Un gallo canta y todos mueren Seguir historia

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Manuel Esteban Gálvez


Ya nadie puede dormir tranquilo. Es probable que nadie duerma en este pueblo: A las 2 de la mañana posado sobre aquella roca del monte de la frontera, cantará el maldito gallo, su cantó caerá como un rayo, y cuando cese su canto, una nueva vida se habrá llevado.


Horror Sólo para mayores de 18.

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Un gallo canta y todos mueren

Puede que al pasar por este pueblo me hayan visto en los márgenes de la carretera. Con mi característica mueca y mi disparejo andar. Sí, cojeando un poco al caminar. Puede que me hayan visto acercarme a los autos que se detienen por aquí. Puede que se hayan sentido horrorizados al verme, no los culpo. Mi mueca patentada, gracias al dolor que se dispara cuando trato de arrastrar mi pierna derecha mal fracturada, suele tener ese efecto. Es como si de un castigo se tratara, algún dios enojado tal vez dijo: "sí, tu condena será arrastrar tu pierna derecha por el resto de tu vida", quién sabe. En fin, tal vez me hayan visto o tal vez no. Tal vez me hayan visto, pero ignoran todo sobre mí, sobre Nico. Sí, Nico es mi nombre; "Nico al que le pesa el pico", dijo un día un conductor que se burlaba de mí por mi lento caminar.

Pero este pueblo no siempre ha sido un pueblo fantasma. Eso es prácticamente algo nuevo. Hace año y medio nadie salía espantado confundiéndome con un fantasma. Ahora nadie comprende que lo único que quiero es que alguien me saquen de este pueblo, no lo comprenden.

Hace un año, por aquí, todo era diferente.


La gente de este pueblo era gente alegre, gente que peleaba por todo, gente que no olvidaba las ofensas fácilmente; gente común y corriente. Se puede decir que a casi a todos en el pueblo les gustaba las fiestas, las bebidas alcohólicas y los juegos clandestinos. Una de esas fervientes aficiones por los juegos se notaba especialmente en las peleas de gallos las cuales se daban todos los fines de semana.

Cuando llegué a este pueblo la gente rumoreaba sobre mí: "seguramente huye de la policía", "lo quieren pelar", "alguna cagada habrá hecho"... No sé por qué todo lo que se decía sobre mí era negativo. Tal vez la pinta que llevaba hace un año no era tan diferente a la actual, ya no lo recuerdo tan bien. A veces miro el reflejo de algún mugroso escaparate y veo a un extraño; y los recuerdos del pasado de aquel extraño que miro, se sienten tan lejanos y difusos. Aunque tal vez los recuerdos nublados solo sean el resultado de la impiadosa hambre que nunca perdona, y es el hambre me ronda desde hace tanto tiempo. Por aquí es ya difícil encontrar algo que comer. Lo que quedaba en las casa abandonadas a las que pude entrar ya me lo he comido todo, y lo que no, ya se ha echado a perder. Las frutas en esta tierra nunca se desarrollan bien y no aparentan estar sanas; no son suficientes para mantener mi dieta de vagabundo. Incluso es posible que también estén malditas las frutas y que estas influyan en mi camino hacia mi pérdida de cordura inminente.

Los vicios, los vicios. Malditos vicios. Tenía unos cuantos. Ya no me quedan más. Al pensar en esos viejos vicios no puedo evitar sonreír a pesar de que al intentar enfocarme en un pensamiento a la vez, hay un cincel que golpea mi cabeza y con cada segundo que pasa aumenta el ritmo hasta que se convierte en un frenesí al que pocas veces me dejo llevar, evitando enfocarme y cambiando de manera aleatoria mis pensamientos. Tortura, tortura y más tortura. Escapé de una maldición para quedar con otra. Ojalá me hubiera ido con los demás. Ojalá me hubiese llevado el canto a la medianoche en medio de temblores de pánico y con los ojos cerrados. Pero no, me tocó el último turno, pero se han olvidado de mí. Nadie quiere atenderme o no les da la gana. Tal vez su idea era solo mi sufrimiento, y es que de haberme ajusticiado, me habrían regalado alivio. Sin duda, el solo hecho de quedarse solo en este lugar significa venganza. Viviendo en estas condiciones, ¿qué destino distinto al de la locura absoluta puede esperarse?

Al llegar aquí, me instalé en una habitación de un hotelucho barato, donde no me negaron la estadía debido a mi equipaje. Dentro del terreno del hotel contaban con un espacio en la parte trasera donde podía tener y atender tranquilamente a mis guerreros. Tenía planeado durar poco en ese hotel. Estaba decidido a conseguir en este pueblo una amante con la que pudiera mudarme y así ahorrar dinero. Conseguí una amante, pero no venía con casa incluida, así que decidí quedarme en el hotelucho que a pesar de ser indecente, me brindaba lo necesario y la renta no era excesiva.

Llamaba a mis gallos de pelea "mis guerreros". Ese nombre recién me lo había inventado al notar los jugadores famosos del pueblo solían ponerles nombres temerarios a sus gallos. Me había instalado en este pueblo precisamente porque era famoso por sus peleas de gallo en las cuales o ganabas mucho o perdías mucho. Yo llevaba varios años entrenando y criando estos gallos y vi una oportunidad de ganar dinero. Así que fui preparando a mi "Hércules" para las batallas que se avecinaban.

Al principio solo iba a las peleas en calidad de observador y de cuando en cuando apostaba a un gallo con nombre de algún dios de la mitología griega o algún famoso personaje de películas o de literatura clásica para irme empapando en las maneras, y reglas que se empleaban en cuanto a ese asunto. A veces ganaba el gallo al que había apostado, y otras veces perdía, pero por lo general tenía buen ojo y rara vez fallaba mi apuesta. En cuanto a los galleros, no había un claro vencedor. A veces ganaba el gallo de Pedrito, en otras ocasiones ganaba el gallo de Fernandón, y otros nombres más se sumaban a los ganadores y perdedores. Esto fue así hasta que llegó a las galleras del pueblo Don Rubén.

Don Rubén llegó al pueblo como un pueblerino más. Un gallero que quería ser partícipe de las peleas organizadas en el pueblo. Vivía casi en la frontera de un pueblo vecino por lo que no era muy conocido en este pueblo. La pobladores siempre se mostraban reacios al principio con los desconocidos, conmigo fue igual. Pero al igual que yo, Don Rubén se hizo conocido. Primero por ser un buen perdedor, casi indulgente, pero luego las cosas fueron cambiando.

Mis guerreros obtuvieron varias victorias y algunas derrotas. Pero a pesar de las derrotas, yo era el innegable vencedor de las peleas de gallos. A mis gallos ya todos los llamaban "Los dueños del estadio". Durante mi apogeo, me tocó enfrentar al recién llegado Don Rubén el algunas ocasiones, y en todas lo derroté.

La actitud de Don Rubén fue cambiando paulatinamente. Conozco el sabor de la derrota, pero no de tantas derrotas consecutivas como Don Rubén conoció. Entre más gallos llevaba, más gallos y más dinero perdía, por lo que su frustración ya era notable. Convencido de que su último gallo adquirido iba a ser el vencedor, subía las apuestas a niveles nunca antes vistos en el pueblo, pero sus gallos no ganaban. Una noche, encolerizado por perder el gallo al que más le tenía fe, entró a lomo de su "Rufián", con un garrote en la mano y destruyó todo lo que pudo. Rufián salió tan rápido como pudo de las galleras y por más que algunos intentaron detenerlo, no pudieron. La gente le gritaba, le abucheaban y se referían a él con palabras llenas de menosprecio: "mal perdedor, mal perdedor", "que se largue al hipódromo, maldito loco"...

Don Rubén se dejó ver por las galleras unos meses después. Esa vez llegó sobre otro caballo que no recuerdo el nombre. Pidió perdón por su comportamiento pueril de la noche aquella, dijo un discurso convincente de unos quince minutos aproximadamente, y al finalizarlo, la gente le aplaudió y se le volvió a aceptar en las galleras.

Todos creíamos que Don Rubén solo iba de observador, pero a minutos de empezar las peleas, hizo un llamado de atención golpeando una jarra de cerveza contra una mesa. La gente lo miraba, otra vez era el protagonista de la noche, así que fue hasta su caballo y regresó con una jaula:

—Les quiero presentar a mi estrella sanguinaria. Lo he llamado "Lucifer a medianoche" —dijo Don Rubén con algo de teatralidad. Hubo murmullos y asombro entre el público—. El que se atreva a enfrentarlo estaría loco — a esto le siguió una risa con la cual interpretaba su punto de vista de la risa de un demente, y hubo más jaleo entre la multitud—.

—Creo que yo soy ese loco que buscas —dije—.

La pelea fue breve pero sanguinaria como había predicho Rubén. Mi "Robin Hood" no pudo contra su "Lucifer a medianoche". Mi gallo murió camino al hotel. Aquella noche, sin duda alguna el rey fue Lucifer ganando cinco peleas consecutivas (que eran las máximas permitidas por noche), y como las apuestas de Don Rubén solían ser altas, después de la derrota, varios nos quedamos solo de observadores hasta que nuestro roto orgullo no pudo soportar ver más de aquella carnicería. Aquel gallo hacía honor a su nombre, parecía endemoniado, poseído, sin dar chance alguno a los contrincantes los aporreaba, picaba y clavaba esas finas espuelas que cortaban cual navajas.

El reinado de Don Rubén en las galleras se conoció como El infierno de Don Rubén. Rara era la noche en la que no se llevara las cinco peleas consecutivas. Aunque las demás peleas se seguían dando con normalidad, las que más llamaban la atención y las que más generaban apuestas, eran las peleas en las que estaban involucrados los demonios de Don Rubén. Muchos competidores se habían propuesto vencer a Don Rubén, pero los dedos de una mano era suficiente para contar cuantos habían logrado conquistar ese objetivo. Y aunque resultaron ganadores, sus gallos murieron debido a lo reñida y brutales que solían ser las peleas contra los gallos de Don Rubén.

Una de aquellas noches de peleas de gallo, me veía venir un sábado con sabor a derrota. Pero no importaba, igual llevé uno de mis gallitos a los que ya no les ponía nombres rimbombantes porque solían ser derrotados. Mili, mi amante que he mencionado antes, desde que empecé a sufrir derrota tras derrota en El infierno de Don Rubén, le gustaba acompañarme a las peleas para darme ánimos, sobre todo después cuando perdía. Y cuando decidíamos que era hora de irnos, nos encaminábamos a pasar la noche juntos en la habitación del hotelucho, donde me perdía en su cuerpo, y aliviaba las frustraciones que me ocasionaban las pérdidas. Íbamos un poco tarde porque Mili no se sentía tan bien aquella noche, pero insistió en acompañarme. Caminábamos a paso ligero, y de vez en cuando nos deteníamos porque Mili volvía a sentir nauseas, lo que me hacía pensar que estaba embarazada y no quería contarme aún, tampoco se lo pregunté. Retomamos la caminata y ya el bullicio se escuchaba. Cuando íbamos llegando tuvimos que apartarnos del camino porque de improviso un gran caballo vino corriendo desde la gallera en nuestra dirección y pasó de largo a todo galope. Reconocí el caballo, era Rufián.

—Yo te alcanzo —dijo Mili, sentándose en una piedra que estaba a la orilla del camino—, anda avísale al patán ese que el caballo le anda suelto.

—¿Estás segura? —le pregunté—. Puedo quedarme aquí si quieres.

—No, no, no —dijo Mili—. No es necesario, ya te alcanzo, además, aprovecha para inscribirte en la próxima pelea.

Así entonces me fui, apurado. Primero inscribí mi gallo en contra de uno de los de Don Rubén. Me tomé mi tiempo, hasta me tomé una cerveza antes de avisarle a Don Rubén que su caballo andaba en soltura. Hablar con Rubén se había vuelto algo de pensarlo dos veces: de aquel Rubén indulgente que conocíamos no quedaba nada. Ahora era patán, arrogante, prepotente, petulante, artero e insensato cuando quería. Su risa estridente era igual de insoportable.

—Rubén —dije—, he visto a tu caballo corriendo hacia la capillita, creo que...

—Shuuuu —dijo—, no me distraigas. No me quiero perder nada.

No quería perderse como su demonio despedazaba al contrincante.

—Bueno ya cumplí con avisarte eh.

—Sí, sí, sí ­—dijo Rubén—. Él sabrá regresar, es más listo que la mayoría de esta gentuza —dijo alzando las manos con gesto de todopoderoso—.

Yo que no quería seguir escuchando sus fatuidades, me alejé de aquel lugar y fui en busca de Mili. A la encontré a unos cuantos metros del recinto, observando algo detenidamente. Le pinché por la espalda con mis dos dedos índices se les escapó un grito de susto, estuvo a punto de darme una patada, de no haber escuchado mi voz, me la hubiera ganado.

—Soy yo, soy yo. Tranquila.

—Casi me matas del susto.

— Y tú casi me matas de una patada.

Reímos unos segundos y ella volvió a concentrase en lo que estaba, pero me hizo parte de aquello:

—Mira esto —dijo—. Se ha caído del caballo de Don Rubén. ¿Qué crees que sea?

Miré detenidamente.

—Presta —le dije—. Déjame ver de cerca.

Dentro de la bolsa de piel había dos bolsitas más pequeñas, muy bien cerradas. Una de las bolsitas contenía espuelas falsas para las peleas, y dentro de la otra bolsita había un frasquito de vidrio transparente. Lo abrí girando la tapa rosca. Al sacar la tapa rosca vimos que un pequeño pincel húmedo estaba adherido a la tapa.

—Es como un esmalte de uñas —dijo Mili.

—Es cierto, pero dudo que sea esmalte de uña lo que contenga.

Acerqué un poco mi nariz al frasquito y reconocí lo que contenía. En seguida lo cerré.

—Se me hace una idea de lo que puede ser —dije—. Ayúdame a sujetar a Escuálido para ponerles las espuelas. Si es cierto lo que creo que es, pienso que debemos darle de su propia medicina a Don Rubén. Sujétalo bien, cuidado te hace daño.

Fui por el gallo y regresé corriendo a donde estaba Mili con las espuelas listas para colocar.

—Sostenlo tú —dijo ella—, yo se las pongo.

—Ahora barnízale las espuelas —dije—. Procura no oler el contenido, puede hacerte daño. La pelea no demora en empezar, si no nos aparecemos pronto nos van a descalificar. El barniz va a estar aún suave cuando entre a la pelea así que creo que vamos a tener una ventaja.

Llegamos justo a tiempo, cargaba mi gallo Escuálido como si cargara a un bebé con el pañal sucio, alejado de mí. Con ayuda de un señor que no recuerdo el nombre, Rubén le estaba colocando con sumo cuidado las espuelas a su gallo, las sacaba de una bolsita que tenía sujeto a su cinturón.

—Pensé que te habías arrepentido —dijo Rubén seguido de su risa estridente—. Tienes miedo, ¿cierto? Miró a los presentes como indicando que debían reírse y algunos de sus fieles seguidores le siguieron la guasada.

—El que ríe de último ríe mejor —dijo Mili dirigiéndose a Rubén. El comentario no le gustó nada a Rubén y este solo respondió con una mirada iracunda. Y sin decirse nada más, se dio inicio a la pelea. Los que apostaron y los que no, empezaron a hacer el ruido que con frecuencia se escuchaba dentro de las galleras: los aficionados pisaban fuerte los tablones de madera que cubrían el piso, todos al mismo ritmo para animar la pelea. Había un claro favorito en aquella contienda: Rubén con su Ángel caído.

La pelea duró menos de lo que se esperaba. Era el récord de la pelea más rápida en las galleras del pueblo. El vencedor de la riña fue el menos pensado: Escuálido. Ángel caído yacía en el suelo bañado de sangre y con fuertes espasmos. Nadie lo creía. Reinó un silencio incomodo por un minuto. El más sorprendido era Don Rubén que miraba su gallo muerto con la boca abierta. Cuando pareció volver en sí, su piel morena relucía de sudor, y la cara se le notaba colorada de la rabia.

—Trampa —dijo encolerizado—. Trampa, eso fue trampa. Estoy seguro que fue trampa.

Sus simpatizantes le apoyaron y repitieron lo mismo. Y de un momento a otro la estancia se llenó de tantos "trampa" que era imposible escuchar lo que estaba diciendo Víctor, que era el que tenía la última palabra en esas situaciones.

La victoria de mi gallo se puso en duda. Yo acepté ante Víctor que había hecho trampa, y cuando toda la muchedumbre se me venía encima, Mili salió en mi defensa y contó cómo se habían dado las cosas. Fue entonces cuando la muchedumbre acalorada se volvió hacia otra dirección y no pararon hasta dejar casi muerto al tramposo Don Rubén.

Escuálido murió, como era de esperarse. Si el veneno de las espuelas falsas entraba en el organismo de aquellos animalillos, tenían la muerte garantizada. Después de enterrar al gallo, Mili y yo nos dirigimos a la habitación del hotelucho que era nuestro nidito de amor.

Cuando amaneció, desperté abrazado a Mili. Le aparte el cabello de la cara y le di un tierno beso en la mejilla.

—Buen día mi amor —le dije al oído­—. ¿Cómo amaneces?

Mili no respondía nada. Parecía dormida profundamente. Ella no era duermevela como yo.

­—Seguro te has desvelado en la madrugada con ese gallo cantando —seguí diciéndole al oído—, a mí me pasó lo mismo. Estaba con los ojos cerrados, pero estaba despierto escuchando el canto del gallo. Se escuchaba cerca, estuve a punto de levantarme a espantarlo, pero no quería despertarte. Serían como la una de la mañana más o menos, cantó como por quince minutos el maldito.

Me levanté a lavarme y luego fui a comprar desayuno. Compré dos emparados de pollo, un zumo de naranja y unas uvas. Deseaba que le cayera bien aquel desayuno a Mili. Estaba deseando que pronto saliera de su propia boca que estaba embarazada. Pero no sucedió, porque cuando volví a la habitación, Mili seguía dormida y nunca despertó. Le tomé el pulso y no había nada ahí. Su cuerpo todavía se sentía caliente, pero comenzaba a enfriarse. Le practiqué primeros auxilios sin ninguna esperanza.

Cuando fueron los médicos a buscar el cuerpo, me confirmaron mi peor temor: Mili estaba empezando embarazo. Se había ido con nuestro hijo. Y empecé a sentirme culpable al recordar nuestra interacción con aquel veneno de Don Rubén. Culpa que se ha ido disipando, pero que nunca ha dejado de perseguirme. Se fue disipando porque a la mañana siguiente amaneció otro difunto en el pueblo: el señor Víctor. Y así como sale el sol, así amanecía el pueblo con un nuevo difunto todos los días. Todos los días a la una de la mañana, en la cima del cerro donde fue encontrado el cadáver de Don Rubén, un gallo cantaba cada diez minutos hasta que daban las dos de la mañana.

La demografía del pueblo fue en declive. Nos percatarnos que todos los que fallecían después del canto del gallo habían tenido algo que ve con las peleas de gallos. Después de la muerte de Mili, todos los que la siguieron habían sido galleros, luego siguieron los apostadores y después siguieron los aficionados. Algunos abandonaron el pueblo por temor a ser el siguiente, pero no valió mucho porque habían mañanas en las que los que aún seguíamos en el pueblo nos mirábamos las caras y nadie decía nada. Lo que significaba que en algún otro pueblo, un recién llegado acaba de fallecer.

La ansiedad no permitía que alguien en el pueblo durmiera. Y aunque algunos amanecíamos con vida, nuestra apariencia demacrada nos hacía parecer como un pueblo de muertos vivientes.

A las doce de la noche me imaginaba a todos los que quedaban en el pueblo en la misma situación: despiertos, dando vueltas en la cama, expectante a que ese gallo acabara su canto y tomara su decisión. Cuando ya quedamos pocos, yo deseaba fervientemente que llegara mi turno, la muerte sería mejor que la incertidumbre. La circunstancia nos obligó a conocernos, aunque no recuerdo los nombres, puedo recordar sus caras, casi todas parecidas.

Cuando solamente quedamos cinco personas con vida, todos decidieron vivir en el hotelucho. Había habitaciones para escoger, pero todos bajamos los colchones a la sala de estar donde bebimos y nos entregamos a los placeres de la vida sin remordimientos porque aquellas noches podíamos decir con toda seguridad aquella frase: "lo único que tenemos seguro es la muerte.

Pasamos bebiendo todo el alcohol que pudimos. Cuando se nos acabó el alcohol del hotelucho solo quedábamos dos con vida. La resaca me golpeaba la cabeza y todo me daba vueltas, pero no sabía qué hora era. Así que desperté al otro, creo que se llamaba Aquiles, para que me ayudara a enterrar los cadáveres. Si sería yo el último en morir, no quería que hubieran más cadáveres al aire libre. Todo el pueblo se había convertido en un cementerio. Lúgubre y desolado paisaje era el que reinaba entonces. Y el paisaje ahora luce más aciago y más putrefacto.

Cuando salimos a enterrar los cuerpos, el sol todavía pintaba el día.

—Quiero morir teniendo sexo —dijo Aquiles. Aquiles era por lo menos diez años menor que yo. Pocas veces lo había en las galleras.

—Yo quiero morir harto —dije.

Cuando llegaba la noche, también llegaba el hambre. Nuestros cuerpos se habían acostumbrado a comer una sola vez al día. Fui a la parte trasera del hotel y agarré el penúltimo gallo de pelea que me quedaba. Hice un caldo con él. Eso fue lo que comimos. Aquiles encontró unas cajetillas de cigarrillos de contrabando que nos sirvió de postre.

Antes de sentarnos en los colchones a esperar la muerte, fuimos a tomar un baño.

—Por lo menos enterrar un cadáver limpio —dijo Aquiles. Aunque sonó sin ninguna malicia, yo sabía que el fondo de esas palabras había un doble sentido. Pero no me inmutaba en hacerle caso.

Cuando bajamos a la pequeña sala de estar, llevé conmigo un juego de baraja. Con lo que jugamos mientras fumábamos cigarros, sentados esperando la muerte.

Ya el gallo empezaba a cantar en la cima del cerro cuando Aquiles insistió: —¿En serio, prefieres jugar cartas?

Fue entonces cuando me dejé llevar y pasamos lo que restaba teniendo sexo, después de todo, ya habíamos hecho cosas similares hacia unas noches cuando estábamos ebrios y aun vivíamos cinco en aquella sala de estar. Llegó la hora final cuando el gallo dio su último canto del día, yo tenía los ojos cerrados y me aferraba a Aquiles. Cuando abrí los ojos ya no había vida en los ojos de Aquiles. Me alegré de haberle cumplido por lo menos un deseo a alguien. No pude evitar pensar en Mili y volvió a mí, el sentimiento de culpa.

Aquella madrugada soñé con Mili y con Rubén: en el sueño, Rubén se arrastraba cerro arriba mientras Mili y yo intentábamos correr para ayudarle, pero no podíamos, algo tiraba de nuestras piernas, caíamos al suelo y no podíamos avanzar. Yo gritaba "Rubén", pero parecía que él no podía escucharme. Arriba en la cima de aquel cerro había alguien esperando a Rubén. Alguien cubierto de pies a cabeza. Cuando por fin Rubén llegó a la cima, alguien se agachó y le habló al oído por varios minutos. Rubén parecía asentir a todo lo que le decían. Entonces, con notable esfuerzo Rubén giró para mirar en nuestra dirección y nos señaló con su dedo índice. Alguien se puso de pie y asintió; colocó una mano sobre la cabeza de Rubén y con la otra señaló primero a Mili y después a mí. Dando un último alarido, Rubén se dejó caer por completo al suelo. Mili también hizo lo propio, murió a mi lado. Yo quería abrazarla, pero no podía moverme y solo pude llorar en silencio. Me desperté bañado en sudor cuando entre dormido y despierto escuché el llanto de un bebé que provenía de todas partes y bañó la sala de estar.

Aquella noche por fin llegaba mi turno. Era lo que yo creía. Me dispuse llegar hasta la cima del cerro que vi en mi sueño; justo donde había muerto Don Rubén.

Durante el día busqué una carretilla para movilizar el cadáver de Aquiles, también busqué unos tablones con los que haría una gran cruz colocaría entre mi tumba y la tumba de Aquiles, allá en la cima de aquel cerro.

Antes de iniciar mi travesía hasta la cima del cerro, maté el último gallo que me quedaba para comerlo y así tener fuerzas para cumplir mi cometido.

No fue fácil llegar a la cima del cerro. Después de llegar a la cima, descanse un poco. Saboreaba las últimas brisas que acariciaban mi cuerpo y de vez en cuando caían algunas gotas de lluvia las cuales agradecí. Después de tanto tiempo volvía a mí, la necesidad de dar gracias Dios por las cosas. Estaba enormemente agradecido porque mi fin se aproximaba, ese era mi principal agradecimiento. Cantaba canciones religiosas mientras cavaba las tumbas, primero hice un hoyo en el que enterré a Aquiles, le puse encima algunas flores que recogí en el camino, a mi cadáver nadie le pondría flores. Proseguí con la excavación, los primeros cantos del gallo me encontraron aun cavando así que me apresuré. Solo debía ser de una profundidad prudente, para que los carroñeros no alcanzaran mi cadáver. Cuando creí que era suficiente, empecé a armar la cruz con los tablones: de alto, la cruz era de por lo menos tres metros, justo como quería. Puse los clavos y abrí un hoyo entre las tumbas. Rellené con piedra y tierra, y puse rocas alrededor de la base para darle fuerza. Se veía magnifica aquella cruz que no pude evitar arrodillarme y orar.

Faltaban solo dos cantos de gallo para que llegara mi muerte, así que me metí en el hoyo que había cavado para mí y empecé a rellenar lo mejor que pude. Tenía unos pedazos de madera sujetando montículos de piedras y rocas que al acercarse mi hora, movería para que cayera todo ese relleno sobre mí, cubriendo todo mi cuerpo.

Empecé mi cuenta atrás desde el número cien. Entre más avanzaba mi cuenta, mi corazón se aceleraba cada vez más hasta que no llegué a escuchar más sonido que mis latidos. Al llegar al número dos, tuve que maniobrar para quitar los pedazos de maderas que detenían el relleno. No funcionó en el primer intento y desesperado tuve que levantarme rápidamente para quitar el seguro. Me lancé hacia la fosa en el momento oportuno. El gallo que nunca logré ver, parecía estar en lo más alto de la cruz, dando su último canto.

La muerte se sentía tan horrible. Sentí un dolor intenso en mi pierna derecha que luego se extendió por toda la extremidad. Intenté gritar, pero al hacerlo la boca se llenó de tierra y tuve que cerrarla. Mis gritos sonaban apagados, ocultos, no podía abrir mis ojos ni la boca porque se me llenaban de tierra; y cada vez que intentaba respirar por la nariz, sentía que los pulmones se me quemaban. La muerte dolía, no había nada semejante con lo que compararla. Saber que Mili y mis amigos habían sufrido todo aquello antes de morir me hizo sentir culpable.

Intenté dejarme llevar, pero no lo logre y la desesperación se apoderó de mí. No me quedaba oxígeno y aunque mi corazón decía "déjate ir", pero mi mente y la noción de supervivencia con la que todos los seres vivos vienen equipado, dijo "no más".

A lo lejos, mientras luchaba con la fuerza que me quedaba, escuchaba el relinchar de un caballo, y los ladridos de unos perros; cosa que me llenó de valor. A duras penas pude sacar una parte de mi cabeza, suficiente para respirar. El alma que ya casi se desprendía de mí, volvió a sentarse. Cuando logré salir, roto, sucio y desgreñado: con verdadera apariencia de muerto viviente; pude ver al caballo que relinchaba. Rufián me había ayudado a salir de aquella muerte. Intenté montarlo, pero sentía que mi pierna iba a estallar y renuncié a la idea. De vez en cuando vuelvo a ver a Rufián: rumiando de las hierbas que crecen sobre las tumbas, con su estampa orgullosa.

Pensé que al enterrar aquella cruz, símbolo de fe y poder cristiano, en aquel maldito lugar, se rompería la maldición del canto del gallo. He estado intentando salir del pueblo, pero cada vez que me acerco a las fronteras aparece aquella silueta que vi aquella noche en aquel sueño febril, y no entiendo cómo sucede, pero desaparezco de la realidad y siento que caigo en un profundo sueño y cuando despierto estoy justo al lado de la cruz donde casi muero. He intentado que alguno de los pocos autos que pasan por aquí me saquen del pueblo, aunque sea para probar si de esa manera es posible dejar este pueblo. Pero no, nadie quiere parar, nadie quiere llevarme. Cuandome ven, salen espantados como si vieran un fantasma.

14 de Febrero de 2020 a las 02:56 1 Reporte Insertar 0
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Ramón Soto Ramón Soto
Muy bueno
February 18, 2020, 05:20
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