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aiden Denis Angueira

Cuando el culto al Iluminado amenaza con extender su dominio sobre todo el continente. Aiden, un mercenario, emprende un viaje arriesgado para rescatar a su famila. Su camino lo lleva irremediablemente al campo de batalla donde se decide el destino del mundo. Una historia de espadas, caballeros e intriga. Disfrutenla.


Aventura Sólo para mayores de 18.

#fantasia #medieval #guerra #reinos #caballeros #326 #acción
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Capítulo 1:

Priscila sacó la cabeza de entre el montón de heno en el que yacía acostada y buscó con la mirada a su madre. La vio conversar con varias mujeres que se afanaban trabajando en los campos. Este año la cosecha había sido buena. La niña se imaginó la cara de felicidad de su padre cuando volviera. Se sentarían juntos frente al fuego, y cenarían hasta hartarse. Priscila cerró los ojos y se imaginó frente a las calientes brazas del hogar, escuchando a su padre narrar historias sobre tierras lejanas, tierras a las que ella pensaba ir, algún día. El viento frío, la hizo encogerse y se acomodó el abrigo de lana sobre los hombros. El invierno comenzaba a hacerse notar en la llanura de Almer. Pronto la nieve cubriría los campos y los tejados de madera del pueblo. Esa era la temporada que más amaba Priscila. El pueblo aburrido y monótono parecía despertar y animarse durante el invierno. No podía ser de otra manera ya que era en esa época del año en la que su padre regresaba, marchando a la cabeza de los Espadas Rotas, el ejército mercenario más fuerte del mundo, según la opinión de la niña. Toda la llanura de Almer se animaba entonces como si fuera el inicio de un festival. Las mujeres recibían a sus maridos e hijos y los ancianos a sus nietos. Todos llegaban contando relatos sobre batallas y heroísmo. Se bebía a la salud de los que murieron en combate y Priscila junto con los otros niños podía quedarse despierta hasta tarde sin que su madre la regañara. Unos pasos la sacaron de sus pensamientos. Se incorporó solo para ver acercarse cojeando al viejo Cástor, sonriendo como un lobo.

-Haciendo de las tuyas como siempre, mocosa- dijo burlón el anciano y clavó en ella su ojo brillante, de un azul intenso- Le voy a decir a tu padre, lo mal que te has estado portando.-

Este comentario hizo que Priscila saltara del montón de heno como impulsada por un resorte y cayera de pie frente al viejo.

-Me he portado muy bien este año- replicó enojada – No vayas a contarle mentiras a mi padre-

-¿Mentiroso yo?..Descarada y más que descarada eres.-

La niña iba a responder pero la mano de su madre apoyándose sobre su cabeza la hizo detenerse.

-Buen día Cástor- saludó Elisa con una sonrisa- ¿Dando una vuelta para estirar las piernas?-

-Ya sabes que mi vieja herida, siempre me molesta cuando está al caer el invierno- el anciano se acarició la rodilla y maldijo bajito.

Priscila se acurrucó tras su madre sin dejar de mirar al viejo.

-Mamá, dice que va a darle quejas de mi, a papá- dijo y señaló acusadora a Cástor-No le creas, yo siempre me porto bien-

-Se porta bien, dice la enana. Ayer la vi corriendo junto a Cody. Negra de fango hasta las cejas y con cara de estar haciendo maldades.-

-Estábamos jugando en el río, viejo chismoso.-

El anciano soltó una carcajada que pareció enfurecer aún más a Priscila. Estaba determinada a ponerlo en su sitio, pero la mirada severa de su madre la detuvo.

-Hace una hora te dije que fueras a buscar agua- dijo Elisa y señaló un cubo de madera que descansaba solitario junto a la pila de heno- Pero parece que no me escuchaste. Debes tener fango de ayer todavía dentro de las orejas.-

De mala gana la niña agarró el balde y se encaminó hacia el río, no sin antes hacerle a Cástor una mueca burlona. El viejo fingió que iba a perseguirla y luego se echó a reír, cuando la niña rompió a correr veloz como un conejo.

-Esa mocosa es igual que su padre-

-Ese es precisamente el problema- añadió Elisa con una sonrisa.

El río no era, según la opinión de Priscila, la visión más interesante del mundo. Había escuchado hablar a su padre sobre algunos muchos más grandes y hondos. Llenos de peces y peligrosos cocodrilos. Comparado con esos este era más bien chico. La niña se sentó sobre una roca y sumergió sus pies desnudos en las frías aguas. Junto a ella flotaba el balde vacío, navegando como un velero. Priscila lo impulsó con su pie y durante un rato se quedó viendo como daba vueltas de aquí para allá espantando a los pececitos. El canto de los pájaros era agradable. La niña los veía saltar en las ramas desnudas de los arboles, ahora carentes de hojas. Un poco más allá serpenteaba el camino que llevaba al pueblo de Kiel, hogar de leñadores y carboneros. Por esa misma ruta llegaría su padre, ondeando la bandera azul celeste de los Espadas Rotas. Priscila clavó su mirada en el camino y distinguió entonces a los jinetes que galopaban. Primero pensó que eran solo unos cuantos campesinos que venían de visita, a comprar grano y comerciar. Pero desechó la idea al instante. Eran un gran número de gente. Los cascos de los caballos hacían un ruido que crecía poco a poco, como el sonido de una tormenta cuando se acerca, cargada de amenazantes nubes negras. La niña se paró sobre la roca para ver mejor, pero no pudo distinguir quienes eran. En vano buscó el símbolo de los Espadas Rotas, en su lugar vio un estandarte que no conocía. El estridente sonar de la campana del pueblo la hizo sobresaltarse. Echó a correr por el bosque, manteniéndose lejos del camino. El galopar de los caballos rugía tras ella. Salió a los campos de trigo y recordó entonces que había olvidado el cubo, se detuvo y pensó si debía regresar o arriesgarse a que su madre la regañara, pero una mano la agarró con fuerza por la muñeca. Priscila reconoció a Cástor que la miraba con su único ojo. La expresión sombría en su rostro la hizo temer.

-Ve con tu madre Priscila- dijo el anciano tuerto con una voz que la niña no le conocía- Apúrate y si vez a otro mocoso llévatelo al pueblo contigo.-

Obedeció sin replicar. No recordaba que Cástor la hubiera llamado alguna vez por su nombre. Las mujeres en los campos corrían hacia el pueblo, algunas cargaban en brazos a sus hijos. Priscila sintió ganas de llorar, aunque no sabía porque. Su madre la recibió con un abrazo, La niña se acurrucó en su pecho y la escuchó respirar con fuerza, como si hubiera estado trabajando mucho.

-Te estuve buscando por todos lados- dijo Elisa y la besó en la frente- Vamos a casa, y tranquila que todo va a estar bien.-

El pueblo se encontraba agitado. En la entrada, varios hombres armados habían levantado unas toscas empalizadas de madera. Tras los maderos afilados se formaron varios vecinos cargando cortos arcos y flechas con punta de hierro. Eran en su mayoría gente muy joven o muy vieja. Priscila y su madre llegaron justo cuando, un grupo armado con espadas y alabardas, salían para reforzar la entrada. Uno de ellos se dirigió a Elisa. La niña lo reconoció. Era el padre de Cody.

-Me alegra ver que están bien- dijo el soldado y sonrió a Priscila- Vayan con Sara y Cody. Con mi mujer estarán a salvo.-

-¿Quienes son?-preguntó Elisa señalando al grupo que cabalgaba por el campo.

-No tengo idea- respondió el hombre y se tocó el hombro donde llevaba atada una venda que sobresalía por debajo de la armadura de cuero- Pero me alegro de que mi herida me haya hecho quedarme aquí.-

Priscila lo vio alejarse y saludar con la mano a Cástor, que llegaba cojeando, armado con una espada.

Cody era dos años menor que Priscila. Tenía una mata de pelos pelirroja siempre en eterno desorden. El niño la abrazaba con fuerza.

-Tranquilo, no pasa nada- la niña le acarició los cabellos enmarañados. Esto pareció calmarlo, ya que el pequeño la miró y se sorbió con fuerza los mocos. En la puerta de la casa Sara y su madre conversaban. Intentó escuchar que decían, pero hablaban en voz baja.

-Está herido, me necesita con él, para librarnos de esos malnacidos- dijo Sara y revisó por decima vez el arco que llevaba y las flechas colgadas en su espalda- Son más de treinta jinetes.-

-Habla bajo, los niños- replicó Elisa y puso una mano en el hombro de su compañera- Eres la única que puede defendernos si pasa lo peor.-

Las dos miraron al centro de la plaza del pueblo, donde se agrupaban varias viviendas de madera, formando un semicírculo. Asomados a las ventanas se veían rostros infantiles de ojos asustados. Parado en el centro mismo de la plaza un muchacho de poco más de doce años sostenía una espada y temblaba. Junto a él un anciano de barba blanca empuñaba un azadón, y así tras ellos mujeres, viejos y jóvenes permanecían de pie, silenciosos como estatuas. Sara los evaluó con la mirada. Negó con la cabeza. Su amiga se percató de su gesto sombrío.

-No va a pasar nada-dijo tranquilizadora Elisa- Probablemente solo es el ejército de algún noble de Virak, buscando contratar a los Espadas Rotas. Nadie nunca nos ha atacado, saben quiénes somos.-

Sara se disponía a responder, pero un estallido sordo hizo temblar el pueblo por un instante. La gente en la plaza saltó y varias mujeres gritaron. En las casas se escuchó el llanto de algunos niños. Cody corrió y se abrazó llorando a la pierna de su madre. Priscila se agarró a la falda de Elisa.

-¿Qué era eso mamá?- preguntó la niña con un hilo de voz. En ese instante, como respuesta a su pregunta, se escucharon dos, tres, cuatro estallidos, esta vez más cerca. Un hombre llegó corriendo a la plaza. En la mano llevaba una espada.

-¡Los Blancos, los Blancos están aquí!- Se le escuchó gritar- ¡El ejercito de Sidaria, huyan todos!-

El hombre agarró de la mano a una mujer y escapó seguido por un par de niños. En la plaza el pánico se generalizó. Sara soltó una maldición.

-Tienes que irte Elisa- dijo la guerrera- Llévate a Cody y vayan al bosque, escóndete ahí hasta que yo te encuentre.-

-¿Adónde vas Sara?-

-Tengo que encontrar a Trevor, está herido, me necesita-

-No te vayas mamá, tengo miedo- el niño se aferraba con fuerza a la pierna de su madre, tenía los ojos llenos de lágrimas.

-Cody, escúchame Cody- Sara se agachó y miró a su hijo a los ojos- Voy a buscar a papá. Vas a estar bien, quédate con Priscila. Mamá va a volver por ti.-

Lo besó en la frente y echó a correr. Priscila abrazó al niño y fue junto a su madre, que empuñaba un cuchillo. Vieron alejarse a la guerrera hasta que desapareció entre la multitud y entonces sonó un nuevo par de estallidos, seguidos por gritos de terror. Un hombre a caballo surgió de la nada, cortando el paso a la gente que huía. La niña vio brillar su armadura blanca y su espada, con la que rajo de un tajo la garganta de un joven que sostenía una azada. La sangre manchó la blancura de las ropas del jinete que detuvo su carrera y lanzó un grito estremecedor. Varios soldados surgieron entonces del bosque que se extendía tras el pueblo, prometiendo una falsa vía de escape. Los invasores cayeron como una marea blanca sobre la multitud asustada. Priscila sintió la mano de su madre arrastrarla con fuerza lejos del caos y la muerte. A la niña todo le parecía irreal, como si fuera solamente un loco sueño del que pronto despertaría. Escuchaba ajena los gritos y el llanto. Sintió en sus labios el sabor del fango, cuando tropezó y cayó sobre un charco de agua rojiza. Junto a ella una mujer yacía con los ojos muy abiertos. En su pecho tenía clavadas tres flechas de largas plumas negras. Los brazos de su madre la sostuvieron alejándola de allí. Escuchó entonces el sordo llanto de Cody y frente a ella las casas ardieron llenando todo de humo. Por todas partes vio danzar pálidas siluetas, blancas como fantasmas salidos de una pesadilla, avanzando entre el fuego y la muerte.

-¡Priscila, háblame por favor!-

Los gritos de su madre la hicieron regresar. El rostro que la miraba con ojos preocupados estaba sucio de hollín y fango. La niña abrazó a Elisa y lloró sobre su pecho.

Estaban ocultos tras una carreta volcada, junto a una casa de la que salía humo por las ventanas. Cody ya no lloraba, aunque sus mejillas estaban húmedas por las lágrimas. El niño se acurrucó en el regazo de Priscila, que no perdía de vista a su madre. Elisa les hizo una seña, indicándoles que no hicieran ruido y con cuidado asomó la cabeza entre las tablas rotas de la carreta. Los invasores de blanco iban de aquí para allá asesinando a todo el que les hacía frente. Sentados en el fango, había un grupo de gente vigilada de cerca por varios soldados enemigos. En los ojos de los cautivos flotaba la sombra del miedo y la desesperación. Más allá se estaba librando un combate encarnizado. Elisa escuchó el sonido de la batalla y durante unos segundos pudo distinguir la figura encorvada de Cástor, moviéndose con la habilidad de un guerrero veterano. Tras él estaba Sara, lanzado flechas como una loca, con el cabello rojizo suelto, cayéndole sobre los hombros.

-Quédense aquí en silencio- dijo Elisa a los niños y apretó a su hija contra el pecho- Tienes que ser valiente, yo voy a volver enseguida. Cuida de Cody.-

-No mamá- la voz de Priscila era solo un débil susurro- Quédate-

La mujer la abrazó con fuerza. Estuvieron así durante un tiempo, hasta que se separaron y Elisa se marchó dejando a los niños ocultos tras la carreta. Les dedicó una última mirada y una sonrisa. Ocultó lo mejor que pudo las lágrimas que le humedecían el rostro.

Cástor clavó con fuerza su espada en el cuello de su adversario, justo en el espacio que separaba al yelmo, de la coraza que protegía los hombros de su rival. Lo escuchó balbucear con la boca llena de sangre, para luego caer pesadamente. No alcanzó a entender lo que había dicho. Quizás era una maldición, una súplica o una oración a su dios, lo que había salido de la boca temblorosa del muerto. En realidad no importaba, ahora ya nada importaba. Solo la supervivencia. El viejo se sorprendió cuando Sara se puso a su lado.

-Tenemos que salir de aquí- dijo la guerrera y lanzó una flecha que voló certera, arrebatando la vida, a uno de los enemigos que intentaba rodearla.

-Estos hijos de puta están por todas partes- el viejo señaló con la espada hacia un grupo de casas- Dile a Trevor que nos retiramos, rodeando la herrería y luego hacia el bosque.-

-Tengo que encontrar a Elisa, le dije que fuera al bosque con los niños, pero y si no pudieron….-

-Yo no pienso abandonarlos tampoco- afirmó con determinación el anciano-Pero si no salimos de aquí estamos muertos, y entonces los Blancos ganan.-

-¡Trevor, nos retiramos!-

Cástor y la arquera echaron a correr hacia las viviendas. Tras ellos se escucharon varios gritos amenazadores y el ruido metálico de las armaduras. La mujer se dio la vuelta pero no tuvo tiempo de tensar el arco. El pálido enemigo que la seguía con la espada alzada gritó cuando el acero de Trevor lo atravesó. Un segundo enemigo armado con una lanza se le abalanzó, pero el guerrero lo evitó hábilmente arrojándole de un empujón el cadáver de su compañero, esto le hizo dudar lo suficiente para que la afilada punta de la lanza errara hiriendo el vacío. Trevor lo rodeó y de un rápido tajo de su espada lo degolló. El hombre fue junto a su esposa, jadeando, cubierto de sudor. La sangre brotaba en su hombro. Las suturas que días atrás cosían su herida habían cedido por el esfuerzo.

-Estoy bien- dijo al notar la mirada preocupada de su mujer- Vamos, tenemos que hallar a Cody.-

Elisa se topó con el grupo justo cuando llegaba a la herrería. La estructura de madera era la más grande del pueblo. Destacaba por su diseño imponente y los estandartes que colgaban junto a la entrada. Aunque ahora consumida por las llamas, tenía un aspecto más bien lamentable. La mujer casi pega un grito cuando se tropezó con Cástor. La mano en la que llevaba el cuchillo se le quedo congelada, alzada sobre su cabeza.

-Sostenlo con fuerza- dijo el anciano con seriedad- y húndelo sin pensar mucho, en el cuello, o en el costado.-

Elisa abrazó a Sara y por un momento, rodeada por el grupo, la tensión en su pecho se calmó.

-¿Dónde está Cody?-pregunto Trevor y se agarro el hombro manchado de sangre-¿Por qué no fueron al bosque?-

-Salieron soldados de allí, mataron a todos como animales-

El anciano puso su mano con torpeza en el hombro de la mujer intentando consolarla.

-Nos rodearon- habló con la seguridad de la experiencia- Lo hicieron para evitar que escapáramos. Hay que buscar a los niños y encontrar otra forma de salir. ¡Hijos de puta!-

-Tienen a un grupo prisionero, tenemos que ayudarlos antes que….-

-Calma Elisa- dijo Trevor y en su rostro se dibujó una mueca de dolor que intentó disimular en vano- Los Blancos no ejecutan a sus prisioneros, se los llevan como esclavos. Si escapamos solo tenemos que esperar a que Aiden regrese. Con tu esposo y los demás Espadas Rotas las cosas cambiaran. Los rescataremos a todos.-

El grupo se puso en marcha. Las mujeres iban juntas lado a lado. Al frente estaba Cástor, moviendo la cabeza para orientarse y evitar los peligros, tal y como lo haría un perro de caza o un lobo. Trevor cerraba la formación. El hombro le dolía un poco, pero no se quejaba. No podía darse ese lujo. De vez en cuando su esposa volvía la cabeza y lo miraba buscando apoyo. Caminaban despacio, agachados por momentos y otras veces ocultándose entre las viviendas de madera. El combate en el pueblo continuaba, aunque al parecer pronto todo acabaría. En una ocasión, vieron pasar a un destacamento de blancos soldados, escoltado a un grupo de hombres, algunos estaba heridos, pero esto no parecía importar a los guardianes, que sin reparo ninguno empujaban a los que se quedaban rezagados. Luego de un tiempo, pudieron ver por fin la carreta volcada y entre las tablas distinguieron a Priscila y los rojos cabellos de Cody. Al ver a su madre, el pequeño se liberó del abrazo de su amiga y echó a correr hacia el grupo. La niña parecía que iba a seguirlo pero se detuvo con el miedo reflejado en el rostro. Un jinete surgió de entre las casas, consumidas por las llamas. El niño lo vio, pero no tuvo tiempo de apartarse. Los cascos del animal aplastaron a Cody, dejando su cuerpo inerte en el suelo, cubierto de sangre y fango. Con un tirón de la brida el blanco jinete pudo, al fin, detener el galope del purasangre. El grito de Sara se escuchó entonces, resonando entre el miedo y la muerte.

Priscila no podía dejar de mirar al hombre en el caballo. Su armadura de metal y cuero gris. Las espadas cortas que llevaba colgadas, a cada lado de la cintura. Lo vio bajar del animal y descubrir su rostro, oculto tras una capucha de tela, adornada con un diseño tejido que representaba complejas figuras. Fue entonces que descubrió que se trataba de una mujer. Una mujer con la cabeza totalmente rapada. La recién llegada miró inexpresiva a Sara, que de rodillas, abrazaba el cuerpo sin vida de su hijo, gritando como una loca. Un grupo de blancos soldados corría hacia allí. Priscila buscó a su madre. La vio protegerse tras Cástor que sostenía su espada apuntando con ella a los enemigos. Escuchó el grito de Trevor cuando se abalanzó sobre los primeros en alcanzar al grupo y los rajó con ágiles movimientos. La sangre que salpicó en el suelo y sobre las vestiduras del hombre la hicieron estremecerse. Vio la figura blanquinegra que avanzó unos pasos, el rostro cubierto con una máscara de cuero y el oscuro artilugio que dirigió hacia Trevor que rechazaba con su espada a todo el que se acercaba a su mujer. Luego fue el destello y el ruido. Un rugir ensordecedor e indescriptible. La niña se cubrió los oídos y en su estómago sintió un sobresalto. El humo rodeaba al enmascarado, que ladeó la cabeza como quien admira su obra. Priscila estaba horrorizada. Trevor se mantuvo de pie durante unos segundos, aunque su armadura estaba destrozada y de su pecho manaba la sangre. Mucha sangre. La espada se le escapó de las manos y entonces cayó al suelo, a varios pasos de su familia.

Cuando Cástor vio morir a Trevor supo que no saldría vivo de allí. Empujó a Elisa hacia la carreta y cortó el paso a los que intentaban darle alcance. Rodeado de enemigos, se defendió como un lobo acorralado. Su espada probó la sangre de sus adversarios, que se confiaron y fueron imprudentes. Pero al final la superioridad numérica se impuso. El viejo recibió un corte en el brazo y luego un golpe con el mango de un hacha en la frente. Cayó al suelo y sus enemigos lo patearon con violencia. Aulló de dolor cuando el peso de una bota aplastó la pierna donde estaba su vieja herida. Pensó que todo acabaría, que lo matarían allí, pero los Blancos tenían otros planes. Lograron atarlo aunque intentó en vano forcejar y liberarse. Vio entonces entre las pálidas formas que lo rodeaban a Elisa apuñalar a un desgraciado que la tenía agarrada del cuello. El hombre lanzó un alarido y cayó muerto. Priscila estaba junto a ella, con los ojos abiertos como platos.

-¡Corran, salgan de aquí!- alcanzó a gritar, antes de que un golpe lo dejara inconsciente.

La sangre manchó el vestido de Elisa que tomó de la mano a su hija y la cubrió con su cuerpo. El cuchillo estaba todavía clavado al costado del hombre que había asesinado. No podía escapar. Estaba rodeada. Uno de los Blancos se le abalanzó, pero una flecha le perforó el cuello haciéndolo escupir sangre. Sara estaba de pie, con el rostro oscurecido por una sombra asesina. Silbaron las flechas haciendo retroceder a los enemigos, pero solo por un momento. Un grupo más grande llegaba ya, para rodear a la arquera. La última de las flechas se clavó en el hombro de un soldado que se le había acercado demasiado. La guerrera lo remató con un golpe en el mentón dado con el propio arco. El hueso crujió y el arma de la mujer se rompió quedando inservible. Un gritó llamó entonces su atención. Frente a ella estaba la pálida jinete, empuñando sus espadas. Sara tomó del suelo el arma de su marido y se lanzó sobre la mujer. Las hojas cortas de su enemiga bailaron con elegancia. Ni siquiera sintió el corte en el abdomen hasta que vio la sangre manchar su armadura y correrle por el muslo. Lanzó varias estocadas, pero su rival las esquivó sin esfuerzo y ni siquiera devolvió el golpe. La herida en su vientre era profunda y no dejaba de sangrar. Se sintió débil. La hoja de acero de su enemiga le atravesó entonces el pecho. Sara extendió la mano y agarró por el cuello a la asesina de su hijo. La mujer de blanco la miraba inexpresiva. Apretó, pero ya no le quedaba fuerza en el brazo. Todo se oscureció lentamente mientras se desplomaba en un charco de sangre. Escuchó a lo lejos los gritos de Elisa.

En el pueblo todo había terminado. Los soldados de Sidaria marchaban de aquí para allá tomando todo lo que hallaban de valor. El humo escapaba de las casas destruidas por el fuego. En el centro de la plaza ondeaba, sujeto a un astil de madera clavado en la tierra, el estandarte negro de Sidaria. En el oscuro centro de la insignia se veía representada la pálida silueta de un hombre, con los brazos cruzados sobre el pecho. Alrededor de la insignia formaban varios soldados dirigidos por un guerrero que llevaba un yelmo adornado con plumas. Los gritos de mando del líder se detuvieron, cuando una mujer ataviada con una armadura llegó con paso lento, llevando un caballo por los estribos. Uno de los soldados se encargó del animal y el guerrero del yelmo emplumado se dirigió respetuoso a la recién llegada esperando órdenes. En una esquina de la plaza un grupo de cautivos observaban con miedo el movimiento de las tropas. Obedeciendo una orden de la mujer, un par de soldados sacaron a un anciano herido de entre la multitud y lo condujeron al centro de la plaza. Un viento frío aulló por entre las viviendas destruidas, llevando consigo el hedor del humo y los muertos.

Elisa protegió a Priscila con su cuerpo cuando los soldados, dando gritos, sacaron a rastras a Cástor de entre el grupo de prisioneros. Aunque la mujer tenía las manos atadas con gruesas correas que le lastimaban las muñecas, logró cubrir a su hija, para evitar que viera. Sabía lo que iba a ocurrir. Los soldados dejaron caer al viejo guerrero justo frente al estandarte clavado en el centro de la plaza. Elisa reconoció a la mujer rapada, cuando esta avanzó hacia el condenado, seguida de cerca por un hombre que llevaba bajo el brazo un yelmo de plumas. Con un gesto de la mano la mujer ordenó silencio. Las voces de los soldados se apagaron y solo se escuchó el sonido del viento.

-Soy Ciaran, ejecutora del reino de Sidaria. Refugio bendecido por el Iluminado- dijo la mujer dirigiéndose al grupo de cautivos- Ustedes han sido rescatados de la oscuridad y la ignorancia. Regocíjense.-

Arrodillado en el suelo. Cástor escupió a los pies de la mujer, que lo miró como si fuera un insecto. El viejo soltó una carcajada. Tenía la cara manchada de fango y sangre seca. Los cabellos blancos le caían desordenados sobre la frente.

-Algunos de ustedes se aferrarán con fuerza a la oscuridad. Negando la luz del Iluminado-continuó Ciaran con voz fría- A esos no podremos salvarlos.-

Cástor intentó ponerse de pie, pero los soldados junto a él lo obligaron a permanecer de rodillas.

-Bonito discurso calva desgraciada- aulló el viejo y miró a la ejecutora a los ojos- Pero nunca me he arrodillado ante nadie y hoy no será el día que…-

La espada de la mujer trazó un arco cortando la garganta del anciano. Elisa ahogó un grito y apretó fuerte a su hija impidiéndole mirar. Los soldados de Sidaria rompieron el silencio con clamores y alabanzas a su dios. Tiempo después el blanco destacamento emprendió la marcha, con la ejecutora Ciaran a la cabeza. Elisa y Priscila caminaban entre el grupo de prisioneros. Atrás quedó el pueblo en la llanura de Almer. Cubierto de humo y cadáveres.

19 de Marzo de 2020 a las 23:50 0 Reporte Insertar 1
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