asumi97to Michelle Alcalde

Eliot es gay; es algo que sabe desde hace años. También es bajito, rarito y suele ser definido como "el friki de las aves". Al marcharse de su anterior instituto por culpa de las burlas de sus compañeros, pensó que las cosas en su vida por fin podrían ir por buen camino. Se equivocaba. Jamás se le ocurrió pensar que acabaría siendo chantajeado cruelmente por alguien como él, su némesis en todos los aspectos de la vida. « Eres como el ave cóndor: feo, un carroñero, capaz de recorrer largas distancias. Estás llegando demasiado lejos, pero no te saldrás con la tuya, idiota. »


LGBT+ Sólo para mayores de 18.

#lemon #drama #comedia #romance
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Prólogo. Aparece en escena Darren Gray

Darren Gray había olvidado cómo soñar.

Tampoco era algo que le preocupase; simplemente era algo que era. Ni se había parado a preguntar por qué, ni había intentado comprender cómo era posible que los sueños se hubieran esfumado por completo de su mente.

Cada día, noche tras noche, se sumía en eternas horas de color negro, hasta que sonaba el despertador que le indicaba que era hora de empezar a funcionar. Así de sencillo. No existía nada más.

Preguntar o indagar no sería más que una completa pérdida de tiempo.

Su madre solía salir temprano a trabajar, al igual que Francis. A esas horas de la mañana, su casa estaba siempre vacía. Por eso, cuando sintió su colchón ceder bajo el peso de un desconocido su cuerpo se tensó al instante.

Hasta que no notó el olor a cerezas no fue capaz de soltar el aire con tranquilidad. Y, al hacerlo, no se cortó a la hora de soltar un pequeño gruñido de molestia.

—Podría denunciarte por allanamiento de morada.

Un bufido sarcástico fue toda la información que necesitó para terminar de atar los cabos sueltos. Nunca tendría que haberle dado una copia de sus llaves a esa loca.

— ¿Sabes qué hora es?

—No me interesa saberlo.

—Darren, no llevamos ni una semana de clase.

Resistiendo las ganas de empujar a Gaby de allí, sacó su adormilado rostro de debajo de la almohada para poder dirigirle una mirada plagada de veneno. Si su amiga se percató de ello, no lo dejó ver. En lugar de mostrarse ofendida por su “efusivo” saludo, torció el gesto con impaciencia.

—Llegaremos tarde.

— ¿Qué es tarde para ti?

Gaby no contestó. Negando con la cabeza se levantó de su cama y se dirigió hacia la única ventana de su habitación. Alzó la persiana sin piedad alguna, logrando que los rayos de sol le deslumbraran por completo. Darren tuvo que volver a esconder la cara bajo la almohada para evitar quedarse ciego.

—Joder.

—Tu habitación está hecha un desastre, Darren.

—Lo siento, mamá.

El golpe no se hizo de rogar. Seguía teniendo demasiado sueño como para esquivar el despertador que Gaby le lanzó sin consideración.

—Eres desesperante.

Llegados a este punto de la conversación, a Darren no le quedó más remedio que admitir que la paciencia de su mejor amiga estaba a punto de esfumarse por completo. Despidiéndose mentalmente de la cama-soltando algunas palabrotas muy mal disimuladas-se incorporó sobre el colchón y entrecerró los ojos para intentar acostumbrarse a la repentina claridad.

Decidido: no volvería a salir de fiesta con Steve un domingo por la noche. Ese hijo de puta era una mala influencia para él.

—Gaby, me estoy muriendo—murmuró, con una voz lastimosa que no sirvió para aplacar el frío corazón de su amiga.

—Es culpa tuya.

—Steve es una mala influencia para mí.

—Tú eres una mala influencia para ti mismo—sentenció ella, y a Darren no se le ocurrió nada salvo darle la razón.

Su tono de voz no le dio lugar a ninguna duda. Si no empezaba a ponerse en marcha, Gaby acabaría asesinándolo. Y no de forma dulce, no. Podía ser muy creativa cuando se lo proponía.

Sin más remedio, finalmente se levantó de la cama y estiró sus adoloridas articulaciones logrando algún que otro chasquido de hueso. ¿Dónde mierda le había llevado anoche Steve y por qué parecía que una panda de elefantes rabiosos le habían aplastado hasta los pelos de los huevos?

No quería ir al instituto. Lo único que le apetecía era dormir hasta el aburrimiento.

— ¿Tengo que ir? —preguntó, pero lo único que recibió como respuesta fue una mirada mordaz.

Bien, vale. Si tenía que ir al instituto con semejante resaca se encargaría de meterle a Steve un buen derechazo en cuanto le viese aparecer por el aparcamiento.

Sin querer alargar más el momento, se dirigió hacia su armario quitándose la camiseta por el camino. Tal y como supuso, Gaby no reaccionó ante su gesto; se conocían desde hacía ya demasiados años. Los suficientes como para haberse visto sus vergüenzas en más de una ocasión.

El motivo por el cual ella tenía las llaves de su casa era sencillo: era su vecina de enfrente desde que tenía tres años. Prácticamente se habían criado juntos. Incluso ahora, en el último año del instituto, seguían siendo inseparables. Gaby no había sido su primera amiga, ni siquiera era la única, pero para Darren ella era especial.

De personalidad algo gruñona, fuerte, excéntrica y exageradamente extrovertida, Gaby era como la hermana pequeña que nunca tuvo. Quizás por eso no le sorprendía el hecho de tenerla cada mañana en su cuarto haciendo las veces de despertador. Sabía que, sin ella, nunca conseguiría llegar a tiempo al ningún sitio.

— ¿No puedes darte algo más de prisa? Vamos a llegar tarde.

Había pocas cosas que sacaban de quicio a Gaby, y una de ellas era llegar tarde. Y, por desgracia para ella, Darren era de los que se hacían de rogar. Muchas veces se había preguntado en silencio por qué seguía insistiendo en despertarlo cada mañana, pero no había llegado a ninguna conclusión. Costumbre, suponía. Tampoco tenía intenciones de pensarlo mucho.

Resistió las ganas de echarse a reír. Se quitó los pantalones con mucha más lentitud de la normal y cuando dirigió sus manos hacia la tira del bóxer se giró con aires provocativos. Guiñó un ojo mientras una sonrisa divertida se extendía por su rostro.

— ¿Quieres ayudarme a desvestirme, Gaby?

Con resaca o sin ella, se percató demasiado tarde de que estaba a punto de morir. Casi pudo apreciar a cámara lenta en momento exacto en el que la paciencia de su amiga se acabó por completo. Gaby frunció el ceño y sin que Darren pudiera hacer nada para esquivarlo empezó a lanzarle todo aquello que más a mano tenía en su escritorio.

Lo peor fue la grapadora. Estaba seguro de que se quedaría con esa marca en el pecho de manera permanente.

—Darren Gray, eres un pervertido cabrón.

Pervertido, seguramente. Cabrón, por supuesto. Gaby le conocía muy, muy bien, tanto como él a ella. No se le pasó por alto el amago de sonrisa que observó en su rostro.

Una grapadora no era suficiente para engañarle.



Escuchó los gritos antes de ver la cabellera negra de Steve.

Como todas las mañanas desde que lo conocía, su mejor amigo ya estaba montando el espectáculo. Subido sobre su vieja camioneta hecha casi trizas, Steve entonaba una canción muy mal afinada, llamando la atención del resto de los estudiantes que pasaban por el aparcamiento. Con un cigarrillo entre sus labios y una sonrisa lobuna, parecía haberle echado el ojo a una chica de un curso inferior.

Sin ser una persona muy inteligente, Darren en seguida comprendió que no tardaría demasiado en llevársela a la cama, como casi siempre.

A los pies de la camioneta, Melchior andaba murmurando palabras ininteligibles, con el nerviosismo saliendo por cada poro de su piel. Ignoraba a Steve, como ya era habitual. Ese día era importante para él; quizás el más importante de entre todos los años que llevaban en el instituto. Le hubiese extrañado no verle nervioso.

— ¿Ya estás armándola, Steve? —la pregunta de Gaby no se hizo de rogar. Alzando una ceja, su amiga miraba a Steve con algo parecido a la exasperación.

Exasperación que no pasó desapercibida para el aludido. Tirando el cigarrillo al suelo se agachó hasta ponerse a la altura de Gaby, con una gran sonrisa entre los labios. A pesar de la cercanía entre ambos rostros, su amiga no se amedrentó. Todo lo contrario. Si había una persona en el mundo capaz de permanecer impasible ante la cercanía de Steve, esa era ella.

—Princesa—saludó—. ¿Cómo te has levantado esta mañana?

—Corta el rollo, imbécil.

—Me rompes el corazón.

—Tío, si ya de por sí llamas la atención con tu altura, cantando así solamente haces el ridículo—aportó Darren, sin poder evitar una sonrisa divertida. Ignoró el gesto obsceno que recibió como respuesta y llegó hasta la altura de Melchior para después posar una mano sobre su hombro—. ¿Nervioso?

—No.

Arqueó una ceja, ganándose un suspiró proveniente de su amigo.

—Estoy… acojonado, impaciente, histérico.

—Al final se meará en los pantalones—aportó Steve, ganándose un golpe en el hombro por parte de Gaby.

—Gracias por tu aportación, colega—murmuró Melchior, frunciendo ligeramente el ceño.

—Venga, Mel—dijo ahora Gaby, con una amplia sonrisa—. Te irá bien.

—No estoy tan seguro…

—Eres el mejor entre todos estos mierdas—continuó Darren—. Te elegirán a ti.

Melchior asintió lentamente con la cabeza y tras zafarse de su agarre continuó andando de un lado a otro, sin llegar a alejarse del todo de la camioneta. Ese día, su amigo se jugaba prácticamente su futuro entero. Como el curso acababa de empezar y el anterior capitán del equipo de natación ya se había graduado, a última hora de la mañana escogerían al que sería su sustituto. Melchior era uno de los candidatos, y ese era el motivo por el cual estaba tan nervioso.

A pesar de su constitución fuerte y de su espalda ancha, Melchior en el fondo era como un jodido terrón de azúcar; las cosas solían afectarle demasiado, y ser capitán del equipo de natación sería como ver su sueño hecho realidad. Darren apostaba todo su dinero (menos de un pavo, sí) a que seguramente llevaba días sin pegar ojo.

Necesitaba ser elegido capitán. Era la única forma que Melchior tenía para demostrarle a su padre que era bueno en eso del deporte.

—Entrará en crisis nerviosa—murmuró Gaby por lo bajo.

—Lo dicho. Un par de pañales no nos habrían venido nada mal—continuó Steve.

—Ver al grandullón tan acojonado es… raro.

—Oh, cielos. ¿Tan mal está? —preguntó una cuarta voz, más tímida y baja que la del resto de sus amigos: Lily.

Con ella, ya estaban prácticamente todos. Lily era la “chica” del grupo, si no se contaba a Gaby. Alta, tímida y casi invisible escondida detrás de unas gafas enormes, así la definía todo el mundo. Sin ella y sin Melchior, Gaby, Steve y él se pasarían la vida haciendo el tonto por cualquier rincón del mundo. A pesar de su personalidad, era de las pocas personas capaces de poner algo de orden por allí.

—Yo voto porque se lo hace encima.

— ¡Steve! —masculló Gaby, dándole un codazo en las costillas.

— ¡Ay!

— ¿Tan nervioso está? —preguntó Lily, con voz temblorosa. Su tono de piel, ya de por sí casi transparente, emblanqueció.

— No le hagas caso—dijo Darren, negando con la cabeza. Golpeó a Steve en la sesera y le pasó un brazo por los hombros a Lily—. El grandullón es fuerte.

— ¿Es hoy el día de maltratar al pobre Steve?

—Cierra el pico—finalizó Gaby. Sorprendentemente, Steve le hizo caso. En el fondo estaba tan preocupado como los demás.

Lily dirigió su mirada hacia Melchior, apesadumbrada. De entre todos, ella era la más unida a Melchior, tanto como lo estaban Gaby y él. Ambos eran tímidos a la hora de tratar con las personas, en especial ella, así que el hecho de que se hicieran tan amigos no fue más que cuestión de tiempo.

Si Darren se fijaba bien, notorias marcas moradas adornaban los ojos de su amiga. Mierda. El día se les haría eterno a todos hasta que publicasen la decisión del club de natación.

El timbre del instituto sonó de manera estridente, sacándole de sus pensamientos. Ah, el fiel timbre. Siempre llegando en los momentos más oportunos del día.

— Venga Lily—dijo Gaby. Con una gran sonrisa, se acercó a Lily y sostuvo su muñeca con cariño—, vamos a clase. Toca prácticas en el laboratorio, ¿verdad?

Lily asintió y sin oponer mucha resistencia permitió que Gaby tirara de ella hasta que ambas se perdieron por la puerta principal, envueltas en una conversación privada entre las dos.

Con semejantes personalidades, nadie diría que ellas dos fueran amigas, pero lo cierto era que Gaby y Lily eran casi inseparables. Lily fue la primera amiga de su mismo sexo que hizo Gaby, y la única hasta la fecha. Tenían una de esas conexiones especiales entre chicas que ni Darren, ni Steve ni Melchior llegaban a entender.

No solamente eran distintas en su comportamiento, sino también en su apariencia física. Gaby, bajita y con abundantes curvas; Lily, alta y-esperaba que nadie escuchase esto-completamente plana. La primera con los ojos azules, la segunda con unos orbes de color marrón. Mientras que Gaby llevaba el pelo a la altura de los hombros, de un fuerte color rojo teñido y cortado por sí misma de manera desigual, la cuidada melena rizada y castaña de Lily llegaba hasta su baja espalda.

Dos caras de una misma moneda que encajaban a la perfección.

—Tío, esto de ser responsables es una basura. Me siento como la mierda—comentó Steve.

De un salto, bajó de la camioneta, situándose a su lado. Darren era una de las pocas personas que no tenían que alzar el cuello para hablarle a la cara.

— ¿Por qué? ¿Por la resaca monumental que tengo por tu culpa o por las elecciones del nuevo capitán?

Una sonrisa ladeada se extendió lentamente por el rostro de su amigo.

—Por las dos cosas, aunque la resaca es culpa tuya. Yo sólo te reté a ver si podías acabar con la botella tú solito.

Y sí, pudo, pero eso no era algo de lo que le apeteciera hablar. Ya presumiría de sus dotes de borracho en otra ocasión. Quizás cuando no le doliese tanto la cabeza.

Maldito Steve y sus estúpidos retos.

— Tendrías que haberte venido, Melchior—comentó como respuesta una vez que su amigo decidió volver a juntarse con ellos dos—. Te habría servido para desconectar un poco.

Melchior negó con la cabeza y una pequeña sonrisa hizo el amago de surcar su rostro. No todo estaba perdido, bien. Decidiéndolo casi al mismo tiempo, los tres echaron a andar hacia el instituto, muy a su pesar. El timbre había sonado hacía rato y no podía arriesgarse a recibir otra falta de asistencia.

— ¿Y pasarme la noche entera viéndoos beber hasta caer rendidos? No, gracias.

—Buh, Melchior—abucheó Steve—. Eres un aburrido.

— El club prohíbe el alcohol, ya lo sabéis.

— Por eso me desapunté.

—No mientas, Steve—contribuyó Darren—. Te desapuntaste porque eres un vago de mierda.

—También—finalizó su amigo, con una amplia sonrisa divertida.

La forma en la que se conocieron Melchior y Steve todavía seguía pareciéndole divertida. A los siete años, la madre de Steve decidió apuntarle al club de natación, cosa que él detestó. En el club estaba Melchior, tímido incluso ya a esa edad. Según lo que Darren podía recordar, se llevaron mal casi al instante. Siempre discutían. Melchior siempre acababa riñéndolo por saltarse los entrenamientos y Steve solía dirigir todas sus bromas hacia él.

Un día, Steve acabó rompiendo casi todo el material en un enfado repentino, y sorprendentemente, a pesar de que Melchior lo vio no lo delató. Fue en ese preciso momento en el que Steve decidió “adoptarlo” como amigo.

Los tres habían permanecido juntos desde entonces. Cuatro, ya que Gaby era amiga suya incluso de antes. Lily llegó un año después.

—Esta tarde—empezó Melchior, entrando por la puerta principal—, tanto si me cogen como si resulto ser un pringado, ¿nos vemos en el Carnival Shake?

Carnival Shake, también conocido como el mejor bar de batidos de toda la historia de la ciudad. Pasaban las tardes allí un día sí y otro también, subidos en la vieja camioneta de Steve.

— Celebraremos tu triunfo como nuevo capitán del equipo de natación—Darren alzó el puño en señal de victoria y golpeó el hombro de su amigo en un gesto de camaradería.

Al menos, Melchior sonrió esta vez.

—Estáis vendiendo la piel del oso antes de cazarlo…

—Déjate de dichos—Steve imitó a Darren y su puño impactó en el otro hombro de Mel—. Serás el capitán.

—Me vais a dejar sin brazos, tíos.

Darren sonrió de manera divertida. Al menos habían conseguido que dejase de preocuparse durante unos pocos segundos, lo cual era todo un triunfo. Ya se estaba agenciando una medalla en su cabeza cuando las siguientes palabras de su amigo el futuro capitán le obligaron a prestar atención a la conversación.

— Traeré a Eliot conmigo. Creo que se siente muy solo.

Ah, Eliot. No pudo evitar intercambiar una rápida mirada con Steve, solo para comprobar que su amigo estaba pensando exactamente lo mismo que él. El altruismo de Melchior a veces era exagerado. Pocos llegaban a soportar a un chico como Eliot.

— ¿Eliot? —preguntó finalmente Steve, con una mueca burlona—. ¿El rarito?

—No es tan… rarito.

— ¿Cuánto tiempo hace que vamos a la misma clase?—preguntó ahora Darren—. Más de un año, y sigue evitando a los demás.

Haciendo memoria, Eliot llegó nuevo al instituto el año pasado. A pesar de que Melchior, Lily y a veces la propia Gaby habían intentado incluirle en el grupo, ese chico les había esquivado con sorprendente habilidad. Esto, lejos de desanimar a Mel, le había dado más ánimos. Estaba completamente convencido de que al final lograría hacerse amigo suyo.

Bien, era el único.

—Está adaptándose.

— Melchior, ese chico pasa de toda la gente que se encuentra a su alrededor.

—Solo es un poco tímido.

—No; tú eres un poco tímido. Él es…

—Rarito—finalizó Steve por él, y Darren asintió.

Ninguno de ellos eran de los que se solían meter con los demás, principalmente porque a juzgar por sus personalidades despreocupadas, el resto del instituto los consideraba “raritos” a ellos, pero Eliot era diferente.

Darren no sabía muy bien cómo definirlo. Las pocas veces que se había intentado acercar a hablar con él, Eliot no había contestado ni una sola de sus frases. Ni las suyas ni las de los demás la mayoría de las veces. Quizás le intimidaba su altura, o el tono de voz alto de Steve, o la apabullante personalidad de Gaby. No lo sabía, pero tampoco pensaba averiguarlo. Cuando Melchior no insistía en incluirle en los planes, apenas le veía.

—Me da igual lo que penséis. Le invitaré sí o sí. No puede pasarse la vida huyendo de la gente.

—Bien, vale—cortó Steve, soltando una especie de bufido sarcástico—. Si consigues que venga, te invito a dos ultraviolet especiales.

—Wow, esto es serio Mel. Steve es todo un tacaño roñoso.

—Trato hecho—asintió Melchior, y ambos estrecharon la mano del contrario.

Darren colocó su propia mano sobre la de sus dos amigos haciendo oficial el trato, y a punto estuvo de soltar un discurso lacrimógeno cuando el pitido de su móvil le detuvo. Sabía lo que eso significaba, al igual que sus amigos, que ahora le miraban con algo parecido a una sonrisa burlesca.

Bah. Que les dieran. Llevaba desde ayer esperando ese mensaje.

Sacó su móvil del bolsillo trasero de sus vaqueros en un tiempo récord, sintiendo un cosquilleo en el estómago. La tarea de desbloquear el teléfono se le hizo eterna, a pesar de que solamente fueron un par de segundos.

«Te has dejado un par de CDs en mi apartamento, despistado. Cuando puedas, ven a buscarlos.»

Sí. Oh, por la putísima mierda. Tuvo que leer el mensaje más de dos veces para asegurarse de lo que ponía. No pudo evitar sonreír como el gilipollas que era.

— ¿Es tu adorada Julieta, Romeo? —preguntó Steve, con una risa que no podría molestarle menos en esos momentos.

Tuvo que hacer grandes esfuerzos por guardar el teléfono móvil y no contestar con toda la rapidez con la que le gustaría. Era algo… difícil. No le gustaba mucho hablar del tema.

Si ella supiera que el sábado había dejado esos CDs en su apartamento a propósito seguramente no le habría mandado ese mensaje. O quizás sí, pero no habría sido tan amable.

—Siempre que recibes uno de sus mensajes tu cara se ilumina—comentó Melchior.

—Lo cual es un milagro, porque mira que eres feo.

—Que te follen, gilipollas—gruñó Darren como respuesta, pero ni con esas logró dejar de lado su buen humor. Sabía que no lo decía en serio, y tampoco le importaba demasiado su aspecto físico. Ahora no le importaba nada de nada.

Se pasaría esa noche por su casa, recogería los CDs y aprovecharía para pasar algo de tiempo con ella. El plan era perfecto. No estaba siendo un lunes tan desastroso. Por primera vez en mucho tiempo, se había despertado con la suerte de su lado.

— ¡Darren Gray, eres un hijo de puta!

O casi.

Hasta aquí llegaban sus cinco segundos de buena suerte.

Lo último que vio antes de que el puño de Austin Blake golpeara su cara de manera inesperada fueron las caras sorprendidas de sus amigos y la cara de furia total de ese capullo con exceso de gomina. Ay. Ni siquiera le había visto venir. Odiaba a ese gilipollas, pero ese derechazo había sido bueno. Muy, muy bueno.

Adiós, resaca. Hola, ojo morado.

El día se presentaba más interesante de lo esperado.



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Hola! Empecé a publicar esta historia en wattpad pero me han recomendado mucho esta plataforma y vengo un poco a probar suerte por aquí. Tengo publicados ya veinte capítulos, así que iré publicando uno a la semana hasta ponerme al día (espero)

Muchas gracias por leer y un fuerte abrazo!


24 de Diciembre de 2019 a las 17:39 0 Reporte Insertar Seguir historia
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