ccdreams Carmen

«No existen frutas prohibidas sino bocas que se cierran». Julia es una estudiante de bachillerato artístico, amante del arte y de él, su amor prohibido. Él es mayor y trabaja en su instituto. Ella es tímida y apenas se atreve a hablarle, pero sueña con pintar una historia de amor sobre su piel. Hay veces que el amor más intenso se oculta detrás del silencio más profundo. Adéntrate a conocer la historia de un amor prohibido.


Romance Romance adulto joven Todo público.

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Capítulo 1

—Caída del hombre, pecado original y expulsión del paraíso es el sexto fresco de la Capilla Sixtina pintado por Miguel Ángel en 1509. Representa el pasaje de la Biblia en el cual Adán y Eva son expulsados del paraíso tras comer la fruta prohibida. En él hay seis figuras, del lado izquierdo se encuentran Adán, Eva y Satanás y del lado derecho vemos a un ángel y de nuevo a Adán y Eva.

Son totalmente diferentes en cada lado: en el izquierdo, se les representa alcanzando la manzana que les ofrece Satán enroscado encima del árbol con cola de serpiente, y en el derecho, aparece la consecuencia de esto: la expulsión del paraíso y —suena el timbre que anuncia el final de la clase pero la profesora sigue hablando—. Bueno chicos, mañana seguiremos y daremos la última clase sobre esto. Recordad que podéis presentar una exposición sobre Miguel Ángel y sus obras en la Capilla Sixtina en grupos de dos. Tendréis que elegir un fresco y explicarlo más detalladamente.


—Si lo hacemos, ¿se eliminará este tema del examen? —pregunta un alumno.


—Puede. Hacedlo lo mejor que podáis y lo pensaré. Lo que sí es seguro es que contará para nota. Hasta mañana chicos. —se despide dirigiéndose a la puerta.


—Hasta mañana —responden algunos compañeros.


Murmullos de voces empiezan a crecer en el aula mientras observo detenidamente el fresco que muestra la pantalla digital que la profesora ha olvidado apagar. Reflexionando sobre la historia que cuenta la pintura, una frase me viene a la cabeza: No existen frutas prohibidas sino bocas que se cierran. El hecho de que culpen a la mujer del pecado original que lleva arrastrando la humanidad desde el origen de los tiempos, me parece una versión machista y misógina que no puedo compartir. Aún así, a pesar de la historia que cuenta, la pintura me parece de una calidad excelente. Es impresionante tan solo verlo en digital, no me puedo imaginar cómo sería en vivo.


—¿Quieres que hagamos este fresco? —pregunta Blanca. Mi mejor amiga y compañera de mesa.


—Vale. Es el más reciente y he apuntado muchas cosas, con esto lo tendremos casi hecho.


—Mejor. Uff —dice suspirando y apoyando la cabeza sobre su mano derecha—. Odio tener que hacer exposiciones, y más ahora con todos los trabajos y los exámenes que vienen.


—Lo sé tía, lo odio tanto como tú, pero estoy segura que si todos hacemos la exposición quitará este tema del examen.


—Ojalá porque no sé cómo me voy a estudiar los mil temas que entran. Espero que la exposición cuente uno o dos puntos o no apruebo ni de coña.


Me encojo de hombros y le intento dar ánimos. Las dos odiamos hablar en público, nos da pánico, pero debemos hacerlo si queremos aprobar. Aunque a mí se me da bien estudiar, y sobretodo historia del arte que es de las materias que más me gustan, nunca esta de más unos puntos extras o un tema menos en el examen. Y si hacemos juntas la exposición puedo ayudar un poco a mi amiga a aprobar.


Acabamos las dos siguientes clases y cojo el almuerzo de la mochila para guardarlo en los bolsillos de mi chaqueta. Es la hora del descanso y estoy hambrienta.


Bajo las escaleras del instituto junto a mis amigas que se ponen a hablar entusiastamente.


—¿Os habéis enterado de la nueva pareja que hay en la clase B? —pregunta Blanca.


—No. ¿Cuál? ¡Cuenta! —incita Paula.


Desconecto de la conversación y me dedico a observar a la gente que baja por mi lado. Nunca me han gustado los rumores sobre la vida privada de la gente, menos si es de personas que apenas conozco. Cuando mis amigas se ponen a hablar sobre esos temas intento desconectar pensando en otras cosas o simplemente observando. Las cuatro tenemos muchas cosas en común, como el arte, pero también diferencias como el gusto por los cotilleos. Tal vez la razón por la que no me gustan es que soy una persona muy introvertida y recelosa de mi vida privada y no me gustaría para nada que otras personas hablasen de mí. Mis amigas en cambio, son menos introvertidas y tímidas que yo.


Paula es la más extrovertida de las tres, dice y hace lo que desea y no le importa lo que los demás puedan pensar. Una cualidad que admiro mucho de ella.


Elena es muy independiente y le es indiferente tratar con mucha o poca gente. Se basta y sobra con ella misma.


Blanca es la que más se asemeja a mí, algo tímida al principio pero es alegre y muy sociable. Nos conocimos en el último curso de secundaria, hace relativamente poco. En cambio con Paula y Elena fue diferente, a pesar de llevar muchísimos años en el mismo instituto, no empezamos a juntarnos hasta primero de bachiller. Desde entonces no nos hemos separado y no creo que lo vayamos a hacer. Todas ellas tienen cualidades que admiro y que me ayudan a crecer como persona cada día.


—¡Tía, allí está Fede! —dice Blanca emocionada agarrándome del brazo.


Dirijo mi mirada al mismo lugar que ella y veo a un hombre alto, de pelo cobrizo y ojos azul celeste salir de detrás de la mesa de conserjería. Viste con su uniforme habitual: una camiseta de manga corta azul oscura con el escudo del instituto bordado en el pecho, y unos pantalones largos color beis. Luce barba de unos tres días y una sonrisa resplandece en su rostro mientras habla con otro de sus compañeros.


—Qué raro, a esta hora nunca está —digo con los ojos clavados en él.


—Sí, pero ojalá sea así más veces porque alegra la vista —contesta Blanca.


Al unísono empezamos a reír. Entonces su mirada se cruza con las nuestras y nos saluda sonriente haciéndome sonrojar. Blanca le responde con un hola mudo y cruzamos el umbral de la puerta.


No es raro que nos salude, de hecho siempre lo hace, pero no puedo evitar sonrojarme cada vez. Provoca algo en mí difícil de expresar. Somos las únicas alumnas a las que saluda, que nosotras sepamos.


A pesar de que ya lleva tres años trabajando aquí, es el conserje que menos veces vemos de los tres que hay. A veces coincidimos en los pasillos o en recepción antes de que suene el timbre tras el descanso. Esa es la razón por la que nos saluda. Blanca y yo siempre somos las primeras en entrar para ir al baño, y en ese tiempo casi siempre está él. Nos saludamos pero no hablamos mucho más, sólo cuando le pedimos papel o algo por el estilo. Ni siquiera sabemos su nombre. Le llamamos Fede debido a su acento argentino, es el primer nombre que se nos ocurrió.


Cruzamos el paso de peatones situado a un lateral del instituto y nos dirigimos al lugar de siempre para comer nuestro almuerzo: un banco frente a una heladería italiana rodeado de palmeras. No tenemos mucho tiempo hasta la siguiente clase así que aprovecho para comerme el bocadillo mientras mis amigas retoman la conversación de cotilleos.


Mi imaginación vuelve a recrear la imagen de Fede en mi cabeza. Es un hombre muy atractivo, de mirada profunda y sonrisa cautivadora. Además es muy amable con nosotras. Siempre nos sonríe y nos saluda. Algo que ni siquiera todos los profesores hacen.


Durante esos instantes de miradas y sonrisas que se cruzan en el pasillo me siento especial. Como si el mundo se detuviese entre nosotros dos.


—Está allí el príncipe —dice Blanca mirando a un chico en la calle de en frente.


Entonces las tres nos quedamos mirándolo. El príncipe es un chico alto, de piel bronceada, pelo oscuro y ojos color miel que va al mismo instituto que nosotras pero a ciclos formativos.


A Blanca le encanta y por eso le ha puesto ese mote, para ella es su príncipe. Aunque por fuera da la sensación de ser el típico chico malo, prepotente y vacilón que se cree superior. A ella no le importa, al revés, creo que le gusta más por eso. En cambio a mí me parece guapo pero tampoco nada del otro mundo, además esa actitud le quita todo el encanto que podría tener.


Cinco minutos antes de que suene el timbre me dirijo con Blanca de vuelta al instituto. En la puerta hay algunos alumnos aprovechando hasta el último segundo fuera antes de que suene el timbre. Sin embargo, nosotras cumplimos con nuestro ritual de entrar antes que nadie para ir al baño.


Esperamos a escuchar el sonido que indica que se puede abrir la puerta y entramos. Cuando veo que Fede está en recepción, los nervios se apoderan de mi estómago. Sigo a Blanca y nos acercamos a él.


—Hola, ¿me puedes dar papel por favor? —pregunta dedicándole su mejor sonrisa.


—Hola —susurro yo a continuación.


—Buenas, claro —responde sonriente dejando un rollo de papel higiénico sobre la mesa.


—Gracias —replica Blanca cogiendo un trozo de papel—. Hasta luego.


—De nada, hasta luego.


Nuestras miradas se cruzan y siento un calor creciente en las mejillas. Tiene los ojos más bonitos que he visto nunca.


—Hasta luego —me despido y voy con Blanca a los baños. Percibo su característica sonrisa antes de irme.


Espero a Blanca apoyada en la pared pensando en esos ojos azul cielo y su sonrisa tan bonita. Me gusta imaginar que más allá de los saludos cada vez que nos vemos, él piensa en mi tanto como yo en él. Que cruzo por su mente en algún momento del día y que existe una especie de química o conexión especial entre nosotros.


Otras veces esos pensamientos se ven sustituidos por otros pesimistas. Como que a la que saluda en realidad es Blanca porque es ella quien le habla. Además es una chica estupenda, rubia y de pelo largo, no muy alta, con unos ojos preciosos de color avellana y una sonrisa que enamoraría a cualquiera. Es posible que la salude a ella y se fije en ella. Aún así procuro dejar volar mi imaginación cada vez que pienso en él. Aunque sea un amor imposible y prohibido.



25 de Marzo de 2020 a las 01:20 0 Reporte Insertar 0
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