samuel17993 Samuel Benito de la Fuente

Sus pasos sonaban desde el pasillo, esos tacones altos, que siempre se ponía para ponerse a la altura. El silencio mismo entrecortado nunca contaría a la gente que le daba bastante vergüenza parecer bajita. El taconeo paró de sonar y sus respiraciones solamente podían oírse desde la cercanía. Dentro de su habitación, que se encontraba en el lugar más lejano de la puerta de entrada, al lado del baño. Desde el pasillo del piso se veía la puerta abierta y su espalda y su ropa de fiesta, de toque retro, según había dicho un amable hombre que, por su estilo, tenía un aire de intelectual. No podía decirse que estuviera acostumbrada a las sesiones de hombres de esa 'estatura'. En la puerta de la habitación, ella ya se había quitado los pendientes, un regalo, y se los guardó en una cajita, la cual a su vez resguardaba en un cajón en aquel momento. Luego, su mirada se paró contemplando su cuerpo en el espejo de al lado que estaba en mitad del habitáculo. #Erótica #Mequedoencasaleyendo


Drama Sólo para mayores de 18.

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El Deseo

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EL DESEO

Sus pasos sonaban desde el pasillo, esos tacones altos, que siempre se ponía para ponerse a la altura. El silencio mismo entrecortado nunca contaría a la gente que le daba bastante vergüenza parecer bajita. El taconeo paró de sonar y sus respiraciones solamente podían oírse desde la cercanía. Dentro de su habitación, que se encontraba en el lugar más lejano de la puerta de entrada, al lado del baño. Desde el pasillo del piso se veía la puerta abierta y su espalda y su ropa de fiesta, de toque retro, según había dicho un amable hombre que, por su estilo, tenía un aire de intelectual. No podía decirse que estuviera acostumbrada a las sesiones de hombres de esa 'estatura'. En la puerta de la habitación, ella ya se había quitado los pendientes, un regalo, y se los guardó en una cajita, la cual a su vez resguardaba en un cajón en aquel momento. Luego, su mirada se paró contemplando su cuerpo en el espejo de al lado que estaba en mitad del habitáculo.

Cogió su traje de fiesta y se lo dejó desfilar, cayendo como la muda de un animal o la seda que fabrica el gusano sedero. Alguien había hecho que pareciera toda una dama, pero ahora desnuda se encontró con su sujetador y sus bragas del mercadillo, y le provocó una sonrisita, mientras se tocaba los senos y la barriga. Comprobó el volumen de sus pechos: eran ligeramente pesados, alargados como peras. «Muy vulgares», musitó para sí, como un pensamiento dicho en alto. Se retiró aquel sujetador y se los contempló desparramarse por su cuerpo. El espejo mostraba la masa poderosa de sus senos que, por la gravedad, caían hasta rozar las costillas. Destacaban sus pezones pequeños como pomos de una puerta. Esta vez se auscultó buscando algún tipo de tumor, y por cómo apretaba los pechos, resultaban tener masa por dentro al no poder hundirse sus dedos finos pero duros. Aquellas manos podrían haber trabajado el campo o haber hecho tareas de trabajo manual. Esas mismas bajaron por su cintura y su barriga, redondita, y acabaron en las bragas que se dejaron casi caer con los dedos. El espejo mostraba su pubis con un pequeño bello rizado. Y se miró toda su anatomía en el reflejo sin mover un músculo.

Nadie sabía, porque son cosas de la 'intimidad', que a él le encantaba encontrársela desnuda como ahora. Disfrutaba de poder tener ante sus ojos ese cuerpo, poder tocarlo, poder conseguirlo nada más acercar su mano, poder acariciar su pecho, su barriga, su cintura, su sexo, y ese poder era una miel que atesoraba en la noche profunda de la alcoba y de su hogar. El anillo de su mano, brillantemente reflejado en el espejo, daba entender que era su mujer.

Ella podría explicar a cualquier espectador u oyente cómo llegó a ser la 'mujer de', ese sofisticado 'gentleman', ese hombre conservador en las costumbres y liberal en la vida privada, que se había quedado en las provincias y en un piso como aquél. Cuándo contar que le había conocido por casualidad en el trabajo y le había atraído esa labia y encanto, una seducción propia del que tiene poder y la capacidad de conseguir lo que se le antoja. Se vestía como un hombre elegante, aunque muy similar a otros jóvenes de su edad, normales y corrientes. Sabía engarzarte una sonrisa, encender el encanto y el brillo de la sonrisa, se emperifollaba con un lenguaje cuidado, te ganaba su bella apariencia. En cambio, ¿por qué a él le atraía tanto, aquel cuerpo suyo...? Su autoestima se derretía en esa vida reflejada con el delator espejo.

Esa mirada perdida en el reflejo posiblemente intentaba buscar una respuesta. O alguna relacionada. Qué había en ese ser detrás del cuerpo. A veces, incluso, dudaba de qué había sido, si ese cuerpo había sido siempre así, qué pensaba, qué sentía. Ahora se dedicaba a..., ¿a qué se dedicaba? Había dejado el trabajo por sugerencia de su esposo y se le había prometido realizarse con alguna empresa o cargo. Aún no había encontrado ninguna dedicación, pero sí aficiones: pintura, escritura, clases de inglés y de francés, incluso había pensado en estudiar una carrera, la cual no pudo sacarse por su familia, pobre y trabajadora. Se había adaptado fácilmente a la vida que con el tiempo había sido introducida por su marido. Había ocupado todo ese tiempo con tareas y con distracciones consideradas para una mujer de altura. ¿Cómo era sentirse tan pequeña con aquel hombre? ¿Cómo había acabado elevada a las torres de cristal que le fabricaba su esposo? ¿Cómo elevarse por tan altas escaleras sin caerse, sin precipitarse y defenestrarse al vacío?

No fue rápido, sino paso a paso y lentamente hasta llegar a esta situación. Le había invitado a un restaurante elegante que ni siquiera conocía, luego había tomado unas copas, y finalmente la dejó en casa en su coche, sintiéndose frágil y estúpida ante él. Esto se debía a que todo era nuevo para ella. No lo hicieron, no mantuvieron relaciones sexuales en el primer encuentro, como estaba acostumbrada, y le temblaban las piernas, porque en el fondo deseaba tener su cuerpo sobre ella en su cama solitaria. Pero le acabó por encantar que no sucediera. Era elegante, sofisticado, y toda una serie de detalles más que tenía en mente como superiores. El hecho de sorprenderla y no hacer lo que hacían todos la sedujo. Era una novedad. Durante un tiempo se conocieron, viéndola ocasionalmente en su trabajo, o quedando a cenar tras ir a verla al acabar su jornada laboral, y una noche cualquiera hicieron por primera vez el amor en un hotel elegante. Fue maravilloso, todavía deseaba volver a ese instante. Se sentía poderosa, joven, hermosa.

Se movió por fin del espejo y se echó elegantemente sobre la cama, acariciando las sábanas con sus manos y su desnudez. Se estiró en la cama cual larga era, con la cintura destacándose desde la puerta, al menos desde el lado derecho, con la cama a mano izquierda de la habitación. Desde allí la podías contemplar dispuesta tal como una señorita en una chaise longue de un cuadro, al ojo del sempiterno espectador masculino (que ha sido siempre así por su disposición de poder). Resaltaba su curva, su cintura, estirada para ser cogida con las manos como se quisiera. Sus pechos parecían más abultados y se caían por las curvas, más explosivos al ojo. Su media melena se podía insinuar entre las almohadas, de color rubio teñido, en el que serpenteaban los pelos morenos originales. Estaba expectante, a la espera de su llegada. También podía descansar de la escena de sociedad, casi decimonónica, la cual no entendía. Iba a ellas por aquellos ojos que querrían mirarla desde la entrada. Sus pies se quedaban frío y a veces las piernas necesitaban moverse y juguetear. Era el momento, el mejor clímax, para la noche.

Al fin, terminó con los ojos cayéndose lenta y ocasionalmente, relajándose el cuerpo, y éste se le escurría por uno de los lados de la cama, quedándose las manos en el aire. No pudo evitar perder la conciencia. No supo cuánto. La habitación estaba a oscuras y la penumbra no la dejaba ver nada. El silencio la acunaba con el susurrante cansancio y tedio de las charlas insulsas. Intentó abrir varias veces los ojos, no podía. Quería quedar despierta para recibirlo. Pero no podía. Los ojos fueron sucumbiendo a su sueño, que le reclamaba sobre las manos de su marido. Quería satisfacerlo, estaba insatisfecho con la noche. No resultó como esperaba y era su manera de compensarlo, siempre lo hacía. Si no empezaba a gritar y pegar a los muebles, no quería verlo así. Lo amaba, a pesar de sus defectos, que ella consideraba propios de una mente grandiosa. La Luna entraba por el ventanal del fondo de la habitación y mostraba sus carnes cada vez menos jóvenes. Temía que un día no fuera atractiva. ¿Ella qué tenía? ¿Qué podría ser de ella sin su belleza? Ella antes..., ella podía...

Se encontró con sus ojos mirándola. No lo había oído, no lo había sentido. Desde la cama notaba sus ojos, su aliento, su mano sobre el borde de la puerta. A veces simplemente le gustaba mirarla, tenerla a su lado, rozarla, desnuda. Él se metía a la cama y se desnudaba también para rozarse con su cuerpo. Para ella era lo más bonito del día, sentirse desnudos, cuerpo contra cuerpo. Ahora deseaba, o quería desear, que viniera y siguiera el ritual de desnudarse sobre ella. Estaba pidiéndole con los ojos que viniera a acompañarla, sentir su calor. Sus pasos se fueron a otra habitación y tembló. Sintió una profunda desazón. Rechazada. Creía verlo, imaginárselo deseante, contenido al borde de la desesperación, a punto de hacer lo que deseaba, o quería que hiciera para poder compensarlo. Escuchó sus pasos en la otra habitación, el sonido del teclado, de sus dedos tecleando rápido. Luego el ordenador se apagó y notó el sonido que lo remarcaba, como el soplido por la boca de a quien le falta el aliento. Él siguió caminando por la casa sin saber ella qué pasaba.

Encendió la luz de la mesilla para ver si venía y alumbrar el contorno de la habitación, formándose una aureola que coronaba la alcoba. Estaba cansada y le empezaba a doler la cabeza. Los pechos le resultaban pesados, incómodos, molestos para su columna, arrastrados por las leyes de la física. La incomodidad física la acribillaba la mente pensando cuán imperfecta ahora estaba. Se encontraba estrías, arrugas, rasgos de su envejecimiento. Y si..., ¿y si empezaba a no ser de su gusto? Su cabeza le empezó a atormentar inquisitorialmente. Se levantó con sus pechos cayéndose anárquicos sobre su torso, como un puching rebotando contra su cuerpo, y se dirigió descalza hasta el ventanal. La Luna lloriqueaba sus pétalos de plata por toda la ventana, iluminándola con su fisionomía, que se había visto antes en el espejo.

Parecía otra, otra distinta, ante el ojo nocturno. No se reconocía. Los pechos parecían demasiado irregulares y más vulgares que antes. La cintura no se le veía y la cadera era inapreciable. Estaba a punto de llorar. Ya apuntaban las lágrimas que se confundían entre la plata lunar con el resto de su fisionomía. Cuando la tocó desde la espalda, apenas lo notó, hasta que le besó el cuello. Algo la sacudió por todo el cuerpo, que la enajenó, y cerró los ojos. Su beso acarició su hombro y fue mordisqueando la columna. Estaba agotada y el sentido del tacto se volvía leve como el tacto de la sábana con el cuerpo desnudo. La acaricia se asemejaba a la pluma, cosquillas, leves descargas eléctricas, pulsando teclas para hacerla bailar. Se olvidó de lo que pensaba, ahí estaba su premio. Se dejó caer por la cama, dejó sus piernas a su miembro y la penetró de manera salvaje.

Su deseo se había cumplido.

6 de Abril de 2020 a las 20:09 0 Reporte Insertar 1
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