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novelaire Guillermo Nelo

Primer cuento de "Parafernalia", un conjunto de cinco historias breves escritas hasta el 11-01-2020. Evocando los sentimientos teóricos de la experiencia post mortem, en un limbo distópico entre la humanidad y un linde mayor.


Cuento Todo público.

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Alma - "Parafernalia" #1


Sintió que se despertaba, con su cuerpo tendido a la par de sí, en las garras de un profundo sueño. Sintió que su energía era drenada, como absorbida por las sombras que veía a su costado, que le avizoraban como centinelas de la muerte. Sintió que su ser se desvanecía, y era arrancado de su baúl original, a la vez que se formaba de su fuerza vital, otro cuerpo etéreo rellenado de ésta misma. Sintió flotar lentamente como una nube, un globo de helio que subía al cielo; y salir del estuche ­­—complejo, pero maltrecho y despojado— que tantos años, e innumerables sucesos le contuvo.

Luego de eso, no sintió más.

No sintió separarse el último vestigio que le unía con su yo, o por lo menos, su forma física en un plano material. No sintió estar de pie, y transportarse a través del trance psicodélico, repleto de haces intermitentes cuyo lumbre acalló cada palabra cerebral de la concebida realidad; miles de figuras geométricas trazando el semblante del subconsciente, y surcando en tropel el espacio de su mente como persiguiendo el horizonte, levitando en medio del éxtasis, la inconmensurable minucia, el todo y la nada, y siendo parte del todo, y a la vez, de nada más que de sus propias existencias, como él.

No sintió nada, al ver la vida pasar frente a sus ojos, abiertos por completo. Su nacimiento, su infancia temprana y tardía, las vanas cavilaciones, su adolescencia, las ocasiones al borde de la banderola blanca, su superación, sus posteriores proezas que le dieron voluntad, sus noviazgos, uno tras otro y otro, hasta su casamiento, la tempestad y la calma, el sinsentido de su ser, el nacimiento de sus retoños, y su crecimiento y huida del nido hacia una vida libre, y como, cada vez más viejo se hacía, cada vez más se alejaban sus hijos de su vida, y cada vez más se alejaba la salud de quien más amaba, su esposa, hasta que se zafó de sí, y pasó por lo que ahora estaba experimentando él. Vio más de cerca, con más detalle, los fotogramas de la cinta de su vida, y pudo haberse fascinado: pues allí estaban vívidos e intactos, cada amor—de juego y de caricia—lo pudo haber sonrojado, cada fracaso y humillación, llorar; cada victoria, sonreír como un niño; cada momento inolvidable, en su juventud y vejez, caer en la emoción. Pero por más que lo intentase, nunca conseguiría de nuevo sentir.

Su paisaje de formas, poliedros y luces, alas de sílfide y ensueño sensorial, empezaba a florecer como rosa roja en su jardín de las delicias, su jardín del Edén. Las luces hipnóticas devinieron en formas conocidas y alienadas, cotidianas y anómalas, acendradas y estrafalarias; eran gente y animales, de mera fantasía, que en su letargo inconsciente se abrían a sus ojos junto al ambiente natural, justo atrás. Interminables campos plagados de colinas y montañas, valles verdes y frondosos, y mustios, gélidos altiplanos; selvas vírgenes y bosques rebosantes de vida semi-imaginaria: conformaban su jardín, de las delicias, del Edén, que era no más que un fallido intento de utopía, pues hasta donde su vista alcanzaba no divisó a quien deseaba ver, su esposa no estaba.

Las luces variopintas se quemaron poco a poco, fueron desapareciendo presas de la insurgente oscuridad, mientras las caras desconocidas igualmente se sumieron en la nada y el todo del que vinieron. La vista del hombre se encontraba fatigada, y en el mismo instante en el que su mundo se apagó, cerró los ojos, y sus retinas acabaron el recuerdo del brillo.

Esperó. No sabía, no percibía, si fueron minutos u horas; no sintió tiempo, y empezaba a creer que el espacio también era ilusorio. Abrió los ojos, y esperó. Esperó dos segundos, a que frente a su mirada se irguiera una imagen conocida: su cuerpo, mas, guardado en una caja de madera —su ataúd dentro de otro ataúd—y a su alrededor velas blancas, presidiendo el cortejo de negros atuendos, que ardían con luto de realmente nadie, nadie, pues bajo la lóbrega catedral, emanaban rencor sus colegas: aves de rapiña envidiosos de sus logros, que se regodeaban; emanaban los que una vez fueron amigos, memoria: de recuerdos olvidados, sentados en las banquetas de aquel velorio, más por compromiso, que por cariño —falsos, pero inocentes—; emanaban, conocidos, arrepentimiento: de no haber prestado apoyo o haber hecho un disfavor, pero desconfiaba él de tan obvios lobos disfrazados de oveja indefensa, que de haber seguido vivo, seguirían perturbándole, y tentando su inmoralidad y su paciencia. Y bajo ese falso velo de tristeza y duelo, de sus hijos, brotaba interés: sabía él perfectamente, viendo a través de una ventana entre la vida terrenal, y el más allá, que más que sentir la pérdida de quien los crió y acompañó, un ser querido y un mentor; vieron por los ojos de la avaricia, añoraban una herencia, que él con pilares de sangre y sudor, había logrado reunir.

Todos eran traidores, inmorales y sin embargo, ese golpe no le dolió.

La pantalla en la que veía el supuesto presente, tras un largo vistazo, y escuchar conversaciones vagas que le daban la razón, se cerró, y se esfumó como cada sensación. La morada de su corazón le exigía dar recuento de lo que vio, derramar lágrimas de impotencia, lágrimas de decepción, pues sus hijos, su carne y sangre le había traicionado, pero no sentía, ya la alegría y el llanto le eran indiferentes, en el reino de la muerte. Un ataque de evocación, sacó a la luz una verdad escondida. Recordó que él no era sólo traicionado, sino que también traidor.

Cuando su esposa en cama, en su lecho de muerte, le dijo lacrimosa que por nada del mundo muriera solo cuando llegara la hora, él irremediablemente no le prestó atención; lloró resignado, se enfocó en la muerte de su esposa, ser que deseaba en el fondo mirar en este más allá, lloró por el vacío que sabía que le dejaría en su corazón, arrugado como las manos de ambos, tocándose desde hace años con la misma firmeza, hasta que uno de los dos pulsos, se detuvo.

Su fallecimiento trajo consigo nostalgia, de lazos que estaba seguro que ni siquiera la muerte rompería, quería que estuviese con él. Comprendió la muerte de su pareja de tanto tiempo, el único ser que podía afirmar con certeza, después de lo que había visto, le quería sin condiciones, con el aval de las desgracias que ambos culminaron sin separarse; ella lo amaba y él a ella. Sin ella, toda esa vida pasada vivió entre máscaras, y murió solo. Exclamó entonces, admitiendo:

—Te fallé, por favor, perdóname, estés donde estés.

Sin dolor, sin afecto, por más que quisiera que fuese así. Salieron las palabras sin fuerza, sincopadas y exangües. Sin la libertad de estar en el cielo que toda su vida le habían prometido, sin ella, sólo podía extrañarla y no sentía en su interior la herida. No sentía.

La oscura panorámica se iluminó con faros del entorno, en tonos violáceos y rojizos, dando una epifanía cósmica. Sus pies se levantaron del suelo y la sensación ingrávida le despojó de su energía. Varios minutos, u horas pasaron, concluyendo en su estancia en algo más que una galaxia, infinito vacío de materia oscura en el que flotaría eternamente, sin infierno ni paraíso, en completa soledad. Cerró los ojos, no tenía a nadie, no sentía, pero sabía con seguridad con quién soñaría en ese lapso sin fin.

Su cuerpo murió,

pero su alma sigue soñando.

15 de Enero de 2020 a las 15:12 0 Reporte Insertar 0
Fin

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