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El gato no debe entrar ahí

Sentado estaba aquella tarde, comiendo junto a su familia y con el televisor de pantalla de plasma frente a ellos, encendido. Los últimos días había notado que ciertos cambios estaban sucediendo y que todo indicaba que volvería a pasar. Intentaba ignorar todos aquellos signos que poco a poco le iban augurando que nuevamente iba a desplomarse en la tristeza absoluta. Decidido a evitarlo, Giovanni se auto impuso un régimen diario para evitar ante todo tener momentos de soledad o de pereza. Sabía muy bien que el estar a solas con sus pensamientos era peligroso, y que no deseaba estar otra vez en aquella situación. Comenzó por levantarse a las 6 de la mañana, exactamente a la hora del amanecer, la cual buscaba en su teléfono antes de ir a dormir el día anterior. Luego debía pasarse el día leyendo, escribiendo, estudiando problemas matemáticos y ciencias de todo tipo. Cocinar, barrer, regar las plantas, incluso jugar videojuegos porque ver televisión le aburría y se desconcentraba de ello para dar paso a su nubosa fuente de ideas y pensamientos: Le teme a su mente como no le puede temer a nada ni nadie más. El régimen duró poco tiempo, las largas horas de soledad que pasaba todos los días y la monótona vida que da una casa en la ciudad han hecho que gran parte del tiempo todo sea aburrido, o fácil de hacer. A ello le tiene que sumar una extraña sensación que lo agobia todos los días, y es que durante sus horas de soledad, cuando toda tarea está hecha, o cuando no ha despertado con la energía para hacer aquellas tareas, se siente demasiado solo. Comienza a pensar que debiera estar en algo más importante, que está atrapado sin estarlo y que todo su tiempo devana en actividades inútiles. Pero cuando llega alguien a casa no puede sino sentir una molestia tremenda, una necesidad inmediata de desaparecer y no tener aquella molesta interacción que, de todas formas, siempre acaba ocurriendo. Cierto es que Giovanni se siente solo a más pasar las horas de soledad, pero cierto es también que tras soportar aquel depresivo devenir logra una sensación de paz muy grande, lástima para él, a horas en que suelen regresar los demás miembros del hogar del trabajo. Giovanni está degustando un pan con huevos revueltos y un té de hierbas. Toda la tarde se ha sentido desganado del todo. Salvo un partido de fútbol en la televisión, nada ha logrado subirle el ánimo y se encuentra al borde de una mala situación. Es cosa de decir las palabras adecuadas -o inadecuadas, depende del como se mire- para hacer estallar una profunda emoción depresiva en él. Ocurre. Algo tan absurdo como una queja sobre el cambio de canal del televisor. Algo tan superfluo que pasaría de largo en cualquier día, como un simple momento de molestia y nada más. Ya no puede hacer más que ocultarse, necesita su refugio personal, huir del momento, la angustia le recorre el cuerpo y no atina más que a levantarse desesperado, tomar lo que ha ocupado y dedicarse a lavar todo con mucha ansiedad y rapidez. Aquello a sido la excusa para ponerse en pié y dirigirse a la cocina, más cerca de la puerta del jardín, otrora refugio de sus peores días. Logra salir. Logra alejarse como tanto le han pedido sus emociones. El gato ha salido junto con él y se lo ha quedado mirando, sin entender nada de lo que sucede, pero con una mirada que te hace pensar que todo se habrá de solucionar. Giovanni se sienta en una vieja, dura e incómoda silla blanca en el jardín, como las mismas que se suelen usar en los colegios, o al menos en el colegio que el asistió. Mira al frente y se refleja su rostro en el viejo vidrio de la leñera. La puerta de la cocina se cierra. Sus ojos se sientes llenos. La angustia lo carcome. Recuerda que no vale nada, que solo es una carga para todos, que cada persona que le causa molestia es hermosa, y digna por millones sobre él de la compasión y la empatía. Mira al gato una vez más, y sonríe levemente con aquella pureza que solo le puede regalar a aquel pequeño ser. En soledad, sin presencia humana, sin necesidad alguna de ocultar lo que está pasando, Giovanni...

La puerta se abre, repentina, miradas se cruzan, una más acongojada que la otra y Giovanni para sí aguanta todo lo que en un momento había decidido por soltar. Se sintió terrible, minúsculo, una pequeña hormiga o una mosca molesta que acabará sus pocos días entre las rendijas de un matamoscas. Odia ser visto así, tan frágil, tan débil, y aquellos malditos pensamientos no hacen más que corroer su mente hacía un camino que considera destino: La locura. Le teme tanto a su mente por aquel destino encaminado desde el instante de nacer, que su vida ha sido testigo de como se ha reforzado, de como todo parece ir en aquel camino.

-¿Será que todo lo hago solo por ignorar lo que no debería ignorar?.-

Sabe que es posible. Que aquellos temores no sean infundados. Pero no quiere volver a pasar por aquella funesta situación de malos días, malos meses, encerrado en su habitación mientras todos felices y reunidos como familia disfrutaban aquellos pocos grandes momentos. Todos, menos él, porque yacía en su habitación, en el suelo entre un enorme desorden, llorando desconsoladamente, con una angustia enorme y sin emitir mayor ruido. Y todos pensaron que solo es "molesto", "pesado", de "mal carácter", y Giovanni nunca se atrevió a decir nada. Se hubo encerrado tanto en sí mismo que no le era nuevo el no saber de sus amistades por meses, de borrar toda su presencia del internet y de la vida misma. Ser un ente extraño que comía cuando nadie comía, que vagaba dónde nadie vagaba, que dormía tan alejado como pudo hacerlo. Tardó tanto tiempo en salir de aquel lugar, tan perdido anduvo, que se ha propuesto, quizá de forma más inconsciente que otra cosa, el no volver a ello. Pero está volviendo.

Nuevamente solo en el jardín, intentó calmarse y a medias consiguió su objetivo. Tomó una pequeña regadera, que al girar su tapa lanzaba un chorro de agua con filtros distintos, desde un disparo certero y grueso hasta una llovizna muy suave. Comenzó a jugar con ello, disparando a la ventana dónde observó su rostro en un comienzo, al latón que cubre por fuera la leñera, a las paredes de concreto que delimitan su jardín, a las rosas nuevas y ya pasadas, las primeras soportando los chorros sin perder pétalos, y las de más tiempo, golpeadas por el fuerte sol, el fuerte viento y ahora el fuerte chorro de agua, no podían sino dejar ir tan bellos pétalos rojos, rosas y blancos. Se quedó mirando al final de la canaleta, había allí una tela de araña y un pobre insecto se encontraba atrapado. No sabía Giovanni si aquel bicho seguía vivo o no, pero le disparó con el más potente de los chorros, queriendo sacarlo de ahí. No lo logró. La tela de araña hecha por aquel desconocido arácnido soportó toda el agua. Se detuvo. Cuando el agua ya se estaba agotando, y sin nada más por hacer, se quedó mirando perdido una pequeña hoja. A veces le pasaba, eso de quedarse mirando fijo algo, o nada, mirando fijamente la nada, sumido en los más internos pensamientos, en la más profunda imaginación, que de niño tanto le divertía y le hacía pasar las solitarias tardes de verano un poco más entretenido. Años ya pasados de ello, parece todo tan lejano, como si ya no fuese capaz de imaginar, como si algo hubo de acabarse y ya no puede sino entristecerse. Recordó como veía a los niños jugar en la calle, y escondido a través de ventana, muy posicionado en las cortinas para que nadie lo viese, miraba con cierta envidia como los demás niños jugaban. Todos menos él. Veía aquel balón rodar, aquellos niños correr, sudar, caerse y levantarse. Él jugaba solo. Siempre solo.

Se puso en pié y cargó en sus brazos al gato. Paseó un poco con él, y un poco más calmado se sentó a observarlo, a mirar como explora y se acerca a las macetas que plantó hace pocos días. Las ha tenido ahí, y ha probado varias veces, siempre sin éxito como suelen ser sus proyectos, el tener un jardín con muchas plantas comestibles. De pronto acudieron al jardín y se llevaron al gato; lo encontraron apuntando al pequeño felino con la regadera y se lo tomaron a mal. Giovanni no deseaba hacerle daño al gato, sino que espantarlo si intentaba entrar en un pequeño refugio que hizo para las plantas recién puestas, débiles al frío. Como la cubierta es de plástico, el gato al poner sus patitas encima nota el sonido, que le atrae a jugar y explorar. Giovanni solo dijo:

-El gato no debe entrar ahí.-

Y se llevaron al gato, quién rápidamente exigió regresar al jardín, pero la puerta cerrada le impidió conseguir lo que deseaba. Giovanni se puso en pié. Podría haber seguido recordando aquella visita familiar del verano pasado, cuando lleno de angustia lloró en aquel mismo jardín, como lo venía haciendo casi a diario, sentado en una vieja mesa de madera, ocultando su rostro del reflejo de la ventana de la leñera, con miedo a ser descubierno, como en su cumpleaños, dónde y apenas aguantó de estallar frente a toda la familia. O añorar aquellos largos paseos que en el pasado daba, por estar tan aburrido en casa y no querer molestar a nadie con sus problemas. La orilla del río era su predilecto. Pero no se quiere dejar llevar por aquel camino otra vez. Cambia el agua del gato, termina por regar las plantas y regresa dentro del hogar, a ver un poco más de televisión, a preguntar sobre alguna cosa, a como todas las veces, hacer como si aquí no hubiera pasado nada.

5 de Diciembre de 2019 a las 15:09 0 Reporte Insertar 0
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