Miguel Ánglel Seguir historia

mr_riz_rhymer Riz Rhymer

No quiero decir nada. ¿Por qué la gente no puede dejarme en paz? Hay personas a las que les gusta escuchar el silencio; bueno, a mí me gusta dárselos. ¿Es tan complicado entender que solo... solo... que solo no quiero hablar? ¡Wow! ¡Si que es linda! "Hola..."


Cuento Todo público.

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El Muchacho Silencioso

Era un mes de abril, calmado y normal. Dieciséis de ese mes fue el día en que una mujer fue a dar al hospital gracias a que el bebé que llevaba dentro estaba a punto de salir. Siete meses de embarazo fueron el tiempo que tomó para que un niño naciera. Al sacarlo de su madre, el bebé no hizo ninguna clase de ruido. No lloró, no gimió, no nada. Podía respirar, pero no emitió sonido alguno.


La madre lo sostuvo en brazos, observando cada detalle de su recién nacido niño. Notó que sus manos eran delgadas y que sus falanges eran largas. Le pareció apropiado llamar al niño con el nombre de Miguel Ángel debido a sus manos de pintor.


El tiempo pasó rápido. Tras un año, Miguel Ángel no hablaba aún. Los padres no le dieron importancia, pues apenas eran doce meses. Era una edad en la cual no se podía esperar mucho del bebé. Transcurrieron los meses hasta que pasó otro año más, pero el niño no hablaba todavía. A los padres eso les extrañó mucho. el niño parecía escuchar y entender lo que le decían, pero si le preguntaban algo, él no contestaba.


Los padres, preocupados, llevaron a Miguel Ángel con un doctor, y luego otro, y otro. Todos les dieron la misma respuesta: "no es autismo, señores. Miguel Ángel puede hablar. Lo que pasa es que no quiere". Al final los padres se acostumbraron a su silencio como parte de su forma de ser del día a día.

+

Era algo difícil para Miguel Ángel el no querer hablar, porque por eso lo catalogaban como el idiota que nunca hablaba en clase, el que sacaba las peores notas. Su vida para él era como estar en una celda de aislamiento por voluntad propia. Él simplemente no tenía nada que decirle al mundo.


Un día, Miguel Ángel decidió realizar un examen de IQ. Sus padres no entendían el motivo, pero le ayudaron a conseguir el dichoso examen. Cuando el niño salió del aula donde presentó su prueba, lo hizo en silencio, como siempre. A los pocos días, los resultados le llegaron. Su coeficiente intelectual superaba a la mismísima escala de 130 puntos. Miguel Ángel resultó ser superdotado.


se volvió universitario a los diez años, contrario a lo que pensaban todos los que le rodeaban en el ámbito escolar. El niño que no hablaba y jugaba solo en la guardería era un genio. Todos pensaban "ahora todo cuadra", pero él siguió sin decir una palabra. Él simplemente utilizaba su don para lograr sus metas en la escuela.


A los trece años, Miguel Ángel obtuvo su título como licenciado en derecho, cursando con honores dicha carrera. A los dieciséis, completó la carrera de arquitectura, igualmente con honores. Era extraño para los demás en la facultad ver a un niño tan joven superarlos indudablemente en cada materia, en cada ámbito escolar.


La gente a su alrededor se acostumbró a tener un niño genio silencioso a su lado, pero lo que a la gente le extrañaba era que Miguel Ángel sabía cuatro idiomas a la perfección, sin contar el español, pero nunca practicaba ninguno. Sabía alemán, francés, inglés y ruso, pero no hablaba ni con alemanes, ni con franceses, ni con ingleses, ni con rusos, ni con hispanoparlantes.


El muchacho aprendió a reír cuando le propusieron en una entrevista que le contara al mundo cómo había logrado su éxito, y aprendió a llorar cuando su madre murió de cáncer. Miguel Ángel luchaba cada día para olvidar aquél recuerdo. Ella dijo, en su lecho de muerte, que quería oírle hablar, que quería escuchar su voz. Él quería hablar, pero no podía pensar en nada; no sabía que decirle.


Tras ese incidente, se dedicó únicamente a estudiar. No tenía amigo alguno más que sus libros y apuntes. A la edad de veintiuno, Miguel Ángel se graduó de la mejor universidad de medicina del mundo. Aún así, no tenía a nadie a su lado que lo acompañase, que le dijese "mala suerte, Miguel. No hay estudios para comprender la muerte. Tienes que aguantar el dolor".


Un día, el amor tocó a la puerta del corazón de aquél joven superdotado. Se cruzó con ella en la calle una noche mientras volvía de su consultorio, la miró fijamente a los ojos, sin despegar la mirada de ella, al igual que ella hacía con él. Miguel Ángel empezó a ponerse rojo cual fresa. Sentía golpes fuertes en su pecho. No eran puñetazos, sino su corazón latiendo.


La chica en sí no era nada fuera de lo normal, pero ¿qué más daba? A él le parecía hermosa. Por primera vez en toda su vida, Miguel Ángel dejó de guiarse por la razón y el pensamiento y se dejó llevar. Empezó a sudar por los nervios que le causaban el tener en frente a semejante belleza como era aquella chica. Nunca antes se había sentido tan despierto. Era como si Moisés hubiese partido en dos las aguas del mar muerto solo para que él pudiera verla a ella.


"tú eres el amor de mi vida. Hola, me llamo Miguel Ángel. Nunca había hecho esto antes en mi vida. Nunca había hablado con nadie. Ni siquiera quise hacerlo cuando murió mi madre, pero tú me haz vuelto loco. Por fin está pasando: por fin estoy hablando. Solo tú haz conseguido hacerme pronunciar una palabra. Acabo de comprender que el silencio que he guardado toda mi vida lo quiero gastar contigo".


El tiempo se para mientras Miguel Ángel no respira. La chica sacó algo del bolso: bolígrafo y un papel. Escribió unas cuantas líneas, las cuales enmarcaban un mensaje que al muchacho le quedaría grabado por toda su vida:


Hola, mi nombre es lucía. Mucho gusto, pero debo confesarte que no entendí casi nada de lo que me dijiste. Me pareces un chico muy tierno. La verdad es que me agradas un poco, pero, por favor, mírame directamente y háblame de frente, y así salgo de mis dudas leyéndote los labios porque soy sordomuda...

16 de Noviembre de 2019 a las 20:20 0 Reporte Insertar 0
Fin

Conoce al autor

Riz Rhymer Poeta, escritor, una pizca de filósofo y gran amante de una buena historia. Si, suena muy ñoño, pero es cierto, y me apasiona la literatura, así como me gusta que a la gente le guste lo que escribo.

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