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LA ANTIGUA CASA




Me desperté enfadado. El teléfono no dejaba de sonar. Eran las cuatro de la mañana y sospechaba que se trataba de una operadora automática que insistía en que pagara mi deuda.
Pero no pensaba pagarles nada. Llevaba años sin ocupar su servicio. Lo que me cobraban, esas desconocidas voces, era excesivo.
Asomé mi brazo izquierdo, entre las sabanas, y levanté el auricular.
— Hola ¿Quién habla?—dije aun medio dormido— Espero que sea algo importante.
—Hola Danny— dijo la mujer que me costó reconocer al principio.
— ¿Carolain?
—Sí, ¿Cómo estás Danny?
— ¿Cómo conseguiste mi número?
—Me lo dio tu vecino, el mecánico, hace un par de semanas. Pasé a verte, pero no estabas en tu casa.
—No es mía. Es rentada—dije serio—Si me hubieras esperado hubiéramos charlado.
—Solo pasaba por ahí. Solo quiero contarte algo.
—Son las cuatro. Podrías haber esperado hasta mañana.
— Lo siento. Es que…
— ¿Qué?
— ¡Papá ha regresado, Danny!
— Espera un momento ¿Qué dices?—y estiré mi mano sobre la mesilla junto a la cama, encendí un cigarrillo y volví a ponerme el auricular en la oreja, incomodo—Vuelve a repetir lo que acabas de decir.
—Eso. Que papá está en casa ¿Qué no te alegras, hermano?
En ese momento, saqué las piernas de la cama y las apoyé en el piso. Apenas recordaba el rostro de ese pobre hombre.
— ¿Dónde están los niños?—dije molesto.
— En su habitación. No te preocupes. Solo quería contarte lo feliz que me siento. Nunca imagine que regresara.
Como no pude aguantar hasta donde había llegado con su broma, le grité por el teléfono.
— ¡Deja de decir tonterías y dame con tu marido!
— ¿Por qué te enfadas, Danny?—dijo riendo como si alguien le hubiera contado un chiste—Harby no puede responder ahora. Cuando se dio cuenta que papá estaba en casa, se puso pálido y salió corriendo. De seguro llegará a los nidos de palomas donde jugábamos a tirar piedras cuando éramos niños y regresará.
En ese momento, dejé el auricular sobre la cama y me asomé por la ventana. La camioneta estaba estacionada junto a la reja y no la había probado desde que Davison la había arreglado.
Volví a coger el teléfono con la certeza que se trataba de una broma.
— ¿Qué dices? ¿Dónde estás?
— ¿Te acuerdas de los nidos y los pájaros muertos, Danny?
— ¿Estás en Weston? ¿Qué haces allí, Carolain?—dije, nervioso, y comprendí que algo extraño sucedía.
Busqué mis zapatos, con el teléfono en mano, y el pitillo colgando del labio—Me estás asustando ¿Dónde están los niños, Carolain?
—No te alarmes. Están dormidos—dijo con voz calmada—Se la pasan todo el día jugando en la nueva casa.
— ¿Nueva casa?
— Sí Danny. Llevamos una semana en Weston. La gente del pueblo fue muy amable cuando me reconoció. Incluso vi a tu amiga esa ¿Liddy era su nombre?
— ¿Con quién estás Carolain? Dile a Harby que la idea de hacerme esta broma es de mal gusto.
— Te dije que Harby salió corriendo. Solo estoy con papá. Insiste en que vengas a visitarnos. Tiene muchas ganas de verte. Y dice que no te culpa por lo que pasó.
—En cuatro horas estoy allí—dije temblando y colgué la llamada.
Me vestí y salí a la sala. Eran casi las cinco y por la ventana se veía que todo estaba oscuro.

Me vestí, rápido, cogí el llavero y apagué todas las luces antes de abandonar la casa. Cuando salí al jardín, la camioneta, que todavía no terminaba de pagarle al mecánico, tenía el parabrisas cubierto de hielo. Solo un par de grillos moribundos cantaban en el patio a esa hora.
Encendí el motor y aceleré a fondo. No podía dejar de pensar en lo que había dicho mi hermana.
Raudo por la avenida vi la casa de Davison que tenía las luces encendidas. Pensé en despertarlo para saber si era verdad que había visto a mi hermana. Pero era muy temprano.
A pesar de la preocupación me mantuve tranquilo. Conduje a una velocidad prudente hasta llegar a la carretera. Carolain estaba actuando raro, pero eso no significaba que yo también lo hiciera. Tenía que dejar de pensar en papá y concentrarme en el camino hacia Weston.
Mantuve el pedal en setenta y por suerte el sol se asomó más temprano de lo normal. Se notaba que el verano estaba encima y que en poco tiempo ya no tendría que llevar tanta ropa encima. El frio que tenía que soportar por las noches en esa vieja casa, solo, y las goteras del techo me tenían aburrido. Cuando Ana vivía conmigo era distinto. Solo necesitaba que se metiera en la cama y el frio desaparecía.
Sin embargo, pensar en el clima en medio de la carretera no me ayudaba en nada a olvidar a papá. Quizá Carolain estaba ganando dinero, en lo que quiera que estuviera haciendo de su vida, y solo quería sacármelo en cara para mostrarme que su vida era mejor que la mía. Por eso había inventado semejante barbaridad. Pero no podía saberlo si no hablábamos desde lo que había sucedido en el pueblo en 1984.
Extrañamente, mientras conducía concentrado, escuché a mi amiga de la niñez, Liddy, susurrarme algo al oído. Lo extraño era que su voz era la misma de cuando teníamos diez años.
— ¿Estás seguro que nos darán el dinero?—dijo, con su chillona voz, mientras ambos jadeábamos cansados junto al barril de madera que habíamos empujado hasta el rio.
—Fue lo que dijo el Sr. Clarson—me escuche decir a mí mismo con voz de crío.
Sin embargo, aunque traté de dejar de escuchar aquellas voces no pude. Me era imposible.
—Espero que sea cierto porque estoy muy cansada.
—El Sr Clarson asegura que este fertilizante mejorara los campos de los vecinos la próxima temporada—dije contento, terminando de mover el barril hasta a la orilla—y como me ayudaste te daré una de esas dos monedas que me prometió.
—Que bien—dijo ella sonriendo, sin saber lo que le esperaba.
Bastó un último empujón para que el barril quedara metido entre unas rocas.
—Vamos, dame eso—dijo Liddy y se acercó con la mano abierta y una mirada desafiante—Yo la encenderé.
—De eso nada—y saqué el cartucho de dinamita. Pero ella me lo arrebató de las manos.
— ¡Vete y escóndete!—me gritó cuando la encendió— ¡Qué no escuchas! ¡Te dije que te fueras lejos!

Retomé la vista en la carretera y busqué un cigarrillo en la guantera. No imaginaba que podía conservar un recuerdo tan nítido como ese. Menos, que mi cabeza, recién a esa edad de mi vida, comenzara a unir cabos sueltos de aquella época. Mis manos temblaban como esa tarde en que Liddy tropezó. Aquellas imágenes se iban convirtiendo en algo horrible a medida que me acercaba a Weston. Sobre todo porque no cesaron hasta que llegué y comprobé lo que había hecho Carolain.
Como no encontré tabaco en la guantera, y necesitaba que algo me calmara, seguí buscando en otros compartimientos. Debajo del asiento del copiloto hallé los papeles de mi divorcio, que quién sabe cuánto tiempo llevaban allí, olvidados, y un rotulador rojo que me eché al bolsillo de la camisa de leñador que usaba de manda.
Fue en eso, que vi una gasolinera, que se acercaba a lo lejos, y me detuve.

Entré a la tienda y vi a una persona mayor tendida en el piso, que parecía haber sufrido un ataque o algo, y a una joven mujer paramédico auxiliándola.
Hice la vista gorda y pedí algo de comer, aunque el hambre se me había pasado al ver la cara de la mujer enferma. Tiré todo al tacho de la basura y solo me bebí el café. Antes de salir de la tienda, compré un periódico, un paquete de tabaco y regresé a la camioneta.
Antes entrar a la cabina, prendí un cigarrillo y me quedé mirando la carretera hipnotizado. A pesar que era temprano, ya empezaban a verse bastantes coches pasar. Como era domingo, imaginaba que todos esos coches que pasaban iban a visitar a algún familiar como yo. Con la diferencia que llevarían un mes sin verse a lo más un año. Pero en mi caso, eran casi treinta años sin ver a Carolain.
Habíamos hablado un par de veces por teléfono y por eso sabía que tenía críos. Pero no los conocía en persona. Ni siquiera conocía a ese tal Harby, su esposo. Aunque con lo que había dicho sobre papá, esperaba que su familia no fuera también un invento.
Terminé el cigarrillo y subí a la camioneta.
Iba a darle la vuelta a la llave, cuando Liddy me habló, nuevamente, con su chillona vocecilla.
— ¡No me vayas a dejar sin mi moneda, Danny!—me gritó a lo lejos, sumergida hasta las rodillas en el rio mientras yo corría a prisa porque ella había encendido la mecha.
Sin embargo, cuando trató de alejarse, los cordones de sus zapatillas…
No me atreví a mirar y me mantuve aferrado al árbol, inmóvil, sin saber qué hacer. No sabía que había sido más fuerte. Si el estruendo del estallido o los gritos de Liddy.
Corrí por el bosque hasta llegar a la casa sin mirar atrás. Mi hermana, que miraba en el sofá dibujos animados, me miró curiosa cuando entré a la sala
— ¿Por qué traes esa cara?
Pero no le dije nada y entré a mi cuarto, en silencio.
Mirando el techo de la habitación, no podía evitar recordar al viejo Clarson enseñándome su diente de oro y diciéndome que tenía un trabajo para mí.

Si hubiera sabido que era para contaminar el rio, y que eso afectaría a los campos de la zona, no lo hubiera hecho. Mas, sabiendo que eso había provocado el accidente de Liddy.
Hasta el día de hoy recuerdo cuando regresó del hospital. Apenas la vi en su cama, sentada, con ese atado de fierros y vendas, que la hacían lucir como una momia, salí corriendo de la habitación. Regresé asustado a casa y no hablé durante una semana con nadie.
Fue bastante duro no contar lo sucedido en el rio. Incluso decírselo a Carolain fue imposible. Estaba preocupada de mi padre que estaba actuando raro desde su regreso al pueblo, un par de días después del accidente. Lo escuchaba por las noches repetir que alguien lo seguía mientras dormía. Fue entonces, que me di cuenta que era el principal responsable de su muerte.

Sentí que dentro de la camioneta faltaba el aire. Abrí las ventanillas. Luego presté atención al medidor de combustible y dudaba que fuera a alcanzarme para todo el viaje. Lo bueno era que solo faltaban cincuenta kilómetros para llegar a Weston.
Hice el coche a un costado de la vía y me puse debajo de un enorme árbol que daba una sombra fría. Necesitaba descansar un momento. Pensar en otra cosa era lo mejor. Sin mis gafas, no aguantaba conducir tanto tiempo con los rayos de sol dándome de frente. Tenía la vista tan cansada que mis músculos empezaron a relajarse demasiado. No había dormido bien por la noche. Mi cabeza estaba tan agotada, de tanto recordar cosas extrañas, que necesitaba quedarse en blanco por un instante. El problema fue que me dormí apenas apoyé la nuca sobre el respaldo y desperté cuando ya era de noche, tiritando de frío.
Un camión tocó la bocina y salté del asiento. Me di contra el techo. Pensé que todo era una pesadilla. Pero no fue el caso.
Sin embargo, recordar a mi hermana decir por teléfono que papá había regresado hizo que no sintiera dolor por el golpe y que un horrible escalofrío me recorriera la espalda y bajara por las piernas. Algo me decía que Carolain había perdido completamente el juicio.
Encendí otro cigarrillo y puse el motor en marcha.

De vez en cuando divisaba, en la oscuridad, gracias a las luces delanteras la cara de quienes venían en sentido contrario. Me preguntaba si también viajaban a visitar a familiares que habían perdido completamente el juicio. No obstante, a lo lejos, en lo alto de una loma, reconocí el antiguo letrero del pueblo que todavía se mantenía en pie.
Saqué los cálculos y el letrero llevaba allí unos cincuenta años. Estaba desteñido y solo quedaba el cartón podrido que lo soportaba. La imagen era borrosa y apenas se notaba que daba la bienvenida a los turistas. Seguro de tantos inviernos había terminado así. Mi sensación al pasar junto a la orilla del monte, que lo soportaba, me hizo entender que el tiempo había pasado para el aviso, pero no para mí. Los colores que tenía cuando pasábamos con papá cada vez que nos llevaba de paseo en bicicleta cuando éramos niños. Eso detonó una imagen en mi cabeza.
Cuando apareció en casa, asustado, aquel día, buscando sus cosas para marcharse porque decía que algo lo perseguía. Aunque estaba consciente que no era un recuerdo propio, sino una especie de rompecabezas que armé con la mayoría de los comentarios que escuché el día que desapareció por parte de los vecinos, recordaba su cara de miedo.

Volví a poner atención en la autopista. El camino parecía hacerse más estrecho. Si no me concentraba podría terminar chocando y matando a alguien. Y no quería que eso sucediera. Aunque de alguna forma sentía que eso había hecho con Liddy. Había acabado con su vida, y quizá también lo había hecho con Carolain de alguna manera. Pero no ella no estaba bien de la cabeza; Asegurar que mi padre, aquel hombre de barba tupida, medio calvo, que le gustaba estar la mayor parte del tiempo con sus dos hijos, había regresado al pueblo, era no estar bien de la cabeza. Eso no podía suceder de ninguna manera. Yo mismo lo había llevado en el coche fúnebre al cementerio de Weston, después que el señor Clarson lo encontrara ahogado en el rio.
A mi mente vino el recuerdo del féretro bajando y la cara de todo el pueblo presente en la ceremonia. En sus rostros había odio y arrepentimiento. Pero no sabía por qué. Solo lo supe, tras una semana, cuando el barbero, no aguantó la culpa y deambuló durante toda una noche gritando que nadie del pueblo de Weston sería perdonado por lo que le habían hecho a aquel pobre hombre. Y solo hasta ahora llegué a comprender lo que pasaba. A pocos minutos de llegar al pueblo de mi infancia.
Ese día, cuando mi padre llegó al pueblo después de su viaje, todos fingieron no saber nada acerca de lo sucedido en el rio. Sin embargo, la verdad es que si lo sabían. Se encargaron de llamarlo por una supuesta emergencia, una noche, y luego lo amarraron entre varios, incluido el barbero, y lo hundieron en la turbulentas aguas sin que pudiera defenderse. Era horrible imaginarlo.

Frené de golpe la camioneta. Casi atropello a un anciano que se cruzó el camino. El hombre se acercó enfadado y me golpeó el cristal varias veces y no pude resistir averiguar quién era. Bajé el vidrio, me dijo en voz alta como si estuviera sordo enseñándome sus dientes de oro, que me largara de su pueblo.
—Si ha regresado a tratar de comprar mi terreno, le advierto que no está en venta—y me di cuenta que el viejo no estaba bien de la cabeza. Era obvio que me confundía con otra persona y que estaba perdido.
Y yo también estaba bastante desorientado. No me había percatado del viejo cementerio que tenía al lado. Pero solo quedaban los muros derruidos del lugar. La casa de los muertos ya no existía. En su reemplazo había un bosque que sobrepasaba la altura de sus carcomidas paredes. Lo primero que pensé fue en el cadáver de mi padre y el del resto de residentes fallecidos de Weston. ¿Qué habían hecho con ellos? Pero no me enteré hasta que llegué a la casa de Carolain.

Retomé mi camino hacia el centro del pueblo. Cuando llegué a la zona, donde antes estaba la barbería, encontré dos tiendas de ropa usada. Todo lo que conocía no eran más que recuerdos. Pero a medida que avanzaba todo parecía unirse en un rompecabezas que no tenía intención de desaparecer de mi mente.
Me bajé del coche y la sensación que me invadió fue de soledad. Cuando me detuve frente al terreno, donde antes teníamos la antigua casa, vi en su lugar una bella construcción de madera reluciente, que simulaba una caja de muñecas como las que le gustaban a mi hermana cuando éramos niños.
Abrí la pequeña la reja, que la antecedía y traté de no pisar el césped recién cortado. Saltando de baldosa en baldosa, como cuando jugábamos al luche de críos, alcancé la entrada de la casa.
Toque sin pensarlo un par de veces y la puerta se abrió al instante.
Carolain apareció sonriendo. Su cara realzaba sus notorias arrugas y para que decir las canas que se asomaban sobre su flequillo.
— ¿Todo bien?
—Sí, Danny. Pasa, pasa—y cerró la puerta.
—Que hermosa casa tienes—dije mientras buscaba si había alguien más dentro.
—Gracias, hermano. Pero la idea fue de todos.
— ¿De Harby y los niños?—dije curioso.
— No. De todos lo que aún viven en el pueblo. La idea de construir esta casa fue de los que quedan. Es nuestra manera de mantener vivo el espíritu de Weston.
—No estoy entendiendo nada de lo que dices.
—Bueno, siéntate y te lo explico—me dijo mientras entraba a la cocina a preparar café y continuaba la charla desde allí.
— ¿Y por qué los vecinos deberían opinar sobre tu casa?
—Porque eso decidimos cuando nos enteramos que el viejo Clarson había comprado el cementerio. Construir esta casa con los árboles que crecieron allí era nuestra forma de conservar a nuestra gente.
— Puedes llamar a Harby. Debo decirle de forma urgente que necesitas ayuda médica. Tú no estás bien de la cabeza.
— ¿Qué dices Danny? No te alcancé a oír—y salió de la cocina.
— ¿A qué horas llega tu marido?
—No lo sé. Bueno, hay algo que no te he dicho hermano y espero que no te asustes—y se sentó a mi lado.
— ¿Qué? —y me alejé un poco cuando se acercó.
— ¿Recuerdas el día que enterramos a papá? ¿Recuerdas que nadie quería decirnos que había pasado? — y dejó una taza de café sobre la mesa junto a mis piernas.
—Sí. Yo fui quien cerró el cajón antes que lo dejaran dentro del agujero.
—Bueno, el día que lo enterramos me preocupe de lanzar en cada una de las tumbas semillas de distintos tipos. Pensé que sería la mejor forma de recordar a papá y a todos los habitantes del pueblo.
— ¿Qué hiciste qué?
—No te alarmes. Y resulta que lo que creció con los años, nos dio esta hermosa casa que nos volvió a unir a todos.
— ¿No lo crees así, papá? —dijo mi hermana mirando las paredes de madera brillantes de la casa.
—Debo irme, Carolain. No tuve que haber venido.
—Como quieras, al fin y al cabo no te acuerdas mucho de su aniversario que es hoy— y ella tenía razón— Nunca más te vi en el cementerio para la fecha de su muerte.
—Quizás tuve mis motivos, pero ¿A qué viene eso?
—Lo digo porque papá me contó todo lo que pasó.
— ¿Qué tonterías dices?
—Pero eso ya no importa, papá no es rencoroso. Dice que está contento porque gracias a eso podemos estar juntos de nuevo en esta casa.
— Carolain debes pedir ayuda— y fue que me levanté y me dirigí a la puerta de salida.
—No te vayas—me dijo con una sonrisa que me puso más nervioso de lo que estaba— Liddy está feliz de que estés en el pueblo.
— ¿Liddy? ¿Aún sigue aquí?
—Pues claro y le avisé que venías—dijo Carolain.
Fue entonces, que me asomé por la ventana al patio, asustado.
—Desde hace años que quiere verte. Pero nunca encontró tu paradero. Dice que le debes algo—dijo Carolain.
—Dale saludos a Harby y a tus hijos si es que de verdad existen—dije enfadado.
— ¿No crees lo que digo, Danny?
—Déjate de tonterías. Ni siquiera sé si tienes críos.
—Están en el cuarto con su abuelo— y apuntó una puerta que estaba cerrada.

Me arrimé y traté de abrirla. Pero estaba con llave.
Golpeé varias veces y nada.
— ¿Niños están allí? —dije pensando que en que estaba cayendo en el juego de mi hermana.
—Están dormidos—dijo ella—Papá dijo que los haría dormir como lo hacía con nosotros cuando éramos pequeños.
En ese momento, se escucharon pasos en el patio.
—Por fin llegaron. Son los vecinos— y se acercó a mí—Avisé a todos que venias y se han tomado la molestia de venir a verte.
— ¡Estás completamente mal de la cabeza! —dije enfadado y me asomé por la ventana, nuevamente; Había una fila de gente fuera que llegaba a la reja que daba a la calle esperando para entrar. Pero sus rostros lucían deteriorados.
— ¿Quiénes son esas personas?
—Ayudaron construir esta casa, Danny.
—Carolain, no estás bien.
—Eso lo dices porque te sientes culpable. El señor Clarson nos contó lo de las monedas que prometió darles. Pero nunca te dije nada. Solo te oía llorar en tu cuarto. Siempre te escuchaba hacerlo.
—Déjame en paz, quieres—dije molesto y abrí la puerta. No quería seguir oyendo sus reproches.
Y fue entonces que me encontré con Liddy de frente y cerré de un portazo y me puse a temblar.
A la vez, algo comenzó a darle de golpes a las paredes como queriéndolas echar abajo. Lo extraño era que el ruido venía desde dentro de estas y eso era imposible que sucediera por lo menos para mí.

6 de Febrero de 2020 a las 15:52 0 Reporte Insertar 0
Fin

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