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om-garcia1585107361 Om Garcia

MUJERES COMO TU… NO CAMBIARAN NUNCA ¿Cuántas veces no hemos escuchado ésta frase? ¿Será verdad que el ser humano por más que lo desee no puede cambiar? Estás a punto de conocer la historia de Reina, una mujer joven que lleva una vida ilimitada llena de placeres y entretenimientos. Sin embargo, hay algo inesperado que ocurre en su vida verdaderamente importante: el amor. Por ese sentimiento ella está dispuesta a ser una mejor persona. ¿Pero podrá conseguirlo? ¿No será ya demasiado tarde? ¿A qué tragedias se tendrá que enfrentar Reina, y todos los personajes de ésta historia?


Drama No para niños menores de 13. © Indautor
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El último Deseo

Nuestro relato ocurre en el estado de Durango, en un pueblo ficticio llamado “Piedad del Ángel”, pero pudo haber ocurrido en cualquier otra parte. En las instalaciones de una universidad pública de la ciudad, rodeada de hermosos prados verdes, pisos de concreto y otros elementos propios de su construcción, se encuentran varios alumnos y alumnas, Pero más de uno murmura con malicia sobre la reputación de nuestra protagonista:


—Tal como te lo digo, llegó desde las 9:00 PM y se fue hasta las 5:00 AM. Casi
tuvieron que echarla del antro, porque no se quería ir. —le comentaba una
compañera a otra mientras recorrían los pasillos de la universidad.


—Anduvo de jarra toda la noche, bailó con quién se dejó y quién sabe qué
tantas cosas más. —decía otra chica más a otra sentadas en los prados del
lugar.


—¡Y que la vieron salirse con el profe de Mate! Sí, los dos andaban bien
juntitos. —murmuraba un joven estando en un grupito de chicos, sentados
en el piso sobre sus mochilas y otros de pie recargados sobre la pared.

—Ese seguro que no desaprovechó el momento —dijo otro de los jóvenes.

—Pues cómo. No manches. ¡Qué suerte! —Comentó otro.

—Y es que la chava está como quiere… Y como no sabe decir que no… —Dijo otro—. Pero eso sí, les aseguro que el próximo voy a ser yo.


—¡Pero es que esa es una cualquiera! Una auténtica zorra. No sabes lo mal que
me cae —decía una compañera a otras dos que también andaban por los
pasillos de la universidad.

—No manches, que prejuiciosa. —agregaba otra chica llamada Viridiana —. El
que Reina sea como es, no quiere decir que sea una mala persona. Además te
aprovechas porque ella hoy no vino a clases.

—Y quién sabe dónde andará. Ya sabes lo que dicen “Cría fama y échate a
dormir”. Pobre de su mamá, aunque igual ya debe estar acostumbrada —dijo
después la tercer chica.


Viridiana replicó con un tono un poco preocupante y defensivo:


– Pues ustedes pueden decir lo que quieran, pero sea lo que sea, Reina es mi
amiga, y me preocupa lo que haya pasado con ella desde anoche. Sólo espero
que se encuentre bien.


Viridiana era una joven de 22 años, delgada, pelirroja y con el cabello rizado. Era la única mujer de la escuela que le brindaba su amistad a Reina, porque las demás la rechazaban por su comportamiento, y es que ella antes de ver eso veía sus sentimientos y su forma de ser. Aunque eso no quería decir con que estuviera de acuerdo con su forma de ver la vida.


Mientras tanto, nos adentramos a lo que es la casa de Reina. Es una humilde vivienda situada en una colonia popular, hecha de ladrillos rojos brillante, con puertas metálicas color blanco, con cristales grabados en relieve. Al entrar por la puerta principal, siguiendo el camino directo, tras unas sencillas cortinas está la cocina. Allí se encuentra doña Rocío Ávila, una mujer ya de avanzada edad, cabellos castaños y claros, de vestimenta rudimentaria y un delantal de flores para no mancharse sus ropas, mientras cocina el almuerzo del día, con un semblante de coraje, o angustia, realmente no está claro lo que pueda ser. De pronto la noble mujer interrumpe sus labores, y voltea al frente, adivinando que al hacerlo, encontrará ahí a su hija Reina.


—Buenos días mamá ¿Qué hora es? —dijo ella, con voz entre cortada y
somnolienta—.


Reina Ortega Ávila era una muchacha muy bonita, de cabellos castaños y lacios, figura espigada, ojos brillante color miel, y labios perfectos y seductores. Siempre vestía ropa juvenil, de moda, pero no exageradamente entallada ni escotada. Sin embargo como acababa de despertarse, en éste momento sólo vestía pants azules y pantuflas, y su cabello estaba despeinado sujetado solo por una pinza.


Un silencio perturbador sucedió la pregunta de la chica. Doña Rocío continuó cocinando como si nada.


—Ya sé que estas enojada por lo tarde que llegué anoche, —dijo Reina—. Pero
sabes perfectamente que no es la primera vez que pasa. Además no sé qué es
lo que te tiene tan molesta, si siempre he sido sincera contigo. Sabias bien
que iba a ir a una fiesta de la escuela, y sabías también las cosas que me gusta
hacer ahí, simplemente a lo que voy, a pasármela bien.


Ahí al oír esto la señora se atrevió a tomar la palabra.


—De modo que “a pasártela bien”. Así que beber, fumar y golfear es pasártela
bien. Y ni me contestes, eh, ya sé lo que vas a decir, que son los placeres de la
vida, y hay que disfrutarlos al máximo. ¿Y qué precio tienen esos placeres,
hijita? ¿Alcoholismo? ¿Cáncer? ¿VIH?

—Ya te he dicho muchas veces que eso no va a pasarme, porque me sé cuidar.
Aunque no me lo creas soy una persona prudente, y no voy a permitir que
ningún hombre se acerque si no carga protección. No voy a embarazarme de
cualquier hijo de vecina, y menos a mi edad —concluyó la joven.

—Ése es el problema Reina. Que al parecer te sientes intocable —contestó doña
Rocío—. Crees que puedes hacer y deshacer, y que nunca va a pasar nada, y
no es así niña. Y eso me preocupa, porque estás echando a perder tu vida, y
de paso la mía, haciendo que estés en boca de toda la colonia.

—Ay, que digan lo que quieran. Esas nada más son viejas chismosas y ociosas,
no les hagas caso —interrumpió Reina.

—Déjame terminar. —replicó su dulce madre—. Obviamente la que me
importa eres tú, hija, porque te quiero, te adoro, pero entenderás que eso no
quiere decir que apruebe tu conducta. He tratado de hacerte reaccionar por
las buenas, incluso he pensado en hacerlo por las malas, pero no me he
atrevido. Quizá no me atreva nunca. Pero tú sigues igual o peor que antes.

—Pues deja de quebrarte la cabeza, mamá. —contestó por fin Reina—. Si
ningún método tuyo ha funcionado, tal vez es porque éste es mi destino.
Algo tengo que aprender de estas experiencias, y sólo yo lo puedo descubrir.
Si no me hiciste reaccionar por las buenas, créeme que menos será por las
malas. Así me mandes como monja a un convento, me amarres, me
encierres, no vas a conseguir nada. Así que si de verdad me quieres, déjame
ser, porque yo también te quiero por sobre todas las cosas, pero en lo
personal deseo ser feliz. Y por lo mismo yo no sería capaz de juzgarte. Sé que
mi padre murió cuando era yo muy chica, pero si descubriera que fuiste
madre soltera, o hubiese sido producto de un desliz, no te reprocharía nada, y
eso es lo que quiero que tú entiendas de mí.


Al final doña Rocío tuvo que aceptar las razones de Reina, aunque ella no tenía nada en su pasado de que avergonzarse, pero en parte, quizá su hija tenía razón. Aunque como madre que es, aún así no podía dejar de decirle a su hija lo mal que andaba por la vida, aun así no consiguiera nada. No obstante la discusión terminó, brindó a su hija un efusivo abrazo mientras derramaba algunas lágrimas de dolor, pero no de remordimientos, porque sabía muy bien que ella no era la que había fallado Tiempo después se sentaron a la mesa y doña Rocío sirvió un guisado picante y sabroso que encantó a Reina, pues después de esa noche de copas y loca, necesitaba algo para “la cruda”.


Reina aún no lo sabía, pero en su destino influiría mucho la Textilera Vidal, que como su nombre lo indica, es una fábrica de telas, quizá la más importante de la ciudad. De hecho hace un tiempo había conseguido un puesto de medio turno como secretaria, empleo que ha podido preservar gracias a su discreción sobre su vida privada. Todos ahí la apreciaban y la respetaban como un ser transparente. Al principio de su jornada si era acosada con los empleados, debido a su belleza, pero como el jefe tenía prohibida cualquier falta de respeto hacia la mujer y ella siempre se porto de manera decente, el acoso terminó. Reina trabajaba directamente para don Octavio Vidal, el dueño de la textilera, un hombre bonachón ya de avanzada edad, pelo canoso, un poco gordito, de vestimenta elegante. En ese momento, dentro de las oficinas del lugar, estaba don Octavio y doña Ana Lilia, su dulce esposa, una señora también ya de avanzada edad, con vestuario de gran señora y en esencia una finísima persona.


—Es impresionante —dijo doña Ana Lilia—, como las ganancias de nuestra
empresa se multiplican más y más.

—Si corazón —dijo Don Octavio—. Estoy tan orgulloso de mi fábrica, por eso
desde que la fundaron mis padres la he cuidado, y la defenderé hasta con mi
propia vida.


Esas palabras no le gustaron nada a la señora Vidal, tal vez celosa de la entrega que su marido le demostraba a su fábrica, pero en realidad lo que le preocupaba era la salud de su esposo. Por eso angustiada de verdad le dijo:


—¡No por favor, no digas eso ni de broma, me aterra la idea de solo pensarlo!
Sabes bien que tu salud corre peligro, te tienes que cuidar, me lo prometiste.


Don Octavio estaba muy enfermo, su corazón estaba muy debilitado. Varios infartos alarmantes para su familia lo habían conducido al hospital. A él, como cualquier viejito cascarrabias le disgustaban de sobremanera los doctores, medicinas, hospitales, quizá por eso su salud estaba tan deteriorada.


—Ya es momento que te retires de trabajar, mi vida —continuó doña Ana Lilia
—. Tu ya hiciste lo mejor que has podido para hacer prosperar este negocio.
Ahora es el turno de nuestro hijo, Humberto.


Ahora a quien no le gustaron las palabras del otro fue a don Octavio.


—Eso nunca. No pienso dejarle mi puesto a un bueno para nada como
Humberto. Ese es un holgazán, solamente está esperando a ver de dónde
saca el dinero, sin trabajar ni estudiar. A ver, dime: ¿No que iba a prepararse
estudiando Administración de Empresas y Comercialización para ocupar mi
lugar? ¿Si te acuerdas que no pasó ni la mitad del tiempo cuando el jovencito
dejó de estudiar? —replicó don Octavio.

—Pero eso pasó porque tú le dijiste que ni estudiando le ibas a dar una
oportunidad —contestó la señora.

—Es que no basta sólo con estudiar, créeme que si lo viera dispuesto a dejar lo
mejor de sí, le brindaría esa oportunidad que tanto me estás pidiendo. Pero
se lo tendría que ganar el mismo, siendo un ser honorable, decente,
trabajador, entregado. De otra forma no, y no sirve de nada que insistas, no
pienso cambiar de opinión. Piensas que exijo demasiado, pero no es así. Y por
favor amor, ya no hablemos más de eso, porque comienzo a alterarme —
concluyó don Octavio—.

—Está bien Octavio, eso es lo que menos quiero. —dijo doña Ana Lilia—.
Bueno, mejor ya me voy porque tengo un mundo de cosas que hacer.


Dicho lo último doña Ana Lilia se levantó de su asiento y se despidió de beso de su fiel marido, acordando una cita para comer juntos más tarde. Luego se marchó.


El matrimonio Vidal Orta era como pocos. Se había mantenido firme al pasar de los años gracias a la fidelidad y respeto que ambos cónyuges se habían brindado. El amor seguía vivo e incluso más fuerte que la primera vez que se habían visto. Con justa razón doña Ana Lilia no podía imaginar su vida sin su esposo. Pero también su amor de madre la llenaba de inmensa alegría.


Viridiana, la amiga de Reina, había decidido ir a buscarla a su casa para saber porque había faltado a la escuela. Ella le contó todos los detalles de la plática que tuvo con su mamá. Viridiana le platicó todo lo que se decía de ella en la escuela, pero a Reina poco le importó. Argumentaba que era su vida, que nadie tenía derecho a meterse en ella. Pensaba que les daba envidia al ver que ella si sabía sacarle el jugo a la vida. Pero he ahí el precio de esto. Reina no recordaba prácticamente nada de la noche anterior. No sabía si se había salido a las tres o a las cinco, ni con quién. Decían que con el profe de Mate, el profe Sergio. Pero ella sólo recordaba lo que había vivido al despertar esa mañana.


—Te lo voy a contar —decía Reina—. sólo porque eres mi amiga, pero cuando
desperté, no estaba en mi casa, sino en un carro, a medio vestir, y junto a mí
estaba el profe Sergio sin camisa. Yo creo que al salir del antro me iba a traer
a la casa, y en el camino nos hemos de haber detenido a hacer algo, el caso es
que me dijo un poco apurado que habíamos sostenido relaciones íntimas en
su coche.


Viridiana casi salta de su asiento impresionada, escandalizada. Pero peor era que Reina ni siquiera estaba arrepentida de lo que hizo. Al contrario, le parecía tan normal, que cuando Viridiana le dijo que a la larga ningún hombre iba a tomarla en serio, ella dijo que eso no le iba a pasar, ¡Porque no le interesaba que ningún hombre la tomara en serio! Al final todo lo que se dice de Reina es cierto pero, ¿A dónde la llevará esa vida tan libertina?


Otro que se esmeraba en gozar de la vida era Humberto Vidal. Sí, el hijo de don Octavio. Y para que quedar con la duda de si era bueno o malo. Todo lo que dijo su padre de él era cierto, pero el cariño de madre de doña Ana Lilia no le permitía darse cuenta. El era déspota con ella, grosero, sin embargo ella creía que era parte de su carácter. Se lo disculpaba todo, pero ¿Qué estaba haciendo ahora su adorado hijo? Cualquier cosa, pero menos estudiar o trabajar. De hecho estaba en un salón de billar, eso sí, elegante y muy reconocido, jugando con un grupo de amigos igual de holgazanes que él. Sin embargo ellos no eran hijos de familias acomodadas como él, y todos los servicios a los que acudían eran pagados por Humberto. Claro, con dinero proveniente de los negocios de don Octavio. Una jugada hecha por él había sido ganada y a brincos y saltos celebraba su victoria.


—Ya ni la muelas mano, —le dijo un cuate—. Tu aquí perdiendo el tiempo,
teniendo cosas que hacer, como echarle el guante a tu jefe con la chamba, o
yendo a la escuela a estudiar.

—Yo no soy el tipo de persona que haya nacido para trabajar, por algo soy rico.
—dijo Humberto—. Que se partan otros el lomo, pero yo me voy a dedicar a
disfrutar la lana de mis padres.

—Pues si oye, pero al menos por pura piedad deberías hacer algo bueno por tu
padre —contestó otro amigo—. Don Octavio está muy enfermo de su
corazón, en cualquier momento podría morir. ¿Y quién va a hacerse cargo de
su empresa?

Con un tono duro y cruel Humberto contestó esa pregunta:


—¡Pues si se muere me estaría haciendo un gran favor! Me tiene harto su
actitud de triunfador y santo. Toda la vida me critica, me ningunea, me
rebaja. Y me vale gorro quién responda por la empresa. ¡Y ustedes no
deberían alegarme nada, si no fuera por su dinero, ustedes no estarían tan
tranquilos! ¿O qué, van a pagar todo lo que les he invitado, no verdad?
Entonces dejen de echarme en cara nada y de meterse en lo que no les
importa.


Los chavos vieron tan enojado a Humberto, que prefirieron acudir a la barra del lugar a conseguir cervezas y botana. Sabían que si seguían discutiendo, podrían perder todas las comodidades de ser amigos de un rico, pero también la amistad de Humberto. Sin embargo todas las palabras de sus amigos habían hecho que a la mente de Humberto llegaran varios recuerdos, amargos recuerdos. En alguna ocasión su padre lo descubrió engañando a su novia con otra mujer, y lo reprendió fuertemente. Discutieron acaloradamente, y él le dijo palabras muy hirientes. Después de esa discusión don Octavio sufrió un infarto, que lo llevó al hospital. Tantas y tantas veces habían discutido, y en casi todas, el epílogo había sido un ataque cardiaco para su padre. En verdad que se sentía muy mal. Pero su orgullo de hombre era más fuerte que su amor de hijo.


Ya habían pasado algunas horas y Reina se dirigía muy a prisa a su trabajo en la textilera. Cubría medio turno, pero para la hora que era ya llegaba tarde. Apresurada se bajó del taxi que la condujo, dio las gracias y subió a taconazos los escalones que la llevaban a la empresa. Reina llevaba un hermoso traje sastre rosa, zapatillas de tacón alto, medias transparentes, cabello suelto decorado con una trenza a manera de diadema, labios y ojos maquillados, en fin. Dicho atuendo resaltaba su belleza y sensualidad, y a ella no le preocupaba porque sabía que nadie en la oficina le faltaría al respeto, gracias a la regla de don Octavio mencionada anteriormente. Todos la saludaban amablemente y con cordialidad. Se había ganado el cariño de hombres y mujeres siendo respetuosa y decente. Pero había alguien que no estaba muy contenta con ella: Pilar Leyva, la secretaria que ocupaba el otro turno. Era también una joven muchacha, de lentes, cabello rubio y aquel día portaba un traje café. Le disgustaba la poca responsabilidad de Reina con su trabajo. Ya eran varias veces las que llegaba tarde, y hoy no era la excepción. Y como no si siempre se retrasaba con tres horas o más. Y para que don Octavio no notara tanto su ausencia ese tiempo lo tenía que cubrir ella, retrasando sus obligaciones. En cuánto llegó hacia ella le hizo ver su descontento. Reina estaba avergonzada y le prometió que al día siguiente iba a empezar a reponerle todas las horas que había llegado tarde. Pili, como le decían todos, la disculpó, y es que Reina despertaba en todos una gran simpatía. Le dio las últimas indicaciones y se marchó. Enseguida Reina se situó en su escritorio que estaba justo afuera de la oficina de don Octavio, luego a la entrada. Respiró aliviada de que su jefe no haya descubierto que llegó tarde. Y se resignó que al día siguiente tenía que llegar tres o cuatro horas más temprano, pero eso le sucedía por llegar siempre tan tarde. Y esos retrasos se debían principalmente a que después de los antros, fiestas, etc., llegaba tardísimo a su casa y el otro día, como amanecía en mal estado, se quedaba dormida más de la cuenta.


Igualmente ya bastaba de tantos juegos y entretenimientos, así que ya había llegado el momento para Humberto y sus amigos de marcharse del billar.


—Entonces que Humberto nos eche un aventón a todos a la casa. —propuso
uno de los amigos.


Todos estuvieron de acuerdo.


—Órale, nada más dejen pago todo y nos vamos.


Se dirigió al mostrador del billar y pidió la cuenta. Luego sacó sus tarjetas de crédito azules, esas que lo habían sacado de tantos apuros, y se las entregó al encargado. Éste se dedicó a pasarlas en su sistema, pero algo andaba mal.


—Joven, lo siento mucho, pero no pasan sus tarjetas, ¿Tendrá otra? —dijo el
joven y uniformado encargado.

—No, son las únicas —dijo Humberto.

—Entonces espero que tenga efectivo, porque en estas tarjetas ya no hay más
espacio para gastos —le contestó el encargado y le entregó sus tarjetas.


Humberto se puso furioso, hizo berrinche golpeando el mostrador con su puño. No había ido al banco a pagar un solo centavo de sus tarjetas de crédito. Se había dedicado a gastar como loco en su novia, en billares, restaurantes, ropa, y sus cuentas estaban hasta el tope. Les exigió a sus amigos que se cooperaran para completar la cuenta del lugar, y entre todos juntaron la cantidad que se necesitaba y así pagaron al encargado. Acto seguido se marcharon y todos subieron al último modelo gris rata de Humberto. Indagando quién podría darle el dinero para pagar y seguir gastando llegó a la respuesta: su padre millonario. Cínicamente pensó que iría a verlo a la textilera para darle la sorpresa. Como nunca se paraba por ahí, quizá eso haría que su padre se conmoviera, y le diera todo el dinero que quisiera. El muy descarado ya estaba decidido, y echó en marcha el auto con destino a casa de cada uno de sus cuates, y después a la textilera.


Mientras tanto en las oficinas de la importante fábrica de telas, don Octavio hacía una muy importante llamada a un reconocido notario. Le urgía arreglar el asunto de su testamento. Presentía su pronto final. No quería morir sin dejar protegida a su familia, su amada esposa, y su único hijo.


—Qué bueno que lo encuentro, señor notario —expresó don Octavio—. ¿Ya
tiene las inclusiones y los trámites de mi testamento?

—Sí, señor Vidal —respondió el notario desde las oficinas de su despacho—.
Como usted lo pidió, por fin ya está listo su testamento. Aunque no me
explico porqué tanta prisa para su trámite. Yo aceleré todo el proceso porque
usted me lo pidió. Pero en mi opinión, creo que retrasarse un poco no
hubiera afectado en lo más mínimo. ¿Tan mal está de salud, don Octavio?

—Sí señor. —contestó don Octavio con voz entre cortada—. Me he sentido tan
mal últimamente, que creo que mi fin se acerca. No sé, puede ser dentro de 8
días, o incluso mañana, u hoy mismo podría llegar el momento de partir. Por
eso le agradezco su atención a mi asunto. Gracias a usted ya podré morir en
paz.


Las palabras de don Octavio habían dejado mudo al señor notario, un hombre también de avanzada edad, profesional, honesto y responsable.


—Bueno, eso era todo señor notario, muchísimas gracias. —dijo don Octavio para finalizar la llamada y entonces colgó el teléfono.


Acto seguido tomó una carpeta de documentos y salió de su oficina, dirigiéndose al escritorio de Reina, con firmeza. Ella estaba tan ocupada realizando su labor, que ni siquiera se dio cuenta cuando aquel hombre se puso frente a ella. Solo al escuchar su voz pudo descubrir que él estaba ahí.


—¿Y la otra señorita ya se fue? —preguntó su jefe—.


Enseguida Reina volteó a verlo asustada y nerviosa.


—Si señor… hace rato que ya se fue.

—Bueno, entonces escúcheme —ordenó don Octavio.


Reina se puso aún más temerosa, su jefe se escuchaba molesto, alterado. Tal vez se ha dado cuenta de sus retrasos, y estaba decidido a reprenderla, o peor aún, a despedirla. Pero encontró alivio una vez que se dio cuenta que don Octavio solo quería que le sacara algunas fotocopias de los documentos que llevaba consigo, él le entregó la carpeta y ella salió directa al centro de copiado a sacar las dichosas copias. Don Octavio se quedó un momento afuera, observando sus hermosas oficinas. Pero ahora al que le sorprendió oír una voz a sus espaldas fue a él, y esa voz masculina lo hizo girar hacia atrás atónito, al escuchar que lo llamaba.


—Hola papá ¿Cómo estás?


Esa voz era la de su hijo Humberto, que ya había llegado hacia él dispuesto a montar una farsa para conseguir su dinero ¿Le resultaría?


—Pero Humberto ¡Qué milagro! ¿A qué se debe ésta maravillosa sorpresa? —
dijo don Octavio, irónico y sorprendido.

—Pues nada. Pasaba por aquí y quise saludarte —contestó su hijo.

—No pensé que te preocuparas tanto por mí —replicó don Octavio—.
¿Entonces porque no vienes más seguido a verme? Mejor dime la verdad
¿Qué necesitas?

—Nada en especial. Solo quiero hablar contigo. ¿Pasamos a tu oficina?

—Claro ¡Adelante! —dijo don Octavio al abrirle la puerta y hacerle reverencia
.


Ambos hombres entraron en la oficina. Humberto era muy parecido físicamente a su padre, solo que obviamente él era más joven. Cuerpo atlético, cabello negro, ojos color miel, alto, un hombre muy guapo. Si así de hermosa tuviera el alma, sería la pareja ideal de cualquier mujer. Ese día traía una playera de algodón de manga larga, blanca, desbotonada, y un pantalón de mezclilla azul pegado al cuerpo. Tenía entre 24 y 25 años. Una vez dentro de su oficina se dedicó a adular hipócritamente la decoración del lugar, la apariencia de su padre, en fin, todo lo que se le atravesara, pero don Octavio lo conocía muy bien y sabía que la actitud de su hijo solo podía ser movida por algún interés especial. A lo largo de su plática por fin lo descubrió:


—Necesito dinero porque mis tarjetas están hasta el tope, y si no pago no
podré seguirlas usando —dijo Humberto.

—Hasta que por fin aceptaste que no venías a verme para saber cómo estaba.
Solo vienes a buscarme cuando necesitas algo. Es para lo único que sirves,
para pedir, y para hacerme pasar fuertes disgustos. —dijo don Octavio ya
enojado.

—No tengo ganas de discutir —contestó también molesto Humberto—. Nada
más dime si me vas a ayudar o no, y punto.

—¡Pues no te voy a dar un solo centavo me oyes! —exclamó don Octavio—. No
me la paso todo el tiempo trabajando para consentir tus caprichos. Si te has
puesto a gastar a manos llenas, arréglatelas solo para conseguir ese dinero.

—Claro. Como siempre yo tengo que arreglármelas solo. Como tú no eres más
que un viejo tacaño que no quiere soltar nada, el que se friega soy yo. ¿Así
quieres que yo acepte gustoso suplirte en tu empresa? Me arrepiento de
haber decidido estudiar la carrera para ayudarte, pero qué bueno que ya la
abandoné —contestó Humberto con palabras llenas de dureza.

—¿Y pensabas que iba a dejarte mi empresa a ti, que no sabes más que echarlo
todo a perder? Con tu comportamiento estropearías el patrimonio que a mí
me ha costado tantos años de lucha.

—Vaya, vaya —replicó Humberto—. Ya se había tardado el señor en echarme
en cara todo el esfuerzo que le ha costado salir adelante. ¡Discúlpeme, su
majestad!


Ésta ya no era una plática entre padre e hijo, sino una discusión realmente alarmante.


—No se trata de eso. ¡Entiéndelo! —dijo don Octavio—. Solo quiero que seas
una persona de bien. Honesto, trabajador, decente, responsable. No puedo
confiarte mi negocio, que tanto quiero, cuando muera, porque
desgraciadamente eres todo lo contrario. ¿Por qué no haces un esfuerzo y te
ganas mi lugar?

—Porque no me interesa, así que si no quieres dejármelo no me lo dejes —dijo
Humberto ya a gritos—. No me da la gana partirme el lomo en ésta cochina
textilera, ni perder mi salud y juventud en ésta mugrosa empresa. Hablando
y pensando idioteces como un don nadie. Porque eso es lo que eres tú. ¡Un
don nadie!


En ese momento don Octavio gritó autoritariamente, ya muy alterado:


—No me faltes al respeto Humberto. Te guste o no soy tu padre.

—Efectivamente. Me guste o no. ¿Y sabes qué? ¡No me gusta! —respondió
Humberto—. Pero gracias a Dios yo no soy igual que tú, no tengo tu
estúpida mentalidad. Porque yo si valgo, en cambio tú no vales nada. Eres
patético. ¡Mejor ya muérete! Deja de seguir luchando por tu vida. ¡Deja que
tu enfermedad te lleve al infierno! Es lo que más deseo. No volverte a ver la
cara nunca ¡Nunca!


Esa fue la gota que derramó el vaso. Furioso y tembloroso se acercó don Octavio a su hijo amenazándolo con golpearlo con su mano:


—¡Ya cállate, ya cállate!


De los ojos del viejo salían lágrimas de dolor, de impotencia. Pero ni esa desgarradora imagen podría conmover a Humberto.


—¿Ahora me vas a pegar? Por favor, no me impresionas —dijo Humberto
retadoramente—. Te faltan valor, agallas, carácter. No te vas a atrever ¡No
seas ridículo!


Don Octavio ya no podía más. Con las pocas fuerzas que le quedaban y con su orgullo herido, tambaleándose un poco solo pudo decir:


—¡Lárgate, no vuelvas nunca, no quiero verte!

—¡Claro que me largo! —dijo Humberto ya fúrico—. Pero no vayas a pensar
que me voy porque me corres, sino porque tengo cosas más importantes que
hacer. Buenas tardes, padre.


Así terminó Humberto y salió a toda prisa de la oficina azotando la puerta con violencia y marchándose de la textilera.


En verdad que ésta situación había afectado mucho al viejo. Enseguida comenzó a tocarse el corazón, a dar gritos de dolor de cuerpo y de alma. Pero nadie lo oía, porque la única que estaba cerca era Reina, y aún no regresaba con las fotocopias que le había pedido. Con trabajos el señor se acercó a su mesa para sacar sus pastillas, quedando plasmadas en su mente las crueles y duras palabras de Humberto. Entendiendo que ni ese comprimido podría ayudarlo a salvarse de su fatal destino. Buscó la jarra de agua para servirla en un vaso y beber con su pastilla. Éste ya sería su último infarto. Se iba a cumplir el último deseo de Humberto, ya no volvería a verlo nunca más. Pero al menos moriría con el consuelo de no dejar desamparada ni a su amada esposa, ni a su hijo. E iba a fallecer en el lugar que más quería en la vida: su empresa. Su textilera, la que le heredaron sus padres y que mientras tuvo vida luchó para sacarla adelante. En un instante se desplomó en el piso, estrellándose el cristal del vaso sobre él y arrojando la poca agua que le quedaba dentro. Tras el escritorio quedó el cuerpo ya inconsciente de don Octavio, sin que nadie aún se hubiera dado cuenta de su muerte.


Sin sospechar nada, Humberto ya se encontraba en otra parte: la casa de su novia Rosángela. Bueno, novia es un decir. Porque él no la tomaba en serio. Otra de las personas a las que usaba a su antojo. Rosángela era una mujer muy hermosa, atractiva, sensual. Cabello castaño claro, largo, ojos negros, boca mediana. Su forma de vestir era más atrevida que la de Reina. Vivía sola en su departamento. Tenía un carácter de los mil demonios: soberbia, altanera, presumida, caprichosa. Le molestaba que Humberto la dejara plantada, casi siempre le hacía lo mismo. Cuando le reclamaba él se enojaba y le decía que no le gustaba que lo estuviera acosando. Sin embargo aún seguía con él, como si le gustara sufrir. La sirvienta de su casa hizo pasar a Humberto y allí ya lo esperaba Rosángela furiosa.


—¡Vaya, hasta que por fin te apareces! —dijo Rosángela—. ¿Se puede saber
dónde te has metido? He estado a punto de llamarte y decidí no hacerlo para
no presionarte, pero si he sabido que ibas a venir hasta ésta hora, lo hubiera
hecho.

—Mejor que no lo hiciste —dijo Humberto—. Ya sabes que no me gusta que
me estés presionando

—Pues sí, pero a mí tampoco me gusta que me estés tratando como si fuera un
desechable, y que no me respetes como tu novia que soy.

—Mira, si vas a ponerte en ese plan mejor me voy. No tengo ganas de discutir.
Acabo de hacerlo con papá y me dejó muy tenso. —dijo Humberto algo
molesto.

—Pues quién sabe qué le harías. Tú tienes la virtud de poner tenso a
cualquiera. Como a mí, que llevo toda la tarde esperándote, ansiosa, molesta.
Prometiste que me llevarías a comer, y que tú me hablabas para confirmar la
hora, y nunca lo hiciste. Ahora vienes a mi casa, y ya no sé si tengo ganas de
salir a comer —concluyó Rosángela.


A Humberto no le convenía que Rosángela se molestara, porque estaba en aprietos con sus deudas, y sólo ella podría darle ese dinero. Ella tenía una posición económica elevada al igual que él. Y no podía pedirle ese dinero a su madre porque ella no cargaba efectivo, todos sus gastos salían de don Octavio y aunque ella se lo pidiera él no le daría ni un centavo si sabía que era para Humberto, a menos que le mintiera, pero su madre tenía tantos escrúpulos que seguro no lo haría. Rosángela era el vehículo ideal para evitar tantas complicaciones. Así que decidió doblar un poco sus manitas y le dijo amablemente:


—Discúlpame amor. Sé que hoy me he portado con mucha irresponsabilidad.
Pero es que no pude venir antes. Te pido mil disculpas cariño. Siempre has
formado parte especial en mi vida. Ahora te necesito más que nunca Ross.
Papá me dio la espalda, pero sé que tú no lo harás —dijo Humberto—.
Necesito dinero para pagar mis tarjetas de crédito, están hasta el tope de
deudas. Préstame esa cantidad y te la pago lo más pronto que pueda, ¿Sí?


Rosángela se levantó del sillón en el que estaba sentada y paseando por la sala respondió:


—Estás loco si piensas que yo voy a prestarte. No tengo la menor obligación de
hacerme cargo de tus gastos, Humberto.


Humberto se molestó por su actitud y no pudo seguir fingiendo, sacó la fiera escondida que llevaba dentro y de un jalón al brazo de Rosángela, la detuvo y volteó hacia sí para advertirle una cosa:


—¡Un momento, querida! Sí estás obligada a ayudarme. ¿O tú como crees que
pagué los costosos regalos que te he hecho, cenas, cines, diversiones y más?
Me parece que en lugar de pedirte prestado tendría que exigirte que me
pagues todo lo que me debes. —dijo Humberto.


A Rosángela no le gustaba sentirse humillada, así que zafó de la mano de Humberto y contestó firme con la misma rebeldía:


—¡Pues entonces también exígele a tus amigotes, esos vagos con los que te
gusta juntarte y pagarles hasta la risa! ¡Diles a ellos que te den ese dinero!

—Por lo que veo, no vas a ceder. Entonces no pierdo más mí tiempo. Nos
vemos.


Entonces Humberto se aproximó a la puerta, pero la voz de Rosángela hizo que se detuviese y regresara:


—¡Un momento! Yo no he dicho que no te vaya a ayudar. ¿Te sirve un cheque?

—¡Si! Si me sirve. —dijo Humberto contento y aliviado.


Mientras su novia sacó una chequera de su bolso, colocó una cantidad en un cheque y puso su rúbrica, lo cortó y lo extendió a Humberto. El hombre iba a tomarlo, pero al querer hacerlo la tramposa mujer lo movió hacia otro lado y dijo:


—No tan rápido vida. Hay una condición para que pueda prestarte ese dinero.
Ya no quiero sentirme ignorada por ti nunca más. Tienes que darme mi lugar
y mi espacio como tu novia. Debes darle seriedad a nuestra relación. Debes
portarte cariñoso conmigo, y disponerte a hacerme la mujer más feliz de la
tierra, ¿Podrás? De ser así no sólo te prestaría, sino te daría ese dinero, ese y
cualquier otro que pudieses necesitar.


Al momento de decir eso coquetamente metió el cheque en su escote, y se acercó a él. Humberto la tomó fuerte de la cintura y descaradamente metió su mano en sus senos y sacó el cheque:


—Por supuesto preciosa. Por eso estoy dispuesto a hacer eso y más. Si sabes
que me vuelves loco.


Así comenzó a besarla con pasión desenfrenada hasta caer en el sillón. La temperatura empezó a subir. Él comenzó a bajar los tirantes de su vestido, ella le sacó la playera algodonada mostrando su juvenil y musculoso cuerpo.


—¡Mmmhh! ¡Humberto, mi amor! —decía la mujer agitada y feliz—.


Los besos y las caricias continuaron hasta que decidieron consumar el acto. Humberto la cargó en brazos hasta la recámara, y luego cerró la puerta. Dentro de ella hicieron el amor.


En la textilera, la señora Vidal ya había llegado. Subió hasta la oficina de su esposo. No vio a nadie en la entrada. Estaba feliz porque comería con su esposo, y compartirían un bello momento. Decidió entrar directamente, después de todo era su esposa y no tenía porque anunciarse. La noble mujer tomó el picaporte de la puerta caoba, la empujó y se quedó en la entrada.


—Mi vida, ¡Ya llegué! ¿Nos vamos? —dijo doña Ana Lilia, pero no recibió
respuesta—.


Como si presintiera lo que estaba pasando, avanzó lentamente hacia dentro, pero no lograba ver a nadie, así que gritó a su esposo:


—Octavio, ¿Estás aquí?


Volteaba a todos lados y no encontraba a su esposo, hasta que se le ocurrió asomarse por su escritorio.


—¡Aaahhh!


Gritó aterrada al ver a su marido tirado en el piso, el agua tirada, pedazos de cristal del vaso roto, y los papeles desordenados y en el piso. Angustiada trató de hacer reaccionar a su esposo:


—¡Octavio, mi vida, que tienes! —decía mientras movía desesperada el cuerpo
de don Octavio—. ¡Dios mío, qué te pasa mi amor! ¡Nooo!


“Ten mucho cuidado con todo lo que tú deseas, porque se te puede cumplir, y si en su momento no lo pensaste bien puedes llevarte una desagradable sorpresa”




25 de Marzo de 2020 a las 15:47 18 Reporte Insertar 18
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Yolanda Garcia Yolanda Garcia
Un comienzo muy intenso, me gusta. Seguiré leyendo porque me parece una trama muy interesante y bien realista.

  • Om Garcia Om Garcia
    Muchisimas gracias. De verdad que no te descepcionará. Estoy seguro que amarás y odiarás tanto a Reina y a Humberto como lo he hecho yo. Sigo al tanto de tus comentarios. un abrazo. 5 days ago
Lucy Valiente Lucy Valiente
Me gusta cómo comienza, me encantan las historias más reales. Bss

  • Om Garcia Om Garcia
    Muchísimas gracias por tu aportación. Así es. Yo no me peleo con ambos estilos, pero el real te ayuda a comprender más como humano y a identificarte. Por eso a todas luces está historia no es muy rosa, pero habrá elementos que la harán muy entrañable. Te agradezco por darle una oportunidad. 3 weeks ago
Black Polaris Black Polaris
Fiel a mi palabra por aqui estoy ... y la verdad es muy realista e interesante tu historia ... me gusta ... seguiré leyendote, gracias por mostrar algo diferente.

  • Om Garcia Om Garcia
    Muchas gracias [email protected] Así es. Esta es una trama muy diferente, siguiendo un poco el contexto que tú estás manejando. Sigue leyéndola. Encontrarás cosas que te impactaran y te dejarán reflexionando. Agradezco tu apoyo. 3 weeks ago
SL Sebastian Lara
Eres un máster en esto jajaj.. Felicitaciones.. Se nota q tienes el don para esto.. Mucha creatividad muy bien representada

  • Om Garcia Om Garcia
    Mil gracias :))) Me alegra que te hayas tomado el tiempo para venir a conocer mi historia. Te invito a que la sigas leyendo, y espero que te guste. sigo al pendiente de tus comentarios. Saludos 3 weeks ago
Alejandra Márquez Alejandra Márquez
Me gustó mucho el capitulo, de verdad que si, me intrigaste y me encanto que tomaras en cuenta una trama mas real, saliendo del estereotipo de la "la chica buena"... seguiré la historia, espero aprender mucho de ti :3
May 01, 2020, 02:08

  • Om Garcia Om Garcia
    Muchísimas gracias. en verdad esta historia es muy diferente, y refleja una realidad vigente hasta nuestros días, y las consecuencias de nuestras buenas y malas decisiones. espero no descepcionarte y seguir contando con tu apoyo y me des tambien mucho para aprender. May 01, 2020, 15:20
Monse Sanchez Monse Sanchez
Wow. Simplemente me cautivaste, me fascinó como realizaste las personalidades de cada personaje. Me encantó el carácter muy notable de Humberto. Tristemente es una persona que no valora lo que tiene hasta que lo pierde. Continuare tu historia. Felicidades, enserio, no muchos cautivan mi atención.
April 24, 2020, 19:47

  • Om Garcia Om Garcia
    Muchísimas gracias Monse. Realmente ese ha Sido siempre mi objetivo, perfilar personajes capaces de empatizar con el lector, que sean amados, odiados, o comprendidos. Me doy cuenta que lo he podido conseguir. Y que ha Sido del agrado de la gente que me ha leído. Espero seguir cautivando tu atención y la sigas leyendo. Cada capítulo te sorprenderá. April 26, 2020, 19:41
Om Garcia Om Garcia
¡Muchas gracias por tomarte un tiempo para leerme! no sabia eso de los guiones largos, pero lo tomaré en cuenta, aunque como mi historia ya la tengo terminada, me resultara tedioso cambiar todos los guiones, pero claro que lo tomaré en cuenta. Gracias por las obsevaciones y en breve buscare otra historia mas tuya para leer.
April 23, 2020, 19:18
Jancev Jancev
¡Hola! Oye muy interesante este primer capítulo, tiene de todo y realmente refleja la vivencia de muchos, solo te aconsejaría que cambiaras los guiones que estás usando (-) por el guion largo que es el correcto para los diálogos (—) pero de resto muy buena ortografía y los pequeños detalles en un texto tan largo son algo normal que seguro puedes arreglar en otra oportunidad. Te seguiré leyendo :)
April 23, 2020, 18:05
Cami Bengoa Cami Bengoa
¡Muy buen inicio! Los personajes se sienten muy reales, especialmente Reina, que es una adolescente rebelde pero que sabe lo que quiere. Odié los comentarios machistas, aunque lastimosamente realistas, por ejemplo cómo comentan de ella al principio y el hecho de que la juzguen a ella por estar con el profesor, cuando el abusador es él por ser un adulto. Viridiana me pareció un personaje interesante también, aunque secundario. Encontré algunos errores de puntuaciones y de acentuación, nada muy grave, con una leída en voz alta se soluciona. Recomiendo tener en cuenta el vocabulario, van a leerte personas de distintos países, y hay palabras o expresiones que no van a comprender, por ejemplo yo no sé que significa “Echarle el guante a tu jefe con la chamba”. Esto está bien si lo querés dejar así, solo lo digo como un consejo para tener en cuenta, quizá usar un lenguaje más neutro. También recomiendo utilizar espacios o algún signo de separación cuando se cambia entre las escenas de Humberto y de sus padres y de Reina, está todo unido y puede ser algo confuso.
April 21, 2020, 01:45

  • Om Garcia Om Garcia
    ¡HOLA! MIL GRACIAS POR TU VALIOSO COMENTARIO Y TOMARTE LA MOLESTIA DE REVISAR MI HISTORIA. EFECTIVAMENTE, HE TRATADO DE CONTAR UNA HISTORIA LO MAS REAL POSIBLE, POR TANTO AQUI HABRÁ MUY POCAS REFERENCIAS A UN CUENTO DE HADAS, PERO CREEME QUE RESULTARA MUY INTERESANTE. SI, YO TAMBIEN ESTOY SUPER EN CONTRA DE LA DISCRIMINACION HACIA LA MUJER, Y SOY DE LA OPINION QUE CADA QUIEN PUEDE HACER DE SU VIDA LO QUE DESEE, SIEMPRE CON RESPONSABILIDAD. GRACIAS POR TUS COMENTARIOS POSITIVOS HACIA MIS PERSONAJES. Y SI TIENES RAZON, HE CUIDADO LA ORTOGRAFIA, PERO DE REPENTE SE ME HA ESCAPADO UNA QUE OTRA COMA O ACENTO JEJEJE. GRACIAS POR HACERMELO NOTAR. RESPECTO A EL LENGUAJE NEUTRO, YA ALGUIEN ME HABIA COMENTADO QUE LES MOLESTABA LEER TANTOS MODISMOS. ES UNA FORMA MUY COLOQUIAL DE HABLAR AQUI EN MEXICO. "ECHARLE EL GUANTE A TU JEFE CON LA CHAMBA", QUIERE DECIR, AYUDAR A TU PAPA EN SU TRABAJO. POR EJEMPLO. PERO MUY BUENO TU CONSEJO. Y ES VERDAD, TODO ESTA MUY JUNTO. ESTA HISTORIA YA ESTA TERMINADA, Y LA TENGO GUARDADA EN UN ARCHIVO CON CIERTO TIPO DE LETRA Y LAS CORRESPONDIENTES SEPARACIONES, PERO AL TRASLADARLA AL EDITOR DE INKSPIRED SE VUELVE A JUNTAR, DE HECHO SI BORRO O MODIFICO ALGO SE ME DUPLICAN LOS PARRAFOS. NO SE PORQUE, PERO INTENTARE SEPARARLOS TAL Y COMO ME RECOMIENDAS. MIL GRACIAS Y ESPERO QUE LA SIGAS LEYENDO. YO TAMBIEN VERE ENTRE TU MATERIAL PARA DEJARTE MIS OBSERVACIONES. SALUDOS. April 21, 2020, 16:21
Nimeria Escondida Nimeria Escondida
Wow me ha llamado mucho la atención. Muy buena narración y una ortografía muy cuidada. Da gusto leer algo así. Qué intensidad desde el primer capítulo!!
April 14, 2020, 09:25

  • Om Garcia Om Garcia
    ¡MIL GRACIAS AMIGA! APRECIO MUCHO TUS COMENTARIOS. TE INVITO A QUE NO TE LA PIERDAS. SEGURO QUE TE SORPRENDERA. April 15, 2020, 20:01
~

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