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Marcela Contreras


Dayanna es la hermana mayor de dos pequeñas gemelas que tienen 12 años. Los coqueteos y miradas lascivas de los chicos le resultan irritantes, pues años atrás fue lastimada por uno que la llegó a desilusionar de la peor manera; pero cuando Drake llegue a su vida, cambiará su manera de pensar, y poco a poco su amor por ella tocará su corazón hasta que lo deje entrar. Sin embargo, la vida les enseñará que nada es fácil y pondrá su amor a prueba hasta el final. "Esos ojos grises que transmitían humildad, amor y pesar, fueron aquellos que tocaron mi alma y que al final me llenaron de amor una vez más".


Romance Romance adulto joven Todo público.

#romance #drama #juvenil #resiliencia
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La mudanza

Dayanna

Vuelvo a dar otro puño en el saco de boxeo. Todo mi cuerpo está empapado de sudor y mi corazón late a toda prisa, pero nada de eso me importa, porque la imagen de esta mañana se vuelve a repetir en mi cabeza.

Estaba de camino hacia este gimnasio como todos los días lo hago, sin embargo, lo que no pude imaginar que me ocurriría en el trayecto, fue que un hombre mayor de edad tocaría mi trasero. Sí, un estúpido viejo me tocó el trasero como si fuera lo más normal del mundo, y claro, yo no me iba a quedar quieta ante su acto, así que sin importarme todo ese rollo de que a los adultos se respetan, le iba a dar una larga charla sobre lo que me hizo; pero antes de que lograra hacerlo, el señor se mezcló con la multitud de personas que había alrededor de la calle.

—¡Los hombres son unos completos idiotas! —expreso mi disgusto con vehemencia y vuelvo a lanzar otro puño en el saco, causando que las pocas personas que se encuentran en este lugar volteen a mirarme con cara de preocupados y algunos con cara de que estoy loca.

Los ignoro, decidiendo que ya es hora de ir a mi casa, además, todo esto me ha dejado exhausta.

Quito los guantes de boxeo que tengo en mis manos. Camino hasta una pequeña mesa en donde tengo mi bolso, sacando de él una toalla y botella de agua. Bebo todo el líquido y seco de mi rostro el sudor que se encuentra. Guardo todo, y ya cuando salgo de este lugar, miro la forma en que la camisa que llevo puesta se encuentra tan moldeada en mi cadera y pecho.

—Maldición, ahora sí voy a tener que lidiar con muchos idiotas hoy de regreso a mi casa —hablo para mí misma.

"Nunca traeré esta estúpida camisa para el gimnasio. Aun si no tengo más que ponerme, puedo pedir prestada una de mamá".

Camino, aún maldiciendo dentro de mi cabeza por la negligencia que cometí. Manteniendo la vista fija en todo lo que me rodea, logro percatarme de que algunos idiotas posan su mirada en todo mi cuerpo sin la más mínima pizca de disimulación. Uno de cabello negro que está fumando un cigarrillo, obstruye mi paso, tira su cigarrillo al piso y lo aplasta. Luego, me guiña el ojo, como si con eso fuera a caer rendida a sus pies.

—Hey, bombón. ¿No quieres que te lleve a mi casa a ver si se te quita la amargura? —dice el desconocido con rostro de engreído.

—¿Y tú quieres salir castrado? —le pregunto con voz seria, aunque, su cara de estúpido al reflejar sorpresa por mis palabras me tiene muerta de la risa por dentro.

Sigo mi camino, sin esperar a ver cuál es su reacción a parte de encontrarse anonadado.

Mientras me falta poco para llegar a casa, disfruto del suave viento que merodea y veo el cielo despejado que me recuerda a el color de los ojos de papá. Mentiría si digo que no lo extraño, pero tengo que ser fuerte por mis hermanas y mamá. No puedo mostrar debilidad ante los demás, porque si lo hago, me volverán a lastimar como antes, y eso no lo deseo, pues ya he sufrido lo suficiente a causa de un amor falso.

Llego finalmente a mi dulce hogar. Observo el césped que se encuentra bien cuidado a causa de mis pequeñas hermanas que las amo tanto. Justo a mi lado derecho, se roba toda mi atención aquel árbol en el que ha presenciado muchos recuerdos felices. En este árbol frondoso, mi papá solía contarme cuentos cuando estaba muy aburrida, despertando en mí, la curiosidad por saber el cómo sería vivir una aventura al igual que los personajes ficticios.

Sonrío, debido a esos momentos tan agradables.

Subo los escalones, quedando finalmente frente a la puerta de entrada. Toco suavemente con mis nudillos un par de veces en esta, hasta
que mamá la abre.

—Hola, mamá —la abrazo y le doy un beso en su mejilla.

—Hola, Dayanna —me devuelve el abrazo, y juntas entramos a la sala de estar.

Mamá se dirige a la cocina, e inmediatamente, percibo el olor a galletas de chocolate. Ella introduce la masa de las galletas en un molde y lo coloca en el horno.

—Es raro que estés haciendo galletas —le informo, acercándome a la encimera de madera. Llego y me siento en el taburete, dirigiendo mi vista al horno.

"Huelen deliciosas".

—Escuché decir a una vecina que alguien se va a mudar a la casa de al frente —dice mamá, fijando sus ojos en los míos y luego en mi cabello.

—Y eso significa... —espero a que termine la frase, aunque creo saber su respuesta.

—Significa que las galletas son una muestra de bienvenida —se acerca a mí, pasando un mechón de cabello que se me ha escapado de la coleta detrás de mi oreja—, y tú se las ofrecerás de buena manera.

—¡Yo por qué! —pregunto sobresaltada, levantándome del taburete.

—Porque eres la hermana mayor —responde, dándome la espalda, lo cual significa que me calle, si no quiero que me vaya mal.

Dejo la cocina al saber que no puedo protestar en contra de mamá. Subo las escaleras que conducen hasta mi habitación. Entro, deshaciéndome de mi bolso al tirarlo en el borde de la cama. Decido bañarme, pues empiezo a oler desagradable.

Ya estando en la ducha, lavo mi cabello. Después, enjabono mi cuerpo. Mientras lo hago, pienso en el asunto de la bienvenida. No me gusta tener que darle la bienvenida a un nuevo vecino, ya que cuando nosotras llegamos a este barrio, nadie nos la dio; así que, ¿por qué tenemos que ser amables ante personas que ni siquiera les importa nuestra existencia?

Salgo de la ducha tan pronto termino de bañarme y me coloco una bata morada. Camino hacia mi cuarto, y de él, llego al ropero, sacando un pantalón corto —no de esos cortos que muestran medio trasero— y una blusa de color azul oscuro que no tiene manga.

Tras vestirme, aplico desodorante y brillo humectante para mis labios resecos. Agarro de la peinadora blanca una peineta y empiezo a desenredar este cabello castaño rojizo que algunas veces me saca de quicio debido a su largura, sin embargo, lo mantengo largo por él.

—Me gusta tu cabello corto, Dayanna —dice él, acariciándolo lentamente.

Todas esas palabras que una vez me dijo cautivaron a mi corazón. Fue por esa razón que, cuando me enteré de que todo era una farsa, dejé que con el tiempo mi cabello creciera, si como con esa simple acción, todo de él se borraría de mi ser.

Coloco la peineta en su puesto, dejando así, aquellos recuerdos en donde deben de estar. En el pasado.

Llego a la sala de estar, y noto a mis hermanas observando algo a través de la ventana.

—Hola, pequeñas —les anuncio de mi presencia, esperando a que me reciban con un caluroso abrazo como lo hacen siempre.

—Hola —dicen ambas al unísono, sin dejar de mirar por la ventana.

—¿En dónde estaban? —les pregunto, deseando que dejen de ver lo que sea que estén viendo para que me presten atención.

—Yo estaba comprando un libro, y Liza, un nuevo manga de romance —habla Lina aún sin mirarme.

—¿Qué es lo que están viendo? —me acerco hasta ellas, y observo por la ventana que en la casa de al frente hay un camión de mudanza.

—Estamos viendo al nuevo vecino —señala Lina a un chico que ingresa cajas en la casa.

—Está muy guapo —expresa Liza, y a pesar de que su rostro se ve neutral, logro percibir segundos después, una pequeña sonrisa ladeada.

—Bueno, ya es suficiente. Ustedes son niñas, y no quiero que estén pensando en ese tipo de cosas —me alejo de la ventana, con la intención de que ellas sigan mis pasos, pero no lo hacen.

Suspiro, sin saber qué hacer para que dejen de ver al nuevo vecino. Además, no me agrada el hecho de que se interesen por chicos a temprana edad, ya que no quiero que ningún idiota las desilusione.

—Mamá, haz algo —camino hasta la cocina, donde ella toma de la encimera una canasta de mimbre y la sostiene entre sus manos.

—Muy bien —me mira con una sonrisa maliciosa que marca las arrugas que tiene al lado de sus ojos—. Niñas, acompañen a Dayanna para que les lleven las galletas de bienvenida al vecino.

—¡Mamá! —reacciono ante sus palabras, puesto que esperaba a que me apoyara y no a que estuviera en mi contra.

—Dayanna, por favor, no empieces —su voz denota cansancio, y por un segundo, me siento culpable. Sé que ella vive gran tiempo de su vida trabajando para darnos lo necesario a nosotras, así que no es justo mi comportamiento.

Tomo la canasta que me entrega mamá, causándole una pequeña sonrisa que me hace feliz, y no solo ella parece alegrarle mi gesto, sino también mis hermanas, las cuales se toman de las manos y comienzan a sonreír y a no dejar de murmurar cosas entre ellas.

Toda esta situación me hace pensar en lo mucho que amo a mi familia. Amo a estas dos pequeñas gemelas que cada día que paso con ellas es como vivir un día lleno de aventuras, y amo con todo mi corazón a mamá, que se esfuerza por nosotras y nos saca adelante a pesar de ser viuda.

"Ustedes son mi vida".

Las tres salimos con las manos entrelazadas. Cruzamos la calle, y lo primero que observo al estar en frente de la casa del vecino es que el carro de mudanza ya no está. Solo hay unas pocas cajas en el césped, y la puerta principal se haya abierta.

Lina y Liza se sueltan de mi mano. Ambas se miran la una a la otra, como si se estuvieran hablando telepáticamente. Caminan en dirección a la puerta, y asoman su cabeza por esta, dejándose llevar por la curiosidad, lo cual considero que es algo imprudente. La principal razón de esto es que es un vecino, y la mayoría de los hombres son unos idiotas pervertidos.

—Niñas, es inapropiado estar husmeando por ahí como si nada —les advierto, a la espera de que se alejen, y lo hacen, mirándome con una expresión de decepción.

—Pensé que habría algo interesante —admite Lina, colocando pucheros en su rostro.

—Yo igual —dice Liza, pateando una piedra pequeña del césped.

—Pues lo siento, si no hay nada que les llame la atención —confiesa una voz que no conozco, e instantáneamente, todas dirigimos nuestra vista hacia un chico de cabello rubio y piel blanca. Él apoya su hombro en el marco de la puerta, mientras sus ojos grises se quedan fijos en los míos.

—Perdón por el comentario de mis hermanas —me acerco hasta él y le extiendo la mano, en la cual llevo la canasta—. Son galletas de bienvenida —le explico al notar la confusión en su rostro.

—Que amable de tu parte... —deja sus palabras en el aire, tomando la canasta con una sonrisa que no es sexy ni arrogante, sino que es sincera.

—Dayanna, así se llama mi hermana —se acerca a nosotros Lina, observándolo de pies a cabeza—. Yo me llamo Lina y mi hermana gemela se llama Liza.

El rubio las observa detenidamente, como todas las personas hacen cuando las conocen a ellas dos, pues es muy raro encontrar a hermanos gemelos idénticos.

—¿Cómo te llamas? —le pregunto, desviándolo de su observación. Al instante, sus ojos se vuelven a encontrar con los míos, mirándome estos con un aura de misterio.

—Drake —limpia sudor que se desliza de su frente.

—Eres muy guapo —expresa Lina, manteniendo su mirada en los brazos y abdomen de Drake.

—Demasiado —le respalda Liza.

—¡Niñas! —las reprendo, avergonzada de sus palabras, además, creo que el causante de sus actitudes se debe a leer muchos libros y mangas de romance que solo les llena la cabeza de meras mentiras que nunca ocurrirán en la vida real.

Drake se ríe de nosotras, y es imposible que su risa no me contagie, por lo cual, mis hermanas y yo terminamos riéndonos de toda esta situación. Parece ser que este chico es un buen sujeto, porque a lo poco que hemos conversado, no ha demostrado ser uno de esos idiotas que solo les importa el aspecto físico de las mujeres.

—Haber conversado con ustedes ha sido un gran placer, pero tengo que seguir desempacando y terminar de entrar las cajas —señala aquellas que están en el césped.

—Muy bien, no te molesto más. Hasta luego —me despido de él, alejándome de su propiedad, y justo en el momento en el que cruzo la calle junto a mis hermanas, llegando a la acera de mi casa, escucho la voz de Drake.

—¡Hasta luego! ¡Y gracias por las galletas! —grita, denotando alegría en su voz.

Lo miro por última vez antes de entrar a mi hogar, y es inevitable el pensamiento que se forja de mí sobre él.

"Es un chico agradable".

Nota de autor:
Bienvenidos a esta historia que los hará reír, llorar, amar y odiar a algunos personajes. A esta historia ya le había escrito toda la primera parte, pero por razones personales, empecé a escribirla de nuevo. Sin más que decir, espero que les haya agradado.

*Manga: Palabra japonesa para designar las historietas en general. Fuera de Japón se utiliza tanto para referirse a las historietas de origen japonés como al estilo de dibujo utilizado en estas.ayanna es la hermana mayor de dos pequeñas gemelas que tienen 12 años. Los coqueteos y miradas lascivas de los chicos le resultan irritantes, pues años atrás fue lastimada por uno que la llegó a desilusionar de la peor manera; pero cuando Drake llegue a su vida, cambiará su manera de pensar, y poco a poco su amor por ella tocará su corazón hasta que lo deje entrar. Sin embargo, la vida les enseñará que nada es fácil y pondrá su amor a prueba hasta el final.


7 de Abril de 2020 a las 16:44 0 Reporte Insertar 0
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