BLUE LILY, LILY BLUE [TAEKOOK] Seguir historia

sadtembeer jess 🦇

⚠️Es necesario haber leído THE RAVEN BOYS y THE DREAM THIEVES para continuar con este libro, ya que la descripción podría contener spoiler. Jeon Jungkook ha encontrado muchas cosas. Por primera vez en su vida, tiene amigos en los que puede confiar, un grupo del que siente que forma parte. Los chicos del cuervo lo han aceptado sin reservas; los problemas de ellos se han convertido en los problemas de Jungkook, y al contrario. Pero hay algo malo en encontrar cosas: el daño que hace perderlas, y lo fácil que es que se desvanezcan. Así que Jungkook y los chicos siguen buscando. Mientras la idea de Glendower se cierne sobre ellos, cada vez más posible y cercana, los chicos del cuervo se enfrentan a la existencia de tres durmientes. A uno deben despertarlo. A otro no deben despertarlo. El tercero no importa. Entre viejas amistades que se deforman hasta convertirse en otras cosas y nuevas de final profetizado; entre madres desaparecidas, cuevas malditas, doncellas delirantes, héroes asesinos y villanos de opereta, Jungkook continúa su búsqueda. Lo que no sabe es qué busca, exactamente. Pero eso no importa: aunque él se equivoque, hay algo que lo espera al final. Algo inevitable. 🦇; Adaptación del tercer libro de la saga THE RAVEN CYCLE por Maggie Stiefvater, todos los créditos correspondientes a ella. Advertencias: 🦇; El romance NO es el género principal de estos libros. Sin embargo, lo hay. 🦇; La historia se desarrolla en Henrietta, Virginia, por lo que los personajes viven en Estados Unidos. 🦇; Otros ships.


Fanfiction Libros Todo público.

#bts #jungkook #taehyung #jimin #yoongi #seokjin #vkook #taekook
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PRÓLOGO

Arriba.


Wheein estaba de pie en la cima, con la amplia falda de su vestido marfil azotándole las piernas y la melena blanquecina y rizada ondeando a su espalda.

Parecía vaporosa, inmaterial, como si el viento la hubiera arrastrado hasta aquellos peñascos y la hubiera dejado enganchada en uno de ellos. Allí arriba, sin árboles que lo detuvieran, el aire soplaba con ferocidad. Abajo, el mundo exhibía todo el esplendor del otoño.

A su lado esperaba SeokJin, con las manos enterradas en los bolsillos de sus pantalones de lona manchados de grasa. Aunque parecía cansado, su mirada era mucho más clara que la última vez que Wheein lo había visto.

Siempre concentrada en las cosas importantes de verdad, Wheein llevaba mucho tiempo sin pararse a recordar cuántos años tenía. Y sin embargo, al mirar ahora al chico, se asombró de lo nuevo que parecía. Su expresión, el encorvamiento adolescente de sus hombros, la energía frenética que desbordaba.

“Hace un día excelente para estas cosas”, pensó Wheein. Era fresco y encapotado, sin interferencias de la energía solar, de las fases de la luna o de la maquinaria de alguna obra cercana.

—Ese es el camino de los muertos —dijo, alineándose con el sendero invisible. Nada más hacerlo, notó que en su interior despertaba un zumbido placentero; era una sensación no muy distinta de la que obtenía al ordenar los lomos de los libros en un estante.

—Te refieres a la línea ley —replicó SeokJin.

Wheein asintió con serenidad.

—Compruébalo por ti mismo.

El chico avanzó hasta pisar la línea, y su cara se giró para observar su recorrido con tanta naturalidad como si fuera una flor buscando el sol. A Wheein le había llevado mucho más tiempo dominar aquel arte; no obstante, ella, a diferencia de su joven, no había hecho ningún trato con un bosque sobrenatural.

Hacer tratos no era lo suyo. En general, no se le daba demasiado bien trabajar en equipo.

—¿Qué ves? —le preguntó.

El muchacho parpadeó, y sus pestañas del color del polvo acariciaron el inicio de sus mejillas. Como Wheein era quien era, y además el día era realmente excelente para aquellas cosas, percibió de inmediato lo que estaba viendo el chico.

No tenía nada que ver con la línea ley. Era el suelo de una bonita mansión, salpicado de figurillas hechas añicos. Una carta oficial, en un papel con sello de las autoridades del condado. Un amigo convulsionándose a sus pies.

—Me refiero a lo que ves fuera de ti —le recordó Wheein en tono suave.

Lo que ella veía en el camino de los muertos era un cúmulo tal de acontecimientos y posibilidades que ninguno de ellos sobresalía entre los demás. Wheein era mucho mejor vidente cuando sus amigas HyeJin y Jiwoo estaban junto a ella: HyeJin, para seleccionar sus percepciones, y Jiwoo para ponerlas en contexto.

SeokJin parecía tener potencial para esto último, pero le faltaba experiencia para reemplazar a Jiwoo… “No”, se dijo Wheein, “esa no es la palabra”. Las amigas no se podían reemplazar. Se esforzó por buscar otro término, uno que fuera más adecuado.

“Rescatar”. Sí, eso era: lo que se hacía con los amigos era rescatarlos. ¿Pero necesitaría Jiwoo que la rescataran?

Si Jiwoo estuviera con ella en la montaña, Wheein habría sabido la respuesta a esa pregunta. Aunque si Jiwoo estuviera allí, la pregunta no habría tenido razón de ser.

Soltó un largo suspiro.

Últimamente suspiraba mucho.

—Veo cosas —dijo SeokJin, con las cejas fruncidas en un gesto de… ¿concentración? ¿Incertidumbre?—. Más de una. Son como… como los animales de Los Graneros. Veo cosas… que duermen.

—Sueñan —asintió Wheein.

En el instante en que SeokJin había mencionado a los durmientes, estos se habían situado en la primera línea de su consciencia.

—Son tres —añadió ella.

—¿Tres qué?

—Tres en particular —murmuró Wheein—. A los que hay que despertar… No, no. Dos. Hay uno que no debe despertar.

Aunque a Wheein nunca se le había dado muy bien distinguir qué estaba bien y qué estaba mal, en este caso no le cabía duda de que el tercer durmiente estaba mal, de algún modo.

Durante unos minutos se quedó allí de pie, junto al chico —”SeokJin”, se recordó a sí misma; cada vez le resultaba más difícil dar importancia a los nombres de pila—, sintiendo el pulso de la línea ley bajo sus pies. Una y otra vez, con suave insistencia, Wheein trató de encontrar la vibrante hebra de Jiwoo en la enredadera de energía.

A su lado, SeokJin volvió a encerrarse en sí mismo. Como siempre, lo que más le interesaba era lo único que no podía llegar a conocer: su propia mente.

—Fuera —le recordó Wheein.

SeokJin contestó sin abrir los ojos, en un tono tan suave que sus palabras casi se deshicieron en el viento.

—No quisiera ser maleducado, pero me pregunto por qué merece la pena aprender esto.

Wheein se asombró: ¿cómo podía el chico creer que era de mala educación hacer una pregunta tan razonable?

—Cuando eras un bebé —respondió—, ¿qué crees que te empujaba a querer hablar?

—¿Con quién estoy aprendiendo a comunicarme?

—Con todo —contestó Wheein, complacida por lo rápido que lo había entendido el chico.


En medio


HyeJin estaba anonadada por la basura que tenía Jiwoo acumulada en su habitación del 300 de Fox Way, y no se privó de decírselo a Jungkook.

Él no contestó. Estaba revisando un montón de papeles junto a la ventana, con la cabeza torcida en un gesto de concentración. Desde este ángulo era exactamente igual a su madre: compacto, atlético y difícil de derribar. Poseía una extraña belleza, a pesar de los trasquilones que se había hecho al cortar él mismo su pelo negro. Aunque tal vez fueran precisamente esas cosas las que lo hacían así.

—¿Has visto estos, HyeJin? —preguntó—. Son muy buenos.

Aunque HyeJin no sabía a qué se refería Jungkook, estaba segura de que era verdad. Jungkook no era del tipo de personas que hacen elogios falsos, ni siquiera a su propia madre. Aunque era cortés, no se esforzaba por resultar agradable. Lo cual era toda una ventaja, claro, porque la gente que hacía esfuerzos por caer bien irritaba profundamente a HyeJin.

—Tu madre es una mujer con muchos talentos —gruñó. El caos de aquella habitación le estaba quitando años de vida. A HyeJin le gustaban las cosas sólidas, fiables: los ficheros bien organizados, los meses de treinta y un días, el lápiz de labios morado… A Jiwoo le gustaba el caos—. Y uno de sus mayores talentos es ponerme de los nervios.

HyeJin agarró la almohada y se vio asaltada por una corriente de sensaciones. En un solo instante, percibió dónde había comprado Jiwoo la almohada, la forma en que la doblaba bajo su cuello, las lágrimas que habían mojado la funda y el contenido de cinco años de sueños.

El teléfono del servicio de videncia sonó en la habitación contigua, rompiendo la concentración de HyeJin.

—Mierda —masculló.

HyeJin poseía el don de la psicometría: a menudo, le bastaba con tocar un objeto para saber de dónde procedía y notar los sentimientos de su dueño. Pero aquella almohada tan usada contenía demasiados recuerdos para darles un orden lógico. Si Jiwoo estuviera allí, a HyeJin no le habría costado nada aislar los recuerdos útiles.

Pero si Jiwoo estuviera allí, no habría tenido por qué hacerlo.

—Jungkook, ven.

El chico le puso una mano en el hombro con ademán teatral, y su talento amplificador natural agudizó de inmediato el de HyeJin. Vio las noches de desesperanza e insomnio de Jiwoo. Sintió la marca que había dejado la mandíbula sombreada del señor Gris en la funda. Contempló lo que había soñado Jiwoo en su última noche allí: un lago de aguas lisas como un espejo y un hombre vagamente familiar.

HyeJin resopló.

Era Artemus: el antiguo amante de Jiwoo, desaparecido hacía mucho.

—¿Encuentras algo? —preguntó Jungkook.

—Nada útil.

Jungkook retiró la mano bruscamente, consciente de que HyeJin era tan capaz de captar pensamientos en los humanos como en las almohadas. Sin embargo, a HyeJin no le hacía falta ningún don de videncia para adivinar que la expresión tranquila y razonable de Jungkook no se correspondía con el fuego que ardía en su interior.

Las clases estaban a punto de comenzar, el amor se respiraba en el aire, y la madre de Jungkook había desaparecido hacía más de un mes en una misteriosa búsqueda que solo ella conocía, dejando atrás a su nuevo —y homicida— pretendiente. Jungkook era un huracán a punto de golpear la costa.

“Ay, Jiwoo…”, pensó HyeJin con el estómago encogido. “Te dije que no te marcharas”.

—Toca eso —dijo Jungkook señalando un cuenco de adivinación negro y grande, que estaba caído en la alfombra desde que Jiwoo lo había usado por última vez.

HyeJin no aprobaba la videncia en cuencos o en espejos, ni en nada que implicara sondear el misterioso éter del espacio-tiempo para manipular lo que se extendía al otro lado. Técnicamente, la videncia no era peligrosa: solo implicaba meditar frente a una superficie reflectante. Pero en la práctica, a menudo implicaba separar el alma del cuerpo, y el alma era una viajera frágil.

La última vez que HyeJin, Wheein y Jiwoo se habían atrevido a hacer magia con espejos, Yongsun, la hermanastra de Jiwoo, había desaparecido de manera accidental.

Al menos, a HyeJin nunca le había gustado Yongsun.

Sin embargo, Jungkook tenía razón: el cuenco era el objeto que más respuestas podía ofrecerles.

—De acuerdo —accedió HyeJin—, pero no me toques. No quiero que esto se haga aún más potente de lo que ya es.

Jungkook alzó las manos como si quisiera mostrar que estaba desarmado.

HyeJin rozó el borde del cuenco con gesto desconfiado, y de inmediato una nube oscureció su visión. Estaba dormida, soñando. Caía por una profundidad eterna de agua negra. Una versión simétrica de ella se alzaba disparada hacia las estrellas. Algo metálico le rozó la mejilla. Un mechón de pelo se le adhirió a la comisura de la boca.

¿Cómo encajaba Jiwoo en aquello?

Una voz desconocida y estridente resonó en su cabeza. Entonaba una canto una y otra vez.

Reinas y reyes,

reyes y reinas,

azul, lirio azul,

coronas y pájaros,

espadas y cosas,

azul, lirio azul.

Súbitamente, la visión de HyeJin se aclaró.

Volvía a ser ella misma.

Y por fin podía ver lo que había visto Jiwoo: tres durmientes, uno claro, otro oscuro y otro a medio camino entre los dos. Supo que Artemus estaba bajo tierra. Supo que nadie podía salir de aquellas cavernas a no ser que lo fueran a buscar. Supo que Jungkook y sus amigos formaban parte de algo mucho más grande, algo gigantesco que se estiraba y se despertaba lentamente.

—¡Jungkook! —gritó HyeJin, comprendiendo por qué sus esfuerzos tenían tanto éxito de pronto.

En efecto: Jungkook, a su lado, le había apoyado una mano en el hombro, y eso había hecho que la visión fuera mucho más intensa.

—¿Qué tal? —preguntó.

—¡Te dije que no me tocaras!

Jungkook se encogió de hombros, en absoluto arrepentido.

—¿Qué has visto?

HyeJin suspiró, aún inmersa a medias en aquella otra dimensión de la conciencia. Una y otra vez, la invadía la sensación de que, en cierto modo, se estaba preparando para entablar una batalla que ya había mantenido.

Lo que no recordaba era si había ganado la vez anterior.


Abajo


Jeon Jiwoo no podía sacudirse la idea obsesiva de que el tiempo había dejado de funcionar. No es que se hubiera detenido, exactamente, sino que había dejado de avanzar del modo que Jiwoo estaba acostumbrada a considerar “normal”: minutos que se sumaban hasta formar horas que, a su vez, formaban días y semanas.

Jiwoo estaba empezando a sospechar que estaba viviendo el mismo minuto una y otra vez.

Aquella sensación tal vez hubiera obsesionado a algunas personas. Otras podrían haberla pasado por alto. Pero Jiwoo no era como la mayoría. Había empezado a ver el futuro en sus sueños cuando tenía catorce años. Había conversado con su primer espíritu cuando tenía dieciséis. Había expandido su visión para contemplar el otro lado del mundo cuando tenía diecinueve. El tiempo y el espacio eran dos bañeras en las que Jiwoo chapoteaba a placer.

Así pues, aunque Jiwoo sabía que había cosas imposibles, le constaba que una caverna en la que el tiempo se detuviera no era una de ellas. ¿Cuánto llevaba allí? ¿Una hora, dos? ¿Un día, cuatro? ¿Veinte años? Las pilas de su linterna no se habían agotado aún.

“Pero si el tiempo no se mueve en este lugar, no se agotarán jamás, claro”.

Se deslizó por el túnel, trazando franjas de luz del suelo al techo mientras avanzaba. No le apetecía estrellarse la cabeza contra un saliente inesperado, pero tampoco le apetecía caer en un vacío sin fondo. Ya había pisado varios charcos bastante profundos, y sus gastadas botas estaban llenas de agua.

Lo peor de todo era el aburrimiento. Tras una infancia vivida en la pobreza en plena Virginia Occidental, Jiwoo había desarrollado una gran independencia, una altísima tolerancia hacia las incomodidades y un humor bastante negro.

Y sin embargo, aquella… monotonía…

Era imposible contarse chistes a una misma.

La única pista de que el tiempo tal vez se moviera de algún modo extraño era que, a veces, Jiwoo olvidaba a quién buscaba allá abajo.

“Mi objetivo es Artemus”, se recordó a sí misma. Diecisiete años atrás, había dejado que HyeJin la convenciera de que Artemus simplemente se había escapado. Tal vez, en aquel momento, había preferido creerlo. Pero, en el fondo, siempre había sabido que su desaparición formaba parte de algo mayor; que ella misma formaba parte de algo mayor.

Posiblemente.

Hasta el momento, lo único que había encontrado en aquel pasadizo eran dudas. Aquel no era el tipo de sitio que Artemus, tan amante del sol, habría elegido. Si acaso, tal vez fuera el tipo de lugar en el que alguien como Artemus podría morir. Jiwoo estaba empezando a arrepentirse de la nota que había dejado antes de marcharse. Decía lo siguiente:

“Glendower está bajo tierra. Yo también”.

En el momento de escribirla, le había parecido muy ingeniosa; el texto estaba diseñado para enfadar o inspirar, dependiendo de quién lo leyera. En cualquier caso, lo cierto era que lo había escrito pensando que estaría de vuelta al día siguiente.

Ahora, la había revisado y modificado mentalmente:

“Me voy a una caverna sin tiempo en busca de mi exnovio. Si parece que voy a perderme la graduación de Jungkook, vengan a echarme una mano.

P. D. Cenar solo pastel no es sano”.

Siguió caminando. Ante ella, la oscuridad era negra como la tinta; detrás de ella, también. La luz de la linterna iluminaba detalles sueltos: un bosque de estalactitas incipientes en el techo. Una lámina de agua en la pared.

Aun así, no se había perdido. La razón era sencilla: hasta el momento, el camino no se había dividido. La única opción era avanzar hacia la profundidad.

Jiwoo aún no tenía miedo. Hacía falta algo muy especial para atemorizar a alguien que chapoteaba en el espacio y el tiempo como si fueran dos bañeras.

Usando una estalactita resbaladiza como a tentar el suelo, se levantó para pasar por una abertura estrecha en la roca. La escena que halló al otro lado era complicada. El techo estaba lleno de puntas afiladas; el suelo estaba lleno de puntas afiladas. Era un espacio infinito, imposible.

Y entonces, una gota de agua cayó al suelo y lo disolvió en una sucesión de ondas, estropeando momentáneamente el espejismo. Era un lago subterráneo. La superficie oscura reflejaba las estalactitas amarillentas del techo, creando ilusión de que era un pavimento erizado de púas.

El verdadero fondo del lago no se veía. Podía tener cinco centímetros de profundidad, podía tener medio metro, podía carecer de fondo.

De modo que al fin había llegado. Jiwoo había soñado con aquello. Y aunque seguía sin tener miedo, notaba que su corazón se estremecía inquieto dentro del pecho.

“Podría volver a casa, sin más. Conozco el camino”.

Pero si el señor Gris había estado dispuesto a arriesgar la vida por lo que quería, ella podía ser igual de valiente. Jiwoo se preguntó brevemente si seguiría vivo, y se sorprendió al darse cuenta de lo mucho que deseaba que sí lo estuviera.

Volvió a revisar la nota mentalmente:

“Me voy a una caverna sin tiempo en busca de mi exnovio. Si parece que voy a perderme la graduación de Jungkook, vengan a echarme una mano.

P. D. Cenar solo pastel no es sano.

P. P. D. No se olviden de llevar el coche al taller para que le cambien el aceite.

P. P. P. D. Búsquenme en el fondo del lago reflectante.

Entonces, una voz le susurró algo al oído. Era alguien de su futuro, o tal vez de su pasado; alguien muerto, vivo o dormido. En realidad, no era un susurro, sino una voz ronca: la voz de alguien que llevaba mucho tiempo llamando sin encontrar respuesta.

Pero Jiwoo sabía escuchar.

—¿Qué has dicho? —preguntó.

Y la voz volvió a susurrar: “Encuéntrame”.

No era Artemus. Era alguien más, alguien que se había extraviado, estaba a punto de extraviarse o se iba a extraviar en el futuro. En aquella caverna, el tiempo no era lineal: era un lago reflectante.

P. P. P. P. D. No despierten al tercer durmiente.

19 de Enero de 2020 a las 01:24 0 Reporte Insertar 1
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