aoshin-kuzunoha Aoshin Kuzunoha

A inicios del siglo XIX un inventor alemán llega al pueblo de Ivsen por accidente. Luego de relacionarse con los lugareños y descubrir su buena voluntad, decide entregarles una misteriosa máquina. Más allá de los deseos de su creador, el artefacto milagroso es utilizado para cometer actos inhumanos que sobrepasan el orden natural de las cosas y como consecuencia mortifican las vidas de los pobladores de Ivsen. Este es un relato sobre el misticismo que acompañó a la ciencia durante la modernidad y el terror que se desarrolla a partir de la codicia desenfrenada de nuestras sociedades. Nadie estará conforme, hasta que sea demasiado tarde para arrepentirse de lo que han hecho. "La próxima vez que alguien traiga a este pueblo una máquina del doctor Baumwolle, yo en persona me encargaré de matarlo". (Lluc Bardem, 1836).


Suspenso/Misterio No para niños menores de 13. © Todos los derechos reservados

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Capítulo I: Lo que llegó con la noche.

"La ignorancia engendra confianza con más frecuencia que el conocimiento".

Charles Darwin (1809-1882).


Varias décadas antes de la segunda revolución industrial, el mundo se aleja de sus raíces, deja de lado los pueblos rurales para congregarse en las ajetreadas ciudades. El ingenio de la humanidad, el de unos pocos en favor de muchos más, nos lleva a la siguiente etapa de la evolución que nos define como una especie cambiante. Se aproxima con estruendo a su paso, con las vías férreas como guía inamovible. Es lo que une al mundo, lo que nos lleva al futuro.

Corría a todo vapor el año de 1835 en una localidad de Ambers, Bélgica. El sol ilumina los campos con sus cálidos rayos, para notar como el algodón crece a paso lento, adquiriendo la vitalidad que llega desde los cielos. Los granjeros, al depender del producto para subsistir, añoran con impaciencia la cosecha. Sus vidas no son tan diferentes a la de sus abuelos, pese a los cambios que sufrieron por el paso de las guerras.

—Me gustaría ver un tren. —Aseguró Louise a su padre, cuando este fumaba tabaco con su pipa tallada de madera.

—¡Faltaba más! Ahora todos quieren que ese demonio cruce por nuestra tierra. ¿Escuchas lo que dice tu hija? —Dijo el padre malhumorado a la madre, para luego toser con el abdomen abultado por el humo de tabaco.

—Louise, ve a la tienda por unas manzanas. No molestes a tu padre mientras descansa.

—Si, mamá.

La niña de diez años de edad salió corriendo de la casa de madera con una canasta de mimbre en su mano izquierda. Se apresuró tanto que cualquiera pensaría que le persigue un perro rabioso; algo que en apariencia no es tan extraño para un alma inocente. Ella se siente ansiosa por recorrer los caminos de la vida, por lo que saltar y correr es solo una forma sencilla para liberar energía, al tiempo que entretiene a su espíritu alegre. Pero aún así, ese no es el caso, no del todo, existe una razón sencilla para su llamativo comportamiento.

Tras sus pasos solo quedó polvo. Corrió, no por un animal, pero si por miedo. Ella le teme a la oscuridad, como tantos otros niños. ¿Quién no le teme a lo desconocido que se oculta entre las sombras? Aún así, lo que agrava la conducta frecuente de Louise son los cuentos de cuna que le transmitió su madre desde que era una infante. Le teme al crepúsculo, ya que anuncia la llegada de la maldad que aparece en el pueblo con el reflejo de la luna. Esa es la razón, tan simple como esa. Los cuentos de su madre son el detonante.

Es claro que solo se trata de una superstición, algo sin fundamento empírico. Son juegos de parte de los adultos para manipular las mentes inocentes. Sin embargo para Louise es algo muy real, su temor lo es, siempre que no cumpla la edad suficiente para entenderlo. Permanecerá atrapada en la carrera contra las sombras durante algunos años más. Es el tiempo quien se encargará de obligarla a dejar las fantasías en el olvido, para afrontar la realidad tal como es.

Su carrera hasta el extremo sur del poblado la llevará hasta el local del señor Mertens. El almacén comercial de Ivsen es bastante pequeño, mitad bodega y mitad despacho con vitrinas para pan y pescado. Es este puesto el que se encarga de dar la bienvenida a los desconocidos, es su función principal, aunque sea poco atractivo, la desempeña de alguna manera.

De igual forma son pocos quienes compran algo en este lugar, sin mencionar a los locales; no les queda otro remedio. La mayor utilidad del almacén, además de dar la bienvenida, es vender la pelusa del algodón cuando llega el momento oportuno y es cosechada por los granjeros. El producto se lo llevan lejos, viaja desde la localidad de Ambers hasta Lieja para que las manufacturas textiles se encarguen de refinarlo.

—Otro día sin una sola venta. Nadie pasa por el camino desde hace un mes. —Dijo el mercader a su esposa.

—No te preocupes, cariño. Sabes que algunos días son así y otros todo lo contrario. La última vez se llenó por completo, desde la bodega hasta la salida.

—¿La última vez, querida? Eso fue hace una década. —Dijo el señor Mertens, para luego suspirar desalentado por las palabras de su esposa.

El letrero que ubica a la tienda de suministros está al fondo, un poco más a la izquierda, se encuentra justo al lado del camino de tierra de cinco metros de ancho que conecta el trayecto del pueblo de Ivsen con Essen, y a Essen con Kalmthout. Se colocó en ese lugar para que todo aquel que pase en una carreta sea capaz de verlo.

Los comerciantes ambulantes se detienen de vez en cuando tras mirar el letrero, algo no muy frecuente en realidad. Salen del camino para recolectar el algodón que producen los campos que rodean a cada hogar de Ivsen, y así sacar provecho de los precios bajos de la zona. Cuando esto sucede, cuando alguien se detiene a comprar en el almacén, queda claro que se trata de una casualidad, algo que tiene asqueados a los lugareños.

En casi todas las ocasiones que un desconocido llega al poblado, el trayecto que tomó no es otro que el que lleva a Essen; por lo que ver Ivsen, entrar y reconocer su existencia, es una casualidad que nadie planea. Nadie nunca ha dicho: "¿Saben qué? Iré a Ivsen a visitar al señor Mertens y a su familia"; es casi por sentido común, como una norma, pasar directo al siguiente pueblo de la localidad de Ambers, sin mirar el cartel del almacén comercial al lado del camino.

Con el paso de los años se desarrolló cierto resentimiento hacia los vecinos, quienes viven en Essen, ya que su propia tierra es menospreciada por el brillo del pueblo que se encuentra más adelante en el camino. Es una rivalidad que sobrevive el paso de las generaciones. Lo peor del asunto, algo que enfurece a los de Ivsen, es que es un resentimiento unilateral. Tan solo ellos están interesados en mostrar su superioridad contra los vecinos, quienes a duras penas conocen la ubicación del pueblo que todos ignoran.

—¡Buenas tardes, señor Mertens! Mi madre me envió por unas manzanas. —Dijo la niña con voz alegre, al dueño de la tienda que permanece al lado de la ventana.

—Louise, presta atención a ese carruaje que viene por el camino. —Aseguró el mercader con bigote largo que le cubre parte de la boca.

Antes de la llegada de las tinieblas. Cuando el sol se oculta ante la vista, iluminando los techos y las paredes occidentales con su llamativa despedida rojiza, un carruaje que tira de una carreta pasó en frente de la calle. Su rueda de madera, la trasera y última del lado izquierdo, se movía zigzagueante. Por el movimiento hipnótico que realizó, la niña no pudo apartar la vista. Al cabo de un rato, en menos de dos parpadeos, terminó por desprenderse con un giro tosco entre el barro. La rueda de madera saltó por el lado derecho, por detrás de la carreta. Siguió girando por el camino hasta el final, entró en el pasto y siguió libre, hasta caer en el torrente de un arroyo y así se fue navegando en la corriente, sin voltear a despedirse de sus tres hermanas.

La carreta, al perder su movilidad, quedó anclada al suelo. El carruaje se detuvo de inmediato con el sonido. Una puerta se abrió para ser iluminada con los rayos del sol moribundo. Desde el interior surgió un hombre. Es elegante, pálido y de cabello falso. Sobresale por su gran tamaño, el cual puede rondar los dos metros y medio. Salió con una sonrisa en su rostro, desde el interior de su carruaje.

El sombrero de copa que lleva en su cabeza chochó con el marco de la puerta, lo tomó con sus dedos delgados de forma instantánea, antes de que se ensuciara con el barro de la calle. Parece tener más de cuarenta años, aunque su rostro sin barba lo contradice. Un monóculo y un bastón lo demuestran como todo un caballero, un hombre gentil para rivalizar con la nobleza.

—Sebastian, acompáñame al pueblo por una refacción. —Indicó el hombre con el monóculo, con un acento muy extraño.

—No es necesario que se tome esa molestia. Déjelo en mis manos. De inmediato iré por ayuda, señor Baumwolle. —Dijo el cochero, al mostrar su cercanía con el pasajero del carruaje.

El dueño de la tienda del pueblo, el señor Tuur Mertens, fue testigo del infortunio del viajero que denota su importancia con vítores. El carruaje asemeja el de un duque de la edad media o el renacimiento. Lo adorna con oro y con brillantes gemas en cada puerta. Lleva tallado el apellido Baumwolle con decenas de diminutos granates, y con tres esmeraldas dentro de cada círculo cerrado, luce de su escritura. Si aquel hombre no es un adinerado, el mercader de Ivsen nunca sabrá lo que es un magnate.

—El doctor necesita que le reparen la carreta de inmediato. Debe llegar a Essen antes que la noche. —Anunció el cochero a toda voz, con su señor detrás de él.

—¿Al pueblo vecino? Nadie pasa por este camino si no deben ir a ese lugar. ¿Es por el ferrocarril? —Preguntó con entusiasmo Louise.

—Silencio, Louise. Esta es una gran oportunidad para nosotros. —Aseguró el mercader a la niña, frotándose las manos con codicia en su mirada.

El hombre de cabello rojizo se peinó el bigote hacia ambos lados, se escupió las manos y se acomodó el cabello como le fue posible. Tomó un frasco de perfume francés y lo roció en su camisa blanca. A diferencia de la mayoría de habitantes, sus vecinos y amigos, cuida de la apariencia física sin mesura. Todo aquello que le parezca adecuado, por extraño que lo sea, lo utiliza en su beneficio. Desea mostrarse ante los demás como la manzana en la copa del árbol.

—Buen hombre, yo mismo le daré una rueda nueva y me encargaré de traer a alguien que la coloque en su carreta.

—¿Por qué no lo hace usted mismo? —Preguntó el chofer con odio en sus dientes, reacio a la desagradable actitud del lugareño con el cabello lleno de saliva.

—¡Oh! Pero es que el señor... doctor... —El mercader meditó un momento hasta entender que ninguno de los dos se presentó de la manera correcta.

—Yo soy el ilustrísimo doctor Georg Christian Baumwolle de Essen, me considero a mi mismo un inventor muy importante en toda Europa. Sirvo bajo la orden directa de la familia Krupp como ingeniero en jefe de su fábrica. —El hombre con altura sobresaliente se quitó el guante blanco de su mano derecha y estrechó la del mercader, lo hizo como signo para demostrar los modales que le fueron inculcados.

En la mano del adinerado se pudo ver siete anillos de oro que resplandecen con la luz de la aurora. Fue como si tuviera alguna necesidad por llevar más adornos, que dedos en la mano. No quedó ninguna otra duda, tanto para la niña como para el mercader, les quedó claro que se trataba de un hombre orgulloso, engreído y con la autoridad suficiente como para que sea peligroso para quien lo disguste. Es alguien que se siente con todo el derecho de pisotear lo se acerque a sus pies.

—¿Qué sucede, Georges? —Preguntó a su hijo de dieciséis años.

—Unos visitantes vienen por una rueda para la carreta. El señor Mertens se encarga de ellos.

—¡Vamos, Georges! Ya sabes lo que dice Lluc sobre los viajeros. —Dijo el hombre, para luego caminar hacia el almacén, seguido de otros cinco.

—"Un visitante nocturno, menos trabajo para el pueblo".

Un grupo de lugareños se reunió para observar a los desconocidos. Ya que no es muy común que alguien se detenga en el camino que lleva hacia Essen. La noche se hizo presente para ese momento, curiosa por el evento y sus consecuencias. La llegada del manto de estrellas asustó a Louise, pero para dicha propia sus padres se unieron al espectáculo que cada vez se mostraba más interesante. La carreta fue reparada en un dos por tres. El doctor se preparaba para marcharse, sin siquiera decir las gracias.

—Doctor Georg Baumwolle, disculpe la molestia, pero esperamos su amabilidad. —Dijo el mercader al solicitar un meritorio pago por el trabajo realizado.

—No tengo nada de valor para pagarle, buen hombre. —Dijo con descaro el adinerado, mientras se acomoda en el carruaje y esperaba por el cochero para que le cierre la puerta.

—Ya es muy tarde. La noche llegó antes de lo esperado —Dijo el cochero para luego cerrar la puerta—. Búsquese a alguien más, señor. A alguien que pueda pagarle a unos insignificantes campesinos, y no sentir vergüenza.

—Pero ustedes fueron lo que pidieron ayuda. Ahora tienen que pagar por la rueda, sino no se pueden ir. —La niña habló desde los brazos de su madre, quien la protegía del frío, sentada sobre un barril.

Nadie dijo nada más. Aquello era una amenaza directa contra los visitantes que ofenden la buena voluntad de los pobladores. La noche es algo fría, en especial cuando alguien se pasa de la raya. Fue suficiente entonar aquellas palabras como para provocar la ira del dueño del carruaje y la del chofer. Aún así, los lugareños los miraron fijamente, esperando por lo que harían con ellos. Si los forasteros mueven un solo dedo contra la pequeña, o si tan solo les pasa por la cabeza hacer algo incorrecto contra cualquiera de los suyos, no los perdonaran. Una mirada asesina detuvo los impulsos de soberbia que gobiernan la vida del doctor alemán.

—La noche es peligrosa por estos lugares, doctor Baumwolle. —Aseguró el señor Mertens, con una mirada perdida.

Llegaron más pobladores. Salieron desde atrás de las casa tras escuchar la voz de la pequeña e inocente niña que teme a la oscuridad que abunda en la noche. Puede que no se trate solo de una superstición. En ocasiones las palabras que son entonadas de la forma más absurda, con argumentos falsos, pueden contener una gran verdad oculta entre líneas. ¿Qué es lo que sucede en la noche? ¿Por qué nadie visita el pueblo por voluntad propia?

—Creen que nos asustan con sus tonterías. No son más que un grupo de campesinos en un pueblo olvidado por Dios. Si alguno se atreve a molestar a mi señor, vendrá todo un ejército desde Essen. ¡Los colgaran a todos! —Dijo a toda voz el cochero.

Para dejar aún más claro el mensaje al doctor, sin caer en las provocaciones verbales del chofer, varios de los granjeros que antes esperaban impacientes por el pago, ahora bloquearon el camino que lleva a Essen. Se acercaron al carruaje a paso lento y tomaron las riendas de los caballos, antes que alguien pudiese escapar de mala manera.

El doctor salió del carruaje, más asustado que enfadado. Pensó en hablar con ellos y negociar un pago justo. Los lugareños no le dieron tiempo de plantear un argumento y lo rodearon, con una furia extraña como motivación. Esa noche se sintió como el aire se tornó denso. Los huesos dentro del cuerpo del doctor temblaron de frío, mientras sudaba en su frente. Todo esto sin decir nada, ya que no era necesario. Las miradas pueden decir tanto como una palabra. Los humildes campesinos tan solo les miraron hasta que su piel parece congelarse, con una helada noche que acompaña su disgusto. La ofensa ya no puede ser pagada, no con facilidad.

—¿Qué es lo que quieren? —Preguntó el doctor, ya bastante asustado.

—Él es un hombre muy importante, no deben tratarlo de esta forma. Si le tocan un solo cabello... si se atreven... ¡lo pagarán muy caro! —Amenazó el cochero de nuevo, al sentirse acorralado y sin ningún lugar a donde escapar.

—Entiendo su enojo, les daré lo que me pidan. ¿Qué quieren de mí? —Preguntó el doctor Baumwolle, sintiendo como le falta el aire entre las decenas de campesinos que se acercan a él con las manos extendidas.

—El pago justo. —Dijo la niña con suavidad, para cambiar el semblante de todos.

1 de Marzo de 2020 a las 20:59 3 Reporte Insertar Seguir historia
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Leer el siguiente capítulo Capítulo II: Una luz milagrosa.

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Ana Jiménez Ana Jiménez
Un inicio interesante, debo decir que me ha gustado, las descripciones y la forma cómo has descrito todo el contexto de la ambientación, espero a ver qué sigue ...
March 04, 2020, 10:57

  • Aoshin Kuzunoha Aoshin Kuzunoha
    Muchas gracias por leer mi relato y además comentarlo. March 04, 2020, 13:27
Baltazar Ruiz Baltazar Ruiz
Un excelente inicio, presiento que será una historia muy interesante.
March 01, 2020, 22:41
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