Los placeres violentos [Harry Styles] Seguir historia

mikaylallambi Miky Llambi

Ella no sabría cómo definirlo a él. En invierno, dormía con la ventana del balcón abierta, como si la transición de las estaciones nunca ocurriera. Cuando no podía hacerlo, se pasaba horas mirando la luna, persiguiéndola con la mirada, por las calles, con las lágrimas. El suelo de su estudio estaba cubierto de tazas de café vacías y frías. Las yemas de sus dedos y su cabello, coloreados de pintura que el aguarrás nunca lograba quitar. Sus ojos siempre captaban cosas más allá de lo mero físico, pero ella nunca sabía qué eran. Y él no tenía adjetivos para hablar de ella. A veces, cuando no podía cerrar los ojos por las noches, salía en la madrugada al balcón, pasaba las piernas por debajo de las rejas y permanecía ahí durante horas. El vino la hacía llorar y no pasaba el té. Le brillaban los ojos cuando estaba en el escenario y le encantaba vestir de blanco, haciendo ver el sol de una tonalidad pálida. Cuando cantaba para él, le podía hacerte sentir la melancolía o éxtasis máximo cuando hacía flotar su voz en el lugar. Él siempre pecaba en caer ante ella. Besarse era la perdición; fatídico, hacer el amor. Al final, no eran más que dos humanos aceptando el funesto porvenir de la anhelada trascendencia; ebrios de aquel amor que los hacía caer en lo hondo, en la tragedia, en el frío frenesí del porvenir de las estaciones y la desdichada suerte de no saber qué será de ellos. De ese amor que, para bien o para mal, transformaría la esencia de los dos artistas a algo que no habían conocido antes.


Fanfiction Bandas/Cantantes No para niños menores de 13. © Todos los derechos reservados

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Capítulo 1. El pintor

Harry insultó por lo alto, soltando todos y cada uno de los improperios que conocía hasta la fecha. Tanto en irlandés como en inglés como en alemán (el que sabía un poco). Pateó un vaso de vidrio con agua, esperando que se rompiera, pero era de plástico. El de vidrio estaba al otro lado de su pierna acalambrada. Maldijo otra vez y soltó el pincel, que rebotó sobre el plástico (nada limpio) que protegía el suelo, manchándolo de un azul pastel; el color del cielo al mediodía y del agua limpia de la pileta de la cocina. Sí, porque la pileta era celeste.

Estiró la pierna, sintiendo el insoportable cosquilleo, y escuchó los golpes en la puerta. Movió el rostro de forma mecánica y frunció el ceño. No esperaba a nadie y si había algo que no soportaba eran las visitas sin ser esperadas o sin haber sido invitadas. Intentó no hacer ruido, en cuyo caso la, o las, persona que estuviera esperando afuera se iría y lo dejaría en paz.

—Harry, ¿piensas que somos estúpidos? Tres cuadras a la redonda escucharon tus insultos.

La femenina voz de Tara sonó apagada a través de la madera de la puerta. Volcando los ojos, Harry se incorporó del piso y rengueó hasta la puerta. Destrancó la llave, pero no quitó la cadena. Entreabrió la puerta unos centímetros y observó las dos figuras que esperaban por él: Tara y Douglas, sus mejores amigos. Aunque, debía admitir, en ese momento eran las personas más indeseables del planeta.

—¿Qué pasó? —quiso saber, escudriñándolos—. Estoy ocupado.

Tara comenzó a empujar la puerta con fuerza y Harry se apartó de un salto.

—Eh, Tara…

—¡Cállate, Douglas!

Harry se cruzó de brazos y observó la cadena ser forzada. Cuando la fuerza bruta de Tara fue más que ella, esta se destrabó con un chasquido de dolor y la puerta rebotó contra la pared trasera. De ella emergieron los dos amigos. Tara se acomodó el cabello y suspiró, enfadada.

—¿Te acordabas de que hoy salíamos con mi amiga?

Él les dio la espalda y se paró frente a su atril de madera. Ahora que se le había pasado el calambre, podía admirar la obra frente a él. Las nubes parecían ligeros algodones de azúcar coloreados de trocitos de cielo, las tonalidades del cielo eran las mismas que las de ese día de otoño: de un suave anaranjado y amarillo que le recordaban a las paletas de helados de agua que comía de pequeño. Estaba quedando muy bien.

—Sí, pero estaba ocupado.

—Dios, Harry, eres un asno. —Tara se paró delante de él—. Sabes que Douglas y yo adoramos tus obras, pero puedes hacerte unos minutos para nosotros.

—Iba a ir cuando se me pasara la inspiración… que es ahora.

Tomando una botella de aguaras, Harry volcó algo de líquido sobre un trapo manchado. La refregó contra sus manos, sintiendo la consistencia parecida a la del aceite, y observó cómo se iba el celeste de ellas.

A decir verdad, sí que se había olvidado. Pero, ese día, cuando despertó cerca de las tres de la tarde, hacía una tarde espléndida. Había salido al balcón con una copa de vino en la mano, sin almorzar, y observó el cielo. Le había fascinado, incluso cuando había visto cientos de esos atardeceres. Quizás simplemente fuera la magia del atardecer en sí, no solo los colores del cielo. No había podido evitar saltarse el almuerzo para ponerse a pintar, intentando imitar burdamente lo que la madre naturaleza le había dado.

—¿Vas a cambiarte? —preguntó Douglas, mirándolo con una mueca. Harry alzó una ceja—. Vamos a comer, ¿recuerdas?

—Demonios, sí lo recuerdo. ¿Me dejarán cambiarme?

—Mueve el culo, ¡vamos!

Harry ingresó en el cuarto de baño. Su casa era una especie de loft y, en sí, no podía ser considerada una casa. Era, más bien, su estudio. El segundo piso, donde había un cuarto y un baño con ducha, era la parte más común de la casa. Tenía un balconcito, la cama de dos plazas siempre desarmadas, una cómoda y poca cosa más. Sin embargo, la estancia de abajo siempre tenía atriles con pinturas a medio terminar, las paredes manchadas de acuarelas, el suelo salpicado de óleo. Abundaba el olor a aguaras y al material de la pintura. No había televisión, sino una mesita de café con una radio que normalmente no prendía. Las ventanas tenían las cortinas descorridas y siempre estaban abiertas, incluso en invierno. Le gustaba el frío. Algunas zonas del piso estaban tapizadas con plástico, también la mesa frente a la cocina. Los cuadros que decoraban sus paredes eran suyos, al menos los que no había querido vender a algún ambicioso coleccionista.

Era un caos, pero era su controlado y artístico caos.

Pasó una camisa color gris por sus hombros y se abrochó el cinto. Tenía los zapatos manchados de pintura, pero lo vio tarde. Después, se dijo a sí mismo que no importaba. Tara había arreglado esa cita a ciegas con una amiga suya y, a decir verdad, Harry no tenía muchas expectativas puestas en el asunto. El pintar, en ese momento, era su único amor, su única excitación. Había intentado hacérselo entender, pero bien Douglas le había avisado: su amiga Tara era más terca que una mula y, por alguna razón, se había propuesto la tarea de juntar a sus dos desconocidos amigos.

Salió del baño y extendió los brazos hacia sus amigos.

—¿Cumplo con las expectativas?

—Mejor que antes estás, sí. ¡Vámonos!

Él tomó su celular, las llaves y su billetera. Caminó con ellos hasta la puerta y las cerró a sus espaldas. Tanteó la puerta, comprobando que estaba trancada, y encaró a sus amigos.

—¿Cómo se llama?

—Angelina O’Shea —respondió Douglas, sonriéndole—. Anímate, te encantará.


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¡Hola! Soy Mikayla y súper nueva en esta página. Escribo desde hace años y ¡espero que te gusten mis historias! Muchas gracias por leer. ♥

Ig.: mikaylallambi

29 de Enero de 2020 a las 20:29 0 Reporte Insertar 1
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