en un abrazo mortal, desfalleciendo pero sin poder morir; fundidos entre el calor extremo de sus cuerpos, de esa piel humeante, ¡estaban ardiendo de verdad!

La carne encendida como roca volcánica, desprendiéndose a girones; cada nuevo roce se volvía una nueva llaga; sus pieles eran ascuas al rojo vivo, y ellos atrapados ahí; hermano y hermana, dos amantes con los torsos desnudos, fundidos como el metal caliente; sus cuerpos se desgarraban cada vez más en el vaivén imparable, con cada nuevo golpe y cada tirón.

En el rincón de la recámara, el rostro de tía Ernestina surgía entre las paredes, acompañada de un grotesco amasijo de carne y ojos, miles de ojos vigilantes, todos ellos posados sobre la pareja de jóvenes hermanos copulando salvajemente. Ella observaba, atenta, con ojos de chivo y buey en su otro par de cabezas en su cuerpo gelatinoso, amorfo, batiendo un par de alas con pliegues de cuero y múltiples extremidades con manos que parecían rezar, algunas, y otras posadas sobre los senos descubiertos, chorreando sangre, o acariciando sus grotescos genitales expuestos.

—No desesperen, mis niños… —susurraba en tono lúbrico con una voz monstruosa—. El camino del sufrimiento siempre lleva a los mártires a recompensas inimaginables.

La tía Ernestina, esa bestia lasciva, observaba a Braulio devorando a Lidia y a Lidia devorando a Braulio, ambos hermanos entregados en una pasión mortífera; sus mil ojos lamiendo con grotescas miradas los torsos fundidos, vigilando a Lidia sacudirse en espasmos incontrolables al ser penetrada por Braulio. Y aquellos dos, tan solo un par de despojos, aún con la sangre hirviendo como el magma, todavía sentían los escalofríos producidos por el inquietante y morboso demonio disfrazado con el rostro de su difunta y psicótica pariente.

La tía Ernestina los vigilaba.

—¡Pidan perdón por sus pecados! —Un coro de voces agudas y chirriantes manaban de esa entidad quimérica, como los gritos de las míticas arpías—. ¡Arrepiéntanse! ¡Pidan a Dios Todopoderoso por misericordia! ¡Pidan perdón por los crímenes de su familia! —bramaba—. ¡Su sangre está maldita! ¡Lo está desde hace varias generaciones! ¡Ha sido la Cruz! ¡Su estirpe los ha condenado!

La habitación era un pandemonio absoluto, una orquesta de gritos, de rugidos demoníacos que luego dieron paso a risas cínicas y descontroladas, acompasadas por los llantos de Lidia y los gemidos de Braulio.

Desde la casa continua, una vecina escuchaba aterrada aquellos alaridos infernales reverberando sobre los muros, erizándole la piel hasta producirle un sudor frío. Tomó el teléfono con su trémula mano y marcó el número de emergencias.

Sobre la cama, una única masa escarlata, hecha con jirones de piel y cuero, burbujeaba en un torrente de sangre, y sus superficies desolladas palpitaban frenéticamente más y más, cada vez más, mientras alcanzaba el clímax del desenfreno, el goce más allá del placer de los mortales, el perpetuo éxtasis más allá de cualquier visión nunca fantaseada por la humanidad. Y entonces, todas las paredes de la recámara se salpicaron en una explosión de lluvia carmesí…



Los amantes, aún unidos en esa quintaesencia indivisible, flotaban perdidos y unidos, amándose más allá de lo impensable, entre los confines de una realidad ultraterrena ajena a cualquier dimensión remotamente soñada por los poetas. Los cubría la calidez de una luz blanquecina y una profunda sensación de serenidad.

Mientras tanto, en el viejo mundo que ambos hermanos abandonaron sin percatarse de ello al trascender, la humanidad se horrorizaba ante los últimos vestigios de su vida previa a los placeres infinitos entregados por el príncipe infernal. Los muros manchados de sangre componían la trágica escena dentro de la última habitación del 54-B; la ropa desperdigada en el suelo y, sobre la cama, un amasijo de vísceras embarradas en las sábanas quemadas.



Nota del autor: escrita entre el 10 y 12 de abril de 2020. Nunca había sentido tan insistentemente que no debía concluir un relato. Escribo horror desde hace años, pero esto es lo más monstruoso que he redactado hasta ahora. Los días frente al teclado han sido eternos… Me he sometido a álgidos momentos de tensión y encierros en la oscuridad para alcanzar a transmitir la angustia genuina. Así trabajo. Y este es el fruto podrido de mi labor.
28 de Abril de 2020 a las 03:42 19 Reporte Insertar Seguir historia
14
Fin

Conoce al autor

Andrés Díaz Bienvenida/o a mi perfil, acá encontrarás historias macabras y fantásticas. Soy psicólogo clínico. Escribo desde los 12 años. Mis mayores referencias literarias son Poe, Lovecraft, King, Pacheco, Rulfo, Dávila, Quiroga, Cortázar, Borges, entre otros. Sígueme en: Instagram: andresdiaz_escritor Cuenta en inglés: andres_dm_eng Wattpad: Andres22DM Sweek: AndresDM

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Vanessa Berlanga Vanessa Berlanga
Me sorprendió bastante. En un principio creí estar leyendo algo escrito por Lovecraft hasta que me recordé que estaba en Inkspired. También me encantó la forma en la que describiste todo, lo justo para que el lector se imaginara lo que estaba pasando. Muy retorcido, pero bien escrito.

  • Andrés Díaz Andrés Díaz
    Te agradezco muchísimo por el comentario. Es todo un halago lo de Lovecraft jaja en verdad que eso ya hizo mi tarde. Y aprecio tus palabras, es una historia que me costó bastante, justo por lo explícito y lo retorcido de las situaciones y las escenas. Ya te sigo también y nos estamos leyendo, un saludo desde México! 1 week ago
Menyaldis Quenalu Menyaldis Quenalu
He sido brutalmente atada desde el comienzo a seguir leyendo, y al terminar estoy satisfactoriamente estremecida. Aunque tal vez faltó un poco más el detallar cómo terminaron los hermanos, pero fuera de eso, espectacular.
May 07, 2020, 05:27

  • Andrés Díaz Andrés Díaz
    Te agradezco muchísimo por el comentario y por la observación. Intentaré darle un poco más de extensión a esa parte final. Actualmente estoy trabajando en desarrollar esta historia para hacerla una novela breve. ¡Te mando un saludo desde México! May 07, 2020, 12:22
Is Bel Is Bel
Me ha gustado mucho tu relato, está muy bien escrito y bastante detallado. Además, es original y curioso. Soy psicóloga también asi que me ha parecido interesante el tema de la tía Ernestina.
May 04, 2020, 21:20

  • Andrés Díaz Andrés Díaz
    Hola, te agradezco mucho que hayas leído esta historia y también el comentario. Es genial descubrir a otros psicólogos y psicólogas aquí en la plataforma. ¿Desde qué teorías te enseñaron? :) En mi universidad la teoría principal para la clínica es el psicoanálisis, y siempre me resulta buena herramienta a la hora de crear mis historias. Si te interesa el tema, hay algo que en psicoanálisis se llama "el mito familiar", y ese fue el eje de la historia entera. Nos seguimos leyendo. ¡Te mando un cálido saludo desde México! May 05, 2020, 01:08
  • Is Bel Is Bel
    En la universidad, en España, principalmente se enseña las técnicas cognitivo-conductuales. Pero el psicoanálisis sigue estando muy presente en la clínica. May 05, 2020, 12:16
Paul Larios Paul Larios
¡Muy buen cuento! Me gustó cómo se desenvolvió la historia y como encajaba con los personajes. Sólo una observación, le faltó un poco más de descripción y detalle al descuartimiento de los hermanos para darle el shock final a la historia. También tomo en cuenta que este cuento fue difícil para ti en escribirlo pero ya que estabas en esa mentalidad es bueno para desahogarte. Saludos.
May 03, 2020, 18:35

  • Andrés Díaz Andrés Díaz
    Te agradezco mucho el comentario y la observación tan oportuna. En su momento escribí esta historia para una editorial con un límite de 5 mil palabras. Al final el cuento no fue seleccionado por algunos errores en la versión previa, pero sí tuve que concentrarme en no exceder esa cantidad de palabras y aún así desarrollar todo de manera coherente. Pienso extender este relato para hacer una novela breve para otro concurso. Y tomaré en cuenta tu observación para darle más profundidad a esas últimas escenas tan viscerales. ¡Te mando un saludo desde Querétaro, paisano! P. D. Aún te debo la respuesta a tus comentarios en mi cuenta en inglés. May 03, 2020, 18:48
Baltazar Ruiz Baltazar Ruiz
Un relato excelente, creo que no le agregaría ni le restaría nada. Vale la pena sentarse a leer esto con calma y dejar que la narración te absorba, porque lo logra desde el principio. Excelente.
May 03, 2020, 15:55

  • Andrés Díaz Andrés Díaz
    Te agradezco muchísimo el comentario y la reseña, mi estimado. Seguimos leyéndonos mutuamente y aprendiendo. ¡Te mando un saludo enorme! May 03, 2020, 18:43
Leonardo Nin Leonardo Nin
Saludos desde Venezuela.
April 30, 2020, 02:28

  • Leonardo Nin Leonardo Nin
    !Por supuesto! Respeto y sinceridad ante nada, como autores que somos claro que te leeré, tus historias, yo por mi parte ya casi estoy que envió una o hasta 2, el asunto es que hago tarea y eso hace de que me tarde en publicarlas, pero, seguro que leeré tus obras, un saludos desde Venezuela. April 30, 2020, 02:55
Leonardo Nin Leonardo Nin
He leído tu trayectoria por el perfil de tu cuenta apenas soy nuevo, me encanto esta historia en particular, tiene ciertos errores, que tal vez deberías verificar, ya que no quiero resaltarlos por cuestión de discreción. Tu historia habla de un horror, mezclado de psicología y ocultismo de una manera directa, pero, que termina con un final, en donde ya nada tenia reparación porque ya todo estaba dañado, historia como la tuya de verdad son increíbles, porque habla de un final extraño y a la vez terrorífico con las secuencias descriptiva de las relaciones sexuales entre los horrores que presenciaban los protagonista en la trama. Si quieres entra en mi perfil y te lees mis historias, la cuales están narradas como cuentos. apoyame con reseñas o con comentarios o como mejor se te haga a ti, si es que de verdad te gusto las historias. De nuevo, este cuento ha sido excelente, solo corrige los errores para que quede con muy buenas descripciones y elegancia que es lo que debería acompañar toda una buena historia, cuento y novela o relatos.
April 30, 2020, 02:27

  • Andrés Díaz Andrés Díaz
    Leonardo, antes que nada, te agradezco la lectura, el comentario y las observaciones. Con gusto leeré tus historias y te dejaré reseñas sinceras. Suelo dejar comentarios y observaciones igualmente con pleno afán de ayudar a corregir algunos detalles. Siéntete libre de indicarme tus observaciones, ya dejaste claro tu motivo de apoyo y eso se aprecia. Que bueno que te haya gustado el relato y mucho mejor que la duda o la reflexión sobre estos horrores se hayan logrado mientras leías. Te invito a que nos sigamos leyendo, tengo algunas otras historias que quizá te agraden. Y siempre son bienvenidos los comentarios y críticas constructivas. Mientras el respeto sea mutuo, todo bien. ¡Te mando un cálido saludo desde México! April 30, 2020, 02:36
Luca Domina Luca Domina
Wow Andrés! Un relato increíble, y muy oscuro.. Me encantó! Se nota la dedicación. Sigue así, saludos!!
April 28, 2020, 04:38

  • Andrés Díaz Andrés Díaz
    Aprecio mucho tu comentario, en especial porque considero que tus historias son joyas del horror y el suspenso. He aprendido mucho leyendo de tus libros y relatos. En verdad significa mucho. Incluso me siento tentando a pedirte con todo respeto, y si es que tú lo aceptas, entregar la primera reseña de esta historia. Las reseñas, aunque quizá parezcan solo algo superficial, en realidad catapultan a las historias hacia las verificaciones, y esto consecuentemente ayuda al escritor(a) a crecer. Por ello me dedico constantemente a dejar lecturas, votos y reseñas tanto en tus historias como en las de otros autores(as) que tienen talentos fenomenales. Espero no tomes a mal el comentario, y por mi parte seguiré entregando reseñas a tus historias porque me fascina la genialidad con que logras narrar los más inusuales e intrigantes horrores. ¡Te mando un caluroso saludo desde México! April 29, 2020, 13:43
  • Luca Domina Luca Domina
    Con gusto escribiré una reseña. Normalmente no lo hago porque soy malisimo para eso jajaja Saludos desde Argentina! April 29, 2020, 15:25
  • Andrés Díaz Andrés Díaz
    Te agradezco muchísimo y de verdad que lo aprecio. Y mira que pese a lo que dices te quedó muy buena, se ve muy profesional jaja Creo que lo importante es siempre ser sinceros y también apoyarnos como escritores. ¡Que estés muy bien, mi estimado, excelente fin de semana y nos seguimos leyendo! April 29, 2020, 18:58
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