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jacqueline-bodin1581999231 Jacqueline Sellan Bodin

Margarita, Catalina, Rosaura, Amalia... un espejo y una fotografía...


Drama Todo público.
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Dibujamos sobre la eternidad,

sobre un vidrio empañado,

luego el viento pasa y seca el vaho,

y el dibujo de líneas abiertas

como bocas que gritan un nombre

desconocido

se esfuma lentamente

así como un olor que se volatiliza

en medio de otros olores,

una cremallera se abre poco a poco

al peso del tiempo,

ceden los ganchitos apenas perceptibles,

y el vestido cae, la túnica pudorosa,

el severo traje del luto interior,

y nos deja sólo la piel desnuda

de la nostalgia,

con algunos tatuajes que las cosas

nos hicieron al pasar,

ligeros desgarrones

en la comisura de los labios

producidos por palabras

demasiado brutales

y nos vamos quedando inmovilizados

como en la última fotografía,

en esa instantánea

que nos toma la muerte

ya antes de salir del vientre

en el que nos hemos formado,

célula tras célula,

memoria tras memoria.
I

La bisabuela se mecía con el compás de las ráfagas sobre los pastizales y el ruido apagado del mimbre de la mecedora que crujía en el cuarto vecino fue el primer sonido que reconoció entre todo el bullicio que la rodeaba, tal vez porque le recordaba el crujir constante del mecanismo materno que acababa de abandonar, ese sonido de marejada, de temporal, de lluvias deslizándose entre capas de aire.

La bisabuela se mecía con los ojos fijos en un punto indefinido situado entre ella y la pared de la sala, un punto donde tal vez estaban ocurriendo cosas que sólo eran perceptibles para ella, esa mirada malévola que asoma a los ojos de algunos viejos a los que el odio acumulado a lo largo de la vida, hecho de todas las frustraciones y las iras impotentes, se les desboca en las últimas miradas, apresurado por salir a flote antes que sea demasiado tarde, y muera, junto con las demás cosas que mueren con la muerte.

Pero Margarita no precisó del tiempo para forjar su odio.

Nació con él, desde su más remota memoria la enemistad de los alados lagartos latía en sus venas.

El vaivén, vaivén, va i ven de la mecedora adormece sus dragones en una especie de éxtasis morboso. Sus fláccidas entrañas ya sólo responden, aunque de un modo vago y casi imperceptible, a ese balanceo constante, a esa sensación similar al mareo, enajenante.

En su rostro, a la vez ausente y atento a misteriosos mecanismos interiores, sus ojos se mantienen fijos en ese punto en el espacio, concentrado todo su cuerpo en no dejar escapar ni una brizna de ese símil del placer, de esos despojos de sensualidad que la inundan mientras el crujido tic – tic de la mecedora, atraviesa los intersticios entre las tablas y le llegan a la bisnieta que acaba de nacer en la pieza contigua.

Desde la pared, inmovilizado en una postura incómoda, con la mano apoyada sobre el hombro de su esposa – una joven algo desvaída por la semiluz, con la mirada tímida e ingenua – el bisabuelo de veinticinco años observa la escena desde su puesto sobre el aparador que guarda la cristalería de los días de fiesta, entre una bandeja plateada y una pastorcita de yeso policromado.

Debajo del rostro en el que el tiempo ha desleído los rasgos, la levita oscura pone una nota inesperada de negrura en medio de los tonos crema de los cortinados a su espalda y los tonos blancos del vestido de la novia.

El bigote levantado en la punta, como era la moda en esos años, oculta un poco el labio superior en el que se adivinaría, si no fuera por eso, un rictus cruel e impaciente.

Sus ojos se posan con severidad – y tal vez con asombro, y tal vez con algún otro sentimiento inexplicable mezcla de triunfo y expectación – sobre la nuca de su esposa que se balancea interminablemente, preguntándose cómo pudo retorcerse de ese modo, llenarse de escamas, de nervaduras, de aristas, pareciéndose más y más a uno de esos lagartos grises que él acostumbraba aplastar bajo la bota de cuero, sintiendo el pequeño sobresalto en la planta del pie a través de la gruesa suela claveteada, y el sonido, glis, de entrañas vaciadas, ese chapoteo húmedo, el mismo con el que su bisnieta acaba de salir vaciada de las entrañas maternas, con el cordón enroscado alrededor del cuerpo como un alga azul traída de las profundidades remotas de las que asciende.

Sobre los encajes rosados de su cabecera, abre unos ojos mojados y grises en los que el iris ocupa todo el espacio entre los párpados. Es una mirada vieja de todas las perversidades animales, inocente de todas las triquiñuelas humanas – las que le cercan el paso a la bestia que se agazapa invisible bajo su piel, y aquellas que le abren las puertas – la mirada que pasea de un modo vago y a la vez insistente sobre un espacio impreciso ubicado entre ella y la pared, como si en ese lugar ocurrieran cosas que sólo ella puede ver, mientras el rítmico vaivén de la mecedora en la pieza de al lado traza sombras chinescas en la semioscuridad creciente, proyectadas en la contraluz de las llamas que crepitan en la chimenea.

Hay también otro ruido que le llega, ahora que todo ha quedado silencioso a su alrededor y que los gritos de júbilo dieron paso a los cuchicheos y al andar de puntillas. Es el crujido, cris - cris, de los leños al partirse en la gran chimenea de la sala donde se mece su bisabuela proyectando extrañas sombras sobre los objetos más simples y cotidianos, pintando un resplandor rojizo en el brillo desvaído de la pupila del bisabuelo que mira, estático, entre una bandeja con arañazos color sangre y un yeso policromado en tonos pastel de una pastorcita que parece haber degollado la oveja que lleva en el regazo.

Años más tarde mirará, como siempre ha mirado, ese punto vago que se encuentra más allá, allá donde algo inexistente tiene lugar, algo que sólo ella puede ver, tal vez alguien pueda imaginarlo, pero verlo no, sentirlo no, es sólo suyo, hermoso y terrible como una cita con el abismo, llena de savia era una planta nueva creciendo en el aire que todos respiraban pero las mismas imágenes no veía sólo eran mías crines agitadas en el viento crines del mar bravío y manso sobre mi cuerpo el cielo sacudiendo sus nubes estandartes de otros sueños desde mi ventana lo he visto escribir en la tormenta con signos de sombra nadie los ha descifrado sino el que vive como yo en el filo de la nada.

9 de Marzo de 2020 a las 02:11 0 Reporte Insertar 0
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