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marymarcegalindo Marymarce Galindo

Perder a su padre no fue lo peor que le sucedió al modelo ruso Víctor Nikiforov. Heredar la reconocida casa de modas de su progenitor y no saber cómo manejarla, tampoco. Mucho menos tener que salvar las enormes deudas de la empresa. Ni enterarse que tenía un “hermano” menor y encargarse de él. Lo peor que le sucedió a Víctor fue despertar la lujuria de Yuri Nikiforov y corresponderla. Disclaimer: Los personajes de este fic pertenecen al anime Yuri on Ice. La historia del fic es original. Portada: Mielwie


Fanfiction Anime/Manga Sólo para mayores de 21 (adultos).

#Víctor-Nikiforov-y-Yuri-Plisetsky #YurionIceVicturio #PlovYOI #YOIVicturio
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Tabú 1

Hay amores que están destinados a echar raíces y crecer.

Hay amores que nos regalan el delicioso aroma de sus flores.

Hay amores que nos cobijan bajo la frondosa sombra de su encanto.

Hay amores cuyas hojas caen en otoño y reverdecen en primavera.

Hay amores que nos alimentan con el néctar de sus frutos.

Hay amores que se marchitan antes de florecer.

Y amores que nos lastiman con sus espinas.

Pero hay amores cuyas semillas jamás deben germinar.





Yuri llegó a mi vida cuando menos lo esperaba. Fue una mañana de mayo en la que el destino nos puso frente a frente y su alma de niño malo se clavó como una lanza en mi costado.

Desde el primer instante que mis ojos descubrieron su particular belleza se convirtió en mi pecado y en mi expiación. Su profunda mirada me enseñó que podía alcanzar el cielo en la tierra y su pálida piel me mostró que el fuego del infierno se encontraba dentro de mis venas.

Con él alcancé la gloria de los dioses y me sentí el más miserable de los mortales. Su boca provocaba todos mis sentidos, mirar la jugosa pulpa de sus labios, escuchar los suaves suspiros que escapaban por sus comisuras, rozar sus cálidas aristas, sentir su aroma a miel y saborear su dulce néctar se convirtió en el más caro de mis anhelos.

Yuri siempre tuvo la magia de hacerme entrar en razón y al mismo tiempo volverme loco con una pequeña caricia suya.

Esa mañana de mayo se metió en mi alma sin ningún permiso, transformando su pureza en deseos retorcidos, para luego introducirse en mi piel y convertirla en un mar agitado por las invisibles fuerzas de Eros.

Jamás tuvo duda alguna sobre sus motivos, jamás tuvo miedo de admitir sus sentimientos, nunca claudicó en su intento de liberar mis deseos de hombre que cabalgaban cada noche hacia él por los recónditos parajes de mi mente oscura.

Yuri ha sido el ángel que abrió sus alas para acoger mi negra alma y purificarla a fuerza de amor y cariño.

Yuri se convirtió en el demonio que me orilló hacia las aguas de lo prohibido y dejó que me hunda en ellas sin remedio y sin salvación.

Yuri.

Cuando menciono su nombre, el brillante fleco que cubría sus bellos ojos vuelve a iluminar mis ojos cansados que se cierran para recordar la fuerza de su mirada, para volver a repasar cada centímetro de su esbelto cuerpo, para volver a ubicar las constelaciones de sus lunares sobre su espalda y oír de nuevo su risa de ángel mientras hacía ese gesto demoníaco con la lengua sobre sus labios.

Todo en él era perfecto. Su hermosa cara de niño mimado. Su mirada asesina y despiadada. Su perfume a menta que helaba mi sangre. Sus anguladas caderas que se movían con la gracia de un potro salvaje.

Perfecto.

Cada vez que su varonil voz retumbaba en el aire pronunciando mi nombre como si llamara a su perro faldero, dejaba con el rostro embobado a más de un codicioso hombre que tal vez pensó que junto a él se había detenido una enfadada adolescente sin atributos de mujer.

Yo reía cuando con malicia Yuri se agachaba a recoger algún objeto del suelo exponiendo su hermosa y bien formada cola que atraía las viles miradas masculinas, luego agitaba la melena dorada que caía lánguida sobre los hombros y caminaba paso a paso como un gato, se paraba como posando para la cámara dejando sin respiración a los depredadores.

La pequeña curvatura de su nariz se posó cientos de veces sobre mi barbilla buscando la calidez de mis besos. Era la tortura más hermosa que un hombre hubiera podido soportar y él no imaginaba cuánto me dolía no poder besarlo y cómo hincaban mi corazón todas mis ganas reprimidas.

Yuri… mi cruel verdugo que exponía su suave piel de uva ante mis ojos sabiendo que no podía tocarla, que no debía tocarla. ¿Acaso se reía de mí cada vez que tenía que calmar mi vientre en llamas bajo un chorro de agua fría? Fueron muchas los momentos que se rio de mí, pero no tantos como aquellos que lloró entre mis brazos o tras el auricular de algún teléfono.

Cuántas de veces en mis sueños desgarré su piel junto con la tela de su camisa, cuántas veces le arrebaté besos húmedos en los que extraje todo el jugo de su boca. Cuantas veces soné que mis dientes dejaron huellas imborrables en el meandro de su delicada cintura y cuantas veces imaginé que lloraba bajo mi ardiente cuerpo suplicando que me detuviera mientras él dormía indiferente en la otra habitación.

Yuri mi amado, mi tormento, mi niño tierno, mi ángel caído. Más de una vez me condenó con sus besos y siempre me salvó con su mirada.

Nadie puede saber lo que siento por él. Nadie puede siquiera imaginar lo que él siente por mí. Estaríamos condenados, desterrados y malditos. Porque nadie entendería razones, porque nadie podría ver la fuerza y la pureza de nuestro amor.

Porque las reglas de los hombres y el mandato de los dioses se han hecho para ser cumplidas, porque aquellos que osan quebrarlas solo consiguen la aguda lanza del desprecio y la ponzoña ácida del repudio.

Yuri mi amor.

El más prohibido de todos los frutos del árbol, mi dulce pecado, mi concupiscente compañero. Con él la vida tiene sentido y sin él mis ilusiones mueren y se esfuman en la nada, como la suave nube de humo del cigarro que me acompaña en esta tarde gris.

A mis veintiocho años había llegado a experimentar todo en la vida. Eso era al menos lo que yo creía. ¡Y cómo no creerlo!, la fama era mi mejor compañera de cuarto, la fortuna me sonreía todo el tiempo, el éxito era mi segundo nombre y el poder de seducción era mi principal herramienta.

Todos me conocían como el hijo único de Miroslav Nikiforov y Angélica Vólkova.

Él un reconocido diseñador de modas, dueño de la famosísima casa Nefrit (jade) que inició como un simple sueño y que en poco más de una década se convirtió en un referente de la moda moscovita y europea.

Ella, una estrella que no dejaba de brillar a pesar de los años, top model de los ochentas y noventas, mujer de grandes atributos, culta, racional y heredera de la gran fortuna que su segundo marido le dejó después de diez años de feliz matrimonio.

Mis padres se casaron a pocos meses de haberse conocido, por un tiempo fueron una sola carne y yo fui un niño muy feliz a su lado. Pero como muchas historias de amor que comienzan con los mejores augurios y terminan en un gran vacío, su historia también culminó cuando Miroslav distanciado por el trabajo y envuelto en su rutinaria vida decidió cambiar de musa y se enamoró con toda su alma de una bella modelo que lo sacó de su aburrida vida y pintó de colores su corazón al igual que sus dos nuevas colecciones para primavera y verano.

El otoño anterior a mi cumpleaños número doce mi madre tenía serias sospechas de la conducta licenciosa de mi padre y en invierno convencida que no ganaba nada intentando retenerlo junto a ella, aceptó la propuesta de divorcio sin mucho trámite y le dijo adiós con la mirada altiva y el corazón sangrante.

Lo lloró mucho, pero en el silencio más íntimo de su alcoba. Nunca se quejó de él, jamás habló de su traición y tampoco mencionó el motivo verdadero de su ruptura. Solo se limitó a decir que el amor había terminado.

La siguiente primavera mi madre abandonaba la casa de San Petersburgo contratada por una firma de moda parisina y me hizo una única pregunta que no tardé en contestar convencido que era lo que en verdad quería. ”¿Quieres venir conmigo o quieres quedarte con papá?”

Los amaba a los dos por igual, pero no quería compartir mis días con la nueva conquista de mi padre, así que miré a mamá y le dije: “Quiero estar junto a ti y quiero ser como tú eres”.

A los doce años decidí de esa forma mi destino y no me arrepiento. Aunque al inicio de la separación me doliera no poder ver a papá y sentía que lo extrañaba demasiado, sobre todo cuando no me llamaba los fines de semana.

Con el tiempo mi madre conoció a ese apuesto hombre de negocios, quince años mayor que ella, que la llevó a tener más fama de la que había imaginado y más fortuna de la que había deseado. Junto a él emprendió una nueva aventura de vida y un nuevo reto profesional cuando puso su propia agencia de modelos.

Se convirtió en representante de cuanto adolescente de belleza única ingresaba por la enorme puerta de cristal de las oficinas que ocupaba su empresa en un edificio de París, ciudad donde finalmente se asentó junto con su marido.

Y no está de más decir que yo fui uno de sus primeros representados. Modelé en un ridículo comercial de una conocida bebida azucarada en la que salía haciendo algo que se dejó de ser mi pasión desde que salí de San Petersburgo, el patinaje sobre hielo.

En el comercial patinaba en una pista de hielo de París y al final de una breve pirueta me acercaba a la valla de separación y tomaba la bebida enlatada.

Al ver los resultados del spot publicitario me juré que jamás volvería a hacer el tonto para un comercial de televisión. Así me preparé mucho para posar ante las cámaras de los más exigentes fotógrafos y cuando tuve la edad suficiente y el físico adecuado salté a las pasarelas europeas.

Reconozco que siempre fui poseedor de una singular belleza alvina que unió mi rostro de niño despreocupado a mi larga melena plateada de sabio anciano, combinación que muy pronto me convirtió en la novedad que todos querían ver en los desfiles y que más de un diseñador pugnaba por vestir frente a las cámaras y los escenarios.

Combinaba la escuela con mi trabajo de manera puntual. No era el mejor ni el peor de los alumnos, pero sí era el chico más popular de toda la secundaria y eso me divertía mucho. Era extraordinario sentirse mirado, admirado, deseado y envidiado por las esas chicas que revoloteaban como mariposas en una jardinera y también por algunos chicos que no dudaban en demostrar sus cualidades masculinas frente a mí, en especial aquellas que marcaban los músculos de sus pectorales y que inflaban los atributos de sus entrepiernas.

No voy a negar que todas esas miradas me hacían sentir muy especial y que me gustaba seducir con mi sonrisa a cuantos ojos se posaban sobre mí. En esas tardes frente a los obturadores y ventiladores de los estudios fotográficos o frente a los paisajes urbanos donde por lo general me hacían trabajar, descubrí que amaba sentirme deseado tanto por los dulces ojos de una mujer, como por la seductora sonrisa retorcida de un hombre.

A mis dieciséis seducir con un aparente aire de inocencia era mi juego favorito. Y casi todos caían en esas redes, aunque la araña jamás se presentara para inyectarles su veneno.

Fue una época de ensueño, hasta que un día la voz racional de mi madre y el consejo experto de mi padre me empujaron a tomar otra decisión importante y que después de muchos años me ayudó a salir de problemas y encarar la vida.

Decidí estudiar una carrera universitaria. Algo que fuera coherente con mi estilo de vida y que me permitiera despegar cuando tuviese que despedirme de la breve e ingrata carrera de modelo. Estudié ingeniería en gestión empresarial.

Por supuesto aquel entonces pensaba que ser heredero de “Nefrit”, la empresa de mi padre y de “La Beauté”, la empresa de mi madre; conllevaría grandes responsabilidades a futuro. Esas exigencias me obligaron a licenciarme en una especialidad que me permitiría manejar ambas empresas con visión de futuro.

Y aunque me pensaba como gerente jamás dejé de lado mi carrera de modelo. Esta por el contrario fue en ascenso y ese disfraz de universitario me daba un aire de superioridad que se notaba incluso en las sesiones de fotos y en las filmaciones que hacía para alguna marca de perfume o alguna línea deportiva.

Tras mi graduación, la carrera de modelaje me llevó de regreso a San Petersburgo y me hice de un piso lujoso en una zona exclusiva de la ciudad. Lejos de mamá empecé una nueva vida a los veintidós y desde entonces no paré de conseguir mis metas y ambiciones.

Trabajo duro, esa fue siempre la consigna y solo así podía llevar una vida de lujo. Viajes continuos que permitían expandir mis conocimientos y experiencias. Fiestas sin límite que me popularizaban aún más. Mujeres bellas con las que jamás llegaba a tener una relación seria, pero que me convertían en un hombre envidiado y un referente para otros.

Un amor clandestino que me hirió el corazón. Inversiones en bolsa que aseguraba mejor mis ingresos. Contratos continuos que garantizaban mi presencia en cuanta campaña y desfile se presentaba. Y por supuesto litros y litros de alcohol que me ayudaban a alejar los fantasmas de la soledad y el stress que sentía por la convivencia con todos esos maniquíes de carne y hueso con los que compartía mis noches de pasarelas o mis días en playas paradisiacas.

A los veinticuatro llevado por el dolor de una separación toqué fondo una noche de la que no recuerdo nada, pero dicen que me excedí en todo. La prueba fue que mi padre me sacó de la comisaría y pagó una buena suma de dinero por la fianza. La jueza me llamó la atención como si fuera aún un niño y durante seis meses me dediqué a atender un hogar de huérfanos. Viendo las miserias de esos pequeños me di cuenta que no debía desperdiciar mi vida en estupideces.

Decidí retomar mi trabajo con convicción y a la vez decidí darle una nueva oportunidad al amor para sentir toda la felicidad del mundo junto a una hermosa compañera y llegar a los pináculos más altos de mi carrera. Y así fue. Así era. Así pensaba que estaba siendo… hasta que lo conocí.

Setenta días antes de verlo por primera vez mi padre y yo cenábamos en el Pelmenya, un lujoso restaurante junto al río Fontanka y conversábamos sobre nuestros planes de vida. Él estaba atravesando un momento álgido en la empresa y buscaba con desesperación una inyección de capital que le permitiera despegar con la presentación de ciertas ideas innovadoras. Así que se había endeudado con sus proveedores y con un banco. Pero estaba urgido por conseguir un segundo préstamo que le ayudase a expandir el negocio y mejorar algunas instalaciones de sus fábricas en India tal como lo estaban haciendo otras casas de moda.

—Deberías darme una mano, a estas alturas tienes la experiencia y los conocimientos como para ayudarme en este viraje que deseo hacer para relanzar “Nefrit”. —Mi padre tenía que reinventarse si deseaba que sus competidores no lo rebasaran por varios cuerpos.

—Dedicarme a la empresa no es lo mío papá, yo quiero seguir con mi carrera de modelo hasta que me jubilen y eso todavía puedo manejarlo un tiempo más. —Estaba mintiendo descaradamente a mi padre pues hacía algunos meses que las invitaciones y los contratos ya no llegaban con la frecuencia que hubiera querido.

—No te robaré mucho tiempo hijo. —Recuerdo su sonrisa optimista, él esperaba mucho de mí y yo no estaba dispuesto a ceder un solo milímetro en mi decisión—. Por favor dime que lo vas a pensar.

—Veré cómo acomodo mi agenda papá, no creo que pueda dedicarme a “Nefrit” muchas horas, pero podría hacer un asesoramiento externo. —Fue lo mejor que pude ofrecerle. Fue lo peor que le hice a mi padre esa noche.

Un par de noches después él partía con desesperación hacia Moscú. Un hecho que yo desconocía por completo lo había llevado a tomar su auto cerca de las siete de la noche y manejar tantos kilómetros en medio de la nevada que todavía golpeaba la zona en esa época del año.

Solo recuerdo que pasada la media noche de un martes recibí la llamada de Yakov Feltsman, el abogado de mi padre, que me pedía viajar a Moscú con urgencia porque papá había sufrido un accidente grave. Se disculpó por no estar presente porque se encontraba en Londres y no pudo conseguir un avión para regresar a Rusia debido a la tormenta.

Salté de la cama y me puse cualquier vestimenta abrigadora, llamé al aeropuerto para reservar un pasaje a cualquier hora con destino a Moscú, pero me negaron la posibilidad porque la nevada arreciaba y los aeropuertos de la capital no abrirían sus pistas. Imposibilitado de volar fui a la estación de tren y tras rogar en la boletería que me vendieran un pasaje de último momento, un hombre observó mi desesperación, desistió de viajar y me ofreció su pasaje para el tren de la mañana. Compré el ticket al triple de su costo y abordé el Flecha Roja.

A mi arribo a Moscú llamé a Yakov Feltsman, él me dijo que fuera hacia la delegación policial de Presnensky. No entendí por qué me requerían en ese lugar, pensaba que papá debía estar en algún hospital o clínica privada recuperándose del accidente. En medio de mi confusión llegué a la delegación policial y cuando ingresé fue el propio comisario quien me atendió y me dijo que debía identificar un cuerpo para acreditar si se trataba de mi padre.

Ellos tenían sus papeles y documentos que encontraron en la guantera del vehículo. Yo me sentía extraño y en un inicio no quise admitir que ese hombre con el que tres días atrás estaba hablando de negocios en medio de una cena familiar se encontrase yerto y no respondería nunca más a mis llamadas.

Cuando ingresé a la morgue un súbito escalofrío recorrió mi espalda y me sentí quebrado en dos mitades. Mientras caminaba tras el oficial de policía hacia el lugar donde habían guardado el cuerpo de mi padre, decenas de ideas venían a mi cabeza y la principal me decía que los agentes se habían confundido y que el hombre que vería en la morgue no era mi papá.

Yo rechazaba con todo mi ser la única idea que daba vueltas por mi mente y de manera inútil trataba de alejar de mi pensamiento la fatal realidad. «No, mi padre no puede estar muerto», me decía con cada paso que daba mientras me acercaba a la cámara de frío.

Tragué la saliva con dificultad cuando la puerta de la cámara frigorífica se abrió emitiendo su chirriante voz metálica para dar paso a la camilla. Sobre ella una bolsa de grueso y negro plástico cubría un cuerpo. El sonido del cierre deslizándose hacia los pies del cadáver me estremeció aún más. Aguanté la respiración y cuando el encargado de la morgue abrió la bolsa hacia ambos lados, vi con dolor profundo que el perfil de mi padre muerto se mostraba rígido frente a mí.

En forma automática una de mis manos cubrió mi boca y la otra apretó mi estómago donde sentía abrirse paso a un vacío doloroso y desgarrador. No había vivido con mi padre desde que tenía doce. Lo herí cuando decidí seguir a mamá. Solo me limité a contar las partes menos interesantes de mi vida cada vez que hablaba con él por el teléfono y la mayoría de las veces era mi padre el que me llamaba.

Ya no lo haría más. Ya no vería la luz del celular iluminarse y mostrarme el nombre del contacto “Papá”. Ya no escucharía su grave y tranquila voz saludarme y preguntar como pasé mi día.

Cuando el oficial me pidió identificarlo yo aseguré que era mi padre y le pedí que me dejase a solas con él. De forma extraña no tenía lágrimas a pesar de sentir ese terrible váguido y la quemazón en el estómago que me produjo la fatal pérdida.

Intentaba recordar algunas oraciones para decirlas en ese momento, pero no sé porque solo recordé la última frase que él me dijo durante la cena: “dime que lo pensarás”. Ésta empezó a dar vueltas en mi cabeza todo el tiempo, tanto que parecía un sonsonete que se repetía una y otra vez como pidiendo que entienda su real significado.

Cuando regresé a San Petersburgo lo hice llevando conmigo el cadáver de mi padre. Lilia Baranovskaya, la mano derecha de papá en “Nefrit” se había encargado de los preparativos para el entierro.

Fue un sepelio sencillo, elegante y concurrido. Los medios dieron la noticia y muchas celebridades a quienes mi padre vistió en vida y con los que trabajó llamaron para darme el pésame y algunos le acompañaron hasta el cementerio para mostrar su respeto y cariño.

Yo me sentía aislado como en una burbuja y solo me limitaba a agradecer sus saludos y muestras de dolor. La última que se presentó en el salón de velatorio fue mi madre que vestida con un traje formal de color blanco se acercó al ataúd y ofreció una larga oración silenciosa. No lloró al igual que en su primera despedida, solo lo miró con cariño y pena.

Treinta días después de la muerte de mi padre, Yakov Feltsman que, además de ser su abogado era su mejor amigo, me llamó a su despacho y convocó a otras personas como testigos entre ellos su ex posa Lilia y un joven abogado proveniente de Moscú. En un inicio pensé que se trataba de algún representante del banco, pero estaba muy equivocado, era un representante de la oficina de familia de Moscú.

Feltsman tenía que proceder con la apertura de testamento y nombrar a los herederos de mi padre. Yo esperaba lo inevitable, me declararían heredero universal y en el peor de los casos él dejaría un porcentaje de su patrimonio a alguna persona de gran confianza. Eso no me molestaba porque “Nefrit” fue el proyecto de mi padre y no el mío. Además, yo deseaba vender o traspasar todas mis acciones de la empresa.

Cuando el abogado Feltsman en presencia de un representante notarial empezó a leer el testamento nada de lo que estaba escrito en el papel me sorprendía.

“Yo Miroslav Nikiforov en pleno uso de mis facultades quiero a través del presente testamento emitir libre y espontáneamente mi voluntad. Primero quiero agradecer a todas las personas quienes a lo largo de mi vida apoyaron mi carrera y me ayudaron a construir éste que fue mi sueño alcanzado; Nefrit es una casa de moda y de cultura, porque desde aquí se diseñaron muchos vestuarios que marcaron una época dentro de la cultura contemporánea y porque cada diseño que hice fue como una obra de arte.

“Amando tanto como amo Nefrit, quiero que esta casa pueda albergar a las personas más importantes de mi vida y por eso dejo un diez por ciento de las acciones de la empresa a mi colaboradora y mejor amiga Lilia Baranovskaya, esa es mi manera de agradecer todos estos años de dedicación, compromiso y apoyo a mi trabajo.

“El otro noventa porciento de la casa principal y los talleres que establecí en varias ciudades del Asia, así como mis casas en Moscú, Ekaterinburgo y San Petersburgo, mi colección de autos y mis joyas se los dejo a mis hijos…

En ese instante miré a Feltsman y pensé que se había equivocado, pero de inmediato caí en cuenta que no existía ningún error de lectura o pronunciación.

“… a mis hijos Víctor y Yuri a quienes amo con todo el corazón y que espero que en todo este tiempo de conocerse hayan aprendido a ser muy buenos hermanos. Sin tener más que dejar en este mundo espero que mi voluntad sea cumplida por completo y en todos sus términos.”

El testamento tenía como fecha un día de junio dos años atrás del accidente y llevaba la firma de Miroslav Nikiforov así como de Yakov y de las autoridades del registro de testamentos. Un representante de la entidad estaba presente para corroborar el contenido del documento y comenzó a firmar varios folios de un cuaderno grueso y grande donde quedó registrada la inscripción del testamento de mi padre.

En mi mente se produjo una gran conmoción porque papá estaba hablando de dos hijos. Nunca me había dicho que yo tenía un hermano. Mi madre jamás había nombrado a otro hijo de mi padre y yo no sabía qué decir ni qué pensar.

Cuando las formalidades de la apertura del testamento fueron ejecutadas, procedí a firmar los papeles oficiales y volví a ver el nombre del otro Nikiforov.

Yuri.

Al quedarme a solas con Yakov Feltsman, él me informó que Yuri era el otro hijo de papá. Un chiquillo de dieciséis años huérfano de madre. Ella en su adolescencia y primeros años de juventud fue una modelo muy hermosa y cotizada de la cual mi padre se enamoró con locura y por quien lo dejó todo. Pero la joven murió pocos días después del parto por culpa de la presión alta.

El otro Nikiforov, mi hermano, había vivido con su abuelo todo este tiempo sin que mi padre supiera de su existencia; pero el anciano al saber que tenía una enfermedad terminal llamó a papá para revelarle la verdad del origen de su nieto y él no dudó en reconocer al chiquillo dos años antes de su muerte.

El día que mi padre salió como loco en su auto hacia Moscú fue el día que el abuelo de Yuri, un señor llamado Nikolai Plisetsky, falleció víctima del cáncer. Mi padre no se esperaba ese desenlace tan repentino, porque un par de semanas atrás había visitado al anciano y éste se hallaba muy bien porque en medio de su enfermedad no mostraba signos de debilidad.

Cuando mi padre se enteró de su muerte se apresuró en ir a Moscú para apoyar y hacerse cargo de su hijo Yuri. Un muchachito que se había negado a abandonar en un hospital a su abuelo y que no había aceptado la oferta de mi padre para vivir con él en San Petersburgo.

—Víctor, el chico se ha quedado completamente solo y tú eres lo único que él tiene en este mundo. —Yakov Feltsman conocía a Yuri y a pedido de mi padre había guardado el secreto de su existencia incluso a su ex mujer Lilia a quien le unía una amistad especial—. Por favor te voy a pedir que lo acojas por un tiempo corto, le ayudes a adaptarse a la ciudad y cuides de él de alguna forma hasta que pueda resolver lo de la custodia legal que deberé tramitar a mi nombre, ya hablé con Lilia para que lo ayude y oriente hasta que cumpla la mayoría de edad.

Miré al amigo de mi padre y sus ojos tenían expresión de ruego, algo que jamás había visto en él. Mi papá había reconocido ese hijo y en su testamento auguraba que Yuri y yo habíamos aprendido a llevarnos bien como hermanos. Jamás imaginó que su temprana muerte evitaría que me presentase a Yuri y que yo tuviera que enterarme de su existencia de esa manera trágica e imprevista.

Pensé en la situación de ese muchachito, con dieciséis años y solo en este mundo. Y yo… nunca pensé en tener un hermano, tampoco imaginé cómo se sentiría tener uno. La idea me pareció fascinante, tenía un hermano, mi padre me había dejado por herencia una empresa en problemas hipotecada hasta la última tela y alfiler y también me había dejado por herencia la compañía de un hermano menor.

En un primer momento la idea me atemorizó, pero fui vencido por la curiosidad y el sentimiento de cuidar y proteger a un jovencito que por seguro estaba más asustado que yo y que necesitaba saberse respaldado. No sé por qué me sentí muy feliz, pero sí sé que desde ese momento mi vida y mis sentimientos jamás volverían a ser los mismos.

A mis veintiocho años me enteré que tenía un hermano llamado Yuri.

Meses después descubrí que mi amor por él sobrepasaría los límites permitidos entre los hermanos.



Notas de autor:

A quienes comiencen a seguir este fic bienvenidos. Quiero compartir con ustedes esta historia que espero la tomen con la mayor madurez posible y es que es muy difícil abordar un tema que, como dice el título del fic, es tabú y no queremos hablar sobre ello porque damos por sentado que ese tipo de situaciones no existen o no deben existir.

Pero los protagonistas nos narran desde sus experiencias todo lo que vivieron durante un periodo de sus vidas, cuando pasaron su amor pasó los límites permitidos por los convencionalismos sociales y siendo hermanos no pudieron evitar mirarse con deseo.

La historia cumple con las normas de esta plataforma y con todas las advertencias y si bien tiene tintes eróticos, su desarrollo es dramático más como un drama.

Espero sus comentarios y por favor no juzguen a los personajes. Solo escúchenlos.



15 de Febrero de 2020 a las 00:42 0 Reporte Insertar 3
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