Incompletos Extraños Seguir historia

franck-palacios1581951992 Franck Palacios

Un hombre deprimido, una mujer suicida, una larga noche. Cuanto puede significar la presencia de alguien en el momento en que haz decidido que nada tiene sentido y que el mañana esta mas lejos de lo que parece. Amores, dramas, sexo, drogas y alcohol y una noche en que dos extraños se conocerán y decidirán que harán el resto de su ultima noche.


Cuento Todo público.

#refleccion #juventud #edad #musica #alcohol #depresion #suicidio #sexo #amor #drama
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Incompletos Extraños

Ricardo es un hombre que acaba de cumplir los cuarenta años, a raíz de esto decidió darle un repaso a su vida, analizar sus los logros y los fracasos; pronto se dio cuenta de que ha tenido en su vida más fracasos y errores, que aciertos y triunfos. Esto lleva a Ricardo a una profunda depresión.

A sus cuarenta años Ricardo no había podido alcanzar una buena posición social, no se ha casado, no ha tenido hijos, y sobretodo no pudo lograr la meta que se había trazado cuando era joven: convertirse en un pianista de renombre. Ese había sido el más grande de sus sueños desde que conoció la música. Lamentablemente, y a pesar de haber estudiado, jamás logro dejar fluir a través de sus manos algo que lo llevara a la fama.

Una noche después de haber pasado todo el día emborrachándose, Ricardo toma una decisión muy seria, decide que no tiene un objetivo, que es un fracasado que no tiene ya tiempo y que la vida no tiene ningún valor. Deja su departamento, bastante mareado, y se dirige a la playa, en donde había un enorme acantilado en el cual pensaba acabar con su vida. Sabía que en el fondo del acantilado había una gran cantidad de rocas, que sin duda acabarían con su vida al lanzarse hacia ellas.

Ricardo aún bajo los efectos del alcohol se las arregla para subir a lo más alto del acantilado; pero algo al llegar a la parte más alta algo llama su atención.

Ahí en cerca de la orilla se encontraba alguien.

Ricardo se esconde entre los matojos y logra reconocer la silueta de una mujer

«¿Qué hace esa mujer?», se pregunta Ricardo.

Guiado por la curiosidad, comienza a acercarse con lentitud, tratando de no hacer ruido para no sorprenderla; pero se tropieza con una zapatilla de mujer que se encontraba ahí, lo que alerta a la mujer quien se vuelve en dirección a Ricardo. Él cae sobre su rodilla y se detiene ahí, a unos metros de ella.

Se trataba de una chica joven, vestida con una mini falda jean y un top y un chaleco que, hacia juego con su minifalda y estaba descalza. Su mirada reflejaba gran tristeza, la cual se acentuaba a través su maquillaje corrido.

—¿Qué está haciendo, señorita? —pregunta Ricardo tambaleándose, intentando ponerse de pie.

La chica en la orilla gira se vuelve otra vez mirando al mar y comienza a avanzar hacia adelante.

—¡No! —exclama Ricardo.

Rápidamente se lanza hacia ella, por instinto, intentando cogerla.

La joven pisa la orilla del acantilado y este se parte, haciéndola caer sentada y comenzando a resbalarse por la orilla. Ricardo lo coge por uno de sus brazos y tira de ella, arrastrándola hasta colocarla varios metros lejos de la orilla del acantilado.

La muchacha estaba desmayada, Ricardo le dio unas pequeñas bofetadas tratando de reanimarla, pero fue inútil.

—¿Por qué una linda chica como tú trataría de quitarse la vida? —le pregunta Ricardo a la inconsciente joven, que no tendría más de 25 años.

Ricardo carga a la muchacha ya la lleva a la parte baja del acantilado, cerca de unos troncos, la acomoda ahí y la cubre con la casaca que traía él. Se queda junto a ella varios minutos hasta que ella despierte, no sabía qué hacer, estaba mareado y confundido.

Alrededor de treinta minutos después ella comienza a rebullirse.

—¿Te encuentras bien? — Le pregunta Ricardo

La chica mira a su alrededor algo desconcertada, era obvio que no pensaba en despertar nuevamente.

—¿Quién eres tú? —le pregunta a al hombre extraño en cuclillas frente a ella.

—Me llamo Ricardo —le dice—, tienes suerte de que haya estado por aquí de lo contrario no estarías viva ahora.

—¿Tú me salvaste? —pregunta la chica arreglándose un poco el cabello.

—Si. No sé ni cómo lo hice, fue pura suerte.

—No debiste hacerlo. —repone sacándose de encima la casaca de Ricardo.

—Fue un reflejo, te vi acercarte a la orilla y no pude evitar ir por ti.

—No sé si agradecerte o mandarte al diablo por meterte en algo que no te importa. —La joven comienza a ponerse de pie.

Ricardo se levanta también.

—Bueno... como te dije fue una reacción, solo eso.

—Es verdad eso que dicen, ¿sabes? —pregunta la joven.

—¿Qué cosa?

—Que cuando te lanzas de gran altura a la mitad te sueles arrepentir y quieres regresar, pero te das cuenta que ya no se puede.

—¿Qué quieres decir? —pregunta.

—Pues cuando di el último paso y sentí mi cuerpo caer me asusté mucho, me desmayé.

—Te entiendo —cuando te vi ahí yo también me asusté.

—Creo que mejor hubiese conseguido un arma —menciona la extraña chica sacudiendo su ropa.

—No me has dicho tu nombre —pregunta Ricardo.

La joven vuelve la mirada a su salvador y entrecierra los ojos. Juiciosa.

—Susana, me llamo Susana. —le responde finalmente.

—Pues es un «extraño» gusto conocerte, Susana. —Ricardo sacude su casaca y se la pone.

—¿Quieres ir a tomar un trago? yo invito —dice Susana.

—Ya me he tomado muchos, pero de acuerdo, no me caería mal uno más —responde.

Susana y Ricardo atraviesan un pequeño matorral en dirección a la carretera. Ahí a un lado, se encontraba un moderno y lujoso auto. Susana camina hacia él y revisa sus bolsillos. Ricardo la miraba sorprendido.

—Menos mal no perdí mis llaves —comenta Susana abriendo la puerta del auto.

—Es un bello auto.

—Si —responde subiéndose en él—. ¿No vienes?

Ricardo asienta y rodea el auto en dirección a la puerta del copiloto.

Durante todo el camino a través de la costa ninguno de los 2 dijo una sola palabra. Solo miraban el camino en completo silencio. Ambos con una mirada vacía, sin emoción alguna.

Alrededor de veinte minutos después Susana detiene el auto frente a un edificio no muy lejos de la costa, podía verse aun el mar a lo lejos.

—Pensé que iríamos a un bar — Menciona Ricardo.

—Créeme, no notaras la diferencia —dice ella bajando del auto.

—¿Dónde estamos? —pregunta Ricardo bajando también.

—Es donde vivo —responde y se acerca a la entrada del edificio— ¿vienes? —le pregunta.

Ricardo asienta y va tras ella.

Suben hasta el cuarto piso del edificio a través del asesor y se dirigen al departamento 4D, donde ella vivía.

—Adelante — le dice abriendo la puerta.

Ricardo ingresa y se sorprende al ver lo grande que era el lugar y lo elegantemente decorado. Nada parecido al pequeño cuarto que el alquilaba y cuya renta había gastado en alcohol, estando retrasado tres meses.

—Allá esta la cocina —señala Susana con la cabeza— en el refrigerador hay cervezas y en los gabinetes de abajo de cualquier cantidad de licores. Sírvete lo que desees. Yo iré a darme un baño, ya regreso.

—De acuerdo...

Ricardo se dirige a la cocina y toma una botella de Whisky de uno de los cajones inferiores del mueble de la cocina. Coge un par de vasos de la vitrina y regresa a la sala. Abre la botella y se sirve un poco de whisky, la deja sobre la mesita de centro. Toma asiento y bebe un sorbo acompañado por el sonido del agua fluyendo en la ducha desde la habitación al lado del salón. En algún momento la curiosidad lo hace ponerse de pie y acercarse a la habitación de Susana, ella había dejado la puerta abierta, planeaba quizás dar un pequeño vistazo, pero entonces se arrepiente y comienza a pasear por él salón.

Observaba los cuadros de las paredes, en ellos se podía observar varios acontecimientos de la vida de Susana como su graduación, algún paseo con sus padres, reuniones con amigos, viajes; en todas las imágenes ella se veía feliz, es lo que llamó más la atención de Ricardo. «Qué llevaría a una chica aparentemente feliz a querer quitarse la vida?», se preguntaba mientras caminaba a través de la habitación.

Ricardo se acerca a la ventana para terminar su trago. Observaba desde ahí la vista de la costa, que irónicamente daba al acantilado a lo lejos.

Algunos minutos después Susana sale de la ducha vistiendo solo una bata de baño. Ricardo se gira sobre sus talones y observa con sorpresa a la joven, no imaginaba que ella se presentara así, menos con un completo extraño en su departamento.

—¿Te gusta la vista desde aquí? —le pregunta tomando asiento en el mueble de su sala, se sirve un vaso de whisky.

—Pues sí, es una hermosa vista al mar ¿a quién no le gustaría tener una vista así todo el tiempo? — responde y bebe un poco de su whisky, aun parado al lado de la enorme ventana.

—A veces me cansa — contesta Susana, bebe de su vaso.

—Yo no me cansaría, desde mi cuarto solo ve una tienda de pollo frito, eso sí cansa. — se vuelve para ver el paisaje nuevamente. Hace una pausa unos instantes—. ¿Y siempre sueles invitar a desconocidos a beber a tu casa? O ¿solo a los que te salvan la vida? — le pregunta.

Susana apura su vaso de whisky y lo deja sobre la mesita de centro.

—¿Y tú siempre vas a los departamentos de completas desconocidas que intentaron suicidarse? O ¿solo a las que te invitan a beber? —responde con sarcasmo y dibujando una media sonrisa.

Ricardo vuelve la mirada a la joven.

—Pues no. A decir verdad siempre he preferido beber solo, pero en esta ocasión de verdad necesitaba un trago.

—Y quizás yo no quería estar sola esta noche. O lo que queda de ella.

—¿Cuál es tu historia, Susana? —le pregunta y apura su vaso—¿Por qué una chica como tú intentaría acabar con su vida?

Un silencio incomodo se apodera de la habitación.

Ambos se quedan viendo fijamente.

—Descuida —dice Ricardo rompiendo el hielo—, no tienes que decirme. Fue un atrevimiento preguntártelo —agrega Ricardo.

—Creo que te lo debo, ¿verdad? Después de todo me salvaste la vida.

—No te preocupes, no tienes que hablar de eso — le sonríe.

— No, está bien. Si tengo que hablar con alguien, quién mejor que un sujeto al que no conozco, el cual se arriesgó por salvar mi vida, aunque yo no la quería y que posiblemente después de hoy jamás vuelva a ver. —Se inclina y se sirve un vaso de whisky

—Entonces... ¿en qué pensabas? —Pregunta Ricardo otra vez.

—Es obvio en que pensaba... quería acabar con todo. No quería seguir en este mundo, no quería volver a abrir los ojos.

—¿Pero por qué? ¿Qué pudo haberte pasado? ¿Qué te llevó a esa decisión? Es decir, eres joven, guapa, vives bien; ha tenido que ser algo muy grave, al menos eso pienso.

—¿Te has puesto a pensar en por qué nos levantamos cada día, Ricardo?

—Sí, algunas veces — contesta.

—¿Alguna vez te has visto al espejo y... lo que has visto te a desagradado tanto que has preferido no seguir mirándote por el asco que sentiste? —pregunta con la vista colocada en el vaso de whisky que revolvía lentamente.

—Algunas veces, quizás no a ese nivel, pero entiendo lo que quieres decir, Susana.

—¿Cómo has hecho para seguir adelante? —La mirada de la joven se posa en él.

—Pues... tenía la esperanza de... de mejorar, de cambiar esa imagen mía; pero... no siempre es fácil hacerlo, lo sé muy bien — baja la mirada.

—Esta mañana cuando me levante de mi cama... había un hombre en ella. Uno que ni recordaba haber conocido, estaba desnudo al igual que yo... mi boca me sabia a una extraña mescla de semen, alcohol, tabaco y otra cosa que no llegué a identificar. Me levante aun algo ebria, camine directamente al baño a vomitar. Cuando me miré al espejo... sentí tanto asco de mi misma. Solo veía a una drogadicta de 24 años que casi no podía sostenerse, que no recordaba que mierda había hecho o había dejado que le hagan la noche anterior. Fue horrible, comencé a llorar durante algunos minutos. —Bebe un sorbo de whisky.

Ricardo se queda en silencio unos segundos. Finalmente despega los labios.

—Todos cometemos errores, Susana.

—Lo sé, pero yo cometía esos errores porque, de algún modo, me gustaba cometerlos. No voy a engañarme fingiendo lo contrario. No soy lo que se dice una chica perfecta. Pero he llevado mi vida a un extremo del cual me es ya difícil dar marcha atrás.

Ricardo se acerca a la mesa y se sirve un poco de whisky.

—¿Por eso decidiste... lanzarte a las rocas? —pregunta.

—Si. Me di cuenta de que seguiría con lo mismo, que... no tengo las suficientes fuerzas para cambiar y... creo que no quiero cambiar —dibuja una sonrisa forzada, que más parecía una mueca.

Ricardo se sienta en el mueble frente a ella.

—¿No quieres?

—Así es, todo el día me la pase en la ducha, tratando de dejar de sentirme asquerosa, tratando de convencerme de que debería de darle un giro a mi vida, ya sabes. Pero en algún momento una parte de mí se comenzó a preguntar: ¿Por qué hacerlo? Y esa parte era más fuerte. ¿Sabes que hice después? — le pregunta.

—¿Qué?

—Pues me vestí, cogí el dinero que me había dejado aquel hombre desnudo sobre la cama y fui al mismo club de la noche anterior. Terminé emborrachándome, drogándome, incluso tuve sexo con un sujeto en el baño.

—¿Y que querías lograr o probar con eso? —pregunta levantando una ceja.

—No lo sé..., eso es lo más gracioso, solo lo hice. Fue como si...en ese momento no pensara, solo quería tratar de olvidar lo asquerosa y vacía que es mi vida. Sé que suena muy estúpido —se hecha hacia atrás en el mueble.

—¿Y en qué momento decidiste que era mejor acabar con todo lanzándote del acantilado?

—Pues cuando fui a enjuagarme la cara en el baño, me miré y no pude evitar ese sentimiento de asco hacia mí. Un gran remordimiento me consumía, así que Salí del lugar sintiéndome más mierda que nunca... conduje y conduje... no te imaginas cuantas luces de alto me he pasado. Conduje hasta llegar a la playa, estacioné a un lado y entonces bajé del auto. Caminé un rato por los matorrales y subí al acantilado. Estuve parada ahí llorando al menos unos 40 minutos, tratando de encontrar un solo motivo para no saltar. hasta que te escuché detrás de mí y decidí avanzar al vacío.

—¿De verdad no encontraste nada por que seguir viviendo? —pregunta Ricardo.

Susana niega con la cabeza.

—Absolutamente nada que realmente valga la pena.

—Pues... si hubiera algo que yo te pudiera decir, pero creo que yo no soy la persona indicada para aconsejarte. Yo no estaba en ese acantilado por casualidad o porque me guste el mar.

Susana lo mira fijamente, bebe un sirvo más de whisky, con lentitud.

—Yo al igual que tú tampoco tengo nada por que seguir vivo un día más —le cuenta.

—¿Entonces también ibas a saltar? —pregunta la joven.

—Sí, o al menos eso pretendía. Como bien dijiste... a la hora de la hora, no sé si hubiera tenido las pelotas para hacerlo. Ya sería el colmo que hasta en eso fracasara. —se echó para atrás también.

—¿A qué te refieres? — Le pregunta.

—Pues soy un fracasado, un hombre que acaba de cumplir los cuarenta y no tiene nada, ni familia, ni dinero, ni trabajo fijo; mírame, estos jeans y otros dos son los únicos pantalones que tengo, estos zapatos los uso desde ya más de dos años. —Apura su vaso de whisky y lo deja sobre la mesa—. No tengo esposa, ni tengo hijos; mierda, ni un puto perro al cual patear. Y es tarde para tratar de comenzar otra vez. Simplemente no puedo más con todo esto.

Susana solo lo miraba y lo escuchaba atenta.

—No he cumplido ni una sola de las metas que me propuse—continua Ricardo—, fui un fracasado, soy un fracasado, y seguramente lo seguiré siendo si continúo respirando un día más. —Coge la botella de whisky y se sirve.

Un silencio atrapa nuevamente la escena mientras ambos miran fijamente sus vasos de whisky, como esperando que de ellos brotara alguna respuesta.

—Al parecer —dice Susana— somos dos personas que no tienen razones para seguir vivas.

Ricardo asienta ligeramente.

—Y que extrañamente siguen vivas, a pesar de que esta noche planeaban terminar con todo. A esto lo llamaría una bofetada del destino si creyera en él. Es como si estuviera escrito que tengo que seguir vivo y sufrir, fracasar... ¡Me cago en mi puta vida! —estalla.

—Si tú continúas vivo ¿es probable que sigas fracasando? —pregunta Susana

—Está escrito ¿no? — responde Ricardo con ironía y bebiendo un sorbo de su vaso.

—Pues si yo sigo viva es seguro que regresare a ese bar a continuar embriagándome, drogándome y acostándome con cualquier sujeto asqueroso que se me cruce. Y ya he estado en uno que otro centro de ayuda así que... pensar en entrar en uno nuevamente solo sería perder tiempo.

Ricardo solo la miró por unos instantes. Ella continúo, apurando su bebida.

—¿Entonces si yo no hubiera estado ahí en el acantilado...saltabas? —pregunta la joven.

—Es lo más probable —contesta—. Creo que lo único que evitó que me lanzara fue la sorpresa de ver a otra persona ahí, si no hubieras estado ya estaría en el fondo del acantilado, entre las rocas.

—Entonces básicamente en vez de ayudarnos, de alguna extraña forma nos hemos jodido más —Susana suelta una risa.

Ricardo sonríe.

—Así parece —contesta— ¡Vaya suerte la nuestra!

—Pues se me ocurre algo —dice la joven dejando su vaso sobre la mesa.

—¿Ah sí? ¿Qué se te ocurre?

—Pues son —mira la hora en el pequeño reloj sobre su mesa de centro— las tres y diez de la madrugada. No sé tú, pero yo no quiero estar viva para cuando lleguen las seis de la mañana. Me quedan al menos tres horas. ¿Tú que dices? ¿Quieres estar vivo al amanecer?

Ricardo vacila. No estaba seguro de lo que Susana quería decir. Pero aquella chica estaba hablando en serio, podía notarlo en su expresión, en su mirada.

—Pues... —balbucea—. No, tampoco quiero ver el maldito sol salir un día más —responde con firmeza.

Susana se pone de pie y camina hacia la ventana. Ricardo la sigue con la mirada.

—¿Qué te parece si aprovechamos estas últimas horas que nos quedan, Ricardo? —propone.

—¿A qué te refieres?

—A aprovechar las últimas horas, debe haber algo que quieras hacer después de todo; es decir debe haber algo que te guste más que nada y después de hoy no harás jamás, a menos que en el infierno haya lo que te guste.

—Pues, lo único que más me gusta, aparte de beber es... —hace una pausa.

— ¿Qué es? —Silvia lo mira por encima del hombro.

Ricardo suspira.

—Tocar el piano.

—¿Eres músico? —Susana frunce el ceño.

Ricardo se encoge de hombros.

—Se podría decir, uno no muy bueno, pero me encanta tocar el piano. A veces solía ir a practicar a una escuela de música que hay en la Avenida Principal, al lado de una tienda de muebles.

—La Av. Principal...

—Sí. Si tuviera que hacer una cosa más, antes del fin, me gustaría tocar el piano una vez más.

Susana se gira y rodea el mueble donde estaba Ricardo, se sienta junto a él.

—Pues que te parece si vamos a ese lugar y tocas algo para mi... —sugiere.

—¿Que? —dice Ricardo frunciendo el ceño y riendo.

— Si, vamos y así podrás despídete de tu amigo. Recuerda que al amanecer ni tu ni yo estaremos más.

Ricardo se siente un poco de whisky.

—Pero...

—Yo te llevaré. —Susana se pone de pie—. ¿Qué dices?

Ricardo apura su trago de golpe y lo deja en la mesita, se pone de pie, decidido.

—¡Vamos! —Respira hondo—. Voy a despedirme de mi sueño de ser músico como debe ser: ¡tocando algo!

—Bien, entonces en marcha —dice Susana dirigiéndose a la puerta.

—¿No vas a ponerte algo de ropa? —pregunta Ricardo— ¿Irás solo en bata y pantuflas?

Susana se encoge de hombros y sonríe.

—No necesito ropa, solo nos quedan tres horas de vida, ¿no? —continua hacia la puerta, la abre— ¿vienes?

—Sí —responde y va tras ella. Antes de llegar a la puerta se detiene—. ¡Espera! iré por otra botella de Whisky a la cocina.

Susana conduce hasta la Avenida Central en donde estaba la pequeña escuela de música que Ricardo conocía. En el trayecto tanto ella como Ricardo estuvieron nuevamente en silencio, ensimismados. El silencio solo se interrumpía cuando Susana le pedía alguna indicación para poder llegar al lugar.

Susana condujo alrededor de treinta minutos, no había mucho tráfico por lo que pudo acelerar con toda tranquilidad para poder llegar lo antes posible. Al llegar se estacionó justo delante de la escuela de música, al lado de la tienda de muebles.

Ambos bajan del auto y se acercan a la entrada. La avenida estaba casi desierta, salvo por algún auto que pasaba de vez en cuando no se lograba ver una sola alma.

—¿Tienes alguna idea de cómo podríamos entrar? —pregunta la joven.

—No. No se me ocurre nada, creo que debimos pensar en eso antes —dice Ricardo observando el edificio.

—Debe haber una forma.

—En el callejón —dice Ricardo recordando que había una ventana que daba al callejón, entre la escuela de música y la tienda de muebles —, creo que si logro trepar y rompo la ventana podría entrar y abrirte la puerta. No hay alarmas, esta zona es muy tranquila.

—De acuerdo, inténtalo —anima Susana.

Ambos se dirigen al callejón.

Efectivamente había una ventana que daba al callejón, ahí se encontraban unos tachos de basura. Ricardo los apiló y con algo de esfuerzo, cogiéndose de los conductos de electricidad y salientes del muro logra subir hasta la ventana. Cierra el puño y rompe la ventana de un golpe, los cristales cayeron cerca de Susana quien regresa a la parte delantera.

Después de unos instantes Ricardo abre la puerta para Susana.

—¿Por qué tardaste? —le pregunta e ingresa al edificio.

—Tuve que buscar la llave ¿Cómo iba a abrir?

Ambos cruzan el vestíbulo en dirección a un pasillo, lo atraviesan y se dirigen a un salón, en el cual había algunas sillas y un piano al fondo. Para suerte de Ricardo la puerta de este salón estaba abierta.

Ingresan juntos y Ricardo se dirige lentamente hacia donde estaba un viejo piano vertical. Su expresión era una mescla de tristeza con decepción, acarició el piano y soltó un largo suspiro.

Susana se acercó lentamente hasta donde él estaba y se sentó en una de las sillas del salón.

—Bueno ¿tocaras algo para mí? — le pregunta la joven.

Ricardo asienta levemente.

—Claro... esa era la intención, déjame... alistarlo. —Se sienta en banquillo del piano y abre la tapa frontal.

—¿No necesitaras partituras o algo? —pregunta Susana

—No, tocare una que sé de memoria, aunque no siempre me sale bien; pero quiero tocarla, es mi favorita. Espero que te guste, esta te la dedico a ti. Una incompleta extraña —le sonríe a Susana y acerca los dedos a las teclas—, es la sonata Claro de Luna, es una composición de Beethoven.

Ricardo comienza a tocar una melodía que reflejaba el gran dolor que tenía en su corazón, con cada nota, cada melodía, cada tecla presionada; el volaba, soñaba y sufrir, todo junto. Aunque su rostro no reflejaba emoción alguna, no había tristeza, no había alegría, era como si no estuviera, y solo sus manos guiaran su cuerpo. No necesitaba que su rostro reflejara nada de todas formas, la melodía hablaba por él, reflejaba sus sentimientos.

Susana quien lo estaba escuchando también estaba envuelta en la mágica melodía que envolvía todo el salón, ella solo lo veía tocar mientras sus ojos se llenaban de lágrimas que rebalsaban y recorrían su rostro. No había sollozos, no había suspiros, solo las lágrimas lavando su rostro y su alma escapándose con cada melodía. La belleza de aquellas notas, atravesaban su corazón; le dolían, pero a la vez, era lo más bello que había sentido en años.

Luego de unos instantes Ricardo se detiene.

—No...—Musita Susana.

—¿Que?

—Fue... fue hermoso, Ricardo... la música más hermosa que he escuchado en toda mi vida.

—Es mi favorita, me alegra que te gustara.

—No sé cómo explicar lo que me hizo sentir... eres un gran músico.

—Gracias, debes ser de las pocas personas que lo creen —le sonríe amablemente.

—En serio, disfrute muchísimo escucharte tocar, fue como ver tu alma y sentir la mía. Gracias por dedicarme esa melodía, Ricardo.

—No, gracias a ti por escucharme. Siempre quise tocar frente a un público en un lugar enorme, lleno de luces. Esto es lo más cercano que jamás voy a estar. De verdad te lo agradezco. —Se levanta y deja el piano como estaba—. ¿Ahora a dónde vamos? Es temprano aun ¿hay algo que tú quieras hacer, Susana? —pregunta.

La joven se pone de pie.

—Hay algo que quiero hacer por última vez; pero antes respóndeme algo, ¿sabes dónde podemos conseguir un arma? —pregunta.

Ricardo entrecierra los ojos. Pensativo.

—Creo que sí —contesta.

—Muy bien, vamos entonces. Ya no nos queda mucho tiempo —comenta Susana.

Ambos salen de la escuela de música, suben al auto y parten.

Ricardo conduce a Susana hasta un viejo amigo, el cual por el precio adecuado podría conseguirle lo que necesitaban. Susana conduce hasta una pequeña calle en los suburbios y se estaciona frente a una casa bastante sencilla.

—¿Estás seguro que este amigo tuyo nos venderá un arma? —pregunta Susana.

—Sí, su negocio es ese, estoy seguro que aquí tendrá al menos una para poder comprarle.

Susana saca de la guantera de su auto unos fajos de dinero.

—Menos mal había retirado dinero en la mañana. Creo que esto debería ser suficiente, ¿Qué dices? — pregunta

—Pues, creo que si—dice Ricardo tomando el dinero—es mucho dinero.

—Dile que se quede con el cambio, pero que nos de él arma cargada. —Susana coge la botella de Whisky que estaba también en la guantera y la destapa.

Ricardo baja del auto y se dirige a la casa. Brinca la cerca, cruza el pequeño jardín y Toca el timbre de la casa. Algunos minutos después alguien responde.

—¿Quién es? —contestan el interior.

—Harold, soy yo Ricardo.

—¿Qué? ¿Qué cosa haces aquí a esta hora? —le pregunta y abre la puerta — son cerca de las cinco de la mañana, amigo —dice Harold sobando sus ojos con el puño.

—Lo sé, es solo que necesito un favor. Necesito que me vendas un arma.

— ¡¿Qué?! — dice sorprendido.

—Lo que oíste, amigo. Necesito un arma, aquí tengo el dinero — le muestra los billetes que sacó de su casaca.

Harold dirige la vista a la calle y nota el lujoso auto estacionado frente a su casa y a Susana dentro de él bebiendo de la botella de whisky.

—¿Qué pasa aquí? ¿Y ese auto, Ricardo? —pregunta.

—No te preocupes por eso, es una amiga. Solo dime si me puedes vender un arma sí o no. Sabes que puedo ir a al menos dos lugares más.

—Claro que te puedo vender una... pero ¿para que la quieres?

—Vamos, Harold, si quisiera contestar preguntas no vendría aquí a comprar —repone.

Harold hace un gesto y rasca su barbilla. Asienta.

— De acuerdo. ¿Cuánto traes? —pregunta.

—Todo esto — le da los billetes.

—Esto es mucho dinero — dice contándolo.

—Solo necesito una buena arma, es todo.

—De acuerdo, por este dinero puedo conseguirte un rifle si deseas. Pasa, no voy a dártela aquí.

Ricardo ingresa a casa de Harold y luego de algunos minutos salen nuevamente. Se estrechan la mano y Ricardo se dirige de regreso al auto. Sube y Susana parte rápidamente de ahí.

—Jamás había cogido un arma —dice Ricardo mostrándole a Susana el revolver de cañón corto que traía en las manos.

—Tampoco yo —comenta Susan conduciendo—, pero siempre hay una primera vez, ¿verdad?

—¿A dónde vamos ahora? —pregunta Ricardo colocando el arma en la guantera.

—Pues a mi departamento, no nos queda mucho para el amanecer.

—De acuerdo.

Susana trató de acelerar a todo lo que pudo, quería llegar lo antes posible. El alcohol la había desinhibido y no sentía temor de conducir temerariamente. Solo quería llegar a su departamento a tiempo.

Una vez estuvieron de regreso en el edificio, Ricardo deja el arma sobre la mesa de centro, se sienta en el sofá frente a la ventana y se sirve un trago de whisky.

Susan se detiene cerca a la ventana, observaba la vista.

—Van a ser las seis dentro de muy poco, Ricardo.

—Así es —responde—, y bien, ¿qué es lo que quieres hacer por ultima ves?

—Pues... me he pasado casi toda mi adultez acostándome con sujetos a los cuales solo conocí unos instantes, siempre ebria o drogada y cada vez sintiéndome peor. —Susana se desprende de su bata de baño, dejándola caer el piso, quedándose totalmente desnuda de espaldas a Ricardo quien arquea las cejas, sorprendido—. La ultima cosa que quiero hacer antes de... enviar todo a la mismísima mierda es hacer el amor. —Gira sobre sí misma y comienza a acercarse a al hombre frente a ella.

Ricardo estaba intrigado, tanto por la reacción inesperada de Susana como por la belleza y perfección del cuerpo de aquella joven mujer desnuda frente a él. ya había olvidado la última vez que tuvo en frente a una mujer de tal belleza.

Susana se detiene justo delante de él, Ricardo se echa para atrás en el mueble, apreciando las formas contorneadas y voluptuosas de Susana.

—¿Me complacerías en este mi último deseo? —pregunta ella.

Ricardo no dijo una sola palabra, solo levantó la mirada y la poso en los ojos de Susana, ojos encendidos en fuego.

Ella se posó sobre él a horcajadas, rodeando su cuello con los brazos. Lo besó con pasión, él le correspondió de la misma forma, rodeando la cintura de la joven con sus brazos.

—Quiero pasar estos últimos minutos antes que salga el sol haciendo el amor con un hombre que me conoce, aunque sea un poco más que cualquier otro con el que he tenido sexo últimamente. Un músico frustrado pero apasionado. Quiero que tus manos que producen tan bella música acaricien mi cuerpo de arriba abajo y me hagan flotar de pasión y estallar de placer. No quiero solo sexo estas ves; quiero terminar mi vida, aunque sea por una vez haciendo el amor.

—Pero... — Susana coloca un dedo sobre los labios de Ricardo.

—Sé que no me amas, pero sé que te éxito, el bulto que siento en mi entrepierna me lo comprueba. —Sonríe pícaramente—. Solo quiero sentir la pasión de un hombre que al igual que yo no tiene más por que vivir y que al terminar esta noche no dejará unos billetes sobre mi cama y desaparecerá. Solo quiero pasar estos momentos finales de mi existencia creyendo que alguien me ama de verdad y no solo quiere saciar su lujuria. Y al salvarme la vista te convertiste en la persona que estará más cerca de amarme y con eso me conformo. Hazme el amor como si de verdad me amaras, Ricardo. Quiero que me arranques gritos y lágrimas de placer como melodías y notas a un piano.

Ricardo asienta lentamente.

—Entonces... ¿así terminaremos esta noche? —le pregunta a Susana.

—Sí, envueltos en sábanas y con una bala en la sien.

—Sí te hago el amor, creo que quizás no tenga las fuerzas para jalar el gatillo después.

—Pero quizás yo sí —dice Susana saliendo de encima de Ricardo.

Susana da un paso atrás y coge la botella de Whisky de la mesa de centro, se inclina hacia el pianista y lo besa nuevamente. La joven se aleja de él y se dirige a su habitación. Se detiene en el umbral de la puerta.

—¿Vienes? —pegunta con una sonrisa.

Ricardo observa ahí detenida. Tentadora.

El pianista respira profundamente y se inclina hacia la mesita de centro. Coge el arma, se pone de pie y camina hacia Susana.

Ella le sonríe y lo lleva de la mano al interior de la habitación.

FIN

Franck Palacios Grimaldo

Jueves, 27 de enero de 2011

19 de Febrero de 2020 a las 22:45 0 Reporte Insertar 0
Fin

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