«Que Dios nos ampare…» © Seguir historia

andres_dm Andrés Díaz

México. En algún temprano momento del siglo XX, en una sierra lejana y casi desierta, se fundó el pueblo de Vía Crucis. Su gente, hombres y mujeres humildes, campesinos sin posibilidad de acceder a la educación básica, deambularon por los cerros y los valles semi desiertos, cruzando también por frías regiones boscosas y montañosas, enfrentándose desde siempre a los ignotos peligros y a los terribles misterios de la intemperie. Desplazados desde otras comunidades rurales y abandonadas, hallaron en aquel valle, rodeado de colinas y montes, el lugar que –ingenuamente– creyeron idóneo para asentarse. Grave error. No más de cuatro generaciones han podido ser concebidas bajo el tétrico «cobijo» –si es que así puede llamarse– de aquel inhóspito sitio. Recóndito y lúgubre resultó dicho hospicio del cual no hubo vuelta atrás… ni posibilidad alguna de escapatoria. La gente que llegó hasta Vía Crucis, allá se quedó: para vivir vidas sufrientes, en medio de tortuosas carencias y para padecer muertes atroces y abominables. Esta noche, la familia de don Jacinto se dispone a cenar, después de que sus tristes plegarias, elevadas a aquel cielo oscuro y maldito, fueran escuchadas por… algo. Mientras tanto, desde la oscuridad, una criatura escucha a estas humildes personas que están por disfrutar su comida… ==================================================== © TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS (JUNIO, 2019). No se reclama derechos sobre la imagen original de la portada. ADVERTENCIA: lenguaje inusual...


Suspenso/Misterio Sólo para mayores de 18.

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Una noche en el valle de Vía Crucis...




Dedicada a la memoria de Juan Rulfo, Carlos Enrique Taboada y Luis Buñuel, por sus magníficas obras y la profunda influencia que son, cada uno respectivamente, para esta mente turbia y alucinante.



—Josefina, háblales a los muchachos, ya quedó la carne —terció don Jacinto, hombre delgado con piel morena color de bronce y seca por las quemaduras del sol durante el trabajo del campo, quien comenzaba a servir un caldo grasoso con algunos retazos de cuero y tripas en los pocillos para ponerlos sobre la humilde mesa de su casa, a la luz de la lámpara de petróleo—. Rogelio, hermano, ayúdame a acomodar estos trastes.

—Sí, hermano —respondió aquel, recibiendo con sus escuálidas manos cada cacharro que Jacinto le pasaba, colocándolos uno por uno frente a cada silla y cada banquillo.

Su casa estaba totalmente hecha de tablones de cedro y pino, había sido construida por el abuelo de ambos hacía ya varios años, por la época en que el pueblo había sido fundado. Las paredes dejaban escapar algunos rayos de luz por entre sus varios resquicios, resplandeciendo con un tenue fulgor en medio del oscuro monte, en el frío nocturno de aquella solitaria sierra mexicana.

En derredor no se oía silbido alguno de pájaros o los chillidos típicos causados por los animales del bosque; ni siquiera el chirriante sonido de los grillos reptando entre la tierra y las ramas. Todo parecía desierto y solo las hojas secas en las copas de los altísimos y moribundos árboles acompasaban y musicalizaba el escenario, al ser mecidos por el desolado viento, con ese siniestro silbido que no se conocía en ningún otro lado más que ahí, en el valle de Vía Crucis.

—¡Niños, ya vengansen, ya está la comida! —gritó Jacinta a la inquietante oscuridad del cerro, causando un tenue eco entre los montes que le devolvieron su llamado como voces fantasmáticas.

Mientras tanto, los jóvenes hijos de aquella humilde pareja de campesinos se encontraban limpiando las herramientas usadas algunas horas antes para cortar la leña y para trozar la inusual carne que estaban por probar. Era el primer bocado de tripa en casi dos semanas desde que aquello pasó… Después de haber sobrevivido a base de hierbas secas e insípidas y de las últimas raciones del agrio maíz que quedó pese a las devastadoras y constantes sequías.

—¡Ya vamos, amá! —contestó Pánfilo, el mayor de los cuatro—. Apúrensen, hermanos, mi amá ya nos está hablando pa’ ir a comer.

—Ya hace hambre… —dijo Camilo.

—¡Pos muévele! —le espetó.

Los varones cerraron el desierto y tétrico corral, dejando tras de sí una jaula de alambre y malla oxidada, donde la otra criatura se quedó amarrada, para evitar que escapara.

Se encaminaron a la casa echando carreras para comer cuanto antes. Levantaron una estela de polvo en aquella árida tierra, seca y sin gracia. Abrieron la puerta al llegar y entraron uno detrás del otro, a rempujones. Ambos igual de flacos, ya con los huesos marcándoseles en la piel; en los pómulos, en las clavículas, en la espalda y en las costillas, debajo de sus humildes y desgastadas prendas manchadas de la reciente sangre seca y del sudor acumulado durante varios años.

Don Jacinto los volteó a ver.

—Pánfilo, Lucas, ¿dónde está Camilo? —preguntó.

—Ya viene, nomás dijo que acababa de limpiarle la sangre a su machete.

—¿Y Luciano?

—Bajó al río, iba a echarles más agua a los cántaros, apá.

—‘Ta güeno —respondió el enjuto hombre—. A ver si no se les enfría su comida.

En aquella pequeña casita apenas cabían los siete. Ya Pánfilo y Luciano andaban rondando los quince y catorce años. Los otros dos eran apenas más jóvenes: Camilo tenía doce y Lucas, el menor, recién había cumplido diez. Por su parte, don Jacinto y su hermano tenían casi cuarenta años cada uno, y Josefina estaría por llegar a los treinta.

La señora calentaba tortillas hechas a mano con el poco maíz que le quedaba. Mientras las llevaba a la mesa, Camilo entró por la puerta y casi chocó con ella.

—Dispénseme, amá —le dijo.

—No hay cuidado, mijo. Ya vete a sentar. Los demás están allá ‘pa empezar a comer.

El último en llegar fue Luciano, cargando los dos cántaros con agua para acompañar la dichosa cena, una como no la tenían hace mucho tiempo: hacía dos semanas que no les tocaba una buena porción de carne allá en las reparticiones organizadas en el centro del pequeño y destartalado pueblo, ahora sumergido en la peor de las decadencias desde su fundación.

—¡Órale, Luciano! ¡Ya vamos a empezar!

—Ya voy, Camilo. ¡Ayúdame a cargar los cántaros!

—¡Qué débil eres!

—Cállate y ayuda a tu hermano, escuincle, ¡no seas grosero! —le regañó don Jacinto.

Ambos llevaron los pesados trastos hasta la pequeña cocina de aquella casita, salpicando algunos chorros de esa agua gris y sucia sobre el piso de tierra, entre las huellas secas de gotas de sangre escurridas de vísceras esa misma tarde.

—¡Oiga, apá! —llamó Luciano, mientras bajaba los cántaros al suelo.

— ¡Eu! —contestó aquel.

—¿Y cómo fue lo de hace rato? Ya ni me contó.

—Pos ya ves, tú que te andas nomás allá abajo en el río. Como si llevara tanta agua… Ya nomás te tocó llegar a destazar la carne de esos canijos...

—¿Y yo qué iba a saber, apá? ¿Apoco me iba a enterar allá abajo que hoy tocaba enjarrarse de sangre?

—No, pos si cierto, mijo. Rogelio, cuéntale. Yo ando ocupado.

—Ay, mijo —respondió este.

—Por favor, tío Rogelio, ¡ándele!

—¿Pos qué tanto queres saber, muchachito?

El joven miró de nuevo a su padre, sirviendo el último plato de la pesada olla de hierro donde hervía un agua enrojecida y grasienta sobre el fuego de aquellos leños de cedros secos e inertes, cortados esa misma semana de los moribundos árboles del cerro. La caldera despedía ese aroma a hollín y a humo, ese humo que se inundaba la casa pero al que ya todos estaban tan habituados. Lo inusual era ahora el aroma de la proteína que se cocinaba entre el caldo.

—¿Jue difícil? —preguntó Luciano.

—Pos algo. Apenas y lo pudimos sujetar entre tu apá y yo pa’ amarrarlo sobre la mesa de allá abajo, en el corral —El muchacho lo miró con unos ojos maravillados—. Lo güeno es que por acá también andaba don Casimiro, ‘que si no… yo creo ni anduviéramos tan ansiosos ‘orita por la carnita.

—Sí, tío. ¿Y él por qué no se quedó ‘pa comer?

—Pos le dijimos, pero dijo que quería llevarle a su mujer. Ya ves que también la señora ‘ta rete mala de ‘ora que ya casi no come. Y aparte él vive lejos, mijo, también tome en cuenta eso. El probe tiene que cruzar mucho cerro —el muchacho asintió.

»No, mijo, a ese le convenía irse rápido pa’ alimentar a la señora, no lo jueran a asaltar por allá y a quitarle el alimento. ¿Te imaginas? Toda la friega de hace rato y pa’ que viniera algún pelado jijo de su madre y se la robe. No. Mejor que se juera temprano. Ya nomás se llevó una pierna entera de ese condenao, pa’ él y pa’ su señora. Se jue todo batido de sangre en sus trapos que traiba.

—Pa’ mí que la Gertrudis ya no dilata mucho en morir —intervino doña Josefina con algo de pesar.

—Ni diga, cuñada, que esa señora sí se puso re’ mal de hora que pasó lo de su compadre.

—Ay, ¿pero qué le hace? —contestó aquella, volteando los ojos—. El mañoso de su compadre se buscó ese destino. Los hombres del pueblo no le tuvieron piedad cuando lo destazaron...

—Pos si, cuñada, pero eso no quita que a ella le ha doler. Ay, esa Gertrudis, caray... Ojalá Diosito la cuide.

—No, pos eso sí.

—Pos sí… Pero le concedo razón, cuñada. Ese Fermín ya le había tanteado mucho por el mal camino. Ya vieron cómo lo mataron...

—Oiga tío —interrumpió ahora Lucas— ¿y a don Fermín porque lo agarraron?

—¡Porque no entendió razón, mijo! —dijo bruscamente Jacinto—. ¡Por eso no se anden ustedes metiendo en asunto ajeno! No quiero que me los vayan a dejar igual que a él. Ese desgraciado de Fermín ya ni cristiano se me figuraba después de lo que le hicieron…

—Sí, apá —respondió Lucas, cabizbajo.

—¿Si oyeron, escuincles? —insistió con severidad.

«Sí, apá», contestaron los otros.


Cada uno de los muchachos siguió ayudando en lo que podía: tomaron los cántaros y sirvieron algo de aquella agua enfermiza en los jarritos de barro y las pocas tazas de aluminio que tenían para llevarlos después a la mesita, también acomodaron sus sillas y ayudaron a su madre a calentar algunas escasas tortillas más. Después quitaron la olla pesada, con el espeso caldo, de la lumbre. Al terminar, todos se sentaron a la mesa, cada uno frente a su pocillo lleno del líquido con grasa derretida y tripas.

—Oiga tío, ¿y si chillaba re juerte, vedá? —preguntó Pánfilo.

—Sí, mijo.

—¿Apoco? —inquirió Luciano con curiosidad.

—Si, hermano. Chillaba más juerte que los cerdos. Pero no tanto como los chivos… ¿te acuerdas cuando todavía había chivos por acá?

—¡Sí, si me acuerdo! Pero si hace rete harto que no veo uno por acá.

—Pos ora imagínate. Ese canijo sí que bramaba… ya no decía palabra, ya solo bufaba del dolor. Hasta le tapamos la boca.

—Lo güeno que nosotros vivimos muy alejados del pueblo y no se oye hasta allá… —dijo Jacinto— sino, ya nos los jueran venido a robar.

—Oiga apá, ¿y qué eso no es pecado lo que hicimos? —intervino nuevamente el pequeño Lucas con curiosidad y temeroso de Dios, como sus padres le habían enseñado a ser.

—No, mijo. Pecado juera lo que hacía el malo del Fermín.

—¿De veras no es pecado?

—¡Que no, mijo! ¡Usté cómale! Aproveche que hoy sí hay qué comer. El Señor nos mandó una ayudadita porque acá en Vía Crucis ya no hay ni de dónde agarrarse uno. Acá ya ni chivos ni cerdos pueden criarse y el maíz ya no crece. Cómale.

—Si, apá —respondió el niño, más tranquilo, fiándose de la palabra de su padre.

Rogelio tomó un trozo de carne de su propio pocillo con sus manos huesudas y lo tanteó antes de llevarlo a su boca con dientes amarillentos, manchados por la nula higiene.

—Uy, hermano, se me hace que esto ni se coció bien. Le hizo falta más rato en la lumbre —dijo, pellizcando la pieza de proteína.

—No, Rogelio, lo que pasa es que esta carne no es como la del puerco o la del chivo, ¿ya ves que esas ‘taban tiernitas y se arrancaban fácil? Además acuérdese de lo asustado que estaba ese probe. ¡Pos era obvio que la carne iba a estar dura!

—Eso sí, hermano, eso sí.

—Oiga tío —llamó de nuevo Luciano—, ¿y cómo le hicieron pa’ atraparlos?

—Pos con harto esjuerzo, mijo. Cuando agarramos al primero, el otro casi se nos echa encima. Pero por obra de Dios Santo se nos cruzó don Casimiro y nos ayudó pa’ retenerlo en lo que tu hermano Pánfilo le daba al aquel primero con el machete.

—¿Apoco si le atinates, Pánfilo? —preguntó nuevamente Luciano.

—Pos claro, hermano, al que le tiembla la mano es a Camilo.

—¡Nocierto! ¡Apá, mire a Pánfilo! —chilló Camilo—. ¡Me ‘ta levantando falsos!

—¡Ya! Cállensen los dos o les quito su porción, escuincles pelioneros.

Ambos enmudecieron y se miraron mutuamente resignados.

—Sígame contando, tío —insistió Luciano.

—Pos ya te decía, mijo, que Dios es muy grande y nos mandó a don Casimiro, y ese anduvo agarrando al otro en lo que nosotros nos ocupamos del primero. Pero pos el probe Casimiro sí se llevó algunos golpes… Nomás que ya ves que ese hombre es re corrioso.

»Ese señor ‘ta macizo como el monte. Ya anda casi como nosotros de flaco porque tampoco jalla qué comer ni en el monte ni en el pueblo… pero bien macizo que sigue el canijo. Dios lo bendiga…

»Pos sí, por acá en estos cerros ya ni los pájaros cantan. Por eso cuando vimos a ese par de criaturas pos luego luego nos acercamos, mijo, pa’ agarrarlos.

—Pos yo creo que el Señor Dios nos los mandó —dijo don Jacinto—, ¿vedá, Rogelio? Pa’ que aguantemos aunque sea otro rato, en lo que se avecinan los últimos días... Porque eso sí, de eso naiden nos vamos a salvar. Aquí el río ya casi no lleva agua —añadió con seriedad— y todos nos vamos a ir de este mundo tarde que temprano...

—Sí, viejo —intervino Josefina—, pero pos hay formas de irse. Ya ves, al último que le tocó morir fue al hijo de doña Eufrasia. ¿Sí te acuerdas todo lo que le hicieron?

—¡Pero ese chivato tampoco entendía razón! —gruñó Jacinto—. A ver, ¿qué es eso de andar violando a las muchachas que porque estaban bonitas? También era re mula el chivato. Se la anduvo jugando y pos los pocos hombres que todavía viven allá en el pueblo de ahí aprovecharon pa’ justificarse cuando lo agarraron.

—Sí, cuñada. Dos pájaros de un tiro.

—Pero Rogelio —dijo la mujer, ahora mirando a aquel—, ¡si Florencio estaba re joven! No tendría ni los veinte años.

—Pero era re malo, re mañoso el jijo… No me diga que le eche unos rezos porque ese canijo no se los merece…

—Dios lo tenga ya en su presencia.

—¡No, cuñada! ¡Ese no llegó pa’ allá arriba! ¿Con qué cara iba a llegar con nuestro Señor sí andaba violando muchachas y niñas?

—Ay, cuñado…

—Yo nomás digo.

Los niños se miraron unos a otros en silencio, mientras su madre y su tío se veían mutuamente con seriedad.


Sentados todos a la mesa, con esas rancias tortillas envueltas en una servilleta tejida a mano, se dispusieron a comer. Cada uno mirando con ansias sus recipientes.

—Pos mejor vamos a comer ‘ora sí —dijo don Jacinto—. «En el nombre sea de Dios» —musitó, santiguando sus alimentos.

«En el nombre sea de Dios», repitieron todos, remedando las señas. Entonces, cada uno tomó una tortilla de la servilleta, la única de la que dispondrían respectivamente, y con una cuchara desgastada iban sacando las piezas de carne para morderlas, sorbiendo ruidosamente el extraño caldillo rojizo, arrancando de sus huesos y cartílagos los trozos verdaderamente comestibles.

—Sabe raro… —dijo Luciano.

—Pos es que tú no te cansates matándolo, hermano. A mí me sabe re bien —repuso Pánfilo.

Las caras de cada uno, entre muecas de placer y de seños fruncidos, mostraban reacciones distintas al rasgar la piel y las fibras de aquella carne con sus dientes amarillentos y poco cuidados. A Jacinta y a Rogelio les tocaron piezas más duras de mascar, mientras que a los demás sus porciones les resultaron blandas, fáciles de roer, además de algunos pedazos de tripas y pellejos.

—Oye, Pánfilo —llamó Camilo—, eran re estraños, ¿vedá?

—Sí, y hacían mucho ruido. Por eso los jallamos, pa’ empezar.

—Pos que mensos que jueron.

—Es que andaban cuchicheando por ahí. Yo creo que andarían perdidos. Mi tío y yo andábamos cerquita porque juimos a traer leña pa’ cuando llegue el invierno —explicó mientras los demás siguieron comiendo.

»En eso los oímos y nos asomarnos por detrás de los pinos pa’ verlos. Mi tío agarró su machete y yo agarré el mío. En eso, nos alcanzaron mi apá y Camilo, pero a él no lo dejaron que juera más cercas.

»Y ya cuando echamos la carrera pa’ agarrarlos, aquellos nomás se espantaron pero ni tiempo les dio de correr.

—¿Y luego? —preguntó el otro.

—Pos luego los agarramos, y nomás le pataleaban mientras mi apá y el tío Rogelio les pegaban pa’ doblarlos y tumbarlos.

—Pero ya luego tú le distes ese golpazo con el machete, Pánfilo —aplaudió don Jacinto, orgulloso del valor de su hijo—. Se nota quénes sí andan cortando la leña seguido, ¿vedá, Rogelio? —aquel sonrió.

—Gracias, apá. —respondió Pánfilo.

—Oigan, ¿y dónde quedó el otro? —preguntó Josefina.

«En el corral» contestaron los hombres al unísono.

—Don Casimiro los ayudó a amarrarlo, ¿vedá?

—Sí, amá —respondió Pánfilo—. Y a cargarlo. El otro no estaba tan pesado, ese se lo llevaron mi apá y el tío Rogelio cuando por fin lo tumbaron y lo amarraron.

—Nos miraba re feo.

—Sí. Cuando pusimos al primero en la mesa del corral, todavía empezó a patalear y ya se nos andaba escapando otra vez… A mi tío le dio un buen trancazo, pero mi apá lo sujetó bien y ya entonces alcé el machete y le volví a dar otro golpe.

—Directo al cogote —dijo Lucas, masticando su bocado.

—¡No seas maleducado, mijo! ¡Trágate eso antes de hablar! —Le regañó Jacinta—. Ya te vi todo el bocado ahí en la bocota...

—Dispense, amá —respondió, ya una vez pasado la comida—. ¡Hubieras visto, Luciano, cómo Pánfilo le dio tamaño golpazo con el machete! Ya nomás botaba la sangre y el probe se empezó a retorcer rete estraño.

—Es que así le pasa al cuerpo cuando ya le dan el golpe final, mijo.

—Sí, tío Rogelio, pero antes de eso gritaba re feo.

—Después del último machetazo ya ni ruido hacía.

—¿Pos cómo iba a hacer ruido tío, si ya nomás le quedó la choya colgando del pellejo? —preguntó entre risas de sarcasmo el joven Camilo. Los demás rieron también.

—Y el otro nomás nos miraba con esos ojos de odio —dijo Pánfilo—, hasta estaba llorando y todo rojo se puso…

—¿Qué gritaba? ¿Te acuerdas, Rogelio? —preguntó Jacinto.

—Que «no los juéramos a matar».

—También gritaban que «nomás andaban esplorando, que ya se iban» —añadió Camilo, siempre curioso y atento.

—Pos que güeno que nos los jallamos antes que los de Vía Crucis. Siquiera así comemos nosotros.

Sí. Gracias a Dios. Y ese de la jaula hasta volvió el estómago cuando vio que Pánfilo y mi apá le empezaban a cortar las piernas al que estaba amarrado en la mesa del corral.

—El de la mesa ya estaba todo cagado y todo meado cuando le quitamos la ropa.

—Tendría mucho miedo, mijo —explicó Josefina.

—¿Pos te imaginas ver a este monigote con semejante machetote? —dijo Rogelio, señalando entre risas a su sobrino.

Este empezó a reír.

Se pasaron algunos pocillos más con el agua sucia del río, que apenas sonaba al fondo del valle, con su escasa corriente en la que no nadaban más los peces desde hacía varias décadas, desde que empezó a secarse el agua y la vida misma allá en Vía Crucis.

—Hace rato que ya nos veníamos, el de la jaula ya sólo nos miraba re feo. Ya ni ruido hacía ni nada. Pero ‘taba chillando —explicó Pánfilo.

—¿Y a ese por qué no lo matamos de una vez? —cuestionó Luciano.

—No, ¿‘tas menso o qué, mijo? —refunfuñó don Jacinto—. Si lo matamos ‘orita, la carne nada nos va a durar… mientras que si lo dejamos vivito otro rato, pos la carne no se echa a perder, y nomás ahí se anda.

—Si, apá.

—Yo creo igual mañana o pasado mañana don Casimiro irá a venir por otra porción pa’ él y doña Gertrudis.

—¿Y sí le vamos a dar más de la carne? —preguntó el muchacho con recelo.

—¡Pos claro, mijo! Don Casimiro es buen hombre. Él ni pidió demás, ¿vedá, Rogelio?

—No, hermano, ese nomás pidió la pierna izquierda porque la anduvo tanteando y dijo que se sentía más pesada que la derecha. Yo creo que esa le ha de durar a lo mucho unos dos días al Casimiro.

—Pos le dure lo que le dure esa pierna pa’ él y pa’ la Gertrudis, es mejor convidarles a ellos que son gentes honestas. ¿Se acuerdan cuando destazaron en el pueblo al Efraín? Todos se amontonaron y ya ni le dejaron su parte a muchos que ya tenía harto rato en la fila. Su tío Rogelio apenas alcanzó un cacho. Esa semana casi no comimos nadita, caray… Y unos ya casi andaban sacando el machete pa’ matarse entre ellos en el pueblo por la carne.

—A don Jairo le volaron dos dedos porque no quiso soltar la porción que le había tocado al viejo Tonilo —explicó Rogelio.

—Ese Tonilo es re salvaje —dijo Josefina—. Pero ya luego alguien sacó la carabina pa’ pegar un tiro al aire y que todos se calmaran.

—¿Ya cuánto hará de eso, cuñada?

Josefina frunció el ceño, mientras masticaba un nuevo bocado. Se bebió un trago del agua gris para ayudarse a pasar la comida.

—Como un mes, cuñado.

—¿Y el de hace quince días?

—Creo ese se llamaba Tiburcio.

—¿Y hace siete días?

—De ese no supe nombre, cuñado.

—Se llamaba Cosme. Ese era hermano de Tonilo —intervino don Jacinto.

—¡Pero si Tonilo andaba formado en la fila en el pueblo ese día! —dijo sorprendida Josefina.

—Pos no le importó. El hambre es el hambre. Y acá en Vía Crucis el hambre es más juerte. Ese Tonilo se llevó hasta la cabeza de su hermano… y le ha de haber comido la cara. Nomás se la llevó agarrándola de los pelos el muy suato…

»Si se notaba que nunca se llevaron bien. Eran re envidiosos entre ellos, ese par de canijos.

—Pos no cabe duda que acá en Vía Crucis la gente cada vez se aleja más y más de Dios… ya ni a la propia familia respetan —comentó aquella, sumamente preocupada.

—¿Pos ya qué nos queda? —reclamó Jacinto—. Si la última bestia por acá se murió de hambre hace años y la tierra se secó y dejó de dar fruto. Ya la milpa no prendió pa’ que las semillas echaran raíz y la vida se fue escapando de estos cerros. Este pueblo y este valle se secaron… Así como pronto se secó la bondá en el corazón de los hombres…

»Todavía a nosotros, ya de grandes, apenas y nos tocó ver algunos animales, ¿te acuerdas Rogelio?

Aquel asintió.

—Pos la cosa está grave… —dijo Josefina—, y una qué más quisiera que ir al altar del pueblo a rogarle a nuestro Padre que interceda por nosotros y nos libre de estas desgracias… Ay, estraño re harto al señor cura.

—¿Apoco se acuerda del cura, cuñada?

—Sí, Rogelio. Lo conocí unos pocos años antes de que se juera al desierto.

—Ay, ese cura. ¿Javier se llamaba? —Josefina asintió—. Si no se jue al desierto por gusto. Ese escapó del pueblo cuando vio lo que la gente empezó a hacer por hambres… Cuando, más que rezos, le llegaron reclamos porque todo se secó y nos quedamos sin qué tragar…

—Sin nada, más que a los mesmos del pueblo —dijo Jacinto.

—Pos si, hermano. ¿Te acuerdas cuando el tío Ramiro y otros hombres intentaron cruzar los valles y las cañadas para buscar ayuda? ¿Qué les pasaría?

—Pos se han de haber muerto, Rogelio, porque ya nunca más regresaron. A varios viajes de hombres les pasó igual y eso que se jueron por distintos caminos.

—¿Qué si ‘tará muy difícil llegar a otro pueblo?

Jacinto se alzó los hombros.

—Oiga, cuñada, ¿y se acuerda qué jue lo que dijo el cura Javier antes de irse al desierto?

—Uy, cuñado, si bien que me acuerdo… estaba re espantado cuando mataron y repartieron la carne del primero de los hombres…

»El cura nos dijo que no juéramos salvajes, que mejor entregáramos la vida a nuestro Señor.

—Pero alguien le contestó, ¿vedá?

—¿Quén sería? —preguntó Jacinto.

—Jue doña Rufina, acuérdensen —repuso Josefina.

—¿Y qué le dijo ella al cura Javier, cuñada?

—Me acuerdo clarito… porque sentí re feo en el cuerpo y en las tripas y en la piel cuando ella le contestó al cura…

»Doña Rufina lo miró con una cara de mucho pesar… ella también ‘taba re triste. Y ya luego le dijo «Dispénsenos, señor cura, por lo que estamos haciendo… Dispénseme a mí porque también participé de esto… Pero pos yo tengo a mis hijos… mis criaturas», dijo la Rufina y luego dijo: «Mi Diosito me los dio… y yo no los voy a dejar que se me mueran de hambre…».

—Ay, cuñada… sí, ya me acordé. Hasta me dolió la panza... Me acuerdo que luego el cura Javier la respondió a doña Rufina «Hija mía, la inorancia es el peor de los males… ¡Recapacita!». Pero la Rufina lo miró con esos ojos que dice, cuñada.

»¿Se acuerda qué más le dijo ella al cura?

—La probe Rufina lo miró, toda apenada, y terció… —Jacinta hizo una pausa—. Ay, hasta me da el sentimiento… ella dijo: «Si usté dice eso, señor cura, es porque nunca ha sentido tanta hambre, nunca ha sentido esa hambre que sentimos los probes aquí en Vía Crucis… A usté siempre le invitamos taco porque pos lo queremos… pero, ¿y una? ¿Y nuestros chamacos? A nosotros nos come vivos el hambre y la desesperación por nuestros hijos…».

»Y ya el cura Javier no dijo nada. Se quedó callado. Su cara no se me va a olvidar nunca —explicó Jacinto—. Luego se quitó la sotana y la dejó caer al suelo. ‘Taba que no cabía en sí. Y luego agarró rumbo a los montes… ya después ha de haber llegado al desierto y por allá se ha de haber muerto…

»Todos nos quedamos callados. Agachamos la cabeza y nos encomendamos al Santísimo. Y desde entonces hemos vivido así aquí… atrapados en este pueblo, abandonados por Dios…

—Oiga, tío, ¿y entonces cómo habrán llegado estos dos fulanos acá al monte? —interrogó Camilo.

—Pos no sé, mijo. No supe de dónde son. Ni cuáles eran sus motivos pa’ andar hasta acá. Pero lo bueno es que llegaron. Y que nomás nosotros y don Casimiro los encontramos, ‘que si no, ya no los habrían robado esos malditos del pueblo y los jueran llevado a la Vía Crucis a mocharlos y trozarlos vivos. Nomás no les tiene respeto a las probes ánimas que agarran pa’ que las pocas familias que quedamos acá abandonadas podamos comer. Hasta pa’ eso son re’ salvajes esos jijos…

»Y ‘ora no nos queda más que rezarle a nuestro Señor pa’ darle gracias que nos dio esta ayudadita. Y tenemos que cuidar al otro chivato que no se nos pele de su jaula allá en el corral y que no lo oigan las otras gentes del pueblo, porque capaz que viene y nos lo roban, o hasta nos matan...

—Lo dejamos encerrado, tío —aseguró Luciano—. Y ya sin lengua, ese no puede gritar.

—Ojalá que nos dure otro rato pa’ comernos a este que ya cocinamos —pidió Josefina.

—Probes de esos hombres… —respondió Jacinto.

—Ay, esos chivatos qué iban a saber que acá en los negros montes de Vía Crucis ya se nos terminaron las aves y los animales, que ya nos quedamos si nada pa’ comer… que estamos sin salida de estas tierras marchitas.

»Ya nos quedamos sin cura al que rezarle…

»Ya no nos quedaba de otra… Esos dos nomás llegaron y los agarramos. No tenían más destino sino este. Diosito nos los mandó.

—Pos ójala Dios los reciba en su reino y que su dolor y sus penas no sean en vano —dijo Josefina, con la barriga llena de aquella carne tan peculiar—, pa’ que a nosotros su carnita y su sangre nos den juerzas, que nos nutran a nosotros y a nuestros muchachos pa’ resistir otro rato más en lo que se escapa la vida por acá...

»Que el Señor mientras nos socorra y nos ampare a nosotros, que seguimos acá penando por hambre y por sed.

—Que Dios nos ampare… —dijo don Jacinto levantando la vista al techo de la humilde casita, en la que el humo de la leña y el vapor de la sangre flotaba inundando el aire.

—«Amén» —respondieron todos.


Mientras tanto, aquel hombre desafortunado y desconocido reposaba en su rústico cautiverio, tiritando de frío y miedo, tullido por el dolor, en medio de la oscuridad; tenía las extremidades atadas y un trapo metido en la boca para absorber la sangre de su lengua amputada algunas horas atrás. Sus ojos, secos por las lágrimas del horror, buscaban en las tinieblas de la noche los vestigios de su compañero masacrado.

No había nada qué hacer. Sólo quedaba esperar, ante el siniestro silencio y el espantoso silbido del viento; ese viento que soplaba con su aliento de muerte sobre el desolado valle de Vía Crucis, sobre su gente desesperada y sobre las víctimas de la hambruna y la decadencia.

Y ese desdichado repetía en su mente sin cesar:

«Que Dios nos ampare… Que Dios nos ampareQue Dios nos ampare…».





[Esta historia fue escrita entre el 21 y el 24 de junio de 2019. En una tarde nublada vi el filme “Rapiña” de Carlos Enrique Taboada. Durante el camino a casa, pensé en subir la apuesta: apostarlo todo. Mientras escribía esta historia… llegué a sentir náuseas; pero también sentí una ambición grotesca, como la de Porfirio, protagonista en aquella película, que me empujaba a continuar con esta atrocidad].

31 de Diciembre de 2019 a las 05:43 0 Reporte Insertar 0
Fin

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Andrés Díaz 23 años. Psicólogo clínico. He estado escribiendo durante más de una década: este año he decidido compartir mis creaciones. Mis mayores referencias literarias son: Poe, Lovecraft, King, Verne, Sade, Conan Doyle, Pacheco, Rulfo, entre otros. Busco mi propio estilo, algo que me defina, aunque generalmente exploro diferentes narrativas. Quiero causar asombro, pesadillas y escalofríos. Wattpad: @ Andres22DM Sweek: @AndresDM Instagram: @ andresdiaz623 Twitter: @ Andres22DM Litnet: Andrés Díaz

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