sorenmar María Sorén

Alejandro es un chico de 14 años, dulce, ingenuo. Un niño que ha vivido entre algodones toda su vida, tiene una familia que él ama profundamente. Un día deben de trasladarse de México a Nueva York por el trabajo de su padre. El cambio no resulta demasiado bueno para él, pero ha encontrado a "dos amigos" que harán todo lo posible por destruir al maravilloso ser un humano que es. ¿Lo lograrán?


Drama Sólo para mayores de 21 (adultos).

#amor #amistad #odio #dolor #infidelidad #adicción #amor-fraternal
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CAPITULO I

1997


La nieve había terminado por el momento de caer sobre Chicago, pero había dejado la suficiente sobre las calles a pesar de que febrero estaba muy avanzado y la primavera llegaría en un mes. Una limusina negra se detuvo frente a la escalera de la iglesia de St. Mary of the Angels que se alzaba sobre la avenida, de ella bajó un jovencito de 18 años muy bien abrigado, con una chamarra gruesa de color azul marino, bufanda y un gorro sobre su cabello negro. El auto se marchó y él se dispuso a esperar en la acera a pesar del fuerte viento, al parecer tendría un encuentro con alguien.

Diez minutos después un hombre también joven pero de más edad que el primero, al parecer de veintisiete años, caminaba despacio y con dificultad por la acera. El viento frío le fustigaba la frente desnuda helándolo sin que esto al parecer le importara. Vestía un viejo abrigo gris de lana largo, y más grande de su talla, se notaba que no era suyo sino dado por caridad y al menos lo resguardaba del intenso viento que chocaba contra su delgado cuerpo pero a juzgar por su actitud desmoralizada se notaba que el frío más fuerte lo llevaba dentro de sí.

Siguió caminando despacio hasta detenerse a unos metros del muchachito que esperaba en la orilla de la banqueta dándole la espalda. Se detuvo al pie de la escalera de la magnífica iglesia, en los escalones se hallaba sentada una anciana, una mendiga que cargaba a un gato envuelto en una cobija. Ella también estaba muy bien cubierta y abrazaba con cariño al pequeño animal. El hombre la observó y ella también, por un momento sus ojos se conectaron y sus bocas se plegaron en una sonrisa sin saber por qué, quizá sería la soledad o su situación de pobreza y abandono tan similar en ambos. Por fin él desvío la mirada al frente y encontró al muchachito que impaciente miraba su reloj a cada momento. Lo miró atentamente por unos momentos, era alto, delgado con cabello del mismo color que el suyo y rasgos muy parecidos por lo que no era difícil suponer que eran hermanos. Armándose de valor, caminó unos pasos más hasta detenerse a espaldas del chico. Se aclaró la garganta y le habló con voz queda como si no quisiera ser escuchado.

— Tomás… — lo llamó en perfecto español. El jovencito volvió su rostro hacia el hombre con una sonrisa en los labios pero enseguida la sonrisa desapareció dejando en su lugar un gesto adusto y en sus ojos color miel asombro y después desaprobación y tristeza. Esto hizo que el hombre bajara la vista avergonzado.

— Alejandro, pensé que no vendrías — dijo el chico contestándole también en español.

— No iba a hacerlo, pero tenía demasiadas ganas de verte. ¡Estás tan alto y ya tan grande! — exclamó con admiración mirando de arriba abajo al chico. Este asintió sin decir nada, por unos minutos ambos guardaron silencio mirándose interesados uno en el otro. Por fin el chico rompió el silencio señalándolo con su mano enguantada.

— ¿Y tú? ¿Cómo has estado?

— Bien…— contestó cohibido.

— No tienes que mentir, salta a la vista lo mal que estás.

— Te aseguro que no es así. Es que… — comenzó a decir a modo de disculpa pero su hermano lo interrumpió.

— ¿De dónde sacaste ése abrigo? Te lo dieron en el refugio donde duermes a veces ¿no?

— Pues, sí es que el dinero no me alcanza.

— ¡Por supuesto que no!, con la droga que tomas no hay dinero que pueda alcanzarte. ¡Es tan increíble que hayas llegado a esto, que hayas caído tan bajo Alejandro! — gritó enojado manoteando en la cara del hombre, quién volvió a bajar la cabeza y sus pálidas y sucias mejillas se llenaron de rubor por la vergüenza que las palabras de su hermanito le hacían sentir. — No tienes justificación, eres una piltrafa humana. ¡Mírate, das asco, ya no eres ni sombra del hermano que yo recuerdo!

— No tienes que decir más, yo mismo me he dicho todo eso. Y creo… creo que no fue para esto para lo que acordamos vernos.

— Si, tienes razón — dijo el chico tratando de calmarse. Vine a decirte que mamá, y yo nos vamos. Su esposo va a ser trasladado a Los Emiratos Árabes Unidos con un alto puesto diplomático y yo voy a estudiar a Londres.

— Pero…pero ¿Cómo es que se van? ¿Me abandonan? — exclamó sorprendido y molesto.

— Tú nos abandonaste primero. Recuerdo que tenía ocho años cuando te marchaste de casa en la noche, cubriéndote con las sombras como si fueras un ladrón.

— ¡Yo los necesito Tomás, a ti, a mamá…!

— Ella no te quiere ver se avergüenza de ti y su esposo puede tener problemas por tu culpa si se enteran que tiene un hijastro vicioso. Y yo…yo también me avergüenzo de ti. ¿Crees acaso que es muy agradable que mis amigos me recuerden que tengo un hermano que se emborracha y se droga? Un hermano al que han visto ofreciéndose en las calles para obtener dinero para su vicio asqueroso.

— ¡Tomás! — exclamó con sorpresa y dolor. Jamás pensó que su hermanito se expresara así de él.

— No queremos más problemas, así que ten. — Le ofreció un sobre grueso. Que su hermano tomó sorprendido.

— ¿Qué es esto?

— Te lo manda mamá, dice que espera que te haga provecho y no lo malgastes porque es lo único que va a darte.

— Dinero… ¿Con esto pretende acallar su conciencia? ¿Creé que con esto va a dejar de pensar en que me deja a mi suerte?

— ¡Eres un adulto Alejandro, no nos necesitas!

— ¡Sí los necesito, me estoy pudriendo y no sé qué hacer! ¡Necesito saber que cuento con alguien y no estoy solo! — gritó con desesperación mientras algunas lágrimas saltaban de sus ojos y corrían sobre sus sucias mejillas. Las personas que pasaban junto a ellos voltearon a mirarlos con expectación por un momento, pero después seguían su camino. Hablaban en español y nadie les entendía. El muchacho de diecisiete años lo miró sin inmutarse por el dolor que el hombre mostraba.

— Lo siento de verdad pero…

— Pero ni eso te importa.

— A ti dejo de importarte primero. Yo quiero una vida tranquila, diferente, y tú siempre me recuerdas lo bajo y sucio que hay en ésta vida. Por eso no te quiero volver a ver — dijo firme aunque con un dejo de tristeza en la voz. Su hermano mayor lo miró suplicante llevándose las manos al pecho.

— ¡Tomás hermano, no me dejes te lo suplico! — mencionó con voz débil y temblorosa.

— Es inútil que supliques, me voy. Espero te aproveche el dinero, adiós. Dio media vuelta haciéndole señas a la limusina negra, ésta se detuvo junto a él, bajo un chófer alto que abrió la portezuela para que el chico subiera.

— ¡Tomás! — gritó el muchacho con angustia pero su hermanito no hizo caso, subió al auto y el chófer cerró la portezuela, subió del otro lado, encendió el motor y el auto se marchó.

— ¡Tomás…Tomás! ¡No me abandones, por favor! — gritó con todas sus fuerzas mientras el auto se alejaba. Su cuerpo se agitaba convulso por la emoción y las lágrimas que seguían corriendo por su rostro haciendo surcos limpios sobre la mugre. Por fin el auto se perdió de vista y el joven caminando tambaleante se acercó a las escaleras de la iglesia y se dejó caer pesadamente sobre ellas. Llevó sus manos a su rostro para ocultar sus lágrimas y su dolor pero éste no le permitió dejar de llorar por un buen rato.

Unas horas después el muchacho parecía haberse calmado. Ya no lloraba, sus ojos solo estaban húmedos e irritados y miraba el ir y venir de la gente en la acera; tan ajena a sus emociones. Tomó el sobre que su hermano le diera, lo abrió y contó el dinero eran cinco mil dólares.

“Cinco mil dólares, así que en esto mi madre valora mi vida o su remordimiento”, pensaba Alejandro con amargura, “¡Dios mío! ¿Qué es lo que ha pasado conmigo? ¿Por qué he llegado al fracaso, a la vergüenza para los míos?”

“Tomás tiene razón he sido un constante recuerdo molesto para ellos, un dolor de cabeza para Barnes…para todos los que me han conocido, todos”, pensó con amargura. Dio un hondo suspiro y trató de no pensar más en lo que le lastimaba; fijó su vista en el tráfico que cerca de las tres de la tarde circulaba por la avenida.

Momentos después el joven se puso de pie irguiéndose sobre su 1.85 de estatura, su rostro estaba sereno como si hubiera tomado una decisión. Se acercó a la mendiga del gato y le tendió el sobre con el dinero.

— Tenga buena mujer, aprovéchelo usted yo ya no lo necesito. Voy a dejar de ser la vergüenza de mi familia — le habló en inglés, la mujer tomó el sobre sin entender muy bien lo que pasaba. Sin más el muchacho, sonriente se encaminó a la transitada calle y se detuvo en la orilla de la acera. Esperó un poco y de improviso se arrojó al paso de los automóviles ante el desconcierto de los transeúntes. Las llantas de los autos chirriaron y el cuerpo del hombre golpeó en el parabrisas de un auto y después se estrelló en el suelo. La mendiga asustada de lo sucedido abrazó mucho más a su gato y salió corriendo de ahí, no deseaba ver al pobre muchacho muerto sobre el pavimento.


4 de Abril de 2020 a las 05:15 0 Reporte Insertar 1
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