Matando el sol Seguir historia

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"Dedicado a quienes sufrieron este gran dolor, Y ahora esperan su revancha."


Cuento Sólo para mayores de 18.

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Matando al sol

"Dedicado a quienes sufrieron este gran dolor,

Y ahora esperan su revancha."


«Tú sabes cuánto está sufriendo… vamos, ve a verlo, aunque sea un momento.»

Sabes que tu corazón se para cuándo oyes su nombre. Recuerdos llegan a ti, mostrándotelos como un carrusel a toda velocidad. Quieres pararlo, pero es imposible.

«Vean al sol.»

Recuerdas como tus ojos se resecaban cuando el astro se te metía hasta las corneas. Muchos se agachaban, pero tú no… Tú preferías estar cerca de la luz y así demostrarle que eras mucho mejor que los demás, pero hubo un momento en que cerraste los ojos y te sentiste avergonzado.

«Así es, no pueden ver de frente al sol todo el tiempo, pero es bueno mirarlo, aunque sea un momento… es bueno.»

Se acerca a ti y te acaricia la cabeza. Le sonríes y él te devuelve la mirada. Vamos a comer a una mesa en medio del campo. Nos sentamos de tal forma que el Padre quede en medio de nosotros. Sonríe y hace chistes. Nos reímos porque algunos son subidos de tono. A pesar de que todos reímos, él solo se fija en ti. Yo me siento extraño, es como si mi pecho quisiera abrirse y soltar mariposas al verlo. Te tengo envidia, lo sé... Y entonces al salir de mi cuarto, decido ir al baño y ahí te encuentro.

«¿Qué te pasó?»

«Nada, me caí…»

Sé que no es así. Si cayeras, sentirías dolor y pena, y reirías porque sabes que es parte de tu torpeza. Pero esta vez bajas la mirada con vergüenza y abres tus pensamientos como un mapa. Ese moretón que está comiéndote casi la mitad de la cara no es una gracia.

« ¡Aquí estas!»

« ¡Padre! ¡Nicolás se ha lastimado!»

«No te preocupes.»

Él se agacha y ve el moretón. Sonríe y tú tratas de no verlo de frente.

«P-Padre, Nicolás... ¿estará bien?»

«No te preocupes, Francisco, es solo un moretón.»

Al decir esto un pequeño hilo de lágrimas corre por tu rostro llegando hasta las mejillas. El Padre te limpia con un trapo y empieza a consolarte. Es ahí cuando me fijó en él, en su sonrisa y su pelo negro. Es cuando un pequeño olor a sulfuro entra a mi nariz para después voltear a verme y pedirme que me vaya a la cama. Después veo que te lleva a ti, le insisto que puedo acompañarlos, pero el padre amablemente me dice.

«No está pasando nada para que estés tan preocupado. Vamos, ve a dormir.»

Y los juegos de futbol te la pasas en la banca, al igual que los de basquetbol y beisbol. Cuando jugamos los chicos del curso, tú desapareces y te vas a una esquina donde no puedan verte. Los chicos dicen que andas de maricón, yo me molestó y les contestó que te dejen en paz, que debe ser porque extrañas a tus papás. Ellos te dejan de prestar atención, yo me acercó a ti y notó de nuevo ese rostro perdido. El moretón va desapareciendo, pero la pesadez se hace más grande.

« ¿Me dirás qué te pasa?»

«No.»

«Entonces me quedare aquí sentado, hasta que te sientas mejor.»

«No diré nada.»

«No lo digas…»

Y el tiempo pasará hasta que la noche nos dé la señal del regreso. Me iré a la casa y tú me dirás que te espere porque tienes miedo de ir solo. Caminamos hasta que el Padre nos recibe con muchas reprimendas por haber llegado tarde. Después sonríe y acaricia nuestras cabezas, aunque tú la alejas en el momento que sientes su mano caer sobre la tuya. Es eso.

«Yo creo que Nicolás tiene un problema desde que se cayó de las escaleras. Casi no habla, ni juega con nosotros…»

«Nico es así, no soporta el dolor y le deprime sufrirlo. Deberíamos estar acostumbrados al dolor, pues eso es lo más habitual en el ser humano.»

Me sonríe y puedo ver que sus ojos son grises en este momento. El olor a Azufre vuelve de repente y yo trato de aguantar el aire. Tú estás en cama viendo unas lanzas de luz provocadas por el brillo de la luna que se ha escapado entre los espacios vacíos de un arbusto hasta tu cama. Por alguna estúpida razón pides un deseo…

Desearía no existir

El padre se acerca mí y yo tiemblo al verlo.

« ¿Le tienes miedo al dolor?»

«U-un poco…»

«No deberías, el dolor nos hace humanos. Jesucristo lo descubrió una vez llegando a esta tierra que poco a poco sufriría el destino de dar la vida por la humanidad, Jesús… ¿No te parece maravilloso?»

«U-un poco.»

Y me acaricia la cabeza. La levanta, y comienza a besarme. Cierro mis puños con tanta fuerza que de mi palma cae una gota de sangre al suelo. Lo trato de alejar, pero con sus brazos me acerca usando su fuerza bruta, lo sigue haciendo hasta que, al tratar de alejarme de nuevo, me cachetea. Me quedo en el suelo con el labio reventado, congelado de miedo y con el grito en medio de la garganta. Me baja los pantalones y trato de alejarlo con mis piernas, pero es imposible. Es imposible que tú te levantes en este momento, y que dejes de ver las nubes atravesar la luna y que pienses que algo está mal. Es imposible defenderse de alguien de veintisiete cuando tú apenas tienes trece. Es imposible olvidar ese momento, y los siguientes días, los cuales más adelante teníamos la mirada hacia abajo ya que nuestra vergüenza había llegado hasta el mismo sol. Después de eso nuestros padres nos convencieron de que la vida sigue, de que estos malos recuerdos debían ser fantasías y que no deberían ser mencionadas nunca en nuestras vida. Es así como de un momento a otro, nuestros caminos se separaron, pero tarde o temprano veríamos al sol para entender que merecíamos algo de paz… y ahora, aquí estamos…

«Él se quiere disculpar contigo.»

«Dirás que no quiere irse al infierno.»

«Por favor, Fernando.»

No te entiendo Nicolás. Después de tantas cosas que pasaron ese verano, ahora vez por ese desgraciado que nos arruino las vidas. Pero aun así acepto, porque estas en medio de todo esto, porque a ti te debo mucho y no te negaría nadan. Porque al caminar por el pasillo junto a ti, contare los cuartos que hay en el hospital, y al ver tu rostro de preocupación, me daré cuanta que el padre no tiene a nadie, solo a ti Nicolás, solo a ti.

El abre la puerta y me pide que pase. Al caminar dentro del cuarto veo una mesa con algo vasos con agua a medio llenar y gasas, una ventana donde el sol entra radiante, y en ese radiante, el cuerpo de un viejo de sesenta años. Nicolás se acerca y le susurra al oído. El viejo al verme se queda serio, sonríe un poco… apenas puede respirar o moverse. Apenas mover sus labios secos, llenos de heridas carmesí…

«Nico… las... di… le… que…se… acer… que…»

Mientras que Nicolás me ve y sin decir nada me pide algo que yo nunca hubiera pensado hacer en mi vida. Yo camino viendo hacia todos lados. No hay nada, solo ese viejo de barbas blancas y mal crecida sobre una cama. Nicolás está al lado de él y le llora. Yo me pregunto cuántos no le lloraron por otros motivos. El viejo me ve como viendo al cielo, como viendo a Dios, como viendo a ese Sol que nos quemaba los ojos, susurra algo en mí..

Al salir le pido a la enfermera una almohada limpia.

Ella me la trae y quiere cambiarla

Le insisto que yo lo hare

Entro al cuarto

Miro al viejo

Miro a Nicolás

(Unas lágrimas corren por sus mejillas que con el brillo del sol parecen pequeños cometas)

Sin saberlo

Ambos decidimos que podemos tapar el sol

Con solo una almohada…

17 de Enero de 2020 a las 05:08 0 Reporte Insertar 0
Fin

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