Loco amor Seguir historia

lokalove lauanda Silveira

Makeyla White se ha acostumbrado a llevar una máscara, escondiéndose de todos a simple vista. Siempre anhelando una vida que desea, pero que se niega a tener por el miedo que conlleva arriesgarse. Y por primera vez después de mucho tiempo se ve obligada a mostrarse al mundo como quien realmente es. Jon Iradier vive al día. Sin preocupaciones, ni demasiadas obligaciones. Lo único que hace con verdadera pasión es escribir. Anhelando encontrar a la musa que habita en sus novelas, una mujer que parecía no existir. Hasta que la conoce en una situación algo extraña. Dos almas solitarias que hasta ese instante no se habían percatado de la arrulladora necesidad de amar con verdadera locura


Romance Erótico Sólo para mayores de 18.

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Capitulo 1

Las puertas del ascensor se abrieron y ella salió de allí a paso firme. Por su expresión ese no sería un buen día. Todo sabían que lo mejor, en días como aquellos, era mantenerse alejados de su persona y por precaución intentaban alejarse lo máximo posible de su camino. Nadie podía asegurar quién sería la próxima víctima de Susan Jenkins.

Esta se dirigía hacia su despacho con cara de malas pulgas mientras maldecía mentalmente a varias cosas que le habían ocurrido aquella mañana de viernes; a las mañanas en si, pues detestaba madrugar; a un taxista en especial de la ciudad de Madrid, quien seguramente ya tendría un lugar reservado en las profundidades del averno; y por último maldecía a la lluvia invernal.

Nada mas entrar en su amplio despacho guardó su abrigo en el pequeño armario tras la puerta. Como de costumbre nada más sentarse tras su escritorio, Inés, su asistente, toco la puerta. Todas las mañanas laborales después de un adelante por parte de su jefa, ambas comenzaban con el repaso de la agenda diaria.

- Buenos días, Susan. Creo que hoy tendrás una mañanita muy ajetreada, pues hace cosa de diez minutos nos ha llamado el Sr. White avisándonos que no podrá venir a las oficinas por asuntos personales. Dado a ese imprevisto tendrá que cubrirle en la reunión con la constructora andaluza a las diez, puesto que es la única que posee los conocimientos necesarios para dicha reunión. El mismo Sr. White alegó que usted es perfecta para cubrirle y dado que es tu superior deberías obedecerle. Ya a las once tiene una video conferencia con el jefe del sector asiático. Y que no se le olvide darles el visto bueno a los proyectos pendientes que le he dejado sobre la mesa – dijo la joven mirando la Tablet de sus manos.

- La madre que lo pario – gruñó enfadándose –. Tendré que ver que hago, esa reunión era cosa suya. Henry sabe muy bien que no soy su asistente ni trabajo para él de forma directa – comentó la mujer enfurecida.

- Hablaré con Mónica a ver si el Sr. White ha dejado algún informe acerca de las reuniones.

- Lo dudo, pero hazlo igualmente. Yo por mi parte intentare hablar con la señorita White.

Inés dio un leve respingo ante la mención de ese nombre, algo que su jefa estaba mas que acostumbrada a que ocurriera. Makeyla White era una conocida empresaria, principalmente por haber logrado, junto con su hermano transformar una herencia multimillonaria en una multinacional que movía billones todos los días. A pesar de su fama nadie sabia donde ella se encontraba realmente, corrían rumores acerca de donde podría estar. Algunos alegaban que vivía en Estados Unidos, su tierra natal. Sin embargo, eran muchos los que creían que podría estar en España, cerca de su familia.

Tanto Makeyla como Henry White eran tomados como referentes ante la innovación empresarial en diversos sectores. Se asumía que el mayor de los hermanos era el rostro de la empresa, las relaciones públicas por excelencia pues era el único que trataba con los inversores y con los diversos socios que poseía White Company. Por en cambio la más joven de la familia, era el cerebro que lo manejaba todo desde las sombras. Esta quien al parecer detestaba ser molestada delegó parte de su poder a Susan, su portavoz y directora del sector europeo.

Tras despedirse de su asistente, no tardó ni medio minuto en agarrar el móvil y marcar un número de teléfono con demasiada urgencia. Después de lo que le pareció una eternidad una voz grave la contestó.

- ¿Qué es lo que quieres? – le preguntó en ingles aquel hombre.

- Cabrón – estallo ella en el mismo idioma –. Te llamo para recordarte que tenias una reunión con los representantes de la constructora. Pero como tu solo piensas con la polla, me has dejado aquí tirada. ¿Y SE PUEDE SABER DESDE CUANDO ERES MI SUPERIOR? Sabes muy bien que apenas he tratado con esa gente. Me he limitado a leer los informes que me pasaste acerca de la transición. Ahora agradece estar en Miraflores porque si estuvieras en la ciudad sufrirías mi ira – bramó sin contenerse.

- ¿Has terminado? – preguntó él con desdén.

Tras escucharlo, la mujer no pudo evitar soltar un suspiro de pura frustración.

- ¿Henry en algún momento maduraras? -exigió saber pasándose al castellano – Ya tienes treinta y dos, y no puedes dejarme tirada en las oficinas para follar siempre que te de la gana. Una cosa es que lo hagas de vez en cuando pero no todas las semanas. Es trabajo, por no decir que aquí eres un White, por el amor de Dios.

- Jesús, ya hablas como mamá – Henry tenía acento adorable cuando hablaba en español –. Por lo que sé en tu pasaporte y en todos tus documentos pone Makeyla White. Solo hace falta que dejes de utilizar ese seudónimo y serás también una White.

Ella al escuchar aquello bufó. Le molestaba que su hermano tocase aquel tema. Henry jamás llego a comprender él porque necesitaba ser Susan en su día a día.

- Me gusta utilizar un seudónimo, fin del asunto.

- Y luego eres tu la que me dice que madure. Ya te las apañaras sin mí en esa reunión. Yo solo sería una cara bonita en medio de tanto cerebrito de finanzas – al terminar de hablar se pudo escuchar como alguien intentaba arrebatarle el teléfono a su hermano.

Después de unos segundos de forcejeos y una cantidad abrumadora de maldiciones tanto en inglés como en español, una voz diferente, aunque conocida se puso al otro lado de la línea.

- Perdón Kelly -la grave, aunque dulce voz de Ricardo, su cuñado, siempre la reconfortaba –. El idiota de tu hermano me dijo que no tenía ningún compromiso en la oficina y que te había avisado que se tomaba el día libre. Pero por lo que veo no le pareció oportuno mencionar que si tenía reuniones y que al no estar él presente te tendrías que ocupar de ellas. Sin embargo, no te preocupes, Henry en menos de una hora estará sentadito en su mesa como buen chico si este no quiere dormir sin mi todo el fin de semana.

La mujer no pudo evitar sonreír ante lo que acababa de escuchar. Conocía muy bien a su cuñado y que seguramente cumpliría con su amenaza si Henry no le hiciera caso. Por lo que, si o si, él estará allí en menos de una hora, pues no aguantaría estar tanto tiempo apartado de su recién marido. A ella le encantaba verlos felices, no obstante, le resultaba casi insultante que su hermano dejara el trabajo de lado.

- Mas le vale o te cuento todas sus aventuras en el instituto y en los primeros años de universidad -bromeó Kelly.

Se pudo escuchar a la perfección como este se quejaba al fondo y como su marido reía del comentario de su cuñada. Tras otro forcejeo esta vez mucho más corto su hermano volvió a ponerse al teléfono.

- Estaré para la reunión pequeñaja – fue lo último que dijo Henry antes de colgar.

A ella le encantaba la voz de su hermano con el acento que a pesar de los años no había perdido, lo que siempre delataba sus orígenes. Ya que por su aspecto no era así. De primeras, un moreno de metro noventa con unos ojos negros impresionantes, aparentaba ser español no estadounidense. Por en cambio la menor de la familia no podía ser más diferente. Con su metro setenta, su piel lechosa, su cabello rubio y sus ojos violetas, se podría decir perfectamente que poseía orígenes nórdicos. No obstante, su melena y sus iris se encontraban bajo otro color manteniendo así más creíble su tapadera. Era mas que conocido los rasgos físicos más notorios que tenía la famosa genio de la familia White, por lo que Susan debía de ser muy distinta.

Saliendo de las nieblas de sus pensamientos llamó a su asistente informándole de los repentinos cambios de planes, que Henry White al final acudiría a la reunión como estaba previsto desde un primer momento.

Faltando menos de diez minutos para las diez su hermano hizo acto de presencia en su despacho, eso si entrando sin avisar como de costumbre.

- Sabes, llamar a la puerta es un signo de educación -le reprendió mientras apartaba la mirada del informe que ella examinaba en esos momentos.

- Lo único que puedo interrumpir es alguna llamada o reunión con algún empleado. Pues déjame recordarte que careces de vida social, sin apenas amigos y mucho menos pareja, y que la última relación que tuviste que yo recuerde fue en la universidad – alegó Henry tomando asiento en una de las sillas frente al escritorio de su hermana.

- Sinceramente me gusta mi vida tal y como esta. Me limitare a centrarme en mi trabajo que es algo que siendo franca se me da de lujo.

- Ja, entonces yo ya me voy preparando para conocer a mi futuro cuñado – comentó él con una gran sonrisa en los labios.

- ¿A qué viene eso? De momento no me interesan las relaciones. Y por mis experiencias con el sexo opuesto, que he de recordarte que han sido espantosas, me quedo tal como estoy.

- Estas demasiado sola – objetó su hermano –. Y para que lo sepas, todos los que en algún momento de sus vidas alegan que se centrarán en sus estudios o en el trabajo terminan encontrando el amor en poco tiempo. Yo soy un ejemplo perfecto de ello.

Henry se esperaba cualquier cosa de su hermana menos que esta comenzara a reírse a carcajadas en su cara.

- Llevas con Ricardo años, y solamente te has casado con el hace unos meses cuando al fin superaste el pavor al compromiso.

- No tenía miedo a comprometerme -refutó inclinándose hacia delante en la silla.

- Si lo tenías, te pasaste los dos primeros años de vuestra relación diciendo que era solo tu amigo – le recordó –, y no me vengas que era por no haber salido del armario. Tu siempre has mostrado tu sexualidad tal como es desde críos. Por no decir que soy tu hermana y que te conozco mejor que nadie.

- De verdad tienes que encontrar a alguien al menos un amigo, pues solo nos tienes a Nashira, a Ricardo y a mi en tu circulo de amistad, los perros no cuentan – rebatió al ver que Kelly iba a replicar –. Me refiero a relaciones con humanos. Además, Nashira a pesar de ser tu única amiga, ahora vive a casi diez mil kilómetros de distancia.

- Sabes muy bien que no se me da muy bien socializar y Henry ahora tienes una reunión importante por lo que dejemos de analizar mi vida y vete a hacer tu trabajo.

- Que triste vida es el dejarse mandar por tu hermana pequeña – dramatizó él.

- Cállate y vete de una vez.

Con una sonrisa en los labios salió del despacho dejándola sola con sus pensamientos. No quería admitir que tenia gran parte de razón. Siempre había sido una persona solitaria, pero en los últimos años se había aislado aún más. Su mejor amiga, una de las pocas personas que habían presenciado el cambio de Makeyla a Susan, en esos momentos construía su propia vida. Tenía su propio bufete en Los Ángeles, y pronto se casaría con un compañero de profesión.

Ambas se conocieron en un internado en Londres, desde prácticamente el primer momento se hicieron inseparables. Dos americanas muy lejos de sus hogares cada una por un motivo muy diferente.

Makeyla se sentía feliz por su amiga, sin embargo, en el fondo de su ser la envidiaba. Nashira siempre era ella misma, sin molestarse por el renombre de su madre, una escritora que desde hacía dos décadas encabezaba la lista de los mas vendidos.

Dejando de lado sus lamentaciones personales se puso a trabajar ya que tenía una montaña interminable de informes que revisar.

Al dar por finalizada la video conferencia con el encargado del sector hotelero White en Asía, Kelly se sorprendió al ver que no quedase nada pendiente de trabajo. Algo que encasas ocasiones ocurría. Apenas pasaba de la una y su estomago ya comenzaba a rugir con fuerza. Le dio una ojeada a su agenda y al verificar que no tenía ningún compromiso para aquella tarde de viernes, decidió ir a coger algo de comer en su restaurante favorito y tomarse la tarde libre.

- Inés – dijo mientras se ponía el abrigo –. Te puedes marchar a casa a las dos. La señorita White me ha dado la tarde libre. Por lo que sería una pérdida de tiempo que te quedases. Si alguien intenta ponerse en contacto conmigo antes de esa hora diles que me ido a comer y si es un asunto urgente házmelo saber por el móvil.

- Entendido Susan. Y gracias por la tarde libre – la emoción se notaba en la voz de la joven.

Comprendía a la perfección la sorpresa de su asistente. En los tres años que llevaba trabajando para su persona en la empresa, se podía contar con los dedos de una mano los días que se había tomado libre. La muchacha como los demás empleados de la compañía disfrutaban de vacaciones pagadas mas las pagas extras. Su padre siempre decía “Mantén a tus empleados felices que ellos mantendrán a los clientes felices”. Y como era de esperar tuvo la razón en ello. Eras escasos los que iban a trabajar amargados y a veces ella se podía incluir en esa minoría. Trabajaba todos los días del año como una loca y era muy consiente que su estilo de vida le podría pasar factura en el futuro.

Antes de marcharse se le paso por la cabeza hablar con su hermano, sin embargo, conociéndolo la tacharía de hipócrita, algo en que le dará la razón y realmente no le apetecía escuchar.

La Nona era un restaurante muy cerca de las oficinas. Lo había descubierto cuando se trasladó a Madrid años atrás. Se enamoro de la comida casera nada mas probarla. Aquel era el típico negocio familiar de barrio que con el tiempo se había convertido en el favorito de muchos. Nadas más cruzar las puertas el maravilloso olor de la comida recién hecha le invadió las fosas nasales, esto provoco que su ya famélico estomago rugiera ansioso.

Kelly se sentó en la barra y Franchesco, uno de los hijos de los propietarios, se acercó. Como una persona de costumbres le pidió un café para hacer tiempo hasta que su comida estuviera preparada. El hombre se giró para hacer su trabajo mientras ella lo espero mirando su móvil.

- Hola guapa – le dijo un hombre sentándose a su lado.

Por su parte se limitó a ajustarse las gafas sin ni siquiera mirarle. Intentar ligar en un restaurante a la hora de comer a su punto de vista era algo sin duda realmente lamentable. Sin añadir que ella no era precisamente una mujer que le gustase hablar con desconocidos. Bueno a ella no le gustaba hablar con los seres humanos en general.

- ¿El gato se te ha comido la lengua preciosidad? – siguió insistiendo aquel hombre.

Podía oler perfectamente el alcohol en su aliento, evidenciando así ya sus sospechas. – Jesús lo que tiene que aguantar una – pensó frustrada.

- Lo pasarías genial conmigo ricura – arrastraba las palabras al momento del agarrarle un mechón de su larga melena tras los cual comenzó a acariciarlo.

- Lo siento, pero no estoy interesada – rebatió ella quitándole su pelo de las manos de aquel hombre mientras ponía algo de distancia entre ellos.

Pareció no haberla escuchado o no haber prestado la suficiente atención por ya que volvía a cortar la espacio que los separaba.

- No sabes lo que te pierdes – acercándose aún más le susurro junto a la oreja – Se hacer maravillas en la cama encanto.

Eso fue la gota que colmó el vaso de su paciencia. No podía aguantar mas las gilipolleces que soltaba aquel espécimen que demostraba que no era todo ser humano que había evolucionado y no podía seguir callada escuchando tremendas burradas.

- Si por maravillas te refieres a meter y sacar lo que sea que tienes entre las piernas hasta correrte tras un minuto, no estoy mínimamente interesada – replicó ella enfadada – Mira gilipollas yo solo he venido a por mi comida no que a un hombre que no conozco, carente de sentido común, por lo visto masa cerebral y con un preocupante complejo de gorila, intente ligar conmigo tan desesperadamente.

Sin lugar a duda había sacado todo el veneno que había podido con sus palabras. Era su método de defensa. Henry era quien más sufría sus arrebatos de ira a lo largo del tiempo. Solía decir que tenía una hermana dos en uno; Makeyla y Kelly. Esta última era la calmada, la que rara vez alzaba la voz. Sin embargo, al enfadarse aparecía su otra cara. Todo lo que decía esa parte de su ser solo tenía un simple propósito y era el de herir. Y al ver la expresión del rostro de aquel hombre supo que lo había logrado, dar de lleno en su frágil orgullo masculino.

Por la mirada que le dedicaba, asimilo en aquel instante que nada bueno podría ocurrir. Y como si de una pitonisa se tratara, el energúmeno le agarró con fuerza del brazo y comenzó a zarandearla.

- ¿A quién te crees que le estas hablando zorra de mierda? – le gritó en la cara.

Todos los presentes en el local comenzaron a mirarlos descolocados y sorprendidos, sin saber cómo reaccionar ante aquella situación.

- Suéltame, hijo de puta, me estás haciendo daño – gruñó ella intentando sin éxito librarse sin éxito del agarre.

Ante el nuevo insulto el hombre se enfureció aún más, volviéndola a zarandear. Levanto la mano y Makeyla cerró los ojos temerosa por el golpe que en cualquier momento recibiría. Pero este jamás llego. Aun asustada abrió los ojos lentamente queriendo saber que había ocurrido. Alguien le había sujetado la mano al energúmeno y sabía quién era él recién llegado.

- Quítale la mano de encima ahora mismo – dijo con tono autoritario Jon Iradier.

Por su manera de hablar delataba que no iba de farol y por lo visto el bruto también lo había percibido por lo que le obedeció a la primera.

Franchesco apareció en cuestión de segundos interponiéndose entre el hombre y ella.

- ¿Susan estas bien? He llamado a la policía.

- Fran, estoy bien. Solo ha sido un idiota.

El hombre gruñó al escucharla por lo que se ganó unas cuantas miradas reprobatorias tanto del camarero como de los demás clientes. En menos de cinco minutos, aquel hasta el momento tranquilo restaurante se vio envuelto en luces parpadeantes de la policía madrileña. Todo el que quiso dio su declaración a los oficiales uniformados. Kelly algo apartada de los demás con un vaso de agua en sus temblorosas manos le explicaba al agente lo ocurrido minutos atrás. Al ser un acto ante la ley se vio obligada a decir su verdadera identidad tras suplicarle que no la expusiera asegurándole que su abogado se pondría pronto en contacto con ellos para explicar mejor aquella extraña petición.

Una vez los oficiales se hubieran marchado Makeyla volvió a sentarse en la barra y de esta vez quien se le acerco fue el hombre que había impedido que la situación fuera a más.

- ¿Realmente se encuentra bien? – le preguntó Jon.

- Si solo ha sido un susto – se explicó ella.

- ¿Susan, la comida para llevar o comer aquí? – preguntó Franchesco una vez tras la barra.

- Para llevar, hoy como en casa -dijo la mujer.

El hombre le dirigió una mirada compasiva antes de desaparecer en la cocina.

- Pero ni siquiera te ha preguntado lo que quieres – se extraño Jon.

- Suelo comer aquí casi a diario entre semana, y por costumbre pido el menú del día.

- Jon Iradier – le tendió la mano presentándose.

- Susan Jenkins – dijo apretándole la mano.

Aun con sus manos unidas él se quedó mirándola con algo de interés.

- ¿Nos conocemos? Pues tu cara me resulta muy familiar.

Realmente tenía la sensación de que la había visto antes. Ya dónde, era la incógnita.

- Sinceramente será porque tengo un rostro muy común.

- No creo que sea eso. Se me da muy bien recordar caras y te puedo asegurar que la tuya la he visto antes.

Prefirió mantenerse callada y no decirle de donde podía conocerla. Tras unos minutos Franchesco apareció con su pedido.

- Salmón a la plancha, ensalada con calabresa y de postre tiramisú – enumeró el mientras le entregaba la bolsa.

Con un agradecimiento ella le fue a pagar, sin embargo, él no acepto el dinero.

- Invita la casa – le dijo con una sonrisa.

- Gracias Fran – mirando al hombre sentado a su lado – Gracias a ti también Jon por lo de antes.

- Solo he hecho lo correcto – se justificó.

- Bueno, pero a saber que me hubiera echo ese energúmeno si no hubiera sido por ti – Kelly miró el reloj de la pared tras la barra – Creo que me tengo que ir, me estarán esperando.

La mujer nada mas terminar de hablar se bajó del taburete y se marchó, dejando a los dos hombres algo confundidos.

- ¿De dónde ella ha salido? – preguntó Jon aun embelesado.

- Si te soy sincero no se mucho, comenzó a venir hará unos tres años. Mi madre la adora desde el momento que supo que hablaba italiano – dijo Fran mientras limpiaba la barra.

29 de Enero de 2020 a las 23:47 0 Reporte Insertar 2
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