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La sombra

Antes de la sombra, yo era una persona normal. Dormía ocho horas, trabajaba otras ocho en un bazar, hacía caridad y los domingos iba a la iglesia. Vivía con mis cinco hijos que, debido a la temprana muerte de su padre, jamás habían superado el Edipo. Tenían todos más de veinte años y yo les seguía cocinando y lavando la ropa... no es que eso me molestar. Siempre teníamos algún que otro problema, pero en general éramos felices.

Todos los lunes y jueves iba a visitar a mi padre al geriátrico. Él había cumplido ya ochenta y tantos años, padecía Parkinson y tenía mal carácter; razones suficientes para mantenerlo allí. El lugar era bastante decente. No era bonito, porque una casa llena de viejos mañosos con un pie en el cajón es cualquier cosa menos linda. Los habitantes del asilo nunca eran los mismos. En tres años ya había visto a muchos. Estaba la mujer que pasaba todo el día hipnotizada frente a la televisión mientras se le caía la baba; el hombre que le gritaba guarangadas a las enfermeras; la mujer que en sus delirios creía ser parte de un circo y su acto consistía en saltar por la ventana del segundo piso; y una infinidad de octogenarios que jugaban al truco con mi padre. La mayoría de ellos ya había muerto y el mismo destino le esperaba a papá.

Cada vez que yo iba de visita, él estaba en su silla de ruedas, mirando por la ventana. Dos árboles y un banco era la única vista que poseía desde allí. No me imagino qué atractivo podía tener para él. Todos los lunes y jueves me saludaba con un beso y agarraba mi rostro con sus manos temblorosas. Después de eso me decía que estaba más gorda que la última vez que me había visto, se quejaba de alguna que otra cosa y, por último, despotricaba contra mi madre ya fallecida. Me sacaba de las casillas relativamente rápido, entonces me iba.

Un día en la mitad del invierno, llegué al geriátrico desatado ya el caos. Apenas habían trasladado a una persona que, a juzgar por el revuelo, no estaba muy a gusto con su nuevo hogar. Como mi padre no se encontraba al pie de la ventana, tuve que ir a buscarlo a su habitación. Pasé junto al cuarto del recién llegado del que salían gritos atronadores. Traté de no mirar a través de la puerta porque eso sería de mala educación. No obstante, pude ver por el rabillo del ojo que había varias personas al rededor de una cama, la mayoría de ellos eran enfermeros. Una figura particular llamó mi atención: era alta y estaba vestida de negro contrastante con el fondo claro. La verdad no vi demasiado bien.

Mi padre estaba durmiendo. Al pisar su habitación yo ya tenía mala espina. Una sensación rarísima recorría mi cuerpo. Era como si la angustia hubiese mudado de su lugar habitual, mi garganta, hacia mi torso, mis brazos y mis piernas. Tuve el impulso de zamarrear a papá para averiguar si seguía con vida. Luego recordé que dormido no es tan insoportable y me convencí de que aquello eran ideas mías.

No mucho tiempo después, cuando me cansé de contemplar al hombre y la pared blanca, pegué una ojeada por sobre mi hombro y entonces le vi. En la puerta, a unos pocos metros de nosotros, se hallaba la figura que había visto en la otra habitación. No era humano y no llevaba ropas como creía yo. Era simplemente una nube negra, espesa y amorfa. Una sombra. Parecía que me miraba, pero carecía de ojos; así también de boca y patas. Nunca descubrí la naturaleza de esa cosa. Estuve a punto de pegar un alarido, sin embargo no lo hice. Me volteé y cerré mi puño sobre la cruz que colgaba de mi cuello. La sombra desapareció, pero el miedo y el mal augurio me siguieron hasta mi casa.

Volví a ver a La sombra la mañana siguiente a mis espaldas en el espejo del baño, en el espejo retrovisor del auto y cada vez que volteaba en el trabajo, en casa y en la calle. La sombra no hacía nada, sólo me perseguía a todas partes. Siempre estaba detrás de mí y nadie parecía notarlo.

Regresé al asilo en busca de la persona que acompañaba La sombra. Caminé por el pasillo hasta la recepción secándome el sudor del rostro y mordiéndome el labio hasta hacerlo sangrar. Al notar mi desesperación, el enfermero me dijo que el hombre había muerto un día después de su llegada. Se me hizo un nudo en el estómago. ¿Cómo iba a deshacerme de esa cosa? ¿Y si no era real? ¿Y si estaba paranoica? ¡O peor! ¿Loca? No se lo mencioné a mis hijos por miedo a que creyeran que desvariaba.

Con el correr de los días intenté olvidarme de la sombra y no se fue. Dejé de mirar para atrás, tape todos los espejos y seguía ahí. Le grité que desaparezca y no hizo caso.

Después de un tiempo, me cansé de buscar respuestas en libros e internet y me resigné a vivir acompañada por esa cosa. El desasosiego también me perseguía, junto con algunos espasmos y un frío intenso que me recorría la espalda, como si un dedo helado tocara mi columna desde la cervical hasta la cadera. Pero eso no era lo peor. La sombra no sólo me producía esas sensaciones a mí, sino también a las personas que me rodeaban. En el trabajo, mis compañeros me evitaban; en la panadería, las hijas del dueño peleaban entre ellas para no atenderme; los domingos en la iglesia, nadie se sentaba en el mismo banco que yo; mi padre siempre estaba durmiendo cuando iba de visita; y a mis hijos se les despertaron las ganas de emanciparse.

El primero en irse de casa fue Jonathan. Según él, quería recorrer el mundo, por eso se fue de mochilero con un amigo por América y nunca volvió. Espero que la esté pasando bien entre el calor, la mugre, los bichos y los chorros. Lo siguió Iván que se mudó con su novia, sin estar casados. No quiero ser pesimista pero yo siempre tuve el augurio de que esa indecente iba a engañarlo. Ya se va a cansar de él. Juan, el mayor, se recibió de abogado diez años tarde, consiguió trabajo y alquiló un departamento. Pobre Juancito, no es muy inteligente. Ese trabajo no le va durar ni dos meses. Ariel y Francisco se quedaron hasta el final. Peleamos. Me maltrataron bastante. Se fueron ayer y me dejaron, llorando, sola.

Para el colmo: de mi trabajo me echaron hace un mes debido a una discusión sin importancia. Me dijeron que era conflictiva, ¡Ja!

Ahora estoy sentada a la mesa de la cocina, escribiendo esto. Todas las puertas y ventanas se encuentran cerradas, las persianas bajas. Todas las hornallas de la cocina están abiertas y La sombra está sentada frente a mí.

16 de Enero de 2020 a las 03:44 0 Reporte Insertar 0
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