THE DREAM THIEVES [TAEKOOK] Seguir historia

sadtembeer jess 🦇

⚠️Es necesario haber leído THE RAVEN BOYS para continuar con este libro, ya que la descripción podría contener spoiler. Todo el mundo tiene secretos. Los guardamos o nos los guardan, los controlamos o escapan a nuestro control. Min Yoongi también. El gran secreto de Yoongi es que puede coger cosas de los sueños y traerlas al mundo real. Lo malo es que hay alguien más que desea esas mismas cosas. Alguien cuyas intenciones son más siniestras. Y mientras tanto, las líneas ley que rodean Cabeswater se están debilitando. Glendower es un sueño cada vez más lejano, y Taehyung no está dispuesto a permanecer indiferente. 🦇; Adaptación del segundo libro de la saga THE RAVEN CYCLE por Maggie Stiefvater, todos los créditos correspondientes a ella. Advertencias: 🦇; El romance NO es el género principal de esta saga. Sin embargo, lo hay. 🦇; La historia se desarrolla en Henrietta, Virginia, por lo que los personajes viven en Estados Unidos. 🦇Otros ships.


Fanfiction Libros Todo público.

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PRÓLOGO

Los secretos son raros.

Los hay de tres clases. Los primeros son los que todo el mundo conoce, los que requieren al menos dos personas. Una para guardarlos. Otra para no descubrirlos jamás.

Los segundos son más complejos: son los que te guardas para ti. Todos los días, miles de personas callan confesiones a sus confesores sin ser conscientes de que esos secretos nunca admitidos se resumen en las mismas dos palabras: “Tengo miedo”.

Y luego está la tercera clase de secreto, el más recóndito. El secreto que nadie conoce. Quizá se supo una vez, pero se fue a la tumba con su portador. O quizá se trate de un misterio inútil, un misterio oscuro y solitario que nadie ha descubierto porque nadie se ha preocupado por él.

A veces, en ocasiones excepcionales, hay secretos que permanecen sin descubrirse porque lo que contienen es de una naturaleza tan extraña, vasta y aterradora que sobrepasa la capacidad de comprensión de la mente.

Todos tenemos secretos en nuestras vidas. Los guardamos o nos los guardan, los controlamos o escapan a nuestro control. Secretos y cucarachas; eso es lo único que sobrevivirá cuando todo termine.

En la vida de Min Yoongi había todo tipo de secretos.

El primero concernía a su padre. Min Yunho era un poeta, un músico fracasado, un pobre diablo con el encanto de los pobres diablos, nacido en Cumbria pero criado en Belfast, y Yoongi lo quería como a nadie.

Pese a que Yunho fuese un granuja y un desalmado, los Min eran ricos. No se sabía a qué se dedicaba Yunho. Se ausentaba durante meses, pero resultaba difícil decir si se debía a su profesión o a sus correrías de bala perdida. Siempre volvía cargado de regalos, tesoros y fabulosas cantidades de dinero, pero para Yoongi lo más asombroso de todo era volver a verlo. Siempre daba la impresión de que se marchaba para toda la eternidad, de modo que cada regreso tenía regusto a milagro.

—Cuando me hizo —le decía Min Yunho a su segundo hijo—, Dios se apartó tanto de la norma que tembló la tierra.

Pero mentía, porque si de verdad Dios se había apartado de la norma con Yunho, había roto todos los moldes veinte años después al concebir a Yoongi y sus otros dos hermanos, Geum Jae y Kan. Los tres eran copias poco menos que perfectas de su padre, si bien en cada uno destacaban aspectos distintos.

Geum Jae tenía la misma manera de entrar en una habitación y adueñarse de todas las miradas. Los rizos de Kan se entretejían con la misma gracia y comicidad que los de Yunho. Y Yoongi se había quedado con el resto: una mirada de metal y una sonrisa para hacer la guerra.

De su madre no habían heredado prácticamente nada.

—Fue lo que se dice un terremoto —insistía Yunho, como si sus hijos se lo hubiesen preguntado, lo cual, conociéndolo, podría ser cierto—. Cuatro punto uno en la escala de Richter. Menos de cuatro, y no habría valido para nada.

En aquella época, Yoongi no practicaba el arte de creer en lo que le decían, pero daba igual, ya que lo que su padre buscaba era adoración y no confianza.

—En cuanto a ti, Yoongi —decía Yunho. Siempre pronunciaba su nombre con un énfasis especial, como si en lugar de dirigirse a su hijo fuese a pronunciar una palabra distinta, como “cuchillo”, “veneno” o “venganza”, y cambiara de opinión en el último momento—. Al nacer tú, los ríos se secaron y, en el condado de Rockingham, el ganado lloró sangre.

Era una historia que contaba de vez en cuando, pero Choa, la madre de Yoongi, aseguraba que no había sucedido así. Aseguraba que, al dar a luz, los árboles habían florecido y se había oído por toda Henrietta la risa de los cuervos. Mientras la una y el otro discutían sobre lo sucedido en su nacimiento, Yoongi prefería callarse y contentarse con que tal vez fuesen ciertas ambas versiones.

Geum Jae, el mayor de los hermanos Min, había preguntado una vez:

—¿Y qué pasó cuando nací yo?

—No sabría decirte —habría respondido Yunho mirándolo a los ojos—. No estuve presente.

Cuando Yunho pronunciaba el nombre de Geum Jae, estaba claro que lo único que quería decir era eso: «Geum Jae».

Y luego desaparecía durante un mes más.

En busca de una pista que aclarara el origen del dinero de su padre, Yoongi aprovechaba sus ausencias para registrar Los Graneros, que era el nombre con que se conocía la granja de los Min. Nunca encontró ni un solo indicio, pero sí un amarillento recorte de periódico en una caja de metal oxidado. Era del año en que había nacido su padre. Con tono aséptico, daba cuenta del terremoto de Kirkby Stephen, que se había sentido en el norte de Inglaterra y el sur de Escocia. Cuatro punto uno. Menos de cuatro, y no habría valido para nada.

Aquella noche, Min Yunho llegó a la casa en medio de la oscuridad y, cuando se levantó a la mañana siguiente, vio a Yoongi de pie, a su lado, entre las blancas paredes del dormitorio principal. El sol matutino hacía que ambos pareciesen tan pálidos como ángeles, lo cual se alejaba bastante de la realidad. En el rostro de Yunho había manchas de sangre y pétalos azules.

—Estaba soñando con el día en que naciste, Yoongi—dijo Yunho.

Se pasó una mano por la frente para limpiarse la sangre y mostrarle a Yoongi que no había herida. Los pétalos tenían forma de estrellas diminutas. Pasmado, Yoongi se descubrió con la certeza de que procedían de la mente de su padre. Nunca había estado tan seguro de nada.

De pronto, el mundo de alrededor se abrió y se extendió.

—Ya sé de dónde viene el dinero —anunció Yoongi.

—No se lo cuentes a nadie —dijo su padre.

Ese era el primer secreto.

El segundo secreto era la perfección del ocultamiento. Yoongi no hablaba de él. Yoongi no pensaba en él. Nunca le puso letra a aquel segundo secreto, el que se guardaba para sí.

Su música, con todo, sonaba siempre de fondo.

Y después estaba esto: tres años más tarde, Yoongi soñó con el coche de su amigo Kim Yun Dae Taehyung Tercer, que confiaba en él lo suficiente para dejarle cualquier cosa, excepto armas. Ni armas ni el coche, un Camaro del 73 pintado del mismo color que el infierno y con franjas negras. En horas de vigilia, Yoongi no llegaba más allá del asiento del copiloto. Además, cuando se marchaba de Henrietta, Taehyung se llevaba las llaves.

Pero en el sueño de Yoongi, Taehyung no estaba y el Camaro sí.

El coche aguardaba en la pendiente de la esquina de un aparcamiento abandonado, sobre un fondo de montañas azuladas, espectrales en la distancia. Yoongi posó la mano sobre el tirador de la puerta del conductor. Probó a accionarlo. Evanescentes, las fuerzas apenas le alcanzaban para aferrarse a la idea de abrir la puerta. Bastó con eso. Se acomodó en el asiento del conductor. Las montañas de más allá del aparcamiento eran un sueño, pero el aroma del habitáculo pertenecía al campo de la memoria: gasolina, plástico, alfombrillas y el ronroneo de años engranándose los unos con los otros.

“Las llaves están puestas”, pensó Yoongi.

Lo estaban.

Pendían del contacto como un racimo de frutos metálicos, y Yoongi dedicó un rato a sopesarlas con el pensamiento. Las tuvo a medio camino entre el sueño y la memoria, y después las tomó con la mano. Notó la suavidad del cuero y los bordes gastados del llavero; la frialdad del metal del aro y de la llave del maletero; la fina y aguda promesa que la llave de contacto le dejaba entre los dedos.

Y se despertó.

Al desplegar los dedos, vio que tenía la llave en la mano. Del sueño a la realidad.

Aquel era el tercer secreto.

18 de Enero de 2020 a las 21:04 0 Reporte Insertar 0
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