Diálogos en un solo sentido Seguir historia

gakatiuska Katiuska García

Resultados de mis excursiones en el mundo del teatro. Hasta ahora, solo monólogos (si en algún momento deja de ser así, tendré que cambiarle el nombre a la colección).


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Historia de un cuento






(Habitación decorada para una niña de cinco o seis años. Hay una cama y un velador pequeño al lado, con una lámpara. Al pie de la cama hay unas pantuflas pequeñas, tiradas en desorden. También hay una silla junto a la cama. La luz de la habitación está apagada, pero la lámpara está prendida e ilumina gran parte del cuarto. En la cama está la niña dormida, apoyada sobre cojines y arropada hasta el cuello.)


Entra una mujer de unos treinta años, con ropa de oficina. Camina a paso rápido, mirando alrededor. Se detiene al ver a la niña. Se acerca despacio a la cama, sonriendo.)


Miren a esta niña. Si ya se ha dormido. Y tú que me dijiste que llegara temprano... Ya son más de las once. Acabo de verlo en el reloj de la sala. ¿Y tu cuento para dormir? Te dormiste esperando. ¿No? Mira, ni la lámpara apagaste. Lo siento, niña (levanta la mano, como si fuera a tocarla; la deja caer. Empieza a retorcerse las manos) Oye, ¿y si te cuento igual? Puedo contarte, ¿no? Como te prometí un cuento antes de dormir, y yo tengo tiempo, todavía... Hasta venía pensando la idea. ¿Qué crees? ¿Te puedo contar?


(La mujer se sienta en la silla junto a la cama, sin hacer ruido. Se queda un momento en silencio. La niña sigue dormida.)


Había una vez... Unas personas que trabajaban juntas. Seis personas. Siete, con su jefe. Ellos arreglaban los problemas de la gente, porque trabajaban en un centro... Un centro de conciliación, ¿sabes lo que es? Un sitio para que la gente arregle sus problemas. Ahí se reúnen, para hablar. Conciliar es eso: hacer que las personas se junten a conversar, a ver si arreglan el problema que tienen. Como amigos. Y estas personas que trabajaban ahí hacían eso: programaban los días para que la gente se reuniera, y para eso les enviaban invitaciones. Ahí ponían la fecha de cada reunión. Invitaciones... Como las que mandamos para tu cumpleaños, ¿te acuerdas? Mi hermana... Tu tía, siempre dice que gastamos mucho en eso. Pero son bonitas, ¿no? De colores, en sobrecitos...


(Pausa)


Entonces, un día... Había una reunión programada. Una cita. A las once. Ya habían enviado las invitaciones. Pero la mañana de la cita, llamó el conciliador... ¿Sabes lo que es? Una persona que ayuda a la gente con problemas. Les dice cómo los pueden arreglar, los problemas que tienen. Los que trabajaban en el centro programaban las citas, pero no entraban a las reuniones: solo entraba era el conciliador. Él era el que hablaba con las personas. El que sabía ayudar. Y el conciliador llamó al centro esa mañana, a decir que no iría a la cita, porque tenía otra reunión. Algo imprevisto, dijo. Y entonces, la encargada de la cita... Porque había una encargada. Una mujer. Cada persona que trabajaba en el centro tenía un grupo de citas que le tocaba programar, y esa cita le había tocado a ella. Y ella estaba preocupada, porque ya habían enviado las invitaciones... Y le pidió al conciliador que fuera a la cita, que tratara, y él le dijo que podía ir ese día, pero en la tarde. A las tres.


(Pausa)


¿Te acuerdas el año pasado, de tu fiesta de cumpleaños, cuando tu tía llamó a decirnos que no iba a poder llegar a las dos y que mejor hiciéramos la fiesta a las cinco? ¿Que llamamos a todos tus amigos a decirles que vinieran a las cinco, porque ya les habíamos mandado las invitaciones? Eso no se podía hacer aquí; no lo podía hacer, la encargada de esa cita... ¿Sabes por qué? Por la ley. La ley es todo. Está en todos lados. Cuando te digo que hagas la tarea... Que no tomes mucha agua antes de dormir... Todo eso. Así es la ley. Pero lo que yo te digo, me haces caso tú, y ya. A la ley le tienen que hacer caso todos. Es como una mamá gigante, mandando a todo el mundo. Y como yo, también... No todo lo que te mando está bien, a veces... No me hagas caso...


(Pausa)


Este lugar, el centro, también tenía una ley. Y ellos tenían que hacer todo siguiendo esa ley. Las citas, las reuniones, todo. Hasta la cantidad de reuniones por persona, la decía la ley. Porque si no lo hacían así les podían cerrar el centro, y se quedaban todos sin trabajo. Y cuando uno es adulto, eso de quedarse sin trabajo... Para qué hablar de eso. Mejor te cuento. Te voy a seguir contando, mi niña. La ley del centro, la ley... ¿Sabes qué dice? Que hay que mandar las invitaciones a las personas con tiempo, para que les lleguen tres días antes de la cita. Siempre. Siempre. No se puede desobedecer. Y si el conciliador no podía venir a la cita, entonces había que llamar a las personas a decirles que no vinieran, y después enviarles otras invitaciones, para otra fecha. Pero... ¿Sabes qué? La encargada no quería. Porque una de las personas venía de muy lejos, de otra provincia, y seguro ya estaba ahí en la ciudad y le daba pena decirle que ya no, y que hubiera viajado por gusto...


(Pausa)


Así que, ¿sabes qué hizo ella? Primero quiso preguntarle al jefe. Pero él había salido de la oficina y tardaría horas en volver, y ella tenía que hacer algo rápido porque ya eran más de las ocho. Así que se dijo: le voy a preguntar a la coordinadora. Es que en el centro eran seis personas y el jefe... Pero entre las seis había alguien que podía hacer más que el resto, ¿sabes? Menos que el jefe. Pero más que el resto. Era una mujer que había entrado a trabajar hace poco, pero tenía... Un puesto especial. Le decían "coordinadora". Y el jefe siempre decía que la coordinadora sabía mucho de la ley del centro. De todas las leyes. Era la mejor, decía. Así que la encargada de la cita fue a preguntarle. Le preguntó... Y la coordinadora le dijo que no había problema. Que podía cambiar la hora de la cita por teléfono, que para qué enviar invitaciones otra vez. La encargada... No estaba segura. Le dijo a la coordinadora, es verdad, pero la ley... Y si les cerraban el centro. Qué se hacía ella si les cerraban el centro, por no cumplir la ley. Pero la coordinadora le dijo que no se preocupara, que el jefe iba a estar de acuerdo, que ella misma le diría cuando llegara. Y la mandó a llamar a las personas de la cita, para decirles que vinieran a las tres. Que ella se ocupaba. Y ella era la coordinadora, pues... La mejor, y el jefe siempre lo decía, entonces la encargada pensó, qué puede pasar... Y además la persona que venía de lejos, le daba tanta pena. Pobrecita la persona, pensaba. Así que hizo caso a la coordinadora y llamó a las personas, a cambiar la hora de la cita. Pero no debió hacer caso... ¿Sabes?


(La mujer ve las pantuflas desordenadas de la niña a los pies de la cama. Las coloca rectas, con cuidado, hasta que queda cada una exactamente junto a la otra)


Y entonces... ¿En qué estaba? La encargada de la cita llamó a las personas, y les dijo, vengan a las tres. Ellas dijeron que estaba bien. Y fueron a las tres. El conciliador fue, y se reunieron... Pero no pudieron arreglar el problema. A veces pasa eso, que lo quieres arreglar, pero una parte, una persona, no quiere... Y si no deciden algo las dos, si no se ponen de acuerdo, no se arregla nada. Puede ser por cualquier cosa, que no hay acuerdo. A veces ni es culpa de alguien. Pero una de estas personas, justo la persona que venía de lejos... Estaba muy enojada. Había gastado en el pasaje del bus, y le iban a descontar el día en el trabajo por faltar... Y nada, no se había arreglado nada. No era su culpa, es que... ¿Sabes? Pensó que lo arreglaría. Tenía esa idea. Y cuando tienes la idea de que algo va a pasar, y no pasa... Te enojas, ¿verdad? Como el año pasado, en tu fiesta, que los de la pastelería se olvidaron de las flores de dulce de tu pastel, y tú no quisiste cantar el "feliz cumpleaños" hasta que conseguimos las flores de otra pastelería. Así mismo, se enojó esta persona. Más. Mucho, mucho más. Y entonces les dijo a los que trabajaban en el centro, que iba a avisar para que lo cerraran. Porque no habían cumplido con la ley. Porque no habían enviado invitaciones, para cambiar la hora de la cita. Y antes había dicho que estaba bien que cambiaran la hora, por teléfono... Ahora decía que no... No sé por qué. Fue por el enojo. Seguramente, el enojo. Pero la ley decía que había que enviar invitaciones. Había que hacer eso, y no lo habían hecho, entonces...


(Pausa)


Más tarde, el jefe volvió. Y la encargada de la cita le tuvo que contar, porque era el jefe, pues... ¿Cómo no le iba a decir? Casi temblaba, de lo asustada que estaba. Pero igual fue a decirle. Y el jefe... Se molestó mucho. Le gritó muy fuerte, todos escucharon. Y le preguntó con qué autoridad había cambiado la hora de la cita por teléfono; "autoridad", eso dijo. Y entonces ella le contó que le había preguntado a la coordinadora primero, y ella dijo que estaba bien. Que el jefe diría que estaba bien. Estaba tan asustada, la encargada... Casi lloraba. (La mujer levanta una mano de nuevo, como si fuera a tocar a la niña; duda, la vuelve a retirar) El jefe le preguntó a la coordinadora. Y la coordinadora... Dijo que no era cierto. Que ella nunca dijo eso, cómo iba a ser... Ni sabía de esa cita, que cómo iban a llamar por teléfono cuando la ley decía que había que enviar otras invitaciones. La encargada no entendía. No entendía nada. No sabía por qué la coordinadora mentía, si ella le había dicho, le preguntó... Pero el jefe le creyó a la coordinadora. Y nadie más pudo decir nada, porque solo estaban ella y la coordinadora cuando fue a preguntarle; ninguno de sus compañeros escuchó. Ninguno pudo decir nada. Y entonces la coordinadora le dijo al jefe que ella arreglaría el problema. Que tenía unos amigos, que no se preocupara el jefe, ni los demás. No les iban a cerrar el centro. Y el jefe se alegró mucho, y dijo que la coordinadora era la mejor, que qué harían sin ella. Y luego... Le dijo a la encargada de la cita que ya no podía trabajar ahí. No más estupideces tuyas en mi centro, le dijo; esa palabra es fea, mi niña, no la repitas... Pero eso le dijo. Eso, eso exacto, le dijo. Lo dijo muy fuerte... Fuerte, gritando. Para que todos escucharan muy claro lo irresponsable y mentirosa que era ella.


(Pausa. La mujer se queda mirando al vacío, como si la niña no estuviera)


La verdad... Hay algo que la encargada de la cita debió pensar. Y lo sabía... Pero no lo pensó. No sé por qué. Tenía que haberlo pensado, y así habría sabido, que no debía preguntarle a la coordinadora. Es que, ¿sabes qué? A la coordinadora... No le gustaba esa mujer, la encargada de la cita. No le caía bien. Porque a lo mejor el jefe confiaba mucho en la coordinadora, y decía que era la mejor... Pero, ¿te cuento un secreto? No era verdad. La coordinadora tenía montones de diplomas, de montones de cursos, pero de saber mucho... No sabía. Y la encargada de la cita se había dado cuenta. Porque el jefe siempre la mandaba a ayudar a la coordinadora, justo a ella... Y ella siempre acababa viendo, los errores que la coordinadora tenía. Las preguntas que hacía a veces, de cosas que se suponía que debía saber. Veía que la coordinadora no sabía tanto, así como el jefe creía. Y si el jefe se enteraba, si los demás sabían... ¿Te imaginas? Por eso... La coordinadora trataba mal a la encargada de la cita, desde hace algún tiempo. Le daba papeleo de última hora, cosas que no podría terminar, y al día siguiente le llamaba la atención por no hacerlo. La mandaba a hacer trámites a sitios alejados, siempre cuando había más trabajo en el centro, y luego se quejaba de cuánto tiempo había perdido. Siempre frente a todos. Frente al jefe, sobre todo. Y la encargada sabía eso, que no le caía bien a la coordinadora, sabía... ¿Por qué tenía que ser tan tonta, a ver? También es su culpa, ¿no? (La voz de la mujer se va haciendo más rápida, emocionada) Si sabía todo eso. La verdad sobre la coordinadora. Sabía... ¡Cómo no iba a saber! Y sabiendo, fue a preguntarle. Sabiendo le hizo caso. Y todavía se sorprendió, cuando pasó todo. Mira qué tonta fue a ser... Inocente. Inocente, cuando eres adulto, es tonto. Es tonto en lenguaje adulto. Si ella ya sabía que así era, cómo fue tonta de confiar...


(Pausa. La mujer estira la mano hacia la lámpara y la apaga, todo queda a oscuras. La mujer vuelve a hablar con voz pausada, sin la emoción anterior.)


Y mañana, la coordinadora tiene el día libre. El jefe se lo dio libre, para que hablara con sus amigos, los que pueden ayudarlos para que no cierren el centro. La bruja mala del cuento mintió, y todos le creyeron, y se salió con la suya. Y de premio... Se ganó un día libre.


(La mujer camina a la puerta de la habitación de la niña, aún a oscuras. La abre. La luz de la casa entra, iluminándola. La mujer está de espaldas a la niña.)


Hay algo más. Para contarte. El final de tu cuento. (La mujer vuelve a darse la vuelta, dando cara a la niña) Es que, ves... La coordinadora. La bruja mala. La verdad... A lo mejor no era tan mala. Era una bruja, pero no tan mala. Es que, ella... No quería hacer las cosas así, ¿sabes? La coordinadora no es una mala persona, no... No de verdad, ¿ves? Pero es que nadie podía saberlo. Nadie. Que no había ido a los cursos de todos esos diplomas que tenía; era fácil, solo pagar la inscripción y firmar el ingreso, y ella lo hacía, pero nunca se quedaba. Quería aprender, de verdad, pero nunca tenía tiempo de quedarse a escuchar. Quería hacerlo todo, ir a todo y hacerlo bien, hacer las cosas como debía, pero siempre acababa saliendo algo, una reunión urgente, una cita en la clínica... Algo, y nunca podía. Y nadie se podía enterar. Y ella tenía que hacer algo, hace tiempo que lo sabía; tenía que hacer algo, porque nadie podía enterarse. Pero la encargada de esa cita... Ella sabía. Pasaba tanto tiempo con ella, claro que sabía. Y la bruja mala de la coordinadora... ¿Te cuento un secreto? Pensó que no había otra manera. Se dijo, no hay otra forma, no encuentro otra forma. La encargada de la cita tenía que irse del centro, decidió. Tenía que irse. Debía irse, y de mala manera, para que si igual decía algo nadie le fuera a creer. La coordinadora pensó mucho, mucho... Y no encontró otra manera. Y cuando la encargada fue a preguntarle, sobre aquella cita... Le estaba dando la oportunidad, ¿no? La bruja mala de la coordinadora, eso pensó. Y tuvo miedo, y hasta se apenó por la encargada, pero lo hizo. Mentir. Y mentir. Y mentir de nuevo. Era eso o su trabajo, y su sueldo de coordinadora, y no podía dejar de ser coordinadora porque ni con lo que gana ahora le alcanza para pagar todas las cuentas. Del gas, la luz, el agua... Las cuentas del pediatra para los chequeos mensuales... De las mensualidades del colegio, que siempre anda pagando atrasada... De la gasolina del carro, para llevar a la niña al colegio y recogerla, a su niña... Para comprarle sus vitaminas para después del desayuno, porque está baja de hemoglobina y por eso se duerme en clase, hoy mismo llamó la profesora a decir... Comprar las vitaminas de su niña, decía, y tomarse algunas con el café ella también, antes de irse al trabajo, para tener fuerzas para llegar y sonreír en la noche, y contarle un cuento a su niña. Pero sin decirle sobre la bruja mala, que tampoco debe saberlo. Sin decirle a su niña, porque la bruja...


(La mujer se corta a la mitad de la frase. Se ve encogida, replegada sobre sí misma.)


Si no te hubieras dormido, niña, ¿sabes qué me dirías? Yo sé. Me dirías "perdón mamá, por demorarte contándome un cuento, yo sé que te tienes que levantar temprano para ir al trabajo mañana". Pero mañana... Solo mañana, no tengo que ir al trabajo. Así que todo bien... Todo bien, mi niña. Todo bien, muy bien... ¿Ves?


(La mujer sale de la habitación, cierra la puerta. Telón.)




3 de Febrero de 2020 a las 20:58 0 Reporte Insertar 2
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