E
Eduardo Saeta


Crónica de un regreso del trabajo en un país extranjero


Cuento Todo público.

#cotidiano #humor
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Queso y cebolla

Como tantas otras tardes salí del trabajo en dirección al metro. Solo deseaba encontrar un asiento libre y no pensar por al menos treinta y tres minutos, el tiempo que tardaría en llegar a la estación mas cercana a mi domicilio. Cuando el tren ingresó mis ojos se convirtieron en dos lasers encargados de identificar ese asiento libre que me permitiera descansar. Las ventanillas pasaban a toda velocidad, con el paso del tiempo mis ojos observaron con más claridad y mis condiciones fueron decreciendo. Primer deseo, cuatro asientos libres. Incumplido. Segundo deseo, dos asientos libres en la dirección de avance. Incumplido. Tercer deseo, un asiento libre en la dirección de avance y uno de los asientos de adelante libre. Incumplido. Cuarto deseo, un asiento libre en la dirección de avance. Incumplido. Debí conformarme con el único asiento libre contrario a la dirección de avance. No me inquietó demasiado pues mi máxima, la que no resignaría, la que no renunciaría se reducía a esos treinta y tres minutos de descanso, paz y tranquilidad.

Si bien encontré un asiento, el viaje no fue lo que esperaba. Luego de lograr sentarme, alcé mi vista y veo que la persona que tengo en frente le dice a su teléfono, literal:

- Con atún y cebolla.

Con atún y cebolla fueron las palabras que arruinaron aún más lo que quedaba de mi día. Con atún y cebolla en mi mismo idioma. Con atún y cebolla y luego cortó. No solo cortó, sino que me miró, desafiante, invitándome a una conversación. Puse mi mejor cara de alemán y fingí no entender esas dos palabras que arruinaron mi vuelta a casa.

Por un lado, me obligó a esconder mi lengua materna. Era claro que, si llamaba a mi esposa, que de hecho debía llamarla, el hombre se daría cuenta que entendía su idioma y desearía entablar una conversación, una de esas banales, inertes, sin sentido, pero sobre todo una conversación que no tenía el ánimo de llevar a cabo. O peor aún, se daría cuenta que no le quise hablar adrede. Recé durante el trayecto que recorrimos juntos que no suene mi teléfono, pues sería mi esposa y mi actuación se reduciría a la nada misma. Por otro lado, esas dos palabras me acercaban y me repelían con la misma fuerza. Por un lado, me hermanaba el amor por la comida, ese deseo infinito de comer lo que sea con atún y cebolla, empanadas, tarta o quizás simplemente un pan. Por el otro, esa persona era un espejo que no deseaba verme reflejado, aunque lo era. Era todo lo que detestaba de mi, ese amor por la comida, ese llamado para arreglar los detalles de la cena, ese presencia de empleado de sistemas, esa barba sin afeitar de varios días, ese aspecto tan común, tan ordinario, tan de entre casa, ese aspecto que me definía a la perfección, que me definía y deprimía.

25 de Noviembre de 2019 a las 16:53 0 Reporte Insertar Seguir historia
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