dissentproducer Oscar M. Jordan

Rocío junto a su familia preparan la ofrenda una noche antes del día de los muertos en México, Lupe y Laura sufrirán el delirio de un alma en pena que, macabra, impone su presencia una vez más. Esta historia hace referencia a un icónico personaje de las leyendas mexicanas; La llorona.


Horror Historias de fantasmas Todo público.

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DETRÁS DE LA VENTANA

Las leyendas se mueven en el tiempo como una fiel acompañante de lo tétrico; la vida de los seres humanos no alcanza para seguirles el paso y mucho menos para comprenderlas del todo. El mundo está lleno de realidades que siquiera se nos han puesto a la vista y la oscuridad suele resguardarlas cual tesoro, celosamente, para aquellos y aquellas que, por obra del destino, sean los desafortunados en encontrar la piedra en el camino.

El polvo que se desprendía del suelo de una calle solitaria y oscura podía verse a la distancia en la figura de una niebla –muy entre comillas– espolvoreada a poca altura; el alumbrado nunca ayudaba mucho, pero encaminaba a la tranquilidad que, a tales horas, la gente del barrio buscaba para descansar en paz. Hacían falta pocas horas para una de las noches más importantes para todas y todos y, mientras los pequeños dormían, los adultos se preparaban a amén de fe para recibir el espíritu de aquellos que perdieron en algún desafortunado punto de la vida, preparando para ellos un banquete de alimentos y bebidas adornando la mesa más grande de la casa. El silencio que inundaba las calles fuera de las puertas principales lucía el idóneo ante cualquiera que disfrutase del momento o quisiese sucumbir al cansancio y al sueño.

Lupe y su madre, una anciana de 80 años de edad, se alistaban poniéndose cada una un viejo mandil que, durante años, resguardó las vivencias de infinitas cenas, comidas y reuniones familiares. Dentro de la cocina, la mujer anciana subía el escalón que le abría paso a la misma y, lagrimeando, suspiró con fuerza al mirar sobre la mesa tapizada de bordes coloridos aludiendo pequeñas figuras con la forma de un centenar de huesos y cráneos sonrientes y otros más sin expresión. Lupe tomó a su madre por la espalda y, con un abrazo fuerte y lleno de amor y consolación, fue la primera en abrirle las puertas a una conversación que le lastimaría el corazón.

–Mamá, a él le va a fascinar, siempre le encantó tu comida y, cuando llegue, va a devorarse todo mañana por la noche. Estoy segura.

–Hija mía, daría todo…

–Lo sé, madre, te juro que lo sé, pero hoy darás mucho de ti para consentir al glotón de tu hijo y a su pequeño.

Fernando, en vida, fue el segundo y el más pequeño de su –entonces– par de retoños. Lupe y el pequeño Fernando forjaron un lazo estrecho y convaleciente de un sinfín de anécdotas; ambos metidos en problemas rieron siempre juntos, salvándose el pellejo uno a otro hasta que la madurez y la vida de un adulto tocó la puerta de él. Fernando se alejó de su madre al haber construido una familia propia; al cabo de los años, jamás perdió la chispa de ese cariño que siempre lo caracterizó por su hermana y su madre, pero la vida le pagó mal.

–¿Lo recuerdas todavía, mi´ja? –preguntó Rocío con el alma al borde de un abismo oscuro e irónicamente lleno de recuerdos bellos que, hasta ese momento, no dejaban de destrozarle el corazón con un sinfín de dagas filosas atravesándole el pecho.

–Por supuesto que lo recuerdo, mami –contestó Lupe con los ojos cerrados con demasiada voluntad.

–Cuando eran pequeños eran un par de diablos, durante muchos años creí que los había criado mal, pero sólo eran un par de juguetones que les gustaba lastimar un poco a los demás.

–¡Qué cosas dices, madre! –Exclamó Lupe, preparando la salsa que le aprendió a la mujer de los años acumulados junto a ella; aquella salsa que hacía arder el cuerpo, pero disfrutar el sabor de su compañía con lo que fuera que llevara a la boca.

–Si esos malditos no lo hubieran… –Rocío se obligó a parar.

El cuerpo cansado de la mujer anciana aún recordaba el peso que su cruz adquirió aquella noche en la que Fernando salió de la que fuera –tiempo atrás– su hogar para dirigirse a aquel en el que lo esperaban su pequeño hijo varón y su esposa. La noche había caído como cualquier otra, pero está en particular habría lucido para Lupe extraña. Un mal augurio su piel presentía y, con los gritos de una multitud apenas unos metros delante de su propia casa del otro lado de la tierra delimitada por la calle, le confirmó el golpe al corazón que recibió al mirar el cuerpo desplomado del más pequeño de sus hijos agujerado con un par de impactos de bala; uno en la frente desviándole la mirada grotescamente y uno más en la boca que lo obligo a abrirla más de la cuenta mientras un puñado de su dientes se despedían de su lugar.

–No lo sabías, madre, no había manera de saberlo… la búsqueda del dinero fácil obliga a muchos a cometer muchas atrocidades.

–Como lo extraño… –lamentó Rocío con la pena inspirada en la sangre que le guiaba a mantener la voluntad en pie para aliviar el viaje de su muerto.

Dentro de una de las habitaciones alejadas de la cocina yacía la pequeña Laura intentando conciliar el sueño. En casa de su madre –Lupe– no se topaba con ninguna dificultad, el sueño llegaba como el aire rebotando en su pequeña ventana; sin embargo, la enorme casa de su abuela tenía un algo que podía jurar la incomodaba. El silencio de la calle aledaña le ayudaba poco o en nada para cerrar sus ojitos y dormir de una vez por todas. Distinguió un pequeño grillo en las profundidades de la quietud de afuera y aquellos ojos que esperaban descansar se abrieron por completo «¡un pequeño animalito solito!» se dijo a sí misma con una voz que le sonaba dentro de su pequeña e imaginativa cabeza.

Poniéndole más atención al espacio podía alcanzar a escuchar los murmullos de su madre y su abuela en la cocina, acompañadas de distintos ruidos espontáneos como la licuadora funcionar o el horno de microondas ser encendido. Una sonrisa adornó su rostro y, con curiosidad, asomó el rostro por encima de la base de la ventana cerrada pero perfecta para sólo ver del otro lado.

–¡Grillo, grillo! –habló bajito.

Caminando descalza tomó su taza adornada con la figura de Frida Kahlo y, con un puño lleno de chapulines, regresó a la ventana; el seguro atoraba la cerradura que podría darle la oportunidad de atraer el grillo. Con un puchero, se resignó a no poder abrir esa ventana; sin embargo, no detendría la misión.

–La profesora siempre nos dice que la paciencia es una virtud –habló Laura para sí en un acto enternecedor para cualquiera que pudiera verla y, aunque la habitación se encontraba vacía de alguien más, sí se encontraba llena en esencia de algo más.

–¡Grillo, grillo! –volvió decir Laura, susurrándole a la nada.

El animalito se dejó escuchar más cerca que antes y el cuerpo de la pequeña dejó escapar un impulso de ilusión.

–¡Grillo, grillo! –dijo una vez más caminando dándole la espala a la ventana. Habría jurado escucharlo dentro, en alguna parte de la inmensa habitación de una sola cama.

–No, no, te estás alejando de él, pequeña…

Los ojos de Laura se abrieron más de lo normal y la mitad de los chapulines que descansaban en su mano derecha cayeron al suelo, habría jurado escuchar al animal, pero ¿una voz más?

Regresó la mirada a la ventana que la cubría una cortina delgada traslucida y, con la voluntad que solo un ser curioso tiene en esa etapa de la vida, Laura se encaminó una vez a la ventana y con un manotazo casi violento apartó la cortina que se interponía para dejarla ver a la calle sola y levemente iluminada.

–¿Grillo, grillo? –preguntó sin ánimo de volverlo a escuchar.

–Ha fallecido, pequeñita…

La voz de un alguien retumbó y se esparció por el aire. Laura intentó distinguir si aquella voz provenía detrás de la ventana, o dentro de la propia habitación. Las voces de su madre y su abuela aún podía escucharlas casi con claridad; quien fuese que le hablaba no eran ninguna de quienes conocía. Confundida de hacia dónde dirigirse, sencillamente preguntó haciendo rechinar la cama de nuevo cubriendo su cuerpo con la sábana blanca.

–¿Quién eres?

La cama y la ventana eran separadas sólo una muy pequeña mesita de noche, en donde la abuela reposaba sus anteojos, un papel higiénico y una taza llena de té.

–Tu mami, corazón –contestó aquella voz omnipresente, dejándose sentir en la piel de la niña en la forma de un escalofrío atroz marcando su lugar y paso por todo el cuerpo.

Temerosa, Laura se aferró a la sábana con la que ya se cubría la mitad del cuerpo, pegando con energía su espalda sobre la cabecera de la cama bañada en barniz.

–¿No quieres despedirte del grillo? –preguntó la voz difusa pero perfectamente distinguible.

El segundero del reloj de pilas clásico que se encontraba sobre una de las paredes de la habitación pareció pronunciarse más mientras que las voces de su madre y su abuela en la cocina comenzaron a difuminarse lentamente en la nada absoluta.

–Tú no eres mi mamá –dijo Laura.

–No ahora, pero puedo serlo. Ven a despedirte del grillo, pequeña, te buscaba a ti y es mejor que por lo menos le digas adiós.

Laura sintió lástima por el pequeño animalillo, dentro de su imaginación había recreado la vida del grillo escuchando la voz de alguien que se disponía a darle de comer. El corazón de una niña frágil y fiel a la vulnerabilidad de las emociones puras y humanas cedió junto a los pensamientos y, poco a poco, el cuerpo de Laura regresó a ponerse pie volviendo a hacer rechinar la base de la cama de madera vieja; rodeó ésta de la parte frontal, la cortina que salvaguardaba la vista a la ventana se movía con una inmunidad anormal e hipnotizante. Con la mano derecha volvió a apartar la cortina para mirar del otro lado de la ventana y allí estaba; la novia blanca, una mujer delgada cubierta por un velo blanco con un encaje de época por todo el cuerpo. La figura de aquella mujer se hallaba del otro lado de la calle cubierta hasta la mitad del cuerpo gracias al polvo levantado por el viento incluso así; Laura distinguió la manera en la que sus manos blancas cubrían al grillo muerto entre las palmas.

–Despídete de él, cariño mío –habló la novia.

Laura siquiera se lo preguntaba, pero podía escucharla con nitidez, como si no existiesen aquella ventana y aquel muro entre las dos.

–No puedo –contestó Laura con sus pequeños ojitos humedecidos abrazados por la lástima que sentía por el grillo que hacía unos minutos escuchó llenó de vida.

–¿Quieres que lo lleve hasta a ti, mi niña? –preguntó, susurrándole al aire.

Laura levantó la mirada hasta el rostro de la mujer quieta del otro lado de la calle sumergida en la oscuridad, el polvo no le permitió mirarla mejor, pero se acercaba suavísimamente movida con la misma fluidez que el viento dotaba a la tierra seca. El cuerpo de la niña gritaba a los cuatro vientos una ansiedad majestuosa mientras miraba asustada el movimiento inhumano de la novia acercándose lentamente a la ventana con el par de palmas cerradas y extendidas esperando el momento para mostrarle al animal muerto.

El cuerpo de la novia blanca llegó a la ventana y Laura postró su mirada en las manos de la mujer abriéndose lentamente y dejando al grillo sobre la repisa de la ventana; allá donde la abuela, por las mañanas, dotaba de luz solar a su par de pequeñas masetas.

El viento comenzaba a soplar con más intensidad y el velo de la mujer se deslizó por el espacio descubriéndole el rostro al ser lúgubre, Laura no pudo evitar mirarla frente a frente y entonces pudo distinguir el rostro cansado de la novia solitaria.

–¿También sentiste feo? –preguntó Laura con inocencia al ver brillar una lagrima recorrer el rostro seco de la mujer de ojos tristes.

La novia se limitó a asentir con la cabeza dejando salir una lágrima más, seguida de un quejido que atormentó a Laura haciéndola deformar su delicado y suave rostro.

–Abre la ventana, mi niña… –dijo la figura blanca difuminada ante el polvo.

–No puedo –contestó Laura intentando alcanzar la cerradura de la ventana.

–¿A caso no quieres conocer a tu primito…?

La inercia naciente contestó:

–Mi mamá dice que ha muerto –Laura miró entonces de nuevo al animalito inerte.

–Puede llevarte con él, yo misma lo acogí cuando perdió a su padre, está feliz y muy contento en nuestro hogar del otro lado del río, en donde los arboles son quietos y hermosos –la mujer de voz poderosa pero tenue no podía evitar seguir llorando.

Laura alcanzó por fin la cerradura de la ventana larga y un clic se distinguió entre ambas. La pequeña Laura se asustó un segundo más que el anterior y la novia propició un gesto de enorme consuelo, dejando escapar una leve sonrisa detrás de su propio lamento de lágrimas emergentes.

–Abre la ventana…, ¡hija mía!

El cerrojo de la ventana pudo escucharse hasta la cocina en donde Lupe y Rocío terminaban de cocinar la ofrenda para la noche de todos los santos en honor a Fernando y su pequeño hijo que, tan solo días después de haber muerto su padre en un desafortunado encuentro con maleantes de toda la vida en busca de dinero fácil arrebatándoles el mismo a los demás a diestra y siniestra, desapareció misteriosamente. Rocío tenía arraigada su propia forma de pensar arrastrando con ella sus creencias; sin embargo, jamás osó a hablar de nada, se limitó –entonces– a ofrecer su llanto a un par de ataúdes, uno con el cuerpo de su hijo pequeño y uno más pequeño depositado tiempo después a su lado.

–¿Qué fue eso? –preguntó con espanto Lupe.

Rocío no alcanzó a decir nada cuando su cuerpo se estremeció gracias al frío de la noche avecinándole un nuevo golpe al corazón.

Lupe corrió a la habitación de su madre en donde debía haber dormido ya la pequeña Laura, Rocío corrió tanto como el cuerpo le permitió detrás de su hija en busca de su nieta; llegando la mujer anciana a su propia habitación encontró a Lupe desvanecida en la cama gritando aferrándose a las sábanas de la cama con ira.

El aire violento corría gracias a la ventana totalmente abierta haciendo bailar a su propio ritmo un velo de color blanco bordado y con encaje sucio; el propio aire chocando con la piel del par de mujeres desesperadas les dotó de un terror fidedigno al escuchar ser entonada por todo el espacio una canción de cuna por una voz casi infernal al mismo tiempo en que le lloraba a la noche:

Ah ro-ro mi niña, ah ro-ro mi luz, ah ro-ro pequeño trozo de mi corazón. Esta niña linda, ya quiere dormir, háganle la cuna de rosas y tierra.

28 de Marzo de 2020 a las 00:20 6 Reporte Insertar 5
Fin

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Oscar M. Jordan Autor de #MientrasEstésConmigo, #LaPrimera, y "ElJuguetero" 📚 Estudiante Fan de la música country🎶

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Any Alvarez Any Alvarez
Me encantó!!! Felicidades ojala sigas haciendo más.
April 17, 2020, 22:24

  • Oscar M. Jordan Oscar M. Jordan
    ¡Me da mucho gusto que te haya gustado! Pronto subiré más cuentos. ¡Muchas gracias por tu comentario! April 17, 2020, 22:32
Jancev Jancev
Me ha fascinado la forma en que manejaste tu relato. Si bien es una historia conocida le has dado un toque muy original. ¡Te felicito!
April 06, 2020, 00:31

YM Yameli Martell
Lo dije una vez y lo diré un millón de veces, tienes mucho talento para escribir. Nunca lo dejes
March 28, 2020, 00:32

~

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